La guerra y una memoria de elefantes

(Sobre Sebald, la destrucción y los bombardeos a Alemania)

N.B. El 7 de mayo de 1945, finalizó en Europa la Segunda Guerra Mundial. Un ensayo, setenta años después, para recordar aspectos tenebrosos de aquel conflicto.

Por Reinaldo Spitaletta

¿Qué es la guerra? Después de tanta destrucción que en el mundo ha sido, aún el concepto de guerra da para escribir novelas, poemas, ensayos; da para teorizar sobre táctica y estrategia, para decir, por ejemplo, que guerra es la continuación de la política por otros medios (y miedos), y así, hasta condenar a un pueblo a ensayar una desmemoria, a negar el pasado, a no tener referentes de la gran tragedia que padeció durante un período de infamia, uno de los peores de la historia humana: la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es la guerra? Tras tantos experimentos, luego de innúmeras aberraciones bélicas que en todos los tiempos se han registrado, las del siglo XX, centuria de ciencia y sangre, de física cuántica y genocidios, sigue siendo la más devastadora. ¿Cómo hacer para salir incólume de una radiación nuclear? ¿Cómo para salir vivo de un campo de concentración y exterminio? ¿Cómo, digamos, sobrevivir en Stalingrado después de que mil doscientos aviones alemanes la bombardearon? ¿Qué imágenes nos quedan de aquellos días de horrores sin cuento? ¿Qué discursos y asuntos de lo moral, lo ético, lo político? Nunca habrá suficiente ilustración acerca de esas jornadas sórdidas y deshumanizantes de la conflagración más siniestra de todos los tiempos.

Y en este punto quiero referirme a la obra Sobre la historia natural de la destrucción, del escritor alemán W.G. Sebald (1944-2001) que investigó en profundidad el silencio que se creó tras los bombardeos y arrasamientos de 131 ciudades y pueblos alemanes, de parte de la aviación aliada, que causó más de seiscientas mil víctimas mortales, civiles todos. ¿Qué pasó con la memoria colectiva? ¿Hubo una conspiración para olvidar? ¿Las víctimas acaso prefieren no recordar como un mecanismo de defensa?

En su ensayo, en el que incluye fotografías, afiches y fascsímiles de manuscritos, Sebald, un hombre que comenzó tardíamente en la literatura, se pregunta por qué un pueblo como el alemán parece ciego a la historia y sus tradiciones, sobre todo después de la incineración de tantas localidades y, claro, tras la derrota de estrépito en la Segunda Guerra. ¿Hay una suerte de expresión de la culpabilidad al querer olvidar? ¿O, al contrario, un enterramiento de la culpa? En sus conferencias de Zurich, que son las que hacen parte del volumen, con el subtítulo de guerra aérea y literatura, el escritor recorre momentos de espanto de las poblaciones y el pueblo germano, con figurarse que solo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo de Alemania. Y en esas se halla cuando se pregunta si en el proceso de reconstrucción, tras el fracaso en la guerra, se estaba creando “una nueva realidad sin historia”, con miras más al futuro y con la intencionalidad, quizá inconsciente, de no mirar hacia atrás.

Y aunque el ensayista no lo dice, puede ser también que las historias de los vencedores, las de los Aliados y los soviéticos, dejen sin posibilidades de palabra a los vencidos, y que en ese sentido, el peso de la derrota y, por extensión, del terror que vivió el pueblo alemán con los bombardeos que casi borran a todas sus ciudades de la faz de la tierra, haya incidido en el no-recuerdo, en la faceta de no volver la mirada quizá para no convertirse en estatua de sal de la historia.

Y aquí vuelve a preguntarse ¿por qué una amnesia colectiva, si acaso tenga ribetes de consuelo, o de no volver abrir heridas? ¿Cómo va a ser posible olvidar aquel estado de destrucción material y moral en la que quedó el país, tras los ataques, o mejor dicho, contragolpes mortíferos de Inglaterra, Estados Unidos y de la llegada por tierra del Ejército Rojo soviético? Y entonces, Sebald advierte que la única novela que dio una aproximación de las dimensiones inconmensurables del espanto fue la del gran escritor Heinrich Böll: El ángel callaba, escrita a finales de los cuarenta. “Al leerla —dice— resulta evidente enseguida que precisamente ese relato, impregnado al parecer de una irremediable melancolía, era demasiado para los lectores de la época”, y por tal motivo no se publicó sino muchos años después, en 1992. Es una obra llena de sangre y agonías.

El escritor, desde luego, no pasa por alto, por ejemplo, que si Alemania hubiera podido incendiar a Londres, lo hubiera hecho. En 1940, en una cena en la cancillería del Reich, Hitler fantaseaba, según Albert Speer, sobre la destrucción total de la capital del imperio británico: “¿Han visto alguna vez un mapa de Londres? Está tan densamente edificado que un incendio bastaría para destruir la sociedad entera, como ocurrió ya hace doscientos años. Göring quiere, mediante innumerables bombas incendiarias de efectos totalmente nuevos, producir incendios en las distintas partes de la ciudad, incendios por todas partes”. El sueño del Führer no se cumplió. Y más bien, se trastocó después en pesadilla para sus compatriotas.

Y entonces, el mismo Sebald recuerda que los bombardeos pioneros en la Europa de antes y durante la guerra, fueron alemanes: Guernica, bombardeada por la Legión Cóndor; Varsovia, Belgrado, Rotterdam, y en 1942, cuando muchos alemanes soñaban con establecerse en algún jardín de cerezos rusos (¡0h!, Chejov), llovió fuego contra la ciudad soviética a orillas del Volga, donde, en rigor, comenzó la derrota del Tercer Reich.

La guerra, entonces, cobra sus auténticos principios destructores, con la premisa de la aniquilación total, o si no, por lo menos, más completa del enemigo. Y en ese sentido, Sir Arthur Harris advertía que “la guerra de los bombardeos era la guerra en su forma más pura y franca”. Es decir, hay que producir como sea el mayor número de víctimas al rival, y no importa de cuál categoría. Es más, la muerte de civiles en masa puede disminuir al enemigo en su condición de creerse invencible.

En su libro, Sebald se introduce en el mundo de pánico de los bombardeos ingleses y norteamericanos sobre las poblaciones alemanas, como la destrucción de Hamburgo, en la Operación Gomorra, que pretendía convertir en cenizas a la ciudad. “En el raid de la noche del 28 de julio (1943), que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba…”. Y en efecto, Hamburgo quedó reducida a polvo y pavesas.

En su repaso por reportajes y obras literarias sobre los bombardeos y destrucción de Alemania, Sebald lleva a los lectores a momentos cumbre de horror, acerca de aquel mundo de sufrimientos, desplazamientos, muerte y desventuras de los habitantes de ciudades y poblados. Y advierte que, aparte de Böll, escribieron sobre aquellos días apocalípticos Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendelssohn. “Mérito innegable de Nossack es que, a pesar de su desafortunada tendencia a la exageración filosófica y la falsa trascendencia, fue el único escritor que intentó escribir sobre lo que había visto realmente de la forma más sencilla posible”, dice Sebald, autor de Austerlitz y Los anillos de Saturno.

Hay en este libro imprescindible para la comprensión de aspectos terribles de una guerra como la sucedida entre 1939 y 1945, asuntos que pueden enmudecer de horror a cualquiera que en el mundo sea sensible. Hubo, por ejemplo, la posibilidad de que al sacar banderas blancas, hechas con sábanas, como señal de que no bombardearan una ciudad. Sobre el caso, el brigadier Frederick L. Anderson, de la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, le dijo a un reportero, pasada ya la guerra: “Las bombas son ‘mercancías costosas’. No se las puede lanzar prácticamente sobre nada en las montañas o en campo abierto, después de todo el trabajo que ha costado fabricarlas”.

Las conferencias de Sebald acerca de la catástrofe producida en Alemania por los bombardeos, tiene pasajes sobre el terror individual, los daños sicológicos y otras secuelas que los bombardeos dejaron en niños y adultos. Uno de los más terribles puede ser el sucedido en el zoológico de Berlín, durante un bombardeo con bidones de fósforo y bombas incendiarias, que quemaron quince edificios del jardín: la casa de los antílopes y la de las fieras, el templo de los elefantes, que perecieron y luego tuvieron que ser despedazados: “los hombres se metían arrastrándose dentro de la caja torácica de los paquidermos, hurgando entre montañas de entrañas”.

El libro, en efecto, es un recorrido por un mundo de desgracias, de torturas y dolores, de padecimientos humanos, de las desventuras de un pueblo que después de la hecatombe, quiso mantener en la oscuridad aquellas calendas. Y así como en la obra volvemos a encontrarnos con filmes de Fritz Lang, con palabras de Canetti y de Thomas Mann, por ejemplo, el trasfondo siempre será aquella agonía inconclusa, que parece prolongarse hasta los tiempos contemporáneos, tras setenta años de la terminación de la Segunda Guerra.

Los acontecimientos que casi borraron a las ciudades alemanas, se transmutaron después en un tabú colectivo, en una especie de brutal desmemoria popular. Era como si todos quisieran mantener en el limbo aquel pasado de atrocidades. El nacionalsocialismo y todas sus aberraciones, al principio simpatizadas por países que después serían objetivo de las ambiciones imperiales de Hitler (como Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos), abonaron el terreno para que, después, el cielo de Alemania se poblara de aviones enemigos, que vomitaron fuego y muerte sobre los civiles. Un interrogante sutil flota en el libro: ¿quién tiene derecho a atribuirse el rol de víctima? Y lo de siempre, aunque no esté ahí: los victimarios parecen ser los dueños de la historia. Sobre todo, cuando no hay memoria, una categoría que cuando intentas huir de ella, como decía Sebald, acaba disparándote por la espalda.

W.G. Sebald. Sobre la historia natural de la destrucción. Editorial Quinteto, Anagrama. 158 p.

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Guernica o el horror interminable

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El bombardeo comenzó a las tres y treinta de la tarde del 26 de abril de 1937. Era una flota de cuarenta y tres aviones, de la Legión Cóndor, alemana, comandada por el teniente coronel Wolfram von Richthofen. Un Heinkel-111 sobrevoló a Guernica con la misión de determinar el objetivo y orientar a la formación de ataque. El pretexto era la destrucción de un puente, situado en una encrucijada, en las afueras de la “ciudad santa” de los vascos, pero, en rigor, se trataba de un experimento nazi contra la población civil, tal como tiempo más tarde el mismo mariscal Göring lo reconocería: “La guerra civil española brindó una oportunidad para poner a prueba a mi joven fuerza aérea, así como para que mis hombres adquirieran experiencia”. Guernica se convertía entonces en el primer ensayo de guerra total, con miras a la preparación y declaración de la Segunda Guerra Mundial.

 

En oleadas de pavor los aviones arrojaron bombas explosivas e incendiarias sobre el casco urbano, mientras los cazas Messerschmitt-109 ametrallaban a los que trataban de huir de la ciudad de siete mil habitantes. La resistencia era casi nula: no había defensas antiaéreas ni refugios apropiados; solo algunos milicianos republicanos disparaban inútilmente sus fusiles contra las naves alemanas. El ataque tenía la aquiescencia de los franquistas. A las dos horas de “fuego celestial” Guernica era puro humo y polvo y hollín. Y horror. A las siete y treinta, cuando dejaron de bombardear, las llamas iluminaban el ocaso de la pequeña villa. No se dio nunca una cifra oficial de muertos, aunque la más común dice que hubo mil seiscientos.

 

La prensa afecta a Franco difundió la versión de que habían sido las propias tropas de la II República las que destruyeron Guernica, pero ignoraba que había allí corresponsales extranjeros, como el sudafricano George Steer, que presenciaron la masacre y el apocalipsis ocasionados por los alemanes. Steer, que en algún momento tuvo que protegerse del ametrallamiento lanzándose a un cráter de los que forman las bombas, envió ese mismo día su crónica al Times de Londres. Cinco días después del acontecimiento de terror nazi-franquista, el Día Internacional de la Clase Obrera, el Primero de Mayo, Pablo Picasso comenzó a arrojar toda su cólera y su arte sobre un paño de ocho metros de largo por tres y medio de ancho.

 

Antes de que estuviera listo ese cuadro que es una magnífica expresión de protesta contra la barbarie, Picasso realizó unos 45 dibujos y bosquejos preliminares, en colores, en los cuales aparecen desde el comienzo los elementos clave que compondrían su obra: el toro, el caballo y la mujer. Ya había dicho también que él “siempre creía y creeré que los artistas que viven y trabajan según valores espirituales no pueden y no deberían permanecer indiferentes al conflicto en el que los altos valores de la humanidad y de la civilización están en juego”. Guernica comenzó por encargo. Se la solicitaron los republicanos para que representara a España en la Exposición Internacional de París y para que, con ella, el mundo no olvidara las injusticias ni los genocidios. Ni la brutalidad de los que destruyen a sus congéneres.

 

Desde los primeros bocetos, la talentosa Dora Maar, asociada y amante del artista, los fotografiaba: mujer, toro, caballo, luz, guerrero en el suelo. El 8 de mayo, Picasso introdujo en su composición a la madre con el niño, y el 11 de mayo de 1937 comenzó a pintar sobre el lienzo definitivo. Y, claro, él sabía que la pintura no estaba hecha para la decoración de apartamentos o para satisfacer el gusto de algún ricachón. No. En este caso, como en otros, era un testimonio sobre la violencia, un símbolo de la desesperación y las angustias del hombre.

 

Uno puede imaginar al pintor buscando medios apropiados para decir todo eso que el cuadro dice (y lo que sugiere y comunica), deformando rostros, desmembrando cuerpos, poniendo la desesperanza a mirar al cielo, dándole a la escena un carácter de tragedia. Y si comenzó con colores, después Picasso se decidió por la ausencia de colores y seleccionó el blanco y negro, con gamas de grises, para mostrar el grito. Un grito, un aullido, que, antes, en España, ya habían dado poetas y escritores ante el desangre pavoroso de la guerra civil. Así lo cantaba, por ejemplo, Machado: “ Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”.

 

Y sobre el Guernica qué no se habrá dicho y escrito. Que el negro y el blanco evocan la muerte, que es la representación de la tristeza colectiva, que todo el conjunto es una consternación sin límites. Es el descuartizamiento del espíritu más que de los cuerpos, el dolor que nunca acaba. El resquebrajamiento de la condición humana. El 4 de junio ya Picasso había terminado su cuadro, “cuadro pacifista por antonomasia”, como lo han calificado, y ante el cual no se fila jamás la indiferencia. Cuentan que sus reproducciones decoraban los cuartos de las casas de los demócratas, de los que, tras la derrota de la República, continuaron en su intimidad albergando las esperanzas del triunfo de la libertad sobre la represión. Y también se dice que los que ven el original por primera vez no pueden contener las lágrimas ante esa composición que da cuenta de la crueldad humana.

 

Dicen también que el blanco y negro, que eleva el dramatismo, lo escogió Picasso para expresar con mayor solvencia la brutalidad. Y, además, para evocar, de un modo simbólico y más trascendental, las fotografías que en los días subsiguientes al bombardeo, aparecieron en diarios de Europa y Estados Unidos. Guernica, luz y sombra, una revelación de los sentimientos más inhumanos. Picasso estableció que el cuadro no debía volver a España hasta cuando hubiese otra vez una república, un gobierno democrático. Y por eso, permaneció en el Museo de Arte Moderno de Nueva York hasta 1981, cuando ya la dictadura franquista era apenas un mal recuerdo.

 

Guernica es, posiblemente, el testimonio artístico más elocuente del siglo más sangriento y devastador en la historia de la humanidad, que ahora, en el siglo XXI, parece andar hacia tinieblas más espeluznantes.

Guernica, obra de Pablo Picasso