La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

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Réquiem por La Arteria y aquella bohemia urbana

N.B. El 30 de abril de 1994 publiqué esta nota sobre uno de los bares más significativos de la muchachada de Medellín: La Arteria. La reproduzco como parte de una memoria urbana.

Por Reinaldo Spitaletta
El café-bar más feo del mundo estuvo sobre la avenida más bella de Medellín: La Playa. Estaba en el garaje de una antigua mansión, decorado de ausencias, o, mejor, con anuncios de eventos culturales y, claro, con la gente, que siempre ha sido el mejor adorno. Sin piano ni equipo de sonido. Era un sitio para imaginar, soñar, tomarse un tinto o dos botellas de aguardiente. Y conversar hasta que la noche agonizara. Allá, en la década de los ochenta, nos diplomamos en bohemias y utopías.

La Arteria —no podría ser otro, se lo digo con certeza— fue el barcito más célebre de la ciudad, no porque allí exhibiera sus huesos, sus silla de ruedas y su poesía el nadaísta Dariolemos, un tipo que medía 1.76 metros en invierno y 1.78 en verano (¿o sería al revés?), ni por la presencia de aprendices de intelectuales, ni porque algún poeta fuera a escribir versos en sus mesas, sino porque era un espacio insólito: se prolongaba hasta las ceibas y jardineras y los bustos de los próceres, en el separador de la calzada central de la avenida.

Decir La Arteria era como decir La Playa, con sus artesanos, librerías, grupos de teatro y con uno que otro caserón (con habitantes tal vez como personajes a la manera de Faulkner) que se resistía a desaparecer entre los edificios. Casi todos los estudiantes de la Universidad de Antioquia, en los ochenta, realizaron su semestre de Arteria, con mochila y tenis, y alguna novelita bajo el brazo. Lugar para el romance (besos incluidos) y para ejercer el ocio, creativo o no. Pero, sobre todo, para rendirle culto a la palabra. A la que nombra, para que haya memoria.

En La Arteria cualquiera esgrimía una guitarra. Y cantaba. Cualquiera abría un libro. Y leía. Cualquiera se ponía una flor en el ojal o recitaba a Rimbaud. Cualquiera también padecía por esa pasión de tres letras: DIM. Esos —y otros— eran los atractivos de ese lugar limpio y bien iluminado (¡ay!, hombre, Hemingway), pero tan feíto y tan imprescindible en esa deslumbrante calle de Medallo, que por entonces también tenía el apelativo de Metrallo. Cuando las noches estaban habitadas por el terror, y los escuadrones de la muerte amenazaban con sembrar de muertos el asfalto, en La Arteria muchos desafiábamos la oscuridad a punta de tangos a capela o con “exorcismos” de Carlos Puebla y Silvio Rodríguez.

La Arteria se había convertido en una suerte de Gruta Simbólica, o de Café Automático con Panidas fantasmas. Como una Cueva al estilo Barranquilla. En ella vimos cómo a su dueño, Guillermo Suárez, se le fue cayendo el pelo, y al Negro Billy (hacía parte del paisaje plural de La Playa y de su noche) se le fue enroqueciendo su voz ancha (pero sobre todo baja) de espirituales y blues. Era una especie de extraño templo, donde cabían la irreverencia y la ortodoxia, los revolucionarios y los que abogan por el establecimiento. Por ese cafetín en el cual muchos aprendieron filosofía de esquinas, pasaba toda la ciudad.

Hasta que una mañana del último diciembre La Arteria no amaneció más. Unos meses antes ya era un garaje sin caserón (lo habían tumbado) y el café se aferraba a su poesía urbana, a su olor de ladrillo y monóxido de carbono, a sus afichitos anunciadores de teatros y músicas. Y la gente se agarraba a ese breve espacio, como lo pudiera hacer un náufrago a un pedazo de tabla. Pero una mañana —decía— amaneció demolida y entonces todos guardaron un minuto de silencio, larguísimo. Ya era parte de la memoria colectiva.

Pero resulta que fue tanta la resistencia de sus usuarios a perderla, fue tanta la “arteriomanía” que el café (muchos lo denominaban La Jarteria y la ciudad llegó a dividirse entre los que iban allá y los que les parecía un sitio muy aburrido) resucitó de sus escombros y reapareció en La Playa, por supuesto, en una casa vetusta y agradable, entre otras ceibas y con el mismo decorado de afiches y poemas a mano.

Hoy La Arteria es un café donde los jueves se ofrecen recitales, canciones, poemarios. Donde cualquiera vuelve y saca una guitarra. Y canta. O abre un libro y deja que salten las palabras del asombro. Florece de nuevo la conversación y nuevos universitarios realizan su semestre de ocio y socialbacanería, pero a su dueño se le sigue cayendo el pelo. Sin remedio.

Posdata: En el nuevo lugar, el cafetín se murió pronto.

Aspecto de La Avenida La Playa, con el Palacio de Bellas Artes.