Otro burócrata *

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Con indiferencia, si no con burla, mira a veces de reojo la fila de expectantes ciudadanos de espera larga entre los que hay alguno que murmura su rabia porque ha visto al hombre detrás de un mostrador de cartón duro —lo que sabe porque es un hacedor de módulos de oficinas— sonreír con grotesco rictus (así lo ha pensado) al de camisa blanca y corbata azul, que a veces pone sus dedos sobre el teclado, pero en la pantalla no aparece nada. El empleado observa ahora con desaliño a uno que ha arribado hasta su puesto, le recibe un paquete de hojas, de lejos da la impresión de un legajo de formularios, las examina, o, mejor expresado, se hace el que las está revisando con la técnica y experiencia del que quiere hacer una representación, y después de unos minutos despacha al anónimo para que traiga fotocopia ampliada de la cédula, registro civil de nacimiento y constancia notarial de que está vivo.

 

Se pasea por el breve espacio de su oficina y de pronto se agacha sobre la computadora, da un clic y le pregunta a un compañero que cuál es el código de no se sabe qué categoría de formatos para los que son pensionados y cuáles para quienes aspiran a serlo. La fila ya es abrumante. Han llegado señores y señoras de edad, caras de amargura y en alguno de tantos hay una actitud de desazón por tener que visitar este género de establecimientos en los que, según él, todo o casi todo, al menos los que allí posan como atendedores, no son más que ineptos parásitos —así lo ha dicho, tal vez como una manera de la venganza— que se tragan el erario y los impuestos de gente como la que ahora engorda la cola de los desesperados.

 

El sujeto de marras se ha parado y con paso propio de aquel que camina con aires de superioridad, se ha dirigido a un cuartito del fondo del salón, cerca del que hay más oficinistas, desaparece tras una puerta y entonces alguien de los de la fila dice: “Trabaja más una pala empeñada”, otros que lo escuchan sonríen y advierte el de más allá: “Cuántas veces ha ido a mear, debe tener una incontinencia”. Hay risitas de impotencia, que quizá hacen menos torturante la fila perpetua.

 

Ha vuelto el hombre y llama al “siguiente”. Revisa papeles. Para. Continúa. Llega un compañero y le pregunta algo. Contesta con consejos: “dígale que traiga los documentos en regla”. Sigue en el examen de lo que le ha entregado un ciudadano. “A usted le falta llenar el formato número tres, que debe reclamarlo en la primera oficina, la de la entrada”. El otro muestra en la cara toda la desilusión. “Ya es la tercera vez que ustedes no me dan información completa”, dice, con tono de derrotado. El otro, con su rostro impertérrito, contesta: “Son las normas, señor”.

 

—Ah, ¿las “normas” son acaso para desorientar al usuario? —En la voz del que esperaba, del que seguirá esperando, hay un dejo de desdicha, que va subiendo en intensidad.

—(…)

—Ah, ¿a usted lo tienen aquí para desinformar, cierto? ¿Lo tienen para no hacer nada, para lastimar a los que llegan, para estar sentado en nuestra escasa reacción? ¿Qué es esto? ¿Cuántas veces tengo que venir a lo mismo, para que aquí siempre me dejen esperando?

 

Hay movimiento en el salón. Algunos de los empleados miran hacia el módulo del incidente. Luego siguen como si nada. De los que esperan surge un murmullo, creciente, que, de súbito, como si se tratara de una conspiración, de una concertación para la resistencia, estalla en gritería, dispersa, resentida, herida. “Ay, qué castigo es venir a estas oficinas”, “oh, cuánta desidia hay aquí”, ¿Qué mierda es todo esto, y uno necesitando que la pensión llegue pronto”, “Cuando me atiendan ya seré muy viejo”. Luego, ante el movimiento del celador de camisa azul celeste que ya está llamando por un celular, la que intentó ser una vocinglería decrece.

 

Junto a la puerta de entrada, a la derecha del tipo que recibe la perorata del visitante, hay señoras y señores sentados en bancas de plástico. Todos portan sobres, carpetas, fichos y, por la palidez de sus caras, parecen gentes a las que la vida se les está yendo por los poros. El celador ahora está muy cerca del hombre que en su desespero se desenfrena.

 

—Como sea, señor, usted tiene que reunir la documentación requerida  —dice el de la oficina.

 

En la actitud del burócrata hay una estela de triunfo. Es, o por lo menos así lo retrata, un imperturbable. Debe de estar entrenado para recibir sin alterar los músculos de la cara algún improperio, pero, sobre todo, reclamaciones a granel. Justificadas. El otro, al que la cercanía del vigilante parece disuadirlo, toma los documentos y sin mirar a los demás que tienen laya de curiosos, se va. El rumor se resigna a la espera. Quizá haya algunos que en su interior sepan que sus documentos son los adecuados, que haber llenado espacios y contestado preguntas, tienen la corrección requerida.

 

Puede ser, lo que no sería extraño, que esta oficina esté pensada para que siempre los que llegan a buscar información y a hacer trámites, tengan la rastrera sensación de que son inferiores. De que no pueden ir contra la corriente. De que su actitud tiene que ser la del sometimiento. Sin protestas. Pasivos. Qué importa si hacen uso de derechos como el de petición. O de recursos jurídicos. Su llegada a un ámbito diseñado para que los otros, los que no son parte de la nómina, se sientan humillados, está en la manera de ser del que los teóricos de la política llaman el Estado.

 

—¡El siguiente!

 

El hombre del módulo lo ha pronunciado, sin alteraciones. Sin interés. Con tono neutro. Qué importa quién diablos sea el siguiente.

 

(* En este mismo blog publiqué otro cuento titulado Un burócrata)

 

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Pinturas de Gustavo Díaz Sosa

 

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Un burócrata

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mira por encima del hombro, con desprecio y burlonería por el que está al otro lado de la ventanilla, sin dársele nada, que espere, que es un ser inferior, que no merece una atención amable ni pertinente ni adecuada, ni más faltaba. Uno acá, en la oficina, con la animosidad dispuesta a no hacer nada, y el otro, el visitante, con sus molestias, con sus fastidios, que si le pongo un sello, que por qué falta una firma, que qué es lo que está pasando que no cuenta con un trato de respeto; y el tipo sin remociones interiores, sin siquiera una lastimita por el ciudadano que al otro lado parece estar muy lejos, sin defensa, sitiado, sin maneras de defenderse.

 

—Pero, señor, atiéndame mi reclamo, falta una firma suya y un sello y un ganchito.

—(…)

—Por favor, que si hoy no diligencio este formulario, me quedaré sin pensión.

—(…)

—¡Ay, quién podrá ayudarme! No sé a usted para que lo tengan ahí…

—(…)

—Es increíble. Usted parece no existir, no sentir, no pensar, ¿cierto?

—Cierto.

—¡Huy!, este tipo habla pero no es capaz de resolver un problema tan simple como el de cumplir con su deber.

—El problema que usted tiene, no es conmigo. Tiene que ir a otra oficina.

—¿A cuál?

—No sé, averigüe.

—¿Con quién?

—En la taquilla seis

—Pero está vacía. No hay quién atienda.

—No es mi culpa. Tiene que esperar

—¿A quién?

—Al funcionario.

 

Da la espalda, pone las manos sobre el teclado del computador, teclea, pero, qué curioso, en la pantalla no aparece ningún signo. Cero caracteres. Se mesa el cabello, se mete un dedo a la nariz, carraspea, toma un pocillo que está al lado, se lo lleva a la boca, quiere escupir. Se reprime. “Esto está frío”, se le oye el farfullo. El visitante, como él lo llama, retorna.

 

—Psss, pissss, hey, oiga, hágame el favor, o al menos el “fa”…

—(…)

—hey, epa, caballero, sí, usted, el que parece una máquina, jejeje, ¿me puede poner un sello en este oficio?

 

El oficinista hace un gesto de repulsión. No se sabe si es por el contenido del pocillo o por el fastidio que le produce el ciudadano que ha optado por la táctica de rebajar al otro a su auténtica dimensión, la de un ser rastrero, serpentario, parásito…

 

—Se acabó la tinta, señor.

—unte el sello con salivita, amigo.

—No soy su amigo. Soy un servidor público.

—Ah, vaya, pero no lo parece.

—Las apariencias engañan.

—Lo que no engaña es su evidente mediocridad.

—Si sigue ofendiéndome, no lo atiendo. Además, podría hacer llamar al guardia.

 

El aire de las oficinas cubicularias se espesa. De las otras taquillas, nadie se entera, o no les interesa el batiburrillo. Puede ser que estén embebidos, tanto los que requieren atención como los que se tornan paquidérmicos en no prestarla. O les importa un pepino la alzada de voz que se emite con tono de desespero en uno de los puestos de atención al público.

 

—No sé si usted tiene nombre, que ni en la escarapela se entiende. No creo que usted tenga amigos, ni si recibe estimación de alguien. Su jefe debe ser peor que usted. Así que una queja mía sobre usted y su indiferencia, o su ineptitud, valdría menos que un comino.

—Puede dirigirse a la sección de quejas y reclamos. O dejar una nota en el buzón.

—Lo que me gustaría, y de hecho me está gustando, aparte de querer darle un pescozón, pero mis manos no se ensuciarán con un hecho de tal indignidad y porquería, es decirle que usted es un robot.

—(…)

—¿Sí me está escuchando? ¿Por qué trabaja o simula trabajar aquí?

—A usted esa información no le debe importar.

—Ah, habla cuando alguien le da cuerda, ¿está usted conectado a algún control remoto?

 

El burócrata continúa sentado frente a la computadora. El escritorio de melamina, que tiene a un costado una botellita verde oscura con una flor de plástico, aparece con un despicado en una punta. El tipo del nombre ininteligible da la impresión de ser un mueble. Es un inmutable.

 

—(…)

—¿Cómo han hecho para automatizarlo? Me gustaría que lo programaran para matar al presidente.

—¿Y por qué a él?

—Bueno, entonces a su jefe.

 

El visitante, con cara desencajada, alza el formulario con el que ha estado paseándose de taquilla en taquilla, da un grito y comienza a desmenuzar el papel. Queda como un cúmulo de confetis. Los arroja y brillan en el vuelo a la luz blanca de las lámparas del techo. El suelo queda tapizado. El visitante camina hacia la salida. El hombre robotizado, el burócrata, ni se vuelve a mirar lo que pasa. En su cara de impenetrabilidades se dibujan una muy leve sonrisa y un gesto de fastidio.

 

 

Un diseño de Adolfo Vásquez

El blandengue

Por Reinaldo Spitaletta

Tiene si acaso uno sesenta de estatura y ya su cabeza parece la de un fraile franciscano que hace años está dentro de las paredes de un cenobio. El bigote blancuzco, que parece pegado a la goma, le baila cuando sonríe, que no es que lo haga con frecuencia, sino muy de vez en cuando, circunstancia que le da una apariencia de amargado. Se viste de pantalón de fibras sintéticas y nunca usa bluyín. Tal vez, porque considera que es una prenda que uniforma y a él, se la escuchado decir, no le agrada parecerse a nadie. Tampoco se le conocen zapatos deportivos, sino formales, los que, incluso, cuando va a dar una caminada de recreación, se le notan raros y los que van junto a él se sienten incómodos, se les ha escuchado decir. Si ríe, que es toda una ceremonia, escasa y solemne, se riegan en el ambiente como chillidos de ratones, o, también han hecho la analogía, como si fuera la risita de una bruja subdesarrollada.

 

Las camisas son de tela ordinaria, manga corta, sin diseño. Y él cree que le dan distinción, porque así lo ha expresado, cuando se le ha sugerido que por qué, así, de vez en cuando, no luce una camiseta de algodón, que incluso le daría aspecto más juvenil. Se rebajaría años. Mira a quien se lo insinúa,  con aire de desazón y —se le nota en el brillo de sus ojos pequeños— hasta con desdén. Da la impresión de tener aires de superioridad. No habla muy bien y comete errores no solo de dicción, como tragarse las ces, en palabras como acción, octavo, y también las pes en aceptar, adoptar, y así. Una calamidad.

 

Trabaja en un despacho oficial en el que se entiende con asuntos públicos de salubridad, sin ser él nada que lo haga un perito en esos saberes. Estudió una carrera conectada con las ciencias sociales, y, por influencias políticas, lo pusieron en donde está hoy. De joven, tuvo inclinaciones de izquierdista, se le vio en manifestaciones contra el alza del transporte y por mejores servicios públicos. Tuvo calenturas de irse al monte a probar suerte con insurgentes, pero desistió. Más bien, le dio por lecturas de ideólogos chinos y rusos, se inició en las líneas de una escuela francesa de historia, y probó en teorías evolucionistas a ver si daba con el origen de su estatura escasa. “Algo tuvo que cortarse en el desarrollo de mis antepasados y a mí me tocó la peor parte”, se le escuchó decir una noche en un café de intelectuales de pueblo, en el que sonaban canciones de alzamientos populares y utopías.

 

En la oficina, cuando le corresponde tomar decisiones, se torna inseguro, y más bien consulta con la secretaria, a la que le pide opinión. Era y es un burócrata disciplinado, que cumple a cabalidad con los horarios, incluso si las resacas lo agobian o si todavía están presentes los síntomas de la ebriedad. Es condescendiente con los jefes, a quienes siempre les dice que sí a todo lo que piden, no importa si sus órdenes van en contra de los intereses de la gente. Para eso está él ahí, para cumplir. Así es su actitud. No discutir por ningún motivo con los superiores; y tal vez por eso, algunos de sus subordinados creen que a veces se traga las palabras, tal vez porque le faltan agallas, de acuerdo a lo dicho por una muchacha del despacho. Sigue los horarios al dedillo, y a veces, sin necesidad, se queda más de lo requerido en la oficina.

 

De joven practicó la natación. Para el fútbol era negado. De esto se supo porque un hermano suyo lo declaró en alguna cantina, que sus padres le recomendaron jugar baloncesto “a ver si crecía”, pero a él le pareció que, precisamente, por ser tan pequeño no era el indicado para esas justas. Aprendió a bailar cumbias y porros, con unos pasitos delicados, más bien sin sabor, pero lo suficiente para invitar a salir al ruedo una que otra muchacha. Se casó a los veintidós años, porque, pese a vivir en una casa con siete hermanos y sus papás, se sentía solo. Fracasó en su matrimonio, porque no aguantó más la rutina de obedecer a su mujer, que fue ella quien contó en una fiesta que a su marido, mejor dicho, a su “ex”, le faltaba carácter.

 

Lo del carácter nos quedó sonando a varios de sus conocidos, porque, en efecto, ya era sabido a múltiples voces de sus debilidades, su ineptitud para defender puntos de vista que pudieran ser justos, reivindicativos, y más bien, tiende a inclinarse, a estar de acuerdo con las apreciaciones de los jefes. Dice “sí” cuando lo correcto es pronunciar un “no”. Se ha afamado entre sus allegados como un ser irresoluto, que hay que empujar como a los carros viejos, y así, sotto voce, se dice, al avizorarlo a la distancia, con sus pasitos de indecisión, “ahí viene el pusilánime”.

(…)

 

Cuando lo echaron del puesto, se quedó sin trabajar largos meses. Ofrecía dictar seminarios acerca de la historia de las emociones, pero nadie le hacía caso y, en cambio, hacían muecas de incredulidad. En algunas noches, se iba al bar de los revolucionarios de otros días, casi todos trabajadores del gobierno, a ver si lo convidaban a cervezas. A veces, y más por una lástima encubierta, lo aceptaban en las mesas. Él, ahí, entre viejos excamaradas, hablaba de los días cuando se reunían bajo cuerda a conspirar (un término muy usado entre jóvenes de hace años que más que rebelarse contra el padre, querían hacerlo contra el Estado), reían y luego lo miraban con desgano y como si fuera un desconocido. Le quedaron faltando pocos años para obtener la jubilación, porque, al parecer, y eso es lo que circuló en bares y corrillos, no demandó a los patrones y más bien dejó que el mundo siguiera andando, que él no estaba para hacer nada que se opusiera a la rueda de la vida y al girar de la tierra. Eso es lo último que de él se supo.