Las focas adormiladas de Monterrey

Libreta de viaje (2)

Al frente de las playas de Monterrey llegan focas y lobos marinos a sestear en el verano. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Crónica con menciones a Dalí, Tortilla Flat y viejos enamorados)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Monterrey, de menos habitantes que Salinas (unos treinta mil), tiene historia española, varios museos, un célebre acuario de medusas psicodélicas y mantarrayas, está a 550 kilómetros de Los Ángeles y se sitúa en la bahía del mismo nombre, en el océano Pacífico. Fue documentada por primera vez por Sebastián Vizcaíno en 1602 y fundada en 1770 con el largo nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey, que se convirtió en la primera capital del estado de California (hoy su capital es Sacramento).

 

Llegamos a la novelesca ciudad con el sol muriente del verano, a las ocho y treinta de la tarde, a un hotel donde nos recibió un nepalés. “¿De dónde son?”, preguntó, y sonrió cuando escuchó Medellín, Colombia. Se interesó por la situación de la ciudad, a la que conocía, más que todo, por los tiempos nefastos de la mafia. Nos dio la bienvenida y nos dijo que para ir a la habitación, con vista al mar, había que atravesar una calle.

 

Cuando anocheció salimos a caminar por una avenida llena de palmeras iluminadas como si fuera navidad, con sicomoros y otros árboles, con cafés y hoteles y música “a babor y estribor”. Ya estaba cerrado el museo donde había una exposición de obras de Salvador Dalí y los supermercados tenían mucho movimiento. A la distancia, se vislumbraba una congregación de botes estacionados. Había brisa.

 

En el hotel, quizá a las tres de la mañana, me aterrorizó una pesadilla. Había derrotado no sé cómo a unos asaltantes, de los cuales escapé por calles oscuras. De pronto, me vi solo, en medio de la nada. Y ahí, desde las sombras, aparecieron nuevos bandidos. Corrí. Cuando miré atrás, vi cómo a un hermano (era muy joven en el sueño) lo partían a machetazos.

Pencas entrelazadas adornan las playas  de Monterrey.

Monterrey, famosa por sus playas, sus restaurantes elegantes y el Fisherman’s Wharf, tiene asimismo la impronta del novelista Steinbeck, que ambientó allí varias de sus obras, como Tortilla Flat (también traducida como Camaradas errantes), Dulce jueves y Cannery Row (ahora hay una calle que así se denomina). “Cuando la guerra llegó a Monterrey y a Cannery Row, todos lucharon, más o menos, de una forma u otra. Cuando cesaron las hostilidades, todos tenían sus heridas”, se lee en el primer capítulo de Dulce jueves.

 

Pero quizá Monterrey esté mejor retratado en la novela picaresca de Tortilla Flat, con robagallinas y buscadores de tesoros místicos. “Monterey se asienta en la ladera de una colina, con una bahía azul a sus pies y un bosque de altos, oscuros pinos a su espalda. Pescadores y envasadores de pescado americanos e italianos pueblan la parte baja de la ciudad”, dice Steinbeck en el prefacio de su novela sobre Danny y una tropilla de vagabundos.

 

Cannery Row en la ficción de Steinbeck es una calle en la que se concentran las fábricas de conservas de sardinas (originalmente, se denominaba Ocean View, pero pudo más el poder de la novela y entonces se le cambió el nombre). “El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño”, advierte el novelista en su introducción a la obra en la que aparecen tenderos chinos, burdeles y laboratorios biológicos.

 

Monterrey, donde también vivió el escritor escocés Robert Louis Stevenson, tiene diversas playas, que en el verano se llenan de turistas y nativos, que quieren contemplar el mar de un intenso azul profundo y meterse a sus aguas frías, porque, de todos modos, es mejor que nada. Una de ellas, con muchas casas de tamaño generoso y arquitecturas inglesas, es la de Lovers Point Beach.

 

Es consuetudinaria la presencia de viejas parejas que se sientan frente al mar a buscar recuerdos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

En una caminata por los senderos y parquecitos, en los que hay esculturas y muchas pencas entretejidas, como abrazadas, uno puede ver a los viejos, sentados en bancas frente al mar, mirando hacia el azul oscuro de las aguas, con sus sombreros de ala ancha y quizá con muchos recuerdos de tiempos juveniles. Se oye el aleteo de las gaviotas y es posible, sobre rocas muy cercanas a la playa, ver focas, leones marinos y morsas adormiladas (La vista de estos mamíferos, en vivo y en directo, me transmitió una sensación de serenidad).

 

Monterrey a la carrera es una ilusión de mar, cielo y botes atiborrados. De palmeras y coníferas que saludan al viento. Solo hubo tiempo de una mirada global, rápida, porque había que retornar a Los Ángeles, por un camino de vuelta en el que hubo nuevas revelaciones paisajísticas, otros molinos de viento, el dios Eolo atravesando una gran llanura en ese valle largo de Salinas que se extiende entre dos cordilleras montañosas, como bien lo describe Steinbeck en Al este del Edén.

 

En un paradero, de esos necesarios para la orinada, la toma de agua, la compra de algún helado (la máquina estaba descompuesta y entonces fui a otra y saqué un chocolate caliente, apenas para competir con los 38 grados de temperatura ambiente), los sicomoros nos sombrearon y abanicaron con su viento verde.

 

Atrás iban quedando las imágenes novelescas creadas por John Steinbeck, los ríos sagrados, los avisos de señalización, el tren largo, los enamorados de una playa. Los Ángeles, donde hacía tres días había presentado en el edificio Wells Fargo, en el Downtown, mi novela Balada de un viejo adolescente, estaban esperándonos para continuar la aventura por pueblitos de imitación danesa, playas de hippies anacrónicos, canales a lo Venecia (en otra Venecia, pero a la gringa), museos de arte moderno y contemporáneo y un periplo por una de las catedrales más raras del mundo, la de Nuestra Señora de Los Ángeles.

 

Salinas y Monterrey ya eran un recuerdo de muchos colores, entre vientos y soles de quemazón, con historias que un escritor de allí narró para todo el mundo.

 

Aspecto de un barrio de Monterrey, California. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La brisa, la arena, las coníferas, el sol del verano en Monterrey. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

Buscando a Steinbeck y los sicomoros

Libreta de viaje (1)

(Crónica de verano en el Valle de Salinas, con lechugas y una casa victoriana)

 

 

Casa de John Steinbeck, en Salinas. Ahora es un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quería llegar a Salinas, ciudad del condado de Monterrey, en California, por varias razones (¿o serán sinrazones?): conocer la cuna del escritor John Steinbeck, al que comencé a leer desde la adolescencia (La perla, El pony colorado fueron las primeras) y mirar de cerca los sicomoros. Ya tenía nociones del valle largo, del río Salinas (“profundo y verde”), de los viñedos, porque casi todas las novelas y cuentos del autor de Las uvas de la ira, se inician con una descripción geográfica de ese inmenso lugar.

 

Salir en automóvil desde Los Ángeles con la conducción de un doctor en matemáticas, la compañía de Ángela, una paisana bellanita, y mi hermano Sergio, tenía su gracia y emoción. Las impecables carreteras, rodeadas por colinas que a veces daban la impresión de un paisaje extraterrestre (de los que uno ha visto en películas), ejercen una atracción sobre el viajante. No cansan a la vista, pese a una posible monotonía en el relieve y en sus colores ocres.

Paisaje del Valle de Salinas.

 

Era imposible no conectar aquello con un recuerdo literario de los cosecheros de Oklahoma, los okies, que en los tiempos de la Gran Depresión, por la 66, iban en peregrinación hacia California a buscar la “tierra prometida”. Era el verano, con sol espléndido, con pinturas verdosas en las montañas leves, con el mar a veces a la vista, con el encuentro de trenes largos y con la extensión infinita de cultivos de lechugas y viñedos que han hecho del vino californiano uno de los más destacados del mundo. Atrás iban quedando pueblitos y una que otra ciudad (Ventura, Santa Bárbara, Obispo, San Miguel…) y también imaginarias remembranzas de películas del Oeste.

 

Y así, durante cinco horas, con algunas paradas, mientras quedaban atrás molinos de viento y decenas de tractores (que igual más adelante seguían abundando), el corazón latía por la ansiedad de estar en la tierra que uno había presentido —e intuido— a través de la literatura de Steinbeck. Ah, antes de la partida, e igual en otros tiempos, quería conocer el nabo, que es como “una remolacha blanca” (así la describió Christopher Reed, el que conducía el automóvil), que es, según las condiciones, como les sucedió a tantos en los días del Crack, comida para pobres. El ganado se siente a gusto con ellos. Y todo porque, además de mencionarse en algunas ficciones de Steinbeck, también está destacado en El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

 

Una de las estaciones, sobre todo para orinar y tomar agua, se hizo en un poblado de 500 habitantes, en San Ardo, cuyo centro consistía en dos o tres tiendas, una estación de gasolina y unas cuantas casas, una de ellas con esculturas orientales en sus antejardines. La muchacha que nos atendió, robusta y sonriente, nacida en Santa Cruz, contó cuál era el origen del nombre de aquella aldea solitaria (llegamos a una hora en que el sol era candela y tal vez todos dormían).

 

 

Muy cerca hay otro pueblo, San Bernardino. Al que arribamos era llamado en otros días San Bernardo. Sin embargo, porque la oficina postal confundía a ambos, y las cartas de uno se iban para el otro, los del primero decidieron aplicar una aféresis. Y así quedó rebautizado: San Ardo. Por lo demás, afuera puede uno arder en el verano, a unos 37 grados. Volvimos a la carretera central y continuaron los viñedos y las lechugas, agricultura tecnificada y con muchos surtidores.

 

Salinas, de unos ciento cincuenta mil habitantes, apareció. Una calle larga nos llevó a la principal y por supuesto hay una “street” con el apellido del escritor. Fuimos sin vacilaciones al Centro Nacional Steinbeck, en la Main Street, porque faltaba una hora para que lo cerraran. Eran las cuatro de la tarde. Tras mirar un documental sobre la región y la vida del autor, pasamos a otra sala, enorme, con divisiones temáticas, sobre la vida y obra del escritor. Fotografías, el infaltable fetichismo de camas y escritorios, afiches de las películas de adaptaciones de sus libros (como De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, Tortilla Flat…), las noticias sobre el Nobel que se le otorgó en 1962, luces, sombras, los reportajes como ¡Fuera bombas! y Hubo una vez una guerra, fotos de su primer matrimonio con Carol Henning…

 

El pony colorado, en el museo Steinbeck.

Junto a la salida de aquel espacioso lugar dedicado a la memoria y trayectoria del escritor, está Rocinante, un GMC verde botella, en el que el escritor se fue en 1960 a recorrer su país en compañía de su caniche Charley, cuando, según su hijo, ya sabía que se estaba muriendo. Sin embargo, duró más tiempo y en el 62 recibió el Nobel de Literatura. Murió seis años después en Nueva York.

 

Muy cerca del museo está la casa victoriana donde nació el autor de La luna se ha puesto. Es un restaurante (estaba cerrado cuando llegamos), con antejardines, placas conmemorativas y una grama que dan ganas de extenderse en ella y ponerse de cara al sol. Claro, apenas por unos segundos, porque el verano es quemante.

 

Salinas, una apacible ciudad fundada en 1847, que era una parada de diligencias entre Monterrey y San Juan Bautista, vive de la agricultura (lechugas, espinaca, fresas, zanahorias, coles, apio, brócoli… la llaman la “ensaladera del mundo”)). No pude ver los nabos, pero sí los sicomoros en distintas avenidas, movidos por un viento atardecido que me recordaron varias tramas del escritor al que le gustaban las historias cortas de Hemingway y “casi todo lo que escribió Faulkner”.

 

Salinas quedó atrás, con la imagen de Steinbeck por muchas partes. El automóvil siguió a Monterrey. “Allá también encontrarán a Steinbeck”, nos dijo una de las sonrientes empleadas del museo. Una vieja pluma de escribir flotaba sobre el asfalto caliente.

 

(La visita a Salinas se hizo el 9 de julio de 2018)

 

 

John Steinbeck y su perro Charley.  Centro Nacional Steinbeck. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Interior del Centro Nacional Steinbeck, en Salinas, California. Foto Reinaldo Spitaletta

Los agitadores, ¿heroicidad o pendejada?

(Un cuento de Steinbeck sobre el Sistema y sus víctimas)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

John Steinbeck, el galardonado escritor del Valle de Salinas, tuvo una visión marxista sobre la realidad estadounidense, que le sirvió en muchos casos para su literatura. Su mayor logro novelístico fue Las uvas de la ira, enmarcada en los tiempos de la Gran Depresión del capitalismo y en el éxodo de cosecheros (aparceros de Oklahoma) hacia California, en una experiencia de sufrimientos y carencias que el narrador había contado antes en un gran reportaje, Los vagabundos de la cosecha, publicado en 1936 en The San Francisco News.

 

Steinbeck, crítico de la sociedad de su tiempo, no solo se destacó en la creación de novelas de alta calidad, sino en la cuentística, que no es tan extensa como aquella. En el libro El largo valle, con once cuentos, tiene obras de orfebrería literaria como Los crisantemos, una “sutil radiografía de la insatisfacción”, en este caso de Elisa Allen, protagonista del relato en el cual es tan importante lo expresado como lo sugerido. Y, además, lo que deja de decirse.

 

Uno de los cuentos en los que el tema (como en otras obras de gran aliento del autor de Viajes con Charley) es la lucha de trabajadores y simpatizantes “rojos” contra el sistema de explotación capitalista es Los agitadores (también traducido como La incursión), una estructura cronológica lineal que maneja con acierto la relación dialéctica entre tensión e intensidad, con dos personajes, “uno de ellos mucho mayor que el otro”. Dick y Root, que se van caracterizando a través del diálogo mientras avanzan de noche de una pequeña ciudad californiana hacia unas afueras o suburbios, a cumplir una tarea que se va desgranando en pequeñas dosis, que contribuyen al propósito del suspense.

 

En la medida de su marcha, aparecerán casas iluminadas, una vía férrea, el paso del tren que hará que el lector se entere de asuntos que irán tejiendo los impulsos del relato y cuál va a ser el destino de los dos hombres que van a cumplir una misión. El papá de Root es guardafrenos (el paso raudo del tren hace que esta situación se conozca) y ha arrojado al hijo de casa porque se enteró de los berretines peligrosos, de las andanzas que pudieran poner en riesgo el trabajo del progenitor. “Se han hecho a sus cadenas”, apunta el joven Root, que está en proceso de cumplir una tarea de dificultades altas, como si se tratara de una graduación. Un bautismo de sangre.

 

Hay, desde el comienzo, una especie de tira y encoge entre el experimentado Dick y el Root, que caminan por un sendero de acacias, y en el primer apartado (de cuatro) ya se habla de lámparas de querosene, carteles y panfletos. Los viandantes llegan a un almacén abandonado, en la que, a modo de ornamentación de un lugar que ya no es (¿un no-lugar?), hay un anuncio de Lucky Strike y la silueta de cartón de una mujer Coca-Cola, que pueden ser, por qué no, símbolos del capitalismo y de la sociedad consumista, con la que los dos visitantes están en desacuerdo.

 

El relato transcurre con elementos que, por instantes, retardan la acción, como un modo de aumentar expectaciones y de mostrar aspectos de los dos hombres que, sin duda, están a la espera. Hay una cita pendiente con otros que tardan, o que da la impresión de no llegar nunca. Y, entre tanto, Root intenta ocultar su miedo, al tiempo que el otro lo sondea, le mide el aceite, y de fondo, como un acicate, como un paradigma del coraje, hay un retrato rojo y negro que debe ser de un líder marxista. “—Escucha, muchacho —dijo suavemente—. Sé que tienes miedo. Cuando tengas miedo, míralo —señaló el retrato con el pulgar—. Él no tenía miedo. Solo tienes que recordar todo lo que hizo”.

 

Publicado en 1934 en The North American Review, Los agitadores (The Raid es su título en inglés) guardan en su esencia, y según como se mire, claro, la mística exacerbada de militantes comunistas o “rojos” que combaten contra un estado de cosas inicuo, pero, a su vez, puede tener la perspectiva de la alienación que podría producir una doctrina cuando se asume con dogmas y con puro corazón. Y casi nada de cerebro.

 

En su contenido se adivina cómo el comité, los que dirigen, los que han enviado a los dos hombres a una trampa segura, solo con el afán de tener argumentos para la denuncia y como pábulo para acusar al sistema, pueden lucir como impertérritos y desalmados frente a los que les espera a los dos que serán “sacrificados”. Dick y Root son víctimas propiciatorias y, pese a la información que reciben de uno de los miembros de la organización, están convencidos de que deben quedarse en ese lugar al que llegará una tropilla de antisindicalistas a convertirlos en carne de cañón. O, al menos, en receptores de una golpiza sin compasiones.

 

Es una narración en la que se advierte la sapiencia (y la endemoniada técnica) de Steinbeck para el género. Root, menor de edad, pasa una prueba de fuego y es otro mártir más de la agitación social (o de las injusticias y persecuciones a los miserables), lo mismo que Dick, que tiene más cancha en tales faenas revolucionarias. El muchacho saca valor y heroísmo de la nada, solo por sentir que su lucha podrá algún día desbarajustar el Sistema, el mismo que, según Dick, no ataca ni aporrea al hombre sino a la Idea. Ese es el cuento. Duro y cuestionador.

 

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John Steinbeck y su mascota.

La fiebre del oro se vistió de bluyín

“Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín…”
Chiquilín de Bachín, Horacio Ferrer

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   Por Reinaldo Spitaletta

Una vez, y no recuerdo las circunstancias, el ensayista, crítico de cine y columnista de prensa, Alberto Aguirre, me dijo que él jamás se ponía bluyines ni tenis, porque se sentiría uniformado, y tal vez el hombre que fue dueño de una de las librerías más importantes de Medellín tenía razón. Estas prendas, que hoy abundan en uso, dan la impresión de monotonía en el paisaje humano, y aunque los cánones de la elegancia y el dandismo puede que riñan con ellas, son cómodas y descomplicadas.

El bluyín está en todos los ámbitos. Es popular. Lo usan ricos y pobres. Trabajadores y vagos. Poetas e indigentes. El ejecutivo, ahorcado con la corbata y trajeado de formalidades en semana, lo viste en viernes y sábado. Hay una suerte de democracia (¿o acaso será demagogia?) de la ropa con esta indumentaria sobre la cual una vez un médico bioenergético me dijo que la habían inventado para bajar la libido de mineros y otros trabajadores de durezas con el fin de que no estuvieran pensando en sexo y sí en productividades y otras eficiencias.

Esta creación gringa del siglo XIX, con raíces italianas y francesas, se extendió por el mundo, y así como puede ser síntoma de vida proletaria, también puede representar un modo de existencia burgués. Hubo un tiempo en el que poseer un bluyín, de aquellos prelavados, que llegaban casi siempre de contrabando desde los Estados Unidos, era una muestra de distinción y hasta de arribismo social. El “Lee”, que de él se trata, no era para todo el mundo. En el barrio quien tuviera uno de esos se consideraba un sujeto de buen gusto y de abundosos denarios. El que lo tenía se daba ínfulas y se paseaba por las calles como un conquistador, como alguien diferente y que tenía altas probabilidades de donjuanismo y buena vibra con las muchachas.

El bluyín, que los hay finos y costosos, como baratos y bastos, estuvo vinculado en sus orígenes con los trabajadores. Era prenda resistente, que aguantaba laboreos pesados y además se podía poner dos, tres y cuatro días seguidos, o quizá toda la semana, sin que la mugre y los sudores fueran evidentes. Una versión histórica atribuye su creación al alemán, oriundo de Baviera, Levi Strauss, que se instaló en San Francisco, California, en los tiempos de la fiebre del oro.

A aquella ciudad, como a otras de California, llegaban aventureros y buscadores de fortuna. Y el judío germano, que abrió un ventorrillo con provisiones para mineros y otros migrantes, diseñó unos pantalones de lona (el mismo material que se usaba para carpas y toldos), de color marrón, aptos para aguantar duras jornadas, que pronto se popularizaron. Desde el siglo XVII, en Nîmes, Francia, se fabricaba una tela, el denim (su nombre está conectado con la ciudad de origen, tejido de Nîmes), teñida con azul índigo procedente de la India, que traían los marineros genoveses. Levi comenzó a importar este tipo de tela, abandonó la lona y contrató al sastre Jacobo Davis para la confección de pantalones. A este se le ocurrió la idea de reforzar costuras y bolsillos con remaches metálicos, que los convirtieron en más duraderos y con lo que se evitaban los remiendos y parches. Así nació el blue jean. Ambos pioneros tramitaron la patente en 1873 y ya para fines del siglo XIX, la inevitable prenda no solo era de uso masivo de mineros, sino que se extendió entre granjeros, vaqueros y obreros ferroviarios y fabriles.

El bluyín surgió como ropa para gentes de oficios rudos. No era para lucir en ceremonias solemnes, sino para faenas laborales. En la primera guerra mundial, con el denim se confeccionaron uniformes de soldados. Todavía faltaba un tramo para que fueran las juventudes quienes lo convirtieran en símbolo de rebeldías (a veces, sin causa, a veces esnobistas) y protestas sociales. Con el surgimiento del rock and roll, y con el uso del bluyín por actores como James Dean y Marlon Brando, y cantantes como Elvis Presley, el invento de Levi y Davis se convirtió en el indumento preferido de los jóvenes de los años cincuenta. La generación Beat y los hippies le dieron su bautizo de irreverencias y para los sesentas ya no hubo modo de contener su invasión mundial.

Bluyines con bota de campana, bluyines estrechos, bluyines para el baile o para las manifestaciones estudiantiles del mayo parisino. O del México de la noche de Tlatelolco. Bluyines desteñidos (y en ciertos procesos de decoloración, contaminan peligrosamente el planeta), bluyines que fabrican mujeres explotadas en maquilas de transnacionales, bluyines de marca, bluyines piratas, bluyines globalizados. Uniforme del mundo. Exhibidos en lujosas vitrinas de centro comercial o en quioscos callejeros informales.

Estos pantalones de cowboys, de mineros auríferos, de fogoneros ferroviarios, de pronto se convirtieron en material de cachet para diseñadores de moda, para ingenios de la alta costura. Y su uso se combinó con zapatos de charol y chaquetas con corbata, o sin ella. Bluyines de pasarela. Pero también de zaguán de bazar de comercio popular.

Y ahí está el conductor de bus, y el taxista, y la vendedora de maquillajes, y la universitaria, y el limpiador de parabrisas, y el profesor, y el que se para en los semáforos a vender confites o a hacer malabares. Todos con bluyín. Prenda para los de arriba y los de abajo. Igualados todos. El mochilero lo porta a todas partes. Y el gringo viajero se lo deja puesto hasta un mes, y su pobre bluyín se torna lamoso-verdoso.

El finado Alberto Aguirre, uno de los articulistas críticos más relevantes de Colombia, me dijo una vez que no usaba bluyín ni zapatillas tenis, porque no quería ser parte de la masificación. A mí me gustan desde que era un pibe de barriada y nunca he aguantado pantalones de paño ni zapatos formales (aunque en los setentas nos pusimos horribles pantalones de terlete). ¡Ah!, mi papá —también extinto— jamás usó ni un bluyín proletario ni uno burgués. Tenis tampoco. Nunca le pregunté por qué, pero, ahora que caigo en la cuenta, tal vez me hubiera dicho lo mismo que el señor que tuvo una de las librerías más emblemáticas de Medellín.