La niebla del adiós

(Un tango de Cadícamo y Cobián sobre barcos muertos y amores perdidos)

 

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Pintura de Quinquela Martín, frente al riachuelo de La Boca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la década de los treinta, con secuelas de la Gran Depresión del capitalismo, cuando en la que fuera una ciudad cautivadora y, para decirlo con un término que entonces no existía, primermundista, Buenos Aires se llenó de miserias y otras desventuras para los trabajadores. El tango (también la literatura, como la de Roberto Arlt, por ejemplo) las narrará. Y tendrá poetas dolidos, con antenas predispuestas para las conmociones humanas, como Enrique Santos Discépolo. La Reina del Plata, sufrió en aquellos años la mishiadura (o la indigencia).

 

El riachuelo, una corriente que, comparada con el gran río, el Río de la Plata (que es un “mar con cinco lunas de anchura”), es apenas un chiste, una caricatura; pero entonces no era una cloaca, como lo va a ser después. Era, en ese sur orillero, donde llegaron genoveses y crearon La Boca, una presencia simbólica que le daba identidad a la barriada de cantinas y un equipo de fútbol que llegaría a ser el más popular de la Argentina, el Boca Juniors.

 

Igual, por aquellos años, cuando ya un poeta, un letrista de comprobada calidad, como Enrique Cadícamo, a quien Gardel le grabó veintitrés de sus temas, va a decir que el riachuelo no es una corriente para navegar sino para fondear. Y en 1937, Nieblas del Riachuelo, con música de Juan Carlos Cobián, se erige en un tango metafórico y bello, que se hizo para un filme, La fuga, de Luis Saslavsky y Miguel Mileo, con las actuaciones de Tita Merello (que estrenará ese tango icónico), Francisco Petrone, Amelia Bence y Santiago Arrieta. En el cine Monumental se estrenó la película el 27 de septiembre de 1937.

 

Ese tango, muy versionado, tiene una primera grabación de parte de la orquesta de Osvaldo Fresedo con la voz de Roberto Ray. Después vendrán muchas más, como las de Edmundo Rivero, Horacio Molina, Susana Rinaldi, Adriana Varela y tal vez la más sentida de todas, la de Roberto Goyeneche con la Orquesta Típica Porteña a cargo de Raúl Garello. Nieblas del Riachuelo (se conoce más en singular Niebla del Riachuelo), más que un poema de barrio, de lugar, o de descripciones locales, es todo un fresco acerca de la soledad, la espera y los retornos frustrados. Un tango sobre los adioses.

 

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Roberto Goyeneche

 

Enrique Cadícamo (1900-1999), con una enorme cantidad de letras, además de varios libros de poemas, era una suerte de adelantado que dejará en más de trescientos títulos (entre los que hay un centenar de tangos) una rúbrica singular. Como lo dijo Jorge Götling en su libro Tango, melancólico testigo, “todos los autores de tango se parecen a Cadícamo y él no se parece a ninguno”. Y en Niebla del Riachuelo dejará una constancia de su talento para caracterizar situaciones límite de la condición humana.

 

“Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en la noche del dolor… / Náufragos del mundo que han perdido el corazón”. En estos primeros versos se advierte una coloración oscura, un pigmento caliginoso, como una pintura de la melancolía. Se establece un clima de tragedia y de pérdida.

 

El riachuelo, el mismo que la contaminación matará, que se volverá un basurero, una corriente muerta, le sirve a Cadícamo para establecer un ambiente en el que se pinta (muy distinto, claro, a las marinas de Benito Quinquela Martín, gran pintor de La Boca) una larga tristeza y una metáfora de los desdichados, de los que fracasan, de los que la vida y otras circunstancias los han derrotado: “Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar / Barcos carboneros que jamás han de zarpar… / Torvo cementerio de las naves que al morir, / Sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir…”.

 

Y al momento de entonarse el estribillo aparece un narrador en primera persona, que va diciendo en un tono de confidencia y casi de secreta intimidad lo que significan las esperas y los alejamientos: “Niebla del Riachuelo / Amarrado al recuerdo / Yo sigo esperando. / Niebla del Riachuelo / De ese amor, para siempre / Me vas alejando”. Y remata con una certera (y dolorosa) situación de ausencia, un desprendimiento, una despedida sin remedio y sin anestesia:

Nunca más volvió.
Nunca más la vi.
Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
Esa misma voz que dijo: Adiós.

 

En la segunda parte, el tango canta a una especie de vejez, de marchitamiento, de ineludible soledad y decadencia. Se advierte el tono de la nostalgia y de lo irrecuperable. Y más que a una lluvia real, concreta, se refiere a una especie de lluvia metafísica, que da la impresión de llanto interior y de una soledad sin límites. Es como si, desde aquel tiempo, el autor hubiera previsto que aquella cinta de agua, que entonces la basura y otros desechos no habían arruinado, tendría un futuro de abandonos y destrucción.

 

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Enrique Cadícamo

 

Niebla del Riachuelo, que también ha sido cantada en bolero (Noro Morales, Rafa Galindo, Panchito Riset, Omara Portuondo, Lita Nelson, Chucho Avellanet, Óscar de León, entre otros) y hasta con aires flamencos, es un tango de una belleza entristecida, que muestra el desaliento y la imposibilidad de continuar de pie tras un largo camino de luchas, a veces inútiles. Tiene la belleza de la luz de los impresionistas y del mar del cual los viejos marinos se tienen que despedir para siempre, a pesar de sus deseos de seguir navegando.

 

El riachuelo de Cadícamo no es para ir en botes, para navegarlo, para mirar desde sus aguas turbias las orillas del barrio. Se vale el autor de lenguaje marino, de artefactos propios de las naves y de la navegación, de la figura de un viejo bergantín, para dar cuenta del final de un camino, de un viaje. No habrá otra partida, no hay anclas para levar. No habrá una nueva aventura ni otras peripecias.

Anclas que ya nunca, nunca más han de levar,
Bordas de lanchones sin amarras que soltar…
Triste caravana sin destino ni ilusión,
Como un barco preso en la botella del figón.

 

El riachuelo, visto por Cadícamo, es un cementerio donde se acaban los deseos, se terminan los sueños y ya no hay manera del retorno. Es como una navegación dolorosa, definitiva, por el río de los adioses.

 

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El riachuelo visto por el pintor Benito Quinquela Martín

Garúa, solo y triste por la acera…

(Crónica sobre un tango de Troilo y Cadícamo, con recuerdos del barrio Antioquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una noche de hace mucho tiempo, sin música de alas, pero sí de copas aguardenteras, el escultor Gabriel Restrepo y yo entramos, quizá tambaleando, al Cuartito Azul, en la segunda planta, más íntima y tanguera, del Patio del Tango, del gordo Aníbal Moncada, en el barrio Antioquia. Nos sentamos sin protocolos y pedimos más bebidas espiritosas. Y, de pronto, en medio de una concurrencia que parecía asombrada, Gabriel comenzó a entonar Garúa, de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo.

 

Este tango, que, como muchos otros, tiene la lluvia como gran metáfora, presenta un tejido sutil de palabras que crean un paisaje nocturno, con fríos espectrales, gotitas casi incorpóreas, olvidos y lágrimas celestiales. Es una letra, o, si se quiere, un poema, de alta concepción sobre el estado del tiempo y su influjo en la animosidad.

 

Garúa, grabado el 4 agosto de 1943 por la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, tuvo primero música que letra. En la calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano, quedaba el cabaret Tibidabo, donde la estrella era el joven Pichuco. Una noche, tras un toque, el bandoneonista y director de orquesta vio entre el público a Cadícamo, ya célebre autor de tangos que, entre otros, interpretó Carlos Gardel. En el altillo del café le hizo escuchar una melodía a ver si el autor de Niebla del Riachuelo le ponía letra.

 

Cuando Cadícamo caminaba de regreso a su casa, en la madrugada, había una llovizna leve, sutil y delgada. Y el mundo era frío, con sensaciones de desolación. Y ahí —se cuenta— ocurrieron los primeros versos: “¡Qué noche llena de hastío y de frío! / El viento trae un extraño lamento. / ¡Parece un pozo de sombras la noche / y yo en la sombra camino muy lento!”.

 

Ese tango memorable, que entraña espíritu de barriada y amores y olvidos, se iba formando con un mensaje categórico, claro, sin retruécanos ni rebusques. La garúa, que es lluvia fina y persistente, es asimilada por el poeta como púas, lo que da a entender un dolor, un sinsabor: “Mientras tanto la garúa / se acentúa / con sus púas / en mi corazón…”. Cadícamo con esta creación pone como trasfondo “la demolición de viejos sueños compartidos por varias generaciones de porteños”, al decir de Jorge Göttling en su libro Tango, melancólico testigo.

 

A la noche siguiente, Cadícamo tornó al cabaret con la letra lista y entonces comenzó el ensayo de Troilo con el cantor Fiorentino. “En esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo / y aunque quiera arrancarla, / desecharla / y olvidarla / la recuerdo más”. Estaba en gestación, o, mejor, en marcha, uno de los tangos más representativos de la década dorada del cuarenta. Después de la grabación mencionada, de la RCA Víctor, llegó la de Pedro Laurenz con Alberto Podestá, de Odeón, y en ese mismo año se llevaron al vinilo versiones de Mercedes Simone y de Alberto Gómez.

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¡Garúa! / Solo y triste por la acera / va este corazón transido / con tristeza de tapera. / Sintiendo tu hielo, / porque aquella, con su olvido, / hoy le ha abierto una gotera”. Hay una vinculación de lo urbano, de lo arquitectónico en estos versos sentidos, que tienen un hondo dejo de melancolía, de tristura agridulce: “¡Perdido! / Como un duende que en la sombra / más la busca y más la nombra… / Garúa… tristeza… / ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!”.

 

De múltiples versiones que existen de Garúa, tal vez, y para gusto personal, la más entrañable y de fraseo exquisito, con una dramatización sin sobreactuaciones, es la de Roberto Goyeneche con Aníbal Troilo, de 1962. El Polaco muestra y demuestra en este corte su talento de cantor, su interpretación cabal de la letra, de lo que quiso decir el autor, dándole el sentido poético a cada verso: ¡Qué noche llena de hastío y de frío! / No se ve a nadie cruzar por la esquina. / Sobre la calle, la hilera de focos / lustra el asfalto con luz mortecina”.

 

Es un tango de soledades, de desgarramientos dolorosos, de una situación en la que el barrio, la ciudad, el estado del tiempo, como trasfondo, afectan las manifestaciones del corazón y los sentimientos. “Qué noche llena de hastío y de frío / hasta el botón se piantó de la esquina…”. Sí, ahí está la urbe, la barriada, el policía (el botón, o tombo como lo adaptamos al vesre en Medellín) y unos bombillitos débiles que transmiten, en la solitaria noche, el vacío, la ausencia.

 

El tango llega a su cúspide sentimental, a su próxima caída de telón, en un momento en que el protagonista, el narrador, se siente como “un descarte”, solo y aparte, abrumado por el recuerdo y la pena. “Las gotas caen en el charco de mi alma / hasta los huesos calados y helado / y humillando este tormento / todavía pasa el viento / empujándome”.

 

Goyeneche, que luego grabó otras versiones (por ejemplo, con la Orquesta Típica Porteña, de Raúl Garello), aparece cantando Garúa en la película El derecho a la felicidad, de 1968, acompañado por Ernesto Baffa. Adriana Varela, por otra parte, tiene una interpretación digna de este tango, acompañada por la Orquesta Filarmónica de Montevideo, parte del álbum Cuando el río suena.

 

Esta joya tanguística de Troilo y Cadícamo fue la que, una noche de bohemia, en el Cuartito Azul del gordo Aníbal, un escultor cantó con una emoción tan intensa, que el resto del auditorio, seguro pasado de tragos, les pareció una interpretación bonita y entonces aplaudieron y brindaron en colectivo. Después, buscaron la versión de Goyeneche y la noche se llenó de duendes y de dolientes sombras.

 

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¡Qué noche llena  de hastío y de frío….

 

 

 

 

 

 

 

Tres amigos en un bar lejano

(Crónica con un tango y un cafetín triangular de cuchilleros)

Reinaldo Spitaletta

 

El nombre más apropiado para un bar lo tuvo en Bello el Bar La Isla. Formaba un triángulo en tres calles, y el cafetín era una miniatura con pianola y dos casas encima de él. La puerta principal daba al llamado Carretero, una calle que se formó con el fin de conectar la vieja fábrica de tejidos, en Playa Rica, fundada en 1902,  con el centro de la ciudad. Un costado estaba sobre la carrera 50, la principal calle de la aldea fabril, que después de pasar por el centro se iba hasta el barrio El Congolo, se montaba en un puente sobre la quebrada La García y se encaminaba al barrio La Selva, donde hubo uno que otro prostíbulo, unas mangas aptas para los más encarnizados y emocionantes partidos de fútbol y la entrada a una finca, en el pie del morro el Quitasol.

Y el otro costado estaba sobre una diagonal. Por los tres lados había acera, y en las bajadas, a veces los muchachos se deslizaban en tablas emparafinadas. Eran los fines de los sesenta, con músicas juveniles Ye-Ye y Go-Go, con baladas argentinas y mexicanas, y con muchos partidos de fútbol en las calles, con pelotas de plástico, que en muchas ocasiones chocaban contra las puertas y ventanas y ponían a las señoras de pelo erizado por la ira. Pero en La isla no sonaban Piero ni Enrique Guzmán ni Leonardo Favio, sino tango, tango de malevajes y expedientes judiciales, tango de alcohol y despechos, y adentro estaban, a veces con la ñata contra la mesa, cuchilleros de baja estofa y condición, que eran capaces de batirse a puñaladas durante horas, sin tocarse ni hacerse un solo rasguño, solo por demostrar, en otros sectores fuera del bar, que eran expertos en el manejo de lo que para ellos era su facón.

Entonces Bello era en proporción el pueblo más cantinero de Antioquia, con bares en todos los barrios y en todas las esquinas. La Isla, sobre tres calles-río, era una suerte de miniatura, como de mentiritas, pero su ámbito interior era otro mundo. Nunca pude entrar en él, porque, claro, no era permitido para menores de edad, y solo desde la acera uno podía observar con cierta admiración y curiosidad aquel espacio reducido, con mostrador y cajas de cerveza. Se sabía que adentro estaba el malevaje de alcurnia, que todavía no había perdido cartel y allí iba a encontrarse con Cruz Medina y con otros guapos de la tanguería.

Mi relación con aquel bar fue más desde la exterioridad y más conectado con El Carretero, porque era la ruta de los buses, y muchos habitantes del barrio debían ir hasta allí para esperarlos o para bajarse de él a la vuelta de su destino. A veces, en la hora del ocaso, y cuando no había partidos en la plazoleta del Florida (un bar dos cuadras más abajo de La isla), subía hasta aquella calle, por la que vivía la futbolera familia Marroquín, a esperar a que mamá llegara en algún destartalado bus. Y entonces las músicas del traganíquel se desperdigaban por aceras y calles, pero sin tocarme.

Muchos años después fue que vine a cerciorarme de que allí sonaba un tango de Enrique Cadícamo,  que hablaba de tres amigos y mencionaba calles del sur y a dos tipos llamados Pancho Alsina y Balmaceda, que en todo caso me parecían nombres extraños. El tango se desgranaba muchas veces mientras yo esperaba. No sé si de pronto sentía alguna repulsa por aquellos acordes, por el cantante, por el acompañamiento, por la letra, o si, por el contrario, ejercía sobre mí una fascinación que no me permitía razonar acerca del contenido. Adentro, había tipos que conversaban, y uno que otro, en soledad, se doblaba sobre una mesa. A veces, caían botellas o copas al piso, y uno se sobresaltaba, pero sin aspavientos ni temblores. Ya La Isla y sus concurrentes hacían parte del paisaje. No era para aterrarse ni para rendir pleitesías. Estaba ahí, y listo.

Los muchachos de afuera del Florida eran los que a veces hablaban de los malevos de arriba, los de la Isla, que algunos venían del barrio Mesa, del parque Andalucía y uno que otro de Prado. Se hablaba de un tal Márquez, de un Atehortúa, de un no sé qué y de un no sé quién, y así. De que todos iban armados, con su puñal entre la pretina o envuelto en un periódico. Nunca vi a nadie pelear adentro, ni siquiera afuera. Decían que se iban para la manga Elena, o para  orillas de la quebrada La García a disputar en riñas y a matarse.

La Isla, en todo caso, era un lugar que desde afuera no convocaba. Su avisito me parecía tristón y adentro, por ejemplo, no había neones, sino luz común y corriente, más mortecina que luminosa. Quizá de haber tenido edad, no hubiera entrado jamás a aquel bar, cuyo único atractivo era estar en una soledad triangular, en una construcción que por lo demás disonaba con el entorno.

El cuento es que al pasar los años, el tango aquel comenzó a gustarme. Lo escuchaba por Alberto Marino, por Carlos Roldán, por Jorge Valdez, por Rubén Juárez, en fin, y al oírlo siempre volvían las imágenes de aquel bar (¿de mala muerte? ¿de buena muerte?), de sus afueras anchas, de sus adentros limitados, de una espera que después olía a galletas de mantequilla. No vi brillar ningún metal afilado en La Isla, ninguna herida, ninguna sangre, excepto la de los malevos cantados.

Muchos años después, mejor dicho, mucho tiempo después de alejarme de aquellas geografías íntimas y entrañables de fines de los sesenta, la letra del viejo Cadícamo se me clavó: “Hoy… ninguno acude a mi cita. / Ya… mi vida toma el desvío. / Hoy… la guardia vieja me grita: “¿Quién ha dispersado aquel trío?”. / Pero yo igual los recuerdo / mis dos amigos de ayer”. Y cada que aquel tango vuelve a mí, el bar La isla está ahí, en el recuerdo de malevos que seguro ya no son, y de mesas de cafetín que ya no existen. Por lo demás, por aquellos días, mi número de amigos era impar y no alcanzó la bella cifra de dos. Por eso, quizá, aquel tango cojea dentro de mí.