Tangos del tiempo loco

(Por recordar, un tantico, aquello de “quién tiene tu amor”)

Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Hey!, bacán, “fueron años de cercos y glicinas”, ¿sí o no?, te acordás, hermano, “de la vida en orsai, del tiempo loco”, días de estar cerca a las pianolas, tirándole monedas hasta que se atragantaban, para que brotaran voces de honduras, como las de Rivero y Berón, pero también, claro, no faltaba Rufino, ni aquel valsecito cantado por Podestá, que nos ponía a soñar con recuerdos de asfalto, y nos llevaba a caminar por el barrio que nunca dejamos, ¿verdad?

 

Había unos manes con la “frente triste de pensar la vida” y uno no sabía qué decirles, esquiniando; o estaban con la cabeza contra la mesa, como si lloraran a escondidas. Eran días de atardeceres amarillos, cuando la juventud no se había ido, y el percal sonaba con su frufrú atrayente, colegialas pasando por enfrente, falditas a cuadros, medias a la pantorrilla, lindas todas. Y vos ahí, junto a la luz de los neones recién encendidos, viéndolas transcurrir y pensando que un día también, como aquel hombre que tenía la cabeza sobre la mesa, envejecerían. Pero ya para esos días vos no estarías por ahí. Y quizá, en ninguna parte.

 

Eran  días de cafetín, del mismo que en sus mesas aprendimos filosofías, juegos de azahar, manejos de puñal bien brillado. Nos queríamos parecer a un tango, o, más que a esa música inevitable, a algún guapo de canción. Soñábamos, claro, porque a veces solo estábamos para los sueños, soñar y nada más, qué tanto daba. No pensar en trabajos, que trabajar no era para nosotros, garufas, muchachos muy divertidos. Nada de perder el tiempo en trabajos. Nada de pensar en fábricas ni en tornos de mecánica.

 

Era un tiempo sin medida, que pasaba y pasaba, pero de eso no nos enterábamos. Para qué, si había voces que nos decían “si soy así ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”. Y en ocasiones, estábamos en esas, metidos en un café de barrio, escuchando, por decir algo, aquello de “Trasnochando como todo calavera”, o al viejo Ángel Vargas con su bruja, que había no sé quién que lloraba cuando escuchaba aquello de “La bruja, que ayer fuera reina de todo mi ser, hoy, roto el encanto, no es más que mujer”. Pero el encanto del bar, ni el de las voces, ni el de los vasos con cerveza, ni de los pocillos de tinto, nada de eso se rompía.

 

Un día, se escuchó la voz de Godoy, con una orquestita de pipiripao, como me acuerdo que dijo el Negro Ricardo, que era un tipo duro para la tanguedia, y también para el baile tropical, y se escuchó, digo, con aquello de “aquí estoy, ya nada valgo, soy apenas un pasado, un pasado bullicioso que arrasara tu maldad”, y el grone quebró, ahí sí, con rabia, un vaso, y dijo que ese man no vocalizaba y se armó la de dios es cristo, porque del otro lado del bar, estaba no sé quién, creo que era un man de Prado, de los que frecuentaban el Torrente y el Viejo Café, y advirtió que si no le gustaba que bien se podía ir de allí, o que salieran a la acera, para no hacer quedar mal la cantina, a darse golpes o puñaladas.

 

El Negro Ricardo se echó a reír, y dijo que no se iba a hacer matar por un cantante de montoneras y que para él eran más dicientes Enrique Campos con Tanturi y Jorge Ortiz con Biagi. Bueno, no pasó nada, porque por allá nadie estaba para darse faconazos, o dejar navajas clavadas en barriga ajena, que más que todo se usaban, mejor dicho, se mostraban, se exhibían en una faena de limpieza de uñas y tal vez para que los otros supieran que esa también era una manera de “mancarse”, por si las moscas.

 

Lo que sí llamó la atención una noche, cuando el mismo Juan Carlos Godoy estaba interpretando su canción insignia, o por lo menos, la que sonaba todas las jornadas por aquellos andurriales, de “quién tiene tu amor ahora que yo no lo tengo” es que se vio al Negro Ricardo llorar, tras haberse tomado no sé cuántos aguardientes, porque, según se rumoró, le habían puesto una cachamenta que lo tenía al borde de una tragedia, pero no la de matar a su exnovia ni al amante de aquella, sino de tirarse de un quinto piso

 

Verdad que aquellos fueron tiempos locos, de revoltura de tango con canciones de pelo largo; de quedarse unos y otros ejerciendo la amistad con bandoneones y guitarras eléctricas, una mazamorra de acordes, de letras poéticas que nos ponían a llamar muchachas cuyos nombres flotaban en el adiós, con aquello de “cuando me besas yo no lo niego… donde yo soy juguete del azar… y en tus manos soy el títere profano con sueños vanos de querer…”, que no sé quién muy culto o muy posudo decía que éramos todos “un juguete del destino”, como en Romeo y Julieta.

 

En todo caso, con el tiempo transcurrido (gastado), llegaron los recuerdos. Los bares aquellos ya no estaban, tampoco los muchachos de entonces, ni el Negro Ricardo, ni las colegialas de medias largas. Todo se había ido, como en un tango: “Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy, el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao”. No supimos nunca quién tenía el amor de aquella muchacha. Todo, volvía a decir un cantor eterno, se lo ha llevado el almanaque. Y con los años, la voz gangosa de un poeta ciego nos lo corroboraba: ¿Dónde estarán? pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer, pudiera / ser el Hoy, el Aún, y el Todavía”.

Pintura de Franco Iturraspe

Anuncios

Cafetín con orines y sin filosofía

Por Reinaldo Spitaletta

No ocurrió como en el Cafetín de Buenos Aires, en el que el gran Discepolín aprendió filosofía y otras vainas. No. Ni siquiera en aquel bar de mala muerte, en el que, por lo demás, nunca mataron a nadie, porque los que peleaban se salían a hacerlo afuera, y afuera tampoco se mataban, había mucho de teatralidad en las confrontaciones, lo mismo pasaba en otros cafés que había en Bello, digo que allí no se aprendía naipes ni parqués ni ajedrez, que por allí no había ajedrecistas, ni mucho menos nada parecido al bridge o al póker. Aprendí, eso sí, algunas canciones que arrojaba el traganíquel, y sus fosforescencias de neón iluminaron imaginaciones, la mía y las de otros pelados que no podíamos entrar porque éramos menores de edad.

En aquel café de sordideces, en el que arriba del mostrador colgaban chorizos secos y desde afuera se sentía hedor a orines, escuché tangos de malevos y de putas, como uno, de escasa estatura, llamado Maldito Cabaret, y otro, más torvo todavía, sobre un tal Cruz Medina, una historia ruda y burda. Pero había algunos, de Raúl Berón, como Trasnochando, Una emoción y Como tú, que tenían poesía, o, por lo menos, no caían en lo evidente ni en lugares comunes.

El bar, como tantos de aquella ciudad de obreros y maleantes, tenía un nombre evocador de Buenos Aires, el Florida, que no desentonaba con otros que pululaban en esas geografías: El Torrente, Tres Amigos, Rodríguez Peña, River Plate, Cuesta Abajo… No todo lo que sonaba era tango. De vez en cuando, se escuchaban las voces de Piero (Si vos te vas y otras) y de Leonardo Favio (Fuiste mía un verano), y no faltaban unas canciones que a mí me parecían deplorables y a las cuales comencé a odiar: las de Los Cuyos.

El Florida, en el que no había billar, era un bar de seis mesas, tal vez siete, con un Seeburg viejo para la época, al que llegaban, más que obreros, tipos “duros” de la calle, que escondían sus puñales debajo de las mesas metálicas cuando sentían que se acercaba la policía y que era inminente una “batida”. Decía que adentro no se enfrascaban a pelear y, más bien, tal vez porque el Bizco Arturo, el dueño del negocio, era un hombre arisco y que manejaba bien la rula, se iban a la acera a intercambiar puños y de vez en cuando a hacer malabares con los cuchillos, sin tocarse, sin herirse.

Todo esto para decir que, tras muchos años de haber desaparecido aquel bar turbio, me acordé otra vez de aquellas noches en las afueras del mismo, mirando por las puertas (eran dos) o las ventanas (tres) a observar a los concurrentes, o de vez en cuando a arrojarles ganzúas o grapas metálicas impulsadas por cauchos que extendíamos entre los dedos, a los chorizos tristes del Bizco, porque me puse a seguir las letras de dos tangos, que uno de ellos siendo de los años cuarenta, no sonaba en el Florida: Cafetín de Buenos Aires (la versión de Goyeneche es insuperable) y Café La Humedad, de Cacho Castaña, compuesto en los setentas.

Donde el Bizco no era posible aprender ninguna filosofía, ni la del trabajo, porque la mayoría de sus clientes eran vagos y uno que otro artesano. Se aprendía, digamos, de fútbol, porque se discutía hasta el hartazgo sobre jugadas y jugadores, o de ciclismo, que había sujetos que sabían de la Vuelta a Colombia y de otras vueltas… Lo que sí aprendimos fue a fumar en la acera del Florida, aunque nada de dados, ni timbas, ni dominó ni jueguitos parecidos, que nosotros éramos muchachos de acción y nada que nos aquietara estaba dentro de nuestros gustos.

El de Discépolo (con música de Mariano Mores) es un tangazo. En rigor, no recuerdo si pudo sonar en aquel barcito desmirriado, pero tampoco el Florida hubiera podido “ser escuela de todas las cosas” ni allí había “mezclas milagrosas de sabihondos y suicidas”, o puede que de los primeros, sí. Había unos habladores de paja que creían saberlo todo. No hubo, sin embargo, ningún suicida que le hubiera dado lustre al café. Allí, “sobre sus mesas que nunca preguntan” no lloré desengaños, ni nací a las penas, pero sí, creo, la atmósfera de humo y los olores acres del aguardiente, me enseñaron que en un café hay brumas y gentes con desencantos.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché Café La Humedad, pero la versión primera que conocí fue la de Goyeneche, aunque, para ser franco, me gustó más la de Rubén Juárez. Aunque, todo hay que decirlo, Cacho no lo hace mal. Hay en ese tango la poesía de lo ido, de las esperas. Y la del billar y la reunión. Es un volver a “las hazañas de otros tiempos”, para alejarse de la muerte y de otras desazones. Es un reencuentro con soledades y con los muchachos de antes.

El tango está lleno de cafés, de viejos y últimos cafés, que flotan en la memoria, que se perpetúan en sentimientos de amistad o en una queja de amor. Y en sus mesas, esas que a veces se buscan con ansia, uno escucha, cómo no, las preguntas que le hacen al tiempo después de que ya nadie llora sobre ellas ningún desengaño.

Medellín, la de atrio y cafetín

Por Reinaldo Spitaletta

A veces, como aquel Gonzalo Arango, situado en el morro de El Salvador, uno se siente -o se sienta- a solas con Medellín, con la pagana y muy cristiana ciudad que, en el siglo XIX sabía más de trabajos que de bailes. A veces, la ve uno con sus chimeneas extinguidas, sus bancos en efervescencia, su fiebre bursátil, y todavía, como en la Villa de la Candelaria, se pueden ver crecer las panzas y las bolsas de los potentados.

Ya pasaron los chismes de atrio. Cree uno. Y se fueron los bullicios de las mesas de bar de Guayaquil. Los reemplazó el “barequeo” de clientes en cacharrerías modernizadas y la agitación de almacén de El Hueco. A veces, sentado en el café Versalles, ve uno pasar a Junín y su extinguida historia de elegancias y pasarela de mujeres, parecidas, quizá, a la borgeana Lujanera: “Verlas, no daba sueño”. No hay lugar para la nostalgia, sí para la memoria.

Una ciudad, como se sabe, es más que una arquitectura, aunque ésta sea materia clave en la formación de símbolos, en la creación de imaginarios. Es más que una calle, incluso más que aquella en la que crecimos, o en la que supimos de las primeras revelaciones. Trasciende la infraestructura y anida en lo esencial: en la gente, en el transeúnte, en el vecino, que ahora, con la aparición del gueto, de la ciudadela encerrada, también tiende a desaparecer.

Una ciudad es más que sus buses y semáforos, más que sus edificios inteligentes y sus fábricas. Es un olor (tal vez a hollín, a plaza de mercado, a flores muertas), o un conjunto de aromas. Es un mundo interior. A veces, como en un tango, puede ser un coro de silbidos, o el fragor del patio de recreo de una escuela marginal.

La ciudad trasciende a la muchedumbre, sea esta laboriosa o de ociosos. Es, a veces, un estado de ánimo o el frufrú de una falda de colegiala. Medellín, por ejemplo, es lo que fue. Y lo que es. Tal vez, lo que será. Mezcla rara de tiempos muertos, de tiempos vivos. Así, es todavía el primer fonógrafo traído por Coriolano Amador, o ese automóvil francés que el progresista empresario (también llamado El burro de oro) trajo a Medellín antes de estallar en Colombia la Guerra de los Mil Días.

Es el Carré y el Vásquez, ayer lujos, luego conventillos, inquilinatos para amores de urgencia, expendios de alucinógenos, oficinas de sicarios. Y ahora, restauración y sosiego. Para que el ombligo de la historia no se corte. Es una extinguida plaza de mercado -también ideada por el hombre al que honra una calle- entonces símbolo de modernidades, con estación de tren incluida. Pero, a su vez, es un metro con estaciones asépticas e impersonales.

Medellín es una novela de Mejía Vallejo o de Carrasquilla y, claro, también una crónica de Abad hijo recordando al Abad padre, o un relato de Memo Ánjel y sus mesas de judíos. No es ya el teatro Bolívar o el Junín, referentes culturales de una generación extinguida, pero es el uniforme cine de hipermercado, o el centro comercial macdonalizado. Es, o era, la morcilla de las señoras de Tejelo y de las vendedoras de arepas de un Carabobo transmutado en paseo comercial. O cultural, dicen.

Uno hereda la ciudad. Como la lengua. O como la sangre. Así, en cada uno, aunque no lo sepa, hay un poco de sudor de obreros, de sus plusvalías textileras; un poco del barrio que ya no es. Tal vez unos rescoldos de calderas fabriles y hasta el alarido de Marañas, cuando, a fines del siglo XIX, al inaugurarse en Medellín el alumbrado eléctrico, proclamó con ufanía, mirando al cielo de su nueva ciudad: “¡Luna, a alumbrar a los pueblos!”.

Una ciudad, como esta, con nuevos cementos y bibliotecas barriales, es más que una concepción físico-espacial: es una entrada a la imaginación, a paisajes invisibles. Es, por ejemplo, aquel cafetín sin decorados y sin música, hecho para el ejercicio de la palabra y la fraternidad. Los planeadores la piensan para el intercambio de mercancías y las rentabilidades, pero la ciudad debe estar hecha para la relación inteligente con el otro.

Una ciudad, digamos Medellín, es un álbum de afinidades, de amores y odios compartidos. Y es el hombre que la habita, la padece y goza. No puede ser una prisión, ni una apología a los réditos económicos. Debe ser un espacio para el imprescindible ejercicio de la libertad y la imaginación, el mismo que trasciende lo catastral, lo burocrático.

Heredamos un poco, o casi nada, la ciudad perdida, la de Salvita, aquel alucinado que en su globo se estrelló contra los techos de la plaza de Guayaquil; la de las madonas festivas de las zonas prohibidas; la del poeta de la barba rojiza; la de los irreverentes alborotadores nadaístas. La de aquellos barrios extraviados que daban carácter y puñaladas.

Y somos de una ciudad que a veces nos sume en soledades, pero, al mismo tiempo, nos ofrece la posibilidad de manosear una gorda boteriana o la de meternos en una sala de teatro. Somos de una ciudad con gente que se rebusca en el semáforo, con muchachos limpiabrisas y contorsionistas de esquina. Ciudad de mendigos y avaros, de opulencias y necesidades, de ladrones y prostitutas.

Heredamos un tanto el cielo de esmog y el canto al trabajo; los campanarios y el desarraigo de los que arribaron empujados por el desamparo. Cada uno, el destechado, el magnate, es ciudad. ¿Qué debe permanecer, qué cambiar?

A veces es una ejercicio de placidez (también de desesperanza) subirse a alguno de sus cerros tutelares y observarla. Ver su “corazón de oro y su pan amargo”, sentir su corazón de máquina y perderse en el paisaje inmenso de casitas simples adornadas por un metro colgante.

Decía el poeta de la barba nórdica, en los albores del siglo XX, que aquí había una total inopia en los cerebros. Puede que el panorama haya cambiado poco. Lo que sí puede ser un consuelo es irse alguna noche a un parque a mirar la luna que Marañas no pudo exiliar.

Teatro Junín, Medellín, esquina de Junín con La Playa