Flor de azálea, golondrina del amanecer

Canciones de otros días (2)

 

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Flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…

 

Por Reinaldo Spitaletta

En las casas de antes, con patios y solar, y algunas con antejardín (aunque era este más escaso), las materas eran parte del decorado. Sembradas de novios, margaritas, hortensias y, sobre todo, bifloras y azaleas, adornaban el ámbito doméstico y daban alegrías a las señoras, incluidas tías y vecinas. Mamá, por ejemplo, gustaba, además de las de jardín, de las matitas medicinales y aromáticas y por eso tenía desde romero, albahaca, manzanilla, limoncillo, yerbabuena hasta la infaltable ruda. También colgaba penca sábila con herraduras y cintas a la entrada de la casa.

 

Y esta introducción floral y con perfumes de jardín viene al caso—o tal vez no sea el caso— por una de esas flores de abuela, las azaleas, de exigente cuidado, que, me parece, eran las más consentidas o mimadas debido a que, cualquier maltrato, las marchitaba. Por esos tiempos, cuando ni siquiera uno estaba pendiente de flores y menos de canciones para adultos, sonaba un bolero mexicano que tenía ese género de flor en su título, pero acentuado de otra manera, azálea. Sí, Flor de azálea, que me parece que la primera versión que escuché fue la de Los Panchos.

 

La canción, que sonaba en la radio con cierta frecuencia, se fue pegando hasta de las paredes y la letra se hizo conocida. “Como espuma / que inerte lleva el caudaloso río / flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…”. Algo en ella era contagioso, no sé si eran los acordes de las guitarras, o la melodía, o las voces de los intérpretes, o las imágenes que provocaba. “Pero al salvarte / hallar pudiste protección y abrigo / donde curar tu corazón herido por el dolor”. A veces uno se quedaba alelado por esas palabras y no entendía cómo era que esa flor tenía el corazón adolorido.

 

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En general, por aquellas épocas no era que uno se detuviera a analizar letras, o a detenerse en frases, y así de pronto hubiera sido fácil pensar que esa flor era más bien una mujer de la noche, pero tampoco daba.

 

Después, en realidad no sé cuándo, me enteré de que el bolero, compuesto por Manuel Esperón y Zacarías Gómez Urquiza, estaba hecho para una muy bonita actriz mexicana, Elsa Aguirre, de la que Jorge Negrete, que le llevaba un montón de años, se enamoró. Estos chismes de farándula habría que adobarlos más con la inquina que María Félix, entonces todavía casada con el charro Negrete, le tomó a la muchachita, musa de la citada canción: “Quisiera ser la golondrina que al amanecer / a tu ventana llega para ver / a través del cristal”.

 

Con el paso del tiempo la pieza me fue gustando y está en mi repertorio de recuerdos. A algunas muchachas, y aun señoras, que tenían flor en su nombre las llamaba así: Flor de azálea, como una expresión de simpatía. Me gustaron distintas versiones del bolero, como la de Negrete (quizá la mejor), Javier Solís, Alfredo Sadel, Pedro Vargas, Roberto Sánchez y una de Toña la Negra, que es como una contestación al ya clásico bolero de cristales, alboradas y golondrinas.

 

Por estos días grises de noviembre he vuelto a escuchar el viejo bolero y recordado aquellos patios florecidos cuando el mundo todavía era de juegos y cuadernos de tareas. Y no sé por qué Flor de azálea me sigue pareciendo una canción de una dulce tristeza.

 

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Elsa Aguirre, actriz  mexicana, musa del bolero Flor de azálea.

Perfidia y sus acordes enamoradores

Canciones de otros días (1)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

El bolero Perfidia, de Alberto Domínguez, llegó una tarde en un caserón del barrio El Pedregal, de Copacabana. Afuera, había gardenias y no recuerdo qué otras flores. Adentro, en una sala, sentado sobre su silla de ruedas, don Alfonso Hernández, nuestro profesor de guitarra, nos dijo a Roberto Arismendi y a mí que nos enseñaría los acordes. Comenzó a tocarla y con su voz un tanto cascada la iba cantando: “Nadie comprende lo que sufro yo / Canto… Pues ya no puedo sollozar / Solo…Temblando de ansiedad estoy / Todos…Me miran y se van” … El profesor entrecerraba los ojos y luego, tras una breve pausa, comenzó a desgranar acordes. Me gustaron mucho. Era como si una puerta invisible se abriera para mostrar un mundo inesperado. Me pareció que lo mejor de esa composición era el acompañamiento, rítmico, seductor, que iba trasladándose por la guitarra, Do, La m, Re m, séptima de Sol, y de pronto la letra otra vez: “Mujer… Si puedes tú con Dios hablar / Pregúntale si yo alguna vez / Te he dejado de adorar / Al mar / Espejo de mi corazón / Las veces que me ha visto llorar / La perfidia de tu amor”.

 

Yo apenas miraba el paso de los dedos del guitarrista y luego observaba su modo de interpretación, él siempre con los ojos entrecerrados, y como si estuviera abrazando la guitarra, que me pareció por momentos que era una mujer. Llegaba el instante de ensayarla nosotros, sin el profesor. Nos decía dónde cambiar, cómo arpegiar, como tocar los bajos, y así nos deslizábamos por los trastes. Era un momento de concentración y gusto. En efecto, sentía uno como una reencarnación romántica, como si estuviera bajo un balcón en plena serenata, la luna con su lumbre en el asfalto, sobre la acera y una muchacha en lo alto asomándose por entre las cortinas temblorosas de viento y expectativa.

 

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Perfidia, un bolero de Alberto Domínguez

 

Después, Roberto y yo la interpretábamos. Ya el ensayo era en la casa del compañero, por La Pedrera, en una casa cercana al río Medellín. Fue una de las canciones que incluimos en el repertorio breve de una serenata por el barrio María, a una muchacha que él pretendía y de la que no retengo su nombre. Salió bonita bajo un cielo estrellado y sin luna.

 

En una visita, de las pocas que ya entonces (tal vez año 72 o 73) hacía al abuelo, un señor zarco y que siempre ocultaba su calvicie con sombreros de fieltro, habitante de una vereda de Rionegro, toqué los acordes de Perfidia en una vieja guitarra que casi siempre vivía colgada de la pared de tapia, en uno de los cuartos. Cuando sonaron no solo mi abuelo Marcelino, que en su juventud era bohemio y llevador de serenatas con tiple, lira y guitarra, sino su mujer (la abuelastra), Maruja, mucho más joven que él, se encantaron con los sonidos. “Qué bonito suena”, dijo ella. La canté y ellos se embebieron con la pequeña historia en ritmo de bolero.

 

Luego, en reuniones de amigos, o de un club juvenil que teníamos en Copacabana, la canción de Domínguez era muy popular. En casa de los Zapatas, de los Díaz, de Estelita la hija de un comerciante en telas, y así, Perfidia por aquí y Perfidia más allá. Era pegajosa y, hay que decirlo, sonaba bonito entonces (quizá todavía): “Para qué quiero otros besos / Si tus labios no me quieren ya besar…”. No sé cuándo dejé de tocarla y cantarla. Hizo parte de un tiempo de búsquedas y encuentros (también de desencuentros).

 

A veces escucho alguna versión y vuelan las imágenes de días lejanos que, desde luego, no volverán. No sé cuántas versiones haya de ese bolero tan popular. Me suena por Los Panchos, por Nat King Cole, por Javier Solís, por Sarita Montiel, por Alfredo Sadel… Sin embargo, en el recuerdo está siempre la de don Alfonso, el profesor que una tarde nos llenó de entusiasmo con esos acordes que a veces resuenan en la distancia y en algún sueño extraviado en la mitad de la noche.

 

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“Mujer, mujer, si puedes tú con Dios hablar…”

Un misterioso perfume de humedad

N.B. En 2013, cuando se cumplieron 30 años del Bolero Bar, en Medellín, su dueño, Jorge Buitrago, nos pidió a varios de sus amigos que escribiéramos sobre un bolero, el de cada uno. “El bolero de tu vida”. Este fue mi artículo.

Por Reinaldo Spitaletta

¡Huy!, cómo nos vas a hacer ésa, Buitrago. Cómo vas a decirnos que escribamos sobre “el bolero de tu vida”, cuando son tantos y tantos los bolerazos de la vida, y entonces, en este punto, hay que comenzar a filtrar en una agonía que dura y dura, como la del suplicio de Sísifo, como la de Prometeo al que cada vez le renace el hígado para que lo consuman los buitres, que nada tienen que ver con vos, Buitrago, che, ni más faltaba. ¡Oh, no, mi querido, si estás peor que unas señoras del barrio San Joaquín que me salieron una vez con que hablara de “Los cinco tangos de tu vida”, aunque, creo, fueron más generosas con la cifra. Y ni así les hice caso. Cómo se les ocurre.

Lo único que quiero solicitar, en esta hora fatal, es que, al menos, dejemos en el inventario dos boleros, y así la pena disminuye y vos, querido Buitrago, quedarás como un santón y nosotros como unos arrinconados por la forzosa selección, porque no hay otro modo de salir de esta cárcel, que escoger. Uno y dos. ¿Sí? Ah, y a lo mejor, o a la larga, el “bolero de su vida”, de la bohemia de muchos de nosotros, no ha sido otro que el tuyo, ese cuartito universal, penumbroso, que a veces puede ser como un aleph, desde donde se ve todo el perro mundo, o como una covacha de locos aturdidos por la nocturnidad. En tu hospedador bar se ha murmurado y bailado y cantado, y hasta de vez en cuando hemos arrojado copas al piso para asustar a algún parroquiano.

Así que por esta vez voy a perdonarme no hablar de un bolero de Lara, que mi padre en casa entonaba imitando a Daniel Santos: “Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”, y de Mucho corazón, que hace tantos huecos en el alma, y mirá, Buitrago, que uno se “tupe” a la hora de la verdad y de los innumerables boleros que a uno se le fueron pegando de la radio, de las victrolas, de las pianolas de barrio, de las serenatas, de los cancioneros, no quedan en la frágil memoria sino algunos acordes arpegiados y alguna voz lontana, que nos sume en confusiones y nos hace sentir la agridulce sensación de la nostalgia.

¿Dejar por fuera a Bésame mucho? ¿Y a Sabor a mí? ¿O a Llanto de luna? No, mi apreciado Buitrago, eso cuesta y duele, pero, lo dicho, nos pegaremos de dos. Las razones, quizá no las sé. Pueden estar ligadas a la infancia, a una etapa inconsciente en que las cosas y las músicas sonaban, y uno no las percibía con sentido. O puede ser, y por ahí va, en mi caso, el asunto, que mamá, que era una mujer que no solo contaba historias sino que cantaba, pudiera habernos metido (a mis hermanos y a mí) en las tramas de algunos de aquellos boleros. Porque, te digo Buitrago, que ella cantaba bien, afinada, interpretaba, dramatizaba y a veces, por las noches, después de susurrar un pasillo ecuatoriano, un bambuco o una canzonetta napolitana, se le sentía el llanto, en su pieza que entonces adornaba con iconografías de vírgenes y santos sin milagro.

El primero es Vereda Tropical, de Gonzalo Curiel, mexicano. En casa se oía en la voz de Juan Arvizu, y mamá, (papá, a veces, cuando no estaba cantando guarachas y tangos de Gardel, le daba por ese bolero) lo cantaba con una voz que después se me pareció a la de Eydie Gormé. En ocasiones, yo lo cantaba mecánicamente, sin detenerme en casi nada de la letra, pero lo que mejor me sonaba era la palabra “tropical”, que me llenaba de calideces. Con el tiempo, un amigo (Luciano Londoño) me hizo notar que era un bolero muy sensual, que tenía mensajes cifrados, con trasuntos de piel, de cierta lascivia disimulada: “perfume de humedad”.

Con los días, o quizá con los años, escuché versiones de Toña la Negra, Daniel Santos, Alfredo Sadel y otros, pero la voz de mamá seguía por encima, como si fuera una prima voce fantasmagórica, que no me dejaba sentir las maneras de interpretar de aquellos vocalistas. Era como una voz superpuesta. Y nunca he podido resolver el misterio. “Hoy solo me queda recordar / mis ojos duelen de llorar / y el alma muere de esperar”.

Digo que en un principio, por allá en la infancia lejana, la melodía me parecía triste, o tal vez la relacionaba con cielos nublados. Después, me di cuenta de que era una cálida canción de amor, con brisas salobres y besos tórridos a la orilla del mar. Y también me enteré de que era una canción melancólica, en la que había una ausencia enorme, una especie de ida sin retorno, y alguien que imploraba y culpaba. La que se había marchado, no volvería jamás, ¿y adónde iría a parar entonces aquel “perfume de humedad”?

El otro bolero, uno más cubanísimo, es Como el arrullo de palma, de Ernesto Lecuona, que nada tuvo que ver con murmullos ni voces familiares. Más bien, apareció en mi vida como una revelación de geografía combinada con cantos de sinsontes y rumores líricos. Las palabras sonaban y vibraban. Y había una suerte de deleite no solo en las frases, sino en las versiones cantadas, por ejemplo, del sonero Tito Gómez y ni hablar de la superior, la más elevada y sensitiva, de Benny Moré.

Con ríos, llanuras, espesuras y cielos azules, aquel bolero me parecía (me sigue pareciendo) una caja de colores de escuela, con la que uno podía dibujar en los cuadernos de tareas una mescolanza de caras, de soles, de casas, de palmeras, de sonrisas. Y ahí, en esa mixtura balanceada de palmas y vaivenes, estaba ella, la amorosa, la atractiva, la flor carnal de un jardín ideal que parecía conducirnos a las tierras verbales de Scheerezada, a sus aventuras de piel y de imaginativos sésamos. ¿Quién era ella? Claro, una mujer ideal, una rosa gentil, una trigueña de mirar soñador. Había, por decirlo así, muchas imágenes en ese bolero seductor.

Podría decirse que en aquel bolero arrullador había (hay, claro) un clima, y no cualquiera. El trópico, como motor de la lujuria, de las pasiones, de las caricias de brisa y sol. “Y tu piel dorada al sol / es tersa y sutil / mujer de amor sensual / mi pasión / es rumor de un palmar”. Así que entre vaivenes ardorosos y andares tentadores, esta suerte de pintura musical nos mantiene en un juego hipnótico, en el que, otra vez, el “perfume de humedad” nos hace cerrar los ojos y soñar con el reino de las pasiones y de los corazones sangrantes.

Pintura de Pablo Goldenberg

Manuel Puig, una estética de lo cursi

 

Deliciosas criaturas perfumadas,

quiero el beso de sus boquitas pintadas…

Alfredo Le Pera

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nació con una mujer por dentro, con las ganas e inclinaciones sexuales de ella, pero, al mismo tiempo, en un cuerpo de hombre con manías de hembra, vino tocado con un talento extraordinario para el cine y la literatura. En el primero, fracasó, pero la cultura y las técnicas cinematográficas las vertió en sus novelas. Y así, luego de guiones y filmes olvidables, Manuel Puig surgió en el panorama de las letras de América Latina, como un escritor extraño, revoltura de fotogramas con folletín, lenguaje popular con imágenes de teatros pueblerinos, mezcla de tango y bolero, de aquel que en vida siempre quiso tener su boquita pintada.

 

Manuel Puig, el mismo de La Traición de Rita Hayworth, su primera novela, un escritor que en los sesenta se puso en la cúspide de los autores latinoamericanos (ya había explotado el Boom literario), se convertirá, con sus experimentos en la escritura, en un narrador que para esas calendas cuestionaba la realidad y los modos de presentarla. Así, como lo señaló Emir Rodríguez Monegal, su ópera prima estaba a la altura de Cien años de soledad, Tres Tristes Tigres, Rayuela, Cambio de piel y Siberia Blues, entre otras de aquellos años felices.

 

Perseguido en los setentas por la dictadura argentina, en particular por su novela El beso de la mujer araña, Puig revolucionó la literatura de su país. Nació en General Villegas, ciudad que en sus novelas convertirá en Coronel Vallejos, en la provincia de Buenos Aires. Era hijo de un fraccionador de vinos y su mamá trabajaba en una farmacia. Todos los miércoles ella iba a cine, a la llamada doble función vermut, a ver las películas de Bette Davis, Irene Dunne, Greer Garson, Norma Shearer y Ann Sothern. Manuel la acompañaba y esas imágenes de infancia se hospedarían en su memoria.

 

La Traición de Rita Hayworth es, en parte, una visión de sus años de infancia. Narra de modo brillante la mediocridad (como lo hicieron, por ejemplo, Flaubert y Chejov) de seres pueblerinos, enajenados por su mundo de limitaciones, a los cuales solo les queda como refugio el cine, la lectura de folletines y novelones, y el chismorreo. Y en este punto hay que decir que Puig se valió para su literatura de la cultura popular, en una mixtura de lenguajes coloquiales, fragmentos de canciones, imágenes de cine, espacios en blanco y casi ninguna acotación en los diálogos.

 

Con su pinta de actor (se creía un Tyrone Power, del que conservó, según dicen, la imagen garbosa de torero del filme Sangre y Arena), Puig se llamaba a sí mismo Julie o Rita. Y según relata Tomás Eloy Martínez, a sus colegas les ponía nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner, Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, mientras que a sus conquistas ocasionales (casi siempre hombres casados) los bautizaba con los nombres de los maridos de Rita Hayworth: Orson (Wells), Alí (Khan), Dick (el cantante Haymes) y Jim (que fue el cuarto y último marido de la actriz).

 

Puig (como en la canción lo hizo, por ejemplo, el mexicano Agustín Lara) acometió la estética de lo cursi, como parte de una cultura que en América Latina se ha expresado en músicas populares, melodramas, radionovelas, que son elementos de la resistencia y la sobrevivencia colectivas. También se la jugó con temas como el machismo, los voyeristas, las “vírgenes torpedeadas” y el amor homosexual. “Soy una mujer que sufre mucho”, llegó a confesar, en medio de suspiros y lamentos. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán, bien maquillada, con los rulos hechos y la comida lista”, dijo en alguna entrevista.

 

En las novelas de Puig uno se encuentra con las expresiones estéticas descartadas y condenadas por lo oficial, por lo conservador, y se introduce, como él mismo lo advirtió, en “las películas más denigradas y las letras de los boleros más bochornosas”. Descubre la dignidad y la poesía que hay en los tejidos de punto y cruz, en carpetas y manteles, o en las declaraciones pasionales al ser amado.

 

Al cuestionar lo poco que se le consideró como escritor serio en su país, dijo: “Creen que soy un bestseller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años”. El autor de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, murió en 1990. El 28 de diciembre de 2012 se cumplieron  los ochenta años de su nacimiento. Y en su pueblo natal recordaron en el Cine Teatro Español, en ceremonia especial, cuando los padres de Puig lo llevaron allí, a los tres años de edad, a ver La novia de Frankenstein.

En su novela Boquitas pintadas, entre cartas, pespuntes y recortes de revistas, tardean versos de Homero Manzi y Alfredo Le Pera, y el mundo se vuelve azul, “como una ojera de mujer”. Puig le dio dignidad a lo popular y a muchos nos llevó otra vez hasta aquellos cines de barrio, cuando éramos felices y no sabíamos aún que “las horas que pasan ya no vuelven más”.