Un misterioso perfume de humedad

N.B. En 2013, cuando se cumplieron 30 años del Bolero Bar, en Medellín, su dueño, Jorge Buitrago, nos pidió a varios de sus amigos que escribiéramos sobre un bolero, el de cada uno. “El bolero de tu vida”. Este fue mi artículo.

Por Reinaldo Spitaletta

¡Huy!, cómo nos vas a hacer ésa, Buitrago. Cómo vas a decirnos que escribamos sobre “el bolero de tu vida”, cuando son tantos y tantos los bolerazos de la vida, y entonces, en este punto, hay que comenzar a filtrar en una agonía que dura y dura, como la del suplicio de Sísifo, como la de Prometeo al que cada vez le renace el hígado para que lo consuman los buitres, que nada tienen que ver con vos, Buitrago, che, ni más faltaba. ¡Oh, no, mi querido, si estás peor que unas señoras del barrio San Joaquín que me salieron una vez con que hablara de “Los cinco tangos de tu vida”, aunque, creo, fueron más generosas con la cifra. Y ni así les hice caso. Cómo se les ocurre.

Lo único que quiero solicitar, en esta hora fatal, es que, al menos, dejemos en el inventario dos boleros, y así la pena disminuye y vos, querido Buitrago, quedarás como un santón y nosotros como unos arrinconados por la forzosa selección, porque no hay otro modo de salir de esta cárcel, que escoger. Uno y dos. ¿Sí? Ah, y a lo mejor, o a la larga, el “bolero de su vida”, de la bohemia de muchos de nosotros, no ha sido otro que el tuyo, ese cuartito universal, penumbroso, que a veces puede ser como un aleph, desde donde se ve todo el perro mundo, o como una covacha de locos aturdidos por la nocturnidad. En tu hospedador bar se ha murmurado y bailado y cantado, y hasta de vez en cuando hemos arrojado copas al piso para asustar a algún parroquiano.

Así que por esta vez voy a perdonarme no hablar de un bolero de Lara, que mi padre en casa entonaba imitando a Daniel Santos: “Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”, y de Mucho corazón, que hace tantos huecos en el alma, y mirá, Buitrago, que uno se “tupe” a la hora de la verdad y de los innumerables boleros que a uno se le fueron pegando de la radio, de las victrolas, de las pianolas de barrio, de las serenatas, de los cancioneros, no quedan en la frágil memoria sino algunos acordes arpegiados y alguna voz lontana, que nos sume en confusiones y nos hace sentir la agridulce sensación de la nostalgia.

¿Dejar por fuera a Bésame mucho? ¿Y a Sabor a mí? ¿O a Llanto de luna? No, mi apreciado Buitrago, eso cuesta y duele, pero, lo dicho, nos pegaremos de dos. Las razones, quizá no las sé. Pueden estar ligadas a la infancia, a una etapa inconsciente en que las cosas y las músicas sonaban, y uno no las percibía con sentido. O puede ser, y por ahí va, en mi caso, el asunto, que mamá, que era una mujer que no solo contaba historias sino que cantaba, pudiera habernos metido (a mis hermanos y a mí) en las tramas de algunos de aquellos boleros. Porque, te digo Buitrago, que ella cantaba bien, afinada, interpretaba, dramatizaba y a veces, por las noches, después de susurrar un pasillo ecuatoriano, un bambuco o una canzonetta napolitana, se le sentía el llanto, en su pieza que entonces adornaba con iconografías de vírgenes y santos sin milagro.

El primero es Vereda Tropical, de Gonzalo Curiel, mexicano. En casa se oía en la voz de Juan Arvizu, y mamá, (papá, a veces, cuando no estaba cantando guarachas y tangos de Gardel, le daba por ese bolero) lo cantaba con una voz que después se me pareció a la de Eydie Gormé. En ocasiones, yo lo cantaba mecánicamente, sin detenerme en casi nada de la letra, pero lo que mejor me sonaba era la palabra “tropical”, que me llenaba de calideces. Con el tiempo, un amigo (Luciano Londoño) me hizo notar que era un bolero muy sensual, que tenía mensajes cifrados, con trasuntos de piel, de cierta lascivia disimulada: “perfume de humedad”.

Con los días, o quizá con los años, escuché versiones de Toña la Negra, Daniel Santos, Alfredo Sadel y otros, pero la voz de mamá seguía por encima, como si fuera una prima voce fantasmagórica, que no me dejaba sentir las maneras de interpretar de aquellos vocalistas. Era como una voz superpuesta. Y nunca he podido resolver el misterio. “Hoy solo me queda recordar / mis ojos duelen de llorar / y el alma muere de esperar”.

Digo que en un principio, por allá en la infancia lejana, la melodía me parecía triste, o tal vez la relacionaba con cielos nublados. Después, me di cuenta de que era una cálida canción de amor, con brisas salobres y besos tórridos a la orilla del mar. Y también me enteré de que era una canción melancólica, en la que había una ausencia enorme, una especie de ida sin retorno, y alguien que imploraba y culpaba. La que se había marchado, no volvería jamás, ¿y adónde iría a parar entonces aquel “perfume de humedad”?

El otro bolero, uno más cubanísimo, es Como el arrullo de palma, de Ernesto Lecuona, que nada tuvo que ver con murmullos ni voces familiares. Más bien, apareció en mi vida como una revelación de geografía combinada con cantos de sinsontes y rumores líricos. Las palabras sonaban y vibraban. Y había una suerte de deleite no solo en las frases, sino en las versiones cantadas, por ejemplo, del sonero Tito Gómez y ni hablar de la superior, la más elevada y sensitiva, de Benny Moré.

Con ríos, llanuras, espesuras y cielos azules, aquel bolero me parecía (me sigue pareciendo) una caja de colores de escuela, con la que uno podía dibujar en los cuadernos de tareas una mescolanza de caras, de soles, de casas, de palmeras, de sonrisas. Y ahí, en esa mixtura balanceada de palmas y vaivenes, estaba ella, la amorosa, la atractiva, la flor carnal de un jardín ideal que parecía conducirnos a las tierras verbales de Scheerezada, a sus aventuras de piel y de imaginativos sésamos. ¿Quién era ella? Claro, una mujer ideal, una rosa gentil, una trigueña de mirar soñador. Había, por decirlo así, muchas imágenes en ese bolero seductor.

Podría decirse que en aquel bolero arrullador había (hay, claro) un clima, y no cualquiera. El trópico, como motor de la lujuria, de las pasiones, de las caricias de brisa y sol. “Y tu piel dorada al sol / es tersa y sutil / mujer de amor sensual / mi pasión / es rumor de un palmar”. Así que entre vaivenes ardorosos y andares tentadores, esta suerte de pintura musical nos mantiene en un juego hipnótico, en el que, otra vez, el “perfume de humedad” nos hace cerrar los ojos y soñar con el reino de las pasiones y de los corazones sangrantes.

Pintura de Pablo Goldenberg

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Manuel Puig, una estética de lo cursi

 

Deliciosas criaturas perfumadas,

quiero el beso de sus boquitas pintadas…

Alfredo Le Pera

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nació con una mujer por dentro, con las ganas e inclinaciones sexuales de ella, pero, al mismo tiempo, en un cuerpo de hombre con manías de hembra, vino tocado con un talento extraordinario para el cine y la literatura. En el primero, fracasó, pero la cultura y las técnicas cinematográficas las vertió en sus novelas. Y así, luego de guiones y filmes olvidables, Manuel Puig surgió en el panorama de las letras de América Latina, como un escritor extraño, revoltura de fotogramas con folletín, lenguaje popular con imágenes de teatros pueblerinos, mezcla de tango y bolero, de aquel que en vida siempre quiso tener su boquita pintada.

 

Manuel Puig, el mismo de La Traición de Rita Hayworth, su primera novela, un escritor que en los sesenta se puso en la cúspide de los autores latinoamericanos (ya había explotado el Boom literario), se convertirá, con sus experimentos en la escritura, en un narrador que para esas calendas cuestionaba la realidad y los modos de presentarla. Así, como lo señaló Emir Rodríguez Monegal, su ópera prima estaba a la altura de Cien años de soledad, Tres Tristes Tigres, Rayuela, Cambio de piel y Siberia Blues, entre otras de aquellos años felices.

 

Perseguido en los setentas por la dictadura argentina, en particular por su novela El beso de la mujer araña, Puig revolucionó la literatura de su país. Nació en General Villegas, ciudad que en sus novelas convertirá en Coronel Vallejos, en la provincia de Buenos Aires. Era hijo de un fraccionador de vinos y su mamá trabajaba en una farmacia. Todos los miércoles ella iba a cine, a la llamada doble función vermut, a ver las películas de Bette Davis, Irene Dunne, Greer Garson, Norma Shearer y Ann Sothern. Manuel la acompañaba y esas imágenes de infancia se hospedarían en su memoria.

 

La Traición de Rita Hayworth es, en parte, una visión de sus años de infancia. Narra de modo brillante la mediocridad (como lo hicieron, por ejemplo, Flaubert y Chejov) de seres pueblerinos, enajenados por su mundo de limitaciones, a los cuales solo les queda como refugio el cine, la lectura de folletines y novelones, y el chismorreo. Y en este punto hay que decir que Puig se valió para su literatura de la cultura popular, en una mixtura de lenguajes coloquiales, fragmentos de canciones, imágenes de cine, espacios en blanco y casi ninguna acotación en los diálogos.

 

Con su pinta de actor (se creía un Tyrone Power, del que conservó, según dicen, la imagen garbosa de torero del filme Sangre y Arena), Puig se llamaba a sí mismo Julie o Rita. Y según relata Tomás Eloy Martínez, a sus colegas les ponía nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner, Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, mientras que a sus conquistas ocasionales (casi siempre hombres casados) los bautizaba con los nombres de los maridos de Rita Hayworth: Orson (Wells), Alí (Khan), Dick (el cantante Haymes) y Jim (que fue el cuarto y último marido de la actriz).

 

Puig (como en la canción lo hizo, por ejemplo, el mexicano Agustín Lara) acometió la estética de lo cursi, como parte de una cultura que en América Latina se ha expresado en músicas populares, melodramas, radionovelas, que son elementos de la resistencia y la sobrevivencia colectivas. También se la jugó con temas como el machismo, los voyeristas, las “vírgenes torpedeadas” y el amor homosexual. “Soy una mujer que sufre mucho”, llegó a confesar, en medio de suspiros y lamentos. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán, bien maquillada, con los rulos hechos y la comida lista”, dijo en alguna entrevista.

 

En las novelas de Puig uno se encuentra con las expresiones estéticas descartadas y condenadas por lo oficial, por lo conservador, y se introduce, como él mismo lo advirtió, en “las películas más denigradas y las letras de los boleros más bochornosas”. Descubre la dignidad y la poesía que hay en los tejidos de punto y cruz, en carpetas y manteles, o en las declaraciones pasionales al ser amado.

 

Al cuestionar lo poco que se le consideró como escritor serio en su país, dijo: “Creen que soy un bestseller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años”. El autor de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, murió en 1990. El 28 de diciembre de 2012 se cumplieron  los ochenta años de su nacimiento. Y en su pueblo natal recordaron en el Cine Teatro Español, en ceremonia especial, cuando los padres de Puig lo llevaron allí, a los tres años de edad, a ver La novia de Frankenstein.

En su novela Boquitas pintadas, entre cartas, pespuntes y recortes de revistas, tardean versos de Homero Manzi y Alfredo Le Pera, y el mundo se vuelve azul, “como una ojera de mujer”. Puig le dio dignidad a lo popular y a muchos nos llevó otra vez hasta aquellos cines de barrio, cuando éramos felices y no sabíamos aún que “las horas que pasan ya no vuelven más”.