Papá, ¿para qué sirve la historia?

 

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Busto de Atanasio Girardot, de Francisco Antonio Cano.

 

Por Reinaldo Spitaletta

Hace algún tiempo, cuando desapareció por arte de ladronerías el busto de Atanasio Girardot de la plazuela de la Veracruz, en Medellín, no faltó el muchacho que pensara que se habían robado la imagen de un antiguo jugador del DIM. En una entrevista a aspirantes a la carrera de comunicación social-periodismo, le pregunté a una chica si sabía quién había sido Bolívar y la respuesta me dejó turulato: “Debió ser algún cantante de country”.

 

Antes, al menos, la muchachada agitaba el patio de recreo con dichos como “Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero de siete vacas…” o se tragaba la invención del Libertador que creó la ficción de que Ricaurte en San Mateo se voló junto con el polvorín que vigilaba. Y, de paso, se llevó a otras esferas a no sé cuántos realistas. Hoy, da trabajo que alguno sepa por qué fusilaron a Policarpa Salavarrieta, o por qué se le dice “pola” a la cerveza. O por qué su efigie salía en un devaluado billete de diez mil pesos.

 

La historia y su enseñanza pasaron a ser en Colombia una rareza, ni siquiera de museo. Una manera, quizá, de mantener en Babia al estudiantado, porque, se quiera o no, introducirse en el estudio del pasado crea preguntas, inquietudes diversas y planteamientos que tienen que ver con el poder, los modos de derribarlo, o por qué se ha sostenido.

 

El estudio crítico del pasado es clave para la creación de memoria, de reflexiones en torno al presente, para la toma de posturas frente a los acontecimientos. Ayuda a interpretar el mundo y, si se quiere, a transformarlo. Sirve hasta para remedio, como diría una abuela. ¿Qué pasó en la Comuna de París? ¿En qué consistió la Revolución de Octubre? ¿Cuál es la evolución que ha tenido la higiene? Todo es historiable. Y saberlo, no solo da carácter, sino criterio.

 

Marc  Bloch, en su Introducción a la historia, comienza con una petición: “Papá, explícame para qué sirve la historia”. El hijo de un historiador era el que la formulaba. Y el inteligente libro del autor de Los reyes taumaturgos es una suerte de reacción, de respuesta a la inquietud de un párvulo. Es más, es ya el historiador rindiendo cuentas acerca de la disciplina que ejerce. ¿Cuáles son nuestras raíces? ¿Cuál nuestra procedencia?

“Los griegos y los latinos —nuestros primeros maestros— eran pueblos historiógrafos. El cristianismo es una religión de historiadores”, dice Bloch. Así que no es desdeñable el asunto de la memoria, de la construcción del pasado y de sus proyecciones y cargos sobre el presente y el futuro. ¿Qué había antes de la guerra? ¿Qué quedó después de ella?

 

La historia (sigo con Bloch), además de metodologías e instrumentos de estudio propios (claro, algunos son prestados de otras ciencias), tiene su propio sentido de la estética y su particular placer. Esta disciplina que tiene como objeto de estudio al hombre y sus actos (une el estudio de los muertos con el de los vivos), ¿si nos ayuda a vivir mejor? ¿Es una guía para la acción? ¿Es un camino para otros conocimientos?

 

Sigue siendo increíble y, además, atentatorio contra el conocimiento y la sed de saber, que desde hace más de treinta años no se enseñe historia en los colegios. Eso puede explicar la gran apatía frente a la opresión, frente a los desafueros del poder. Se ha menguado la resistencia y el arte de desobedecer. El rebaño se mantiene más sosegado sin historia.

 

¿Por qué se dio en septiembre de 1977 el mayor paro cívico nacional en Colombia? ¿Por qué sectores de la población calificaron el gobierno de Turbay  como el de la mafia? ¿Cómo se originó la crisis textilera y el marchitamiento de la industria? Sin las herramientas de la historia, muchos creen que el mundo ha nacido cuando ellos vieron la luz, cuando su mamá los parió. ¿Y sus padres y abuelos no tuvieron historia?

 

El pensum educativo encerró la historia en las mazmorras (¿las del régimen?), la condenó al ostracismo. Está en un exilio penoso y cruel. Podría especularse que la atrabiliaria medida está hecha para evitar cualificaciones en el pensamiento y la identidad del ciudadano. El hombre es el punto clave de la investigación histórica; tal vez por la falta de indagaciones, todavía no sabemos qué significa ser colombiano. ¿Qué representamos en la historia de la humanidad?

 

“Papá, ¿para qué diablos sirve la historia?”. Una respuesta, claro, puede estar en el bello y necesario texto de Marc Bloch, un intelectual al que la Gestapo torturó y fusiló por haber participado en la Resistencia Francesa contra los nazis. La historia también puede servir para que no te metan impunemente el dedo en la boca.

 

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Manifestación del movimiento estudiantil de 1971

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Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

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Parque Bolívar, Medellín.

Los átomos de Ricaurte y un horrible himno nacional

(Un recorrido por himnos, poemas patrióticos y espantosas bandas marciales)

 

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Obra de Antonio Caro (Colombia Coca cola)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando en el patio de recreo de la escuela Marco Fidel Suárez sonaba a través de unas cornetas grises el Himno a la Bandera, me parecía que la tierra temblaba, más porque las estrofas me sonaban como una carga de caballería, tal vez de la misma que en las clases de historia patria contaba la maestra para referirse a los lanceros del intrépido coronel Juan José Rondón, en el Pantano de Vargas. El “salud adorada bandera que un día” tenía entusiasmo y en ocasiones nos hacía correr más de la cuenta en los juegos de la persecución, La lleva (la Chucha) o la famosa “Guerra libertada”. No había un asta ni una pértiga en la que ondeara bandera alguna, sino solo la música y la letra: “batiendo tus pliegues allá en Boyacá, sellaste por siempre la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”.

 

—¡Libre!

 

El grito era colectivo y fiestero cuando una especie de heraldo casi exhausto tocaba la mano del preso, al que tenían vigilado otros muchachos, y el tocado salía de nuevo a correr, mientras los demás de su equipo entonaban una palabra sublime, la coreaban, reían, sentían el viento en la bandera invisible.

 

El patio, en el que también había encuentros de gladiadores a la romana, espadachines cuyas armas eran el brazo y antebrazo agitados al aire como si tuvieran brillo y filo, sí, juegos de capa y espada, como los de las películas del matinal de domingo, el patio era una mezcla numerosa de muchachos al garete, algunos haciendo fila en un kiosco para comprar gaseosas y parva, y el himno sonaba no sé por qué, quizá había una fiesta patria, no sé, una intención de amar lo que se escuchaba, de completar la disciplina escolar.

 

En el recreo, claro, también se escuchaban por los altoparlantes de enormes dimensiones (a veces también se les decía bocinas, cornetas) La danza de las libélulas, El ferrocarril de los altos y La leyenda del beso, pero, nunca supe por qué, la pieza que más se molía era el Himno a la bandera, como si quisieran los maestros o no sé quiénes convertirnos en soldados de plomo, en héroes del Bárbula, que no faltaban recitaciones de “permite Dios Poderoso que yo plante esta bandera…”, o se trataba más de transmitirnos afectos por la enseña tricolor.

 

El Himno Nacional, por el contrario, se escuchaba solo en las fiestas patrias y no se estaba repitiendo en los altoparlantes. Ya la profesora de segundo de primaria nos había explicado acerca del escudo, sus símbolos y significados, y también sobre el himno, compuesto por un italiano, Oreste Sindici, y con letra del presidente cartagenero Rafael Núñez. Igual, había narrado los orígenes del Himno de Antioquia, con letra del poeta (ese sí un poeta) Epifanio Mejía y música del caucano Gonzalo Vidal. Hasta ahí todo funcionaba con cierta dosificación, sin exageraciones. Tal vez, y de eso me di cuenta años después, una de las hipérboles que nos envolvieron en una especie de telaraña fue la de que el Himno Nacional de Colombia era uno de los más bellos del mundo, mejor dicho, era el segundo más bonito, después de La Marsellesa.

 

El himno de Francia, compuesto por Rouget de Lisle, nos lo sabíamos de memoria en casa, mis hermanos y yo, porque mamá lo entonaba casi todas las mañanas y había sido en la práctica como una de las canciones de cuna que ella nos interpretaba, y tal vez por eso, el 14 de julio era toda una revelación con banderita franchute y el “Allons enfants de la Patrie, / Le jour de gloire est arrivé!”. En cambio, no nos gustaba, al parecer, estar cantando el de la letra de Rafael Núñez, que tenía fragmentos como para tenores, que había que subir mucho y no era raro soltar un gallito, o, mejor dicho, desgañitarse con aquello de “el que murió en la cruz”.

 

No sé si fue por tanto escuchar en la escuela el Himno a la Bandera y otras marchas muy patrióticas, que me empezaron a molestar las bandas marciales. Por fortuna, en la mía no había ninguna y por aquellos tiempos, según se decía, tener en el colegio una formación de tambores, clarines y redoblantes, además de los “bastoneros” era una señal de distinción. Nunca aspiré a estar en una “recocha” de esas, con miembros uniformados, tocados con yelmos de latón a la romana, con cimeras, que más que piezas agradables, lo que dejaban sonar era una bulla medio acompasada, pero pobrísima y monótona. Y a aquellos rechazos, se agregaron de contera los desafectos por himnos y patrioterías.

 

Además, en la escuela, en la que uno memorizaba poemas cívicos y algunos otros de carácter romántico, se aprendía una composición de amores a la patria, de Miguel Antonio Caro: “Patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo…”. Qué pelmaza. Era más bien una suerte de castigo tener que salir al frente del salón de clase a recitar esa tremebunda declamación de “Lo que lengua mortal decir no pudo”.

 

En  segundo de primaria, o quizá desde primero, ya nos sabíamos casi todo el Delirio del Chimborazo, las últimas palabras del Libertador Simón Bolívar, las proclamas de Atanasio Girardot, con su bandera en alto: “Compañeros avanzad, nos espera el enemigo, venid a buscar conmigo la muerte o la libertad”. Y al paso de vencedores de José María Córdoba le mezclábamos aquella faena heroica que con el tiempo nos dimos cuenta de que había sido una invención de Bolívar: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando ‘deber antes que vida’ con llamas escribió”, también parte de una estrofa del Himno del señor regenerador Núñez.

 

Sobre la leyenda de Ricaurte, el mismo Bolívar, en las confidencias hechas a su edecán Louis Perú de Lacroix, dice que en realidad el combatiente no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo. “Yo soy el autor del cuento y lo hice para entusiasmar a mis soldados, atemorizar a los enemigos y dar una idea más alta de los militares granadinos”, tal como se puede leer en El diario de Bucaramanga.

 

Bueno, en tercero de primaria, si no estoy mal, ya paseábamos por las palabras del peruano José Domingo Choquehuanca, autor de una arenga incendiaria que salía en casi todas las cartillas: “Quiso Dios de salvajes crear un imperio y creó a Manco Capac; pecó su raza y lanzó a Pizarro…”, que termina con un elogio perenne al Libertador: “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”. ¡Carajo! Si esa última frase la ponían en casi todos los retratos y estatuas de don Simón, aunque en Bello, mi pueblo natal, no había ninguna, porque era una aldea más dedicada en su monumentalidad a Santander y con habitantes laureanistas; cuna de un gramático excelso, que, como político y presidente conservador, fue todo un desaguisado.

 

En la escuela, para resumir, se aprendían las últimas palabras de los héroes, tal vez como un influjo religioso de las siete palabras del Cristo en agonía, y por eso en los patios de recreo y en los juegos infantiles no faltaba aquello, que hacíamos con un recitativo rítmico y gozoso: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, que también, en voz baja, decíamos el Viernes Santo por la noche, en las visitas panteónicas al Santo Sepulcro, más risas que luto.

 

Pero lo que más me molestaba, aparte de los tambores marciales, era el Himno Nacional. No me importaba si era el más bello o el segundo más bonito del orbe. No me sonaba nada atractivo aquello de “la virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor vïuda los cuelga del ciprés” y esto rimaba con su “alba tez”, que siempre imaginé que la virgen era una morena muy simpática, quemada por soles de desierto, pero, según Núñez, era una mujer de blanca piel (“Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar…”, escribiría la imprescindible poetisa Alfonsina Storni, que de seguro no supo nunca de los desabridos versos del señor de El Cabrero).

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Y no sé desde cuándo ni a son de qué, una ley obliga a que el Himno Nacional de Colombia suene en las radios a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, que ni que fuera el Ángelus, caramba. Y, como si fuera poco, que se toque antes de empezar los partiditos de fútbol rentado, que vea pues que hasta a la extraordinaria bailarina barranquillera, la mona y caderona Shakira se le olvidó una parte y más bien dijo: “La libertad de ublime”, que viéndolo bien poco de sublime tiene el himno.

 

Y así, con Termópilas brotando, con cíclopes y centauros y con la abnegación de Cartagena, que es mucha, llegamos a un día de julio de 2012, cuando un periódico británico, The Telegraph, publicó una encuesta en la que el Himno de Colombia resultó ser el “sexto más horrible” de las 207 naciones que participaban en los Juegos Olímpicos. En ese escalafón nos superaron las ferósticos himnos de Corea del Norte, Uruguay, Grecia, España (que no tiene letra) y Argelia.

 

Y de ese modo, sobre una inocencia (o inocentada) que se tejió con que el Himno de Colombia era uno de los más hermosos del planeta, y con la cual mi intuición de infante (pero no de marina) y adolescente me advertía que todo el que decía eso estaba equivocado, que no tenía oído y, sobre todo, carecía de gusto poético, el Himno de Núñez y Sindici no deja de ser un mal obligado, que de todas maneras la patria no es el escudo, ni la bandera, ni una selección de fútbol, porque sigo engolosinado con aquello de los latinos de que la patria es la casa, o con lo que dicen los poetas, como Rilke, que la patria es la infancia, o con la entrañable idea que ningún urbanista quiere decir: la patria es la calle en la que crecí y jugué a la guerra libertada y a la pelota envenenada.

 

De aquellos versos sonoros del Himno a la bandera,  los únicos que me gustaban eran aquellos de “la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”. Y por la libertad seguimos en la gesta. Y en la ingesta. Buen apetito y salud.

 

Bolívar y su Delirio en el Chimborazo