Una novela sobre lo inevitable

(El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, el carnaval detrás de la muerte)

 

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“La promesa de lucha despierta el coraje”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Destino ineludible con aire de carnaval

 

En una Buenos Aires (no tan fantasmal, por ejemplo, como la que se muestra en otra novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo) en la que ya el tango y la hípica, además del fútbol, están presentes en las esquinas, los cafés, las calles y los barrios, sucede una misteriosa repetición de hechos, de historias paralelas, que desembocarán en el cumplimiento inevitable de un destino trágico, o un sino ineludible, fatal. En una Argentina que para la década del veinte era una suerte de potencia mundial en economía, sobre todo un granero y un proveedor de carnes, hay una situación boyante que pone en estado de sitio a la miseria que, en la década siguiente, se impondría sobre todo en los sectores populares.

 

El sueño de los héroes (1954), la tercera novela publicada por Adolfo Bioy Casares, del que su amigo Borges ya había dicho de La invención de Morel (1940) que era una novela perfecta, es una ficción que oscila entre lo fantástico y el realismo, mejor dicho, entre algo que inventaron los de Buenos Aires: el realismo porteño. ¿En qué consiste? Quizá en una mezcla de tango, sobre todo algunos de Gardel que le cantan a lo inevitable, como Adiós, Muchachos, y de diversas culturas de migrantes que promovieron una muy atractiva manera de ser de los de esa ciudad, misteriosa como bien la cantó Manuel Mujica Láinez.

 

Esta novela, de prosa impecable (bueno, se puede decir de Bioy que, aparte de talentoso escritor, creador de situaciones, conflictos y personajes, era un prosista de postín), pone en evidencia la trayectoria de un hombre que estará durante tres años de intensos hechos (el matrimonio, el carnaval, el tejido de acontecimientos que lo conducirá a tener una “prodigiosa aventura”). A propósito de prosistas, para Borges el mejor en lengua castellana era Alfonso Reyes, y en Argentina, Mujica Láinez (que en Bomarzo, por ejemplo, da una cátedra al respecto). Ser buen prosista no está conectado de necesidad con ser buen novelista. En Bioy, sin embargo, se reúnen ambas condiciones. Un privilegiado.

 

En El sueño de los héroes, conjugación de lo sobrenatural con lo extraordinario real, el lector tendrá una inmersión en barrios como Saavedra y Barracas, en cabarets como el Armenonville, en cafetines como el Platense, a la vez que obtendrá pase para estar en medio de corsos, mascaritas, murgas de carnaval. El de 1927 y el de 1930. Y es un acceso por una puerta medio encantada hacia unos acontecimientos en los que habrá desde un brujo como Serafín Taboada hasta un sujeto al que llaman el doctor, pleno de maldad y cálculo. Y se encontrará con un hombre como Emilio Gauna, que tiene suerte (y la suerte que, como dirá Discépolo, es grela) en el amor y en las carreras de caballo, que no será suficiente para enfrentar otros azares y contingencias.

 

En la obra hay un ambiente de muchachos de barriada, una especie de pandilla juvenil, de patota sentimental, que girará en torno a la figura del doctor Valerga, y, aunque de fugaz presencia, en Taboada, un brujo de buen talante. Y, además, un peluquero, que en la primera carnavaleada que se narra en la historia está presente. Valerga es un tipo canchero, al que los pelafustanes le tienen respeto y admiración. Y que según el desarrollo de la novela se irá configurando como un ser despreciable y sin sentimientos.

 

El destino ineludible de Emilio Gauna

 

La novela tiene varios puntos clave, como las noches de carnaval, sobre todo la de 1927, que marcará sin que el protagonista, Emilio Gauna, lo sepa, su destino imparable, inmodificable, el que se tejerá como si fueran los hilos de una mortaja y que llegará al culmen en las nocturnas del carnaval de 1930. Mientras tanto, habrá conversaciones, conjuras, paseos por bares, y se irá montando la palestra en la que, al final de cuentas, habrá un desenlace quizá previsible, aunque no carente de sorpresas y otras inquietudes.

 

Su logro magno puede estar en el tratamiento del tiempo, un tiempo de tango, de romance, de conversaciones, de inesperadas situaciones. Es una conjunción de futuro y pasado, con un presente que fluye y en el que el lector a veces puede estar como si fuera a saltar del trapecio. Es posible que encuentre en el camino frases que apuntan al desenlace en cierto modo imprevisto, como la que en algún momento pronuncia Serafín Taboada, un tipo experto en vislumbrar futuros: “En el futuro corre, como un río, nuestro destino (…) en el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre”.

 

En cincuenta y cinco breves capítulos, en los que el manejo de la tensión es un logro tremendo, El sueño de los héroes discurre como un viaje sin retorno, en el que, sin evidencias muy claras, hay una lucha por evitar lo inevitable, lo que ya no se puede modificar. En algún punto del futuro una situación difícil de gambetear está esperando. No valdrán las luchas, ni los intentos por desviar el cauce de los acontecimientos, o, en otras palabras, de lo que vendrá. Estamos frente a una novela que hace un tratamiento del tiempo, el ayer, el ahora, lo porvenir, con elementos que van diseñando la tragedia.

 

Hay, entre los personajes, uno, como Clara, la novia y esposa de Emilio, que aparece como una especie de lúcida seguidora de pistas que se atreve a prever lo que ya no tendrá remedio. Nada de lo que haga para evitar lo que ya está escrito en los invisibles libros del destino podrá modificar la historia. Y tendrá al tiempo como uno de sus obstáculos no tanto epistemológicos sino oscilantes entre lo mítico y lo real. Un tiempo al que no se le pueden hacer trampas. Imparable. Las carnestolendas han marcado el principio y el fin. ¿Qué esconden las máscaras? Y aunque no suene ese tango (Que siga el corso), en el que Gardel hace uno de sus mejores histrionismos, parece estar de trasfondo: “Decime quién sos vos, / decime dónde vas, /alegre mascarita / que me gritas al pasar: / “—¿Qué hacés? ¿Me conocés? / Adiós… Adiós… Adiós…”.

 

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Saavedra, barrio de Buenos Aires

 

  1. Tango, ciudad y muerte

 

 

Un atractivo más de El sueño de los héroes está en el tango. Y en algunos muy representativos del inventor del tango-canción, Carlitos Gardel. Uno, que aparece con frecuencia, es Mi noche triste, que en la novela lo interpreta Antúnez, como también lo hace con La copa del olvido. Esa música urbana, que en la década del veinte incorpora el barrio a sus aventuras y peripecias, que ya para entonces tiene la presencia de avances identitarios como la orquesta típica, a la que ya Julio de Caro le ha dado su partida de bautismo, digo que ese género que con Gardel alcanza niveles celestiales, está en la novela como un leimotiv. Y, además, como un actor que ayuda a tejer la trama y las puestas en escena.

 

Por toda la obra se desliza Adiós, muchachos, un tango creado en 1927 por Julio César Sanders y César Vedani, grabado ese mismo año por Gardel con las guitarras de Barbieri y Ricardo. “Adiós, muchachos. Ya me voy y me resigno… / Contra el destino nadie la talla…”. Está hecho, se pudiera aventurar la afirmación, para Emilio Gauna, un muchacho que todavía no ha acumulado muchos recuerdos y todavía desconoce tantas pesadumbres del existir.

 

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Cabaret Armenonville, la Catedral del tango.

 

En la novela, que está plena de sombras, de claroscuros, de umbrosas predicciones, el tango está presente en discusiones de gallada, como la que sucede en una tienda en la que, además, también se comenta de fútbol. En una de esas, se advierte que el tango, “discutido por el mismo papa en persona”, nació en Montevideo, y la conversa deriva en que si Gardel no es francés hay que reivindicarlo uruguayo, “ni para qué recordar que el más famoso de los tangos también lo es”. Y es cuando Gauna sale al quite y dice que por mal argentino que uno sea “no va a comparar esa basura (se refiere a La cumparsita) con Ivette, Una noche de garufa, La catrera, El porteñito, qué sé yo”.

 

Y así, en una charla de cafetín, se ponen sobre la mesa discusiones que oscilan entre lo uruguayo y lo argentino, tanto en fútbol, literatura, poesía, caballos y tango. En El sueño de los héroes hay una buena dosis de cultura popular, de lo que se habla y siente en la calle, de apuestas y otros juegos de azar. Es una obra que parece evocar aspectos de la Odisea, en este caso un viaje por el interior del carnaval por diversas geografías porteñas, y en las que hay un llamado a repetir un recorrido: el de 1927 tres años después.

 

La ciudad (otro motivo de tango), del mismo modo, está presente. Se pueden trazar cartografías del tour urbano que hacen los personajes, en los que aparecen las calles y los lugares con nombres propios. Así, por ejemplo, se puede bordear el zoológico para aterrizar en la Plaza Italia, y, al tomar el tranvía 38, recalar en el centro y pasearte por Leandro Alem, por la calle Corrientes y llegar a los cafetines de la Veinticinco de Mayo.

 

Están el centro y la periferia, y así como se puede ir a Villa Devoto también se puede viajar a Nueva Pompeya. Ah, y todo mientras se canta Noche de Reyes (un sangriento tango de Pedro Maffia y Jorge Curi, interpretado por Gardel): “Pero una noche de Reyes, / cuando a mi hogar regresaba, / comprobé que me engañaba / con el amigo más fiel”.

 

En esta estupenda novela, en la que no falta el suspense, el autor superpone tiempos e historias, de un modo sutil, artístico, en el que se advierte la pericia del novelista no solo en la caracterización sino en la arquitectura. Hay un narrador omnisciente que, en ocasiones, cede el paso a la oralidad, a los diálogos, a las conversaciones que le dan a la obra un tono de intimidad y acercamiento al lector, que a veces puede sentir que es una especie de voyerista. Desde el principio, con un tono en el que caben el misterio y la intriga, hay presencia de la seducción que se puede advertir en Las mil y una noches, además de la inclusión de una promesa que se cumple al fin de cuentas: “A lo largo de tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación”.

 

Es una novela con cruce de caminos y de destinos. Está lo inevitable como un péndulo que oscila entre la vida y la muerte. Aquello que, por mucho que se quiera y se intente, es imposible de torcer. La suerte está echada.

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El tango Adiós, muchachos, es como un leitmotiv en esta obra.

Los viejos, como cerdos al matadero

Por Reinaldo Spitaletta

  1. Sobre la vejez ofendida

Había leído hace tiempos, unas palabras sobre la vejez, distintas a las de Marco Tulio Cicerón, y también diferentes al documentado ensayo de Simone de Beauvoir, acerca de la fealdad de la vejez, o mejor dicho, algo así como una negación categórica: “ser viejo no es bello”, y las había olvidado. También, tal vez a mediados de los ochenta, había leído una novela que si bien me impresionó en su momento, también había dejado atrás, guardada en algún ignoto lugar de la desmemoria: Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares.

Lo que había leído, cuando era joven aún, bueno, o cuando todavía no era viejo, de los mencionados escritores, me había dejado un sinsabor, sobre todo porque me martillaba entonces una suerte de estereotipo que advertía que los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Y yo decía que eso me tenía sin cuidado, porque, a la larga, quería vivir muchos años y para qué entonces irse uno a echar incienso y mirra a dioses olímpicos y hebreos y musulmanes (budistas no, porque, no tienen esa idea), a los dioses muchos, o a un solo dios. Para qué ser elegido por divinidades, si lo mejor era ser elegido por la vida.

Norberto Bobbio, a sus ochenta años, decía que los viejos vivían hoy una “vejez ofendida, abandonada, marginada por una sociedad más preocupada por la innovación y el consumo que por la memoria”. Ya estaba lejos la adoración y respeto por los ancianos. No significaban sabiduría. Ni historia. Ni patrimonio. Solo estorbo. Fealdad. Decadencia. El ocaso sin gloria. Días grises y tristes y depresivos.

Resulta, sin embargo, que no era tanto una discriminación contra los viejos lo que se estaba cuestionando, sino que el capitalismo, que no pierde ocasión de ampliar mercados, buscó nichos para la ancianidad: centros comerciales donde estos se puedan sentir cómodos; ropas y bastones y zapatos livianos; alimentos especiales, y así una serie de mercancías que hagan de los viejos unos seres propios del consumo.

Con todo, la vejez (el problema es que no dura mucho, según Bobbio) es una etapa que puede ser vapuleada por las vanguardias, por los movimientos juveniles, por aquellos que consideran que lo viejo es retrógrado, conservador, atrasado. Y así, sin talanqueras, se van creando no solo clichés, sino reacciones que pueden terminar en la eliminación de todo lo que tenga que ver con lo añejo y añoso, con el pasado. Con la debilidad que producen los calendarios, el paso irremediable del tiempo. Los jóvenes no tienen recuerdos. Es más, pueden repudiar a aquellos que ya no tienen otra posibilidad sino la de lo ido, de lo que ya no es.

Todavía tenía vivas unas imágenes de pavor de La naranja mecánica, el perturbador filme de Stanley Kubrick, cuando leí por primera vez la novela del argentino Bioy Casares. Muchos años después, torné a releerla para la Tertulia Literaria que tenemos los del Centro de Historia de Bello en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, y encontré un mundo que no había percibido en la primera lectura. ¿Qué era esta obra tremenda?: ¿ciencia ficción? No. ¿Una distopía? Tampoco. ¿Una utopía? Menos. ¿Qué diablos era esta novela de lenguaje preciso y meditado, en la que los viejos eran víctimas de persecuciones y asesinatos? Una ficción inclasificable, que siempre el galante Bioy buscó salirse de los moldes.

  1. Sin lugar para los viejos

Diario de la guerra del cerdo, publicada en 1969, es una obra que transcurre en una Buenos Aires medio fantasmal, nombrada con precisión en calles y cementerios, en conventillos y rumores de tango, con momentos de horror y otros dedicados a la amistad y al amor entre un viejo (que todavía no asume la vejez ni la decadencia) y una muchacha, que es un contrapunto fenomenal.

Hay una ambientación en la que a veces falta el aire, pero, en otras circunstancias, hay atmósferas de novela negra, de obra policíaca. Una combinación de vejeces con aires nuevos. Se establecen distancias entre los mismos viejos, sujetos de muerte, que en algún momento pueden ser lapidados, o apaleados, o convertidos en papilla sanguinolenta. Por momentos, uno puede estar con una gallada, o, mejor, con una patota de vejestorios que juegan al truco, que toman fernet (ah, y aquí se deja saborear la amarga bebida alcohólica, de yerbas como mirra y ruibarbo y cardamomo y azafrán, conducida a Buenos Aires por inmigrantes italianos) y tratan de evadir la muerte, de derrotarla, aunque algunos son cobardes, blandengues, sin carácter.

Isidoro Vidal, o Isidro, protagonista de la obra, que tiene un hijo (Isidorito) que el lector ni presume cuál será su destino final, es un ser que oscila entre el hombre que no se considera viejo (está en la frontera de los sesenta), pero tampoco es joven. Además, para ratificar aquello que en esa etapa que hoy en muchos países denominan con cierto aire eufemístico como la “tercera edad”, ya no hay esperanzas, y lo peor es que se puede quedar sin dientes. Como, en efecto, le ocurre al tipo que tiene la cultura de escuchar la radio y de leer periódicos.

A Isidoro, al que un dentista extirpó todos sus dientes y los reemplazó con prótesis, la mesada de la pensión le tarda (como pasa, por ejemplo, con el Coronel garciamarquiano) y se va dando cuenta que contra la vejez no hay estrategia. Él la observa y la siente en sus amigotes, pero sabe que esta no tardará mucho en instalarse en su territorio. La percibe cuando su hijo lo tiene que esconder en el altillo del inquilinato, para que los jóvenes que lo visitan no lo tengan como objetivo de sus instintos criminales. Además, el lumbago es una atención que los años le brindan a Isidoro.

Las pandillas de jóvenes que matan ancianos están en la sombra. No dan “razones” (si es, como dijo alguien, que para matar haya razones). Más bien, estas las arguyen los viejos, al expresar, entre muchas afirmaciones, que no hay lugar para ellos. “En la vejez todo es triste y ridículo: hasta el miedo de morir”, dice Isidoro. Y ahí, en el ambiente íntimo entre los Vidal, los Néstor, los Rey, los Dante, los que se pintan el pelo para retrasar y ocultar lo inocultable, se dan intercambios en los que la vejez se vuelve burlesca. Se torna caricatura. La vejez es muestra de inmundicia, se llega a decir.

En la vejez están el asco, el baboseo, la pérdida de facultades, el andar rengo, la visión borrosa. La inmundicia. Y todos esos resultados son los que aborrecen los jóvenes. Y para ellos, para los pelados, el viejo es un cerdo y no un búho, ave filosófica aunque fea, símbolo del saber. Y en este punto, cuando la persecución y acoso a los viejos es alimento de diaristas amarillos, sensacionalistas, se inicia un empecinado endiosamiento a la juventud.

Los chicos matan a lo que no quieren ser nunca. Los viejos son una especie de espejo para los jóvenes, que entonces más bien los quiebran para no tenerse que mirar en ellos.

  1. Sola, fané y descangayada…

Un viejo parece estar hecho de recuerdos. Cada vez tiene menos motivos para existir. Se le van acabando las expectativas y vuelve a una segunda infancia, sin paisajes, sin juguetes. Sin imaginación. Más bien, rodeado en su interior de crueldades, de remordimientos, de lo que pudo haber sido y no fue. En la novela de Bioy, a los viejos les hacen vejaciones. Un viejo vejado. Uno que huye de las piedras, de los asesinos, de los verdugos. Huye de la abyección pero, en sí mismo, es un ser abyecto. Un desperdicio. Uno que pertenece al basurero.

Los jóvenes no los califican de ese modo. Son los mismos viejos los que se autocalifican, en medio de su despersonalización. Se desmoronan por miedo, por angustias, porque ya no hay luz. Es la edad de lo oscuro. Es el tiempo en que los amigos se van, no de viaje a otro país, sino hacia la nada. Y es el momento en que los hijos los esconden, para evitar vergüenzas, para sentirse sin obligaciones. Quizá los muchachos atacan a los viejos, además de que estos son una negación de la juventud, porque ven aquel estado como una enfermedad.

Sí, la enferma-edad, la sola-edad, como lo dijera el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, en la novela de Roa Bastos. La obra de Bioy es una metáfora de la infamia, una expresión de angustia existencial, la que produce el no poder aspirar a más nada. Una canción lastimosa del pesimismo. En algún momento, uno como lector, siente un tango de Discépolo, el de Esta noche me emborracho, cuando el protagonista ve a una mujer que fue suya diez años antes, y la ve salir de un cabaret “sola, fané y descangayada”, “chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando”, que parecía un gallo desplumao, y más bien hubo que salir corriendo pa’ no llorar, che.

En el Diario de la guerra del cerdo hay una “sabiduría triste”, una confrontación con la indolencia del poder, con las presuntas autoridades de una ciudad que parece no alterarse con la muerte de los viejos, con el matadero que los jóvenes promueven para exterminar quizá a la visión del padre. Para que no se cumpla aquella sentencia fatal de “todo viejo es el futuro de algún joven”. Y así, como lo dice un personaje de la novela, la vejez es una pena sin salida. Y si la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, la vejez es una enfermedad en la que ya no hay tiempo de nada. A veces, ni para decir adiós. Es el tiempo de la soledad.

Susana y los viejos, pintura de Guido Reni