Piratas en barquitos de papel

(Crónica en dos tiempos, con naufragios y dos tipos que cantan)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.

 

 

2.

 

El otro, también frágil, fue aquel que cantaba, qué digo, más bien lloriqueaba un cantor argentino, director de cine y todo, al que se le escuchaba su lamento en el traganíquel del bar de la esquina. Su voz de mugido, su voz honesta, nos decía que había un barquito de papel a punto de naufragar y una muchacha que, triste, se marchaba sin esperanzas de retorno. Era una canción melancólica.

La cantaba Leonardo Favio y solo una estrofa era la que me hacía acordar de aquellas naves callejeras que navegaban en las corrientes urbanas tras un aguacero de barrio. No había entonces quién corrigiera el timón de aquellos barquitos que, casi siempre, iban con sus sueños y tripulantes imaginarios a dar con sus velas y amarras al fondo de la alcantarilla.

Y, tal vez, el más bello barquito de papel era (es todavía) el cantado por Joan Manuel Serrat: “Aventurero audaz / Jinete de papel / Cuadriculado / Que mi mano sin pasado / Sentó a lomos de un canal”. Uno, escuchándolo, vuelve sin remedio a sus días de infancia extraviada, cuando, además de las pompas de jabón y los barriletes, los barquitos de hojas de cuaderno eran la posibilidad de un viaje a las más lejanas geografías de lo desconocido. Sí, “cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar”.

Un barquito de papel tiene la virtud de ser un encuentro con días que son parte de un tiempo extinguido: un buen tiempo y una buena mar, como eran las imaginativas jornadas de la infancia.

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“Aventurero audaz” de la infancia extraviada.

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Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Alguien canta por Florida

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Mientras caminaba por la plaza San Martín, bajo la sombra verde de los tilos y mirando de reojo los besos sobre las bancas de cemento —también encima de la yerba—, advino a mi memoria una frase del viejo (que no murió tan viejo, valga decir) Roberto Arlt, que había leído hace tiempos en una de sus Aguafuertes porteñas: “Quien no encuentre todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en ninguna ciudad del mundo”. Y, claro, con mi corazón mirando al sur, a lo Eladia Blázquez, pensé en tantos universos vistos en el norte, en Junín y Ayacucho, en Carabobo y la Oriental, en todo ese caos vital de Medellín, y en una suerte de flashback vi imágenes de cachivaches regados en las aceras y a un tipo que, a punta de guitarra, se ganaba el pan…

 

Hasta que me hallé andando por Florida, una aristocrática calle porteña, con edificios de arquitectura inglesa, elegantes almacenes de ropa y tanta gente yendo y viniendo, y ¡zas!, una presencia junto a una vitrina me hizo recordar alguna de mis calles: era un hombre al que le faltaban las piernas. La guitarra era más grande que él, pero su voz, cantando baladas y otras canciones muy tristes, era más alta que las cornisas y que un águila de bronce en la cúspide de una fachada. Florida —entre Paraguay y Córdoba— abundaba en arpegios, y siendo una vía estrecha (además, solo peatonal) se ensanchaba con la música que brotaba de la garganta del “discapacitado”.

 

La guitarra y el guitarrero quedaron atrás, y me pareció que Florida (esa, por donde a las cinco, muy bien vestida pasa Isabel) era una callecita muy original, tanto como lo es, por ejemplo, la medellinense Junín. Vi sus balcones diversos, sus amplios almacenes de discos, el afán de los transeúntes, la cara de luna de una argentinita… hasta cuando me detuve en la entrada de un edificio, el piso de mármol, muy brillante, el portón de vidrio, y un portero de cara alargada, impecables el vestido oscuro y la corbata roja, de sonrisa más bien fácil.

 

Osvaldo Gaspar, que así se llama, veinte años viendo entrar y salir gente de aquel edificio de Florida, dice cantar tangos. Lo que no es raro. Es porteño. Y el tango, por supuesto, fue inventado para que lo cantaran ellos, y los uruguayos, y uno que otro chileno… No me consta que los entone, pero pinta de cantor no le falta, aunque, claro, en la noche duende de Buenos Aires nadie ha oído hablar de tan curioso personaje, que, a veces, modula como si fuera Carlitos Gardel. Ah, estos tipos de Buenos Aires se las traen.

 

Gaspar (el apellido es portugués y él era hijo de un lusitano) sonríe cuando le pregunto si cobra por cantar tangos, pero qué va, te dice, si es que aquí esto está muy mal, mirá que, por ejemplo, Jorge Valdés está acabado porque bebe mucho, canta por quince o veinte pesos (un peso igual a un dólar) la noche. Y hasta (Roberto) Rufino está fusilado. Qué voy a cobrar… donde me resulte voy y canto, eh. Y así te va hablando, saboreando las palabras, como si en realidad fuera una estrella de la canción. Se toca el nudo de la corbata, se acomoda bien el saco, estira el cuello y sigue sonriendo.

 

Lo que a mí me gusta —te dice— es estar bien con todos, por eso me ves sonreír siempre. Todo eso me lo enseñó mi padre. Murió a los ochenta y nueve años. Él me decía: “No sos más que nadie, pero tampoco menos que nadie”. Mientras te va conversando, se oye, lejana, la voz del guitarrista callejero: “Si se calla el cantor calla la vida / porque la vida, la vida misma / es toda un canto…”. “Mirá —continúa Gaspar— la noche se hizo para gozar, para cantar, pero no para beber. Cuestiono a todos aquellos, cantores o no cantores, que creen que la noche es para andar entre el alcohol”.

 

Suena el teléfono. El portero contesta. Sale y entra gente. “Hola, Gaspar”, “¿cómo estás, Gaspar?”. El hombre sonríe, alza la mano. Desde la recepción, él ve discurrir a Florida, le siente los pasos, las prisas. Sabe sus olores, sus ruidos, sus ires y venires. “Hasta luego, Gaspar”.

 

Camino por Florida, otra vez hacia la plaza San Martín. Escucho de nuevo una voz que no necesita piernas para andar por esta calle, para abrirse paso entre la indiferencia de los viandantes. Vuelvo a estar bajo la frescura de los tilos, y a observar un beso de grama y urgencia, y a recordar una frase de don Roberto. En alguna parte, quizá sea en la memoria, suena un valsecito que habla de Florida y de una muchacha bonita que por ella camina.

 

N.B. Nota escrita en diciembre de 1994.

 

La emblemática calle Florida de Buenos Aires.

 

 

Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)

Una vieja calle con tranvía nuevo

(Crónica de los que pasaron y no supimos sus nombres)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Las cosas duran más que los hombres. Parece una obviedad, pero, para el caso que quiero exponer, puede servir como referencia. Caminaba por el nuevo Ayacucho, una calle que, como una filosa navaja, parte en dos al barrio Buenos Aires, con sus polvorientos postes del tranvía, los arbustos y árboles recién sembrados (vi almendros, palmeras, guayacanes… todavía en miniatura) en los cuadritos de tierra, lo único que resalta dentro del enfático cemento, los metálicos semáforos, los rieles, el gris tedioso del concreto que agrede la vista, los avisos de nuevos locales… Es un mediodía de domingo, con cielo azul y sol contundente.

Algunas fachadas están en decadencia, con sus cornisas desvaídas, los portones podridos, la pátina de una vejez imparable que está a punto de venirse al piso. Ventanas con apariencia de estar cerradas desde hace años, su madera descaecida. Y como contraste, otras sin tanta alcurnia, relucientes de pintura nueva que parecen dar la bienvenida al tranvía, que muy pronto rodará por esta calle a la que no se le pueden hacer gambetas. No se deja eludir.

Así como vi hoteles donde antes había caserones, pasé por una papelería y miscelánea y el señor de otros días, tal vez su dueño, era el mismo (¿el mismo?), con barba más blanqueada y cabellos en retirada. Un local donde antes hubo un restaurante chino, y mucho antes una casa de patios y plusvalía de cuartos, es ahora un templo de cristianos que cantan a voz en grito, como desgañitándose. Lo que antes fue una heladería y luego un almacén de electrodomésticos, es ahora una fonda de bandeja paisa y más allá, junto a una peluquería de espejos empolvados, hay una venta de helados con nombre italiano.

Ascendí y después bajé por la calle cambiante de bazares y fantasmas. Ya no están los viejos cafés ni las barberías clásicas, reemplazados por tenderetes de variedades y cacharrerías. La iglesia, con sus torres neogóticas, me pareció más pequeña y su color verdoso oscuro se trastocó por un gris-mugre. En otros días, había en la calle olor a pan caliente y pollos a la brasa. Ahora, a metal y a cemento recalentado. Y en un momento, tal vez cuando pasé frente a la fachada en ruinas de una antigua casa, llegaron —como viajeros de buses intermunicipales en busca de orinal y alimento— las caras confusas de gente de hace años que nunca volví a ver, y de la cual ni siquiera recuerdo sus nombres, ni a qué se dedicaron, ni si ya murieron, o si las he visto no he expresado ninguna muestra de reconocimiento. Suele pasar.

Cuántos muchachos compañeros de aquellos salones de ventanales amplios y techos altos, con pizarras verde mate, olorosos a tizas, con mosaicos rojos y amarillos, jamás volví a ver. Nunca más sus fisonomías ni sus nombres retornaron a mi memoria ni fueron materia prima de ningún recuerdo. Solo sombras o paisajes muertos. Tal vez la nada. Quizá hubo alguno que se llamó Óscar, o Guillermo, o Álvaro, o Alejandro, o Ramón. De aquellos días de escuela, son pocos los que quedaron en algún recodo de la infancia. Casi todos se perdieron en la bruma de lo ido.

De algunos, por su nombre raro para la época, como Hildebrando, Raimundo, Sócrates, Aristóbulo, recuerdo alguna señal particular, o un color de piel, o quizá un tono de voz; muy poco el inventario como para evocar una personalidad, una manera de ser. Lo mismo, con condiscípulos del bachillerato, que en uno (y como puede ser lógico, o por lo menos posible, uno tampoco los marcó) no dejaron huellas. Los pasos perdidos. Los caminos bifurcados.

En los días de la educación sentimental, de los cines y las colecciones de cromos o “caramelos”, de las canciones de moda y los viajes a la luna, muchos pasaron junto a uno. Y así mismo se fueron. Se esfumaron. Quizá quedó el caminado de Olimpia Sánchez, o de Gabriela Flórez, o las ensoñaciones en la mirada de una muchacha que apodábamos Roberta y de la cual no supimos su verdadero nombre. Porque de tantos que nos topamos en esquinas, en aulas, en un examen de admisión, en una entrevista de trabajo, no permanecieron sus rastros, ni sus rostros. Nada.

Puede ser más fácil tener recuerdos de un árbol, por ejemplo de aquel piñón de fronda inverosímil, que en los atardeceres se poblaba de gallinazos; o de una ceiba-bonga que en febrero soltaba sus hojas y de a poco iba reverdeciendo, y en la que murieron no sé cuántas cometas; o de las porterías de hierro de una cancha de fútbol junto a una quebrada; o de las casas en obra negra que abundaban cuando el mundo era apenas una promesa. Hay cosas de barrio que perduran, como las puertas y timbres que tocábamos y las carreras de la fuga; las aceras con patanes perniciosos sentados narrando historias; el primer balón que tuvimos en la cuadra. Y así hasta el infinito.

Los que sí se quedaron para siempre fueron los patoteros sentimentales, los que compartimos futbol y juegos de calle, los que salíamos a apostar cuál era el que tenía más dotes de Casanova o de don Juan. Pero son tantos los que pasaron y se los tragó la oscuridad. Qué fue de aquella muchacha morena, piernas largas, ojos brillosos que nos quitaba el aliento en las clases de mecanografía y técnicas de oficina en un instituto también desaparecido. Y qué de aquellos de pronunciación perfecta con los que estudiamos inglés en una escuela central. Mejor dicho, como en aquellas españolerías clásicas: los infantes de Carrión y los de Aragón, ¿qué se fizieron?

Sí, puede ser que ciertas cosas duren más que los hombres y sus recuerdos. Por ahí, en algún lugar de las nostalgias, están los cuentitos de Saturnino Calleja, los trompos bailarines, las canicas de cristal, los yoyos sin cuerda, una cajita de música muda, pero no están los que fueron sus dueños.

Tanta gente que nos quedamos sin conocer, apenas imágenes fugaces, compañeros de viaje, espuma y nada más. Señoras de barrio a las que nunca saludamos, clientes de tiendas que ya no están (ni las tiendas tampoco), secretarias de escuela, celadores de esquina, carteros que eran parte de un paisaje callejero… Todos pasaron.

Como paso yo ahora por esta calle antigua pero renovada, que hace años también tuvo tranvía (se acabó en 1951) y guayacanes morados y amarillos, y que vivió tiempos de olores a frituras y grasas saturadas, y que ya no tiene a una muchacha que, asomada por la ventana, veía transcurrir la calle, mientras sonreía con tristeza. Ella ya pasó. El tranvía apenas está llegando.

Calle Ayacucho de Medellín, con el viejo tranvía, en 1924 (tomada de internet)

La calle de los meados

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Por Reinaldo Spitaletta

Una calle, ante todo, es un asunto sentimental (o patrimonial, si se quiere). Es un trazado para la palabra y la relación con otros. Más que una vía (y aquí surgirán los conceptos de transeúnte, peatón, etc.) es una confluencia de destinos. Sin vecindario, sin habitantes, solo será un camino desolado, sin carácter, vacío y de rutina. Hoy he vuelto a pasar por una que es solo para que circulen carros y uno que otro viandante, que lo hará rápido, tal vez acosado por la incertidumbre y por otros factores.

De la que ahora trato es la prolongación de la inevitable calle Miranda, que va a morir en las estribaciones del parque La Ladera. Está entre el espacio que deja el tanque Orfelinato y el paredón lateral de la escuela Hipólito Londoño Mesa y, claro, su elongación, la del viejo Orfelinato San José (fundado en 1908), que tiene capilla y antiguos corredores con barandas de madera. Es, podría decirse, la frontera entre los barrios San Miguel y Los Ángeles, entre las carreras 40 (que en otro lugar de la ciudad se llama Berrío) y 39 (Giraldo).

La calle tiene una suerte de terraplén de manga que sube hasta una acera. Aquí aparecen las mallas que preservan el tanque del acueducto. Sobre ella, un indigente tiene su posada, con trapos, cobijas, una silla vetusta y otros implementos de desecho. Al frente, una zanja, que se precipita al abismo en cuyo fondo nace el muro común del orfelinato y la escuela. Una baranda recorre este costado, separando el asfalto de un malezal, en el que hay dos o tres árboles tristes, a punto de apestarse. Lo primero que se siente es un olor agrio (a berrinche, decía antes las señoras), que penetra como una puñalada hasta los pulmones.

De ese mismo lado, hay colchones abandonados, sillas en derrota, papeles sucios, cartones desvaídos, uno que otro frasco de plástico, astillas de madera y un paisaje de abandono y suciedades. En el muro de ladrillo a la vista, un aviso con pintura blanca advierte: “No se orine en la calle”. La orden, ese imperativo hecho menos con majestad que desespero, es inútil. La calle hiede a orines. Otro día que por allí estuve, había un taxi con la puerta del chofer abierta: el taxista estaba meando. Se tornó meadero, tal vez por sus soledades. Porque no hay lugar para el mirón indiscreto. Y porque una meada no da espera, se dirá.

En la misma pared, un aviso dice que botar basuras allí es ilegal y que el que lo haga se hará acreedor a una multa. Otra perorata inútil. El basurero parece crecer cada día. Haciendo un esfuerzo infinito, me detengo en la mitad de la calle, que puede tener unos cien metros. Veo, en la parte alta, al hombre de la lleca que parece estar preparando un alimento. El tanque gris y mudo sigue ahí, impertérrito. En la esquina de Giraldo, veo una casa con entejado de tres aguas. Un aire de diez de la mañana transporta el hedor amargo de esta vía bien pavimentada.

Pasa una moto con dos ocupantes. El casco que portan no me permite saber si hay en sus rostros reacciones por el olor de los meados, que los últimos aguaceros no han borrado. A uno le da la impresión que de demorarse un rato más, saldrá de allí oliendo a orinal de cantina de mala muerte. Sigo el camino, y veo unos zapatos viejos al fondo del zanjón. Observo un poco más, y hay calzones de mujer y una pantaloneta raída.

Los techos de la escuela y del orfelinato están sin basura. La construcción, que ocupa una manzana (el frente da hacia el Parque Obrero), en otros días puede tener muchas voces infantiles, y quizá por sus corredores todavía se noten los pasos de las hermanas Dominicas de la Presentación, que en otros tiempos ofrendaron sus caridades y servicios en el hospicio. La zona, por lo demás, tiene varios conventos, la mayoría de Dominicas, e internados. Y la única calle sin casas es esta, en la que me detengo en esta mañana de Jueves Santo a martirizar mis ojos con una visión apocalíptica de desechos, y mi olfato con el hedor de la orina pública.

¿Cuántos tipos se habrán meado aquí? ¿Quiénes son los que traen sus colchones desmirriados para arrojarlos a un lado de la escuelita? ¿Quién es el hombre que habita en la acera alta? Sigo mi camino, sin mirar atrás, no sea que me convierta en urea. Aunque, de seguro, ya el olor ha penetrado en mi camiseta y en mi pantalón corto de deporte. Esta calle de los meados y el basural, es calle porque en ella habita un solo sujeto, y porque los rescoldos y el olor ácido son huellas humanas. De humanos muy cochinos, no faltara quien diga.

(Escrito en Medellín, 2 de abril 2015, antes de la última cena)

Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

Salteadores en las tinieblas

Por Reinaldo Spitaletta

 

“…que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca

 

N.B. En otros días, tenía la costumbre de anotar en agendas gordas las imágenes de los sueños. Lo que de ellas se puede verbalizar. Llené dos o tres. Memorias de sueños y de pesadillas.

A veces sueño con calles oscuras, con la ciudad tenebrosa. Pueden ser sueños recurrentes, dice uno. Porque se han repetido con ciertas pausas y con variaciones. El leitmotiv es el mismo: una suerte de angustia frente a las tinieblas. Cuadras en penumbras, presentimiento de que hay salteadores, bandidos en la sombra, un perseguidor invisible. Busco la luz, pero no está en parte alguna. Negrura.

Dentro del sueño a veces creo que vivo una aventura peligrosa.

La noche (o, mejor, la madrugada) del dos de diciembre de 2010 tuve uno que, en rigor, no llegó a ser pesadilla. Iba de paso, por una calle que, sabiendo que era en Medellín, no identificaba. Vi a una periodista (su cara no la recuerdo) de un diario local, que no me miró. Parecía hipnotizada mientras caminaba sin rumbo aparente. Después, (pudo ser antes, porque el tiempo de los sueños es otro: es más: ¿hay tiempo en los sueños?), vi a un director de teatro, a Rodrigo Saldarriaga. Lucía muy joven, pelilargo y de camisa negra. Nos sentamos a la entrada de un restaurante, en el que nadie atendía. Llegó un actor, Eduardo Cárdenas, que me mencionó a un hombre de apellido Contreras. Rodrigo se iba poniendo cada vez más pálido. Su demacrado rostro me aturdió. “Parece triste”, me dije.

Actor y director se esfumaron. Quedé en medio de una especie de nada, siempre oscura. Y comencé a caminar. Sentía la vejez de las calles, su suelo arrugado. “Estoy en Maturín”, pensé, al ver una puerta abierta y un aviso de un bar que hoy no existe: Pigal (no Pigalle, como el parisino). Pasos tras de mí, y no podía voltear a mirar. Aceleré y llegué a lo que califiqué como una calle terrible, por su soledad amenazante.

Más adelante (o más atrás) me enteré de que me habían birlado el viejo teléfono celular. En el bolsillo de la camisa apareció una cubierta, una carcasa (una coca, decimos en Medellín) sin batería. “Me cambiaron el teléfono”, me dije con resignación. Disminuí la velocidad, los pasos eran volátiles, como si tuviera pies de gato. En mi cuello apareció de súbito un escapulario, o quizá era un collar delgado, de fantasía. Sin saber por qué resulté en un sitio opaco y en apariencia deshabitado. Hacía frío. Mis zapatos estaban enlodados y el pantano se metía en ellos. Alguien corrió tras de mí. “Señor, señor, ¿cómo está?”, me preguntó el perseguidor, de cara juvenil (pese a la oscuridad, vi su rostro). Tocó mi cuello. Se enteró de que no había oro, nada valioso. Más adelante, en una encrucijada me di cuenta de que mi bolso de marca, no estaba conmigo. En su lugar, había uno de tela ordinaria, una especie de dril azul. Y vacío. Cuando desperté, sudaba.

Lluvia de domingo por la mañana

Por Reinaldo Spitaletta

Domingo por la mañana. La lluvia comienza, leve en su caída sobre árboles y asfalto. Escucho en la carrera San Martín, por donde ahora pasan ciclistas y algunos caminantes, las gotas contra algunos entejados. Suena bien y me persuade de que no me quede en la contemplación, que camine y sienta el goteo sobre la gorra roja con un escudito del DIM que me toca la cabeza. Me empieza a gustar el olor de la calle mojada. Camino ahora por la calle Urabá, paso la clínica El Rosario y me enrumbo al parque de La Ladera. La manga está muy mojada, y mis tenis se hunden en ella. Hay señales de tierra amarilla, que manchan la hierba. Huele bien la lluvia en la tierra.

Hay poca gente en La Ladera. La lluvia parecer tener pocos amigos un domingo por la mañana. El parque, en rigor, tiene escasos árboles; unos apenas están en pañales. Cuando crezcan le irán cambiando la cara, que ahora es más manga que frondosidades. En este parque hubo una cárcel, creada en 1918 y derribada en 1976. De su construcción, solo quedan algunos arcos y un muro antiguo, cercenado. Quizá es una huella para que la memoria no se agote del todo. Ah, hoy, donde había celdas y patios con presos, hay una biblioteca con nombre de poeta: León de Greiff, el de la taheña barba. No hay voces de niños. Ni de adultos. La lluvia parece haber disuadido a los visitantes. Camino hacia una calle y me enruto por unos jardines recién construidos, con pencas, barandas de guadua, guardaparques. La lluvia refresca el ambiente.

Me encamino hacia el barrio Boston. La lluvia continúa. A veces, un poco menos. A veces, aumentando. Mis lentes están con gotitas. Veo todo como si se tratara de una pintura puntillista. Los limpio con la franela. No ganan en desempañamiento, pero veo un poco mejor. Me detengo debajo de un casco’evaca y sus hojas dejan caer gotas gordas. Voy llegando al antiguo colegio de San José de la Salle. En una acera, un hombre en pantaloneta naranjada y camiseta blanca, echa agua con una manguera. “Eso mismo es lo que está haciendo la lluvia”, me digo.

Cuando estoy cerca a la portería de lo que antes fue el San José, veo a un carretillero. Su camisa roja está empapada. Sus frutos, también. Anuncia con voz mojada bananos y mangos y aguacates y granadillas. Nadie sale a las ventanas. Doy la vuelta, y cuando pasó por donde el hombre que lavaba la acera, lo encuentro en la puerta de su garaje con una taza y una cuchara en las manos, mastica con placer, al tiempo que observa la calle húmeda. De la iglesia de San Policarpo brotan campanazos. Más abajo, por la calle Caracas, hay en una esquina tres muchachos que, junto a un teléfono público, toman cervezas. Parecen ebrios. Paso al frente de la Escuela Caracas, la que diseñó el arquitecto francés Charles Carré. Ahora estoy cerca del parque de Boston. La lluvia ha disminuido. Siento olores a pan fresco y a árboles lloviznados. En el cielo, ya hay retazos de cielo azul. Recuerdo una vieja crónica de Azorín, llamada La tempestad, que nos hizo leer el profesor de español de quinto de primaria. En la iglesia del Sufragio, los feligreses se disponen para la misa.

Ahora, estoy, de nuevo, en predios del barrio Prado. Sobre una acera, hay un cementerio de flores moradas, sus pétalos muertos la tapizan. Paso sobre ellos y creo estar pisando una alfombra. Seguro, muchos de estos cadáveres se aferraron a la suela de mis tenis. La lluvia se ha esfumado. El domingo avanza sobre la carrera San Martín, en la que hay conos y cintas anaranjados, algunos tapan las bocacalles. La ciclovía no tiene todavía muchos usuarios. Digo que la lluvia no goza de muchos amigos un domingo por la mañana. De un falso laurel sale volando un pájaro azulado. Miro el reloj y he cumplido cuarenta minutos de caminada. Paso junto a un guayacán sin flores y no sé por qué evoco una imagen de infancia: mamá lleva en las manos unas rosas amarillas. Estoy de nuevo en el punto de partida. Tras la lluvia, llamo a mi puerta.

Una calle-monstruo de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En la década del noventa solía caminar por muchas calles de la ciudad, en un intento por descubrir el espíritu de las mismas. En una libreta encontré esta nota, escrita en febrero de 1990, que hoy revivo. Dejaré que el lector descubra de cuál calle se trataba.

La primera vez que pasé por aquella calle, una mano arrugada que salía por los barrotes de una ventana me llamó con desespero. Era como la mano de alguien que se ahoga. No me detuve a averiguar de quién se trataba. Más adelante, tirado en la acera, había un hombre sin piernas. Elevaba sus manos flacas al cielo y hablaba solo. Cuando pasé junto a él, me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa sin dientes. Seguí caminando, sin volver el rostro. La calle olía a sanjoaquines húmedos y a yerba. Sobre un carbonero, un pájaro gris le daba descanso a sus alas. El vuelo de una avispa negra me obligó a desviar los ojos. En ese momento, observé una figura alargada, recostada contra el marco de una puerta. Era una mujer de nariz filuda. Tenía una enorme verruga junto a la boca y en sus manos sostenía un garrote. No resistí la impresión que me causó el cuadro y corrí.

Una semana después, impulsado por un extraño afán de conocimiento, o quizá de explorador, volví a recorrer esa calle de Medellín. Me parecía que tenía un hálito fuera de lo común. Era una mañana soleada, con cielo limpio. Había una leve brisa, suficiente para mover las hojas de un falso laurel. Mis pasos no se sentían sobre el asfalto incompleto. Un perro amarillo pasó junto a mí y me olfateó el bluyín. Observé las peladuras de su lomo y la anormalidad de su oreja derecha: le faltaba más o menos la mitad. Tampoco tenía cola, por lo que imaginé que, en caso de tener algún amo, el can no podía expresarle su saludo total. Estaba pensando en este asunto, cuando un grito me sacó de mis cavilaciones perrunas. Era una mujer enrejada. Sus manos se aferraban a los barrotes de la ventana. Gritaba, pero yo no entendía nada. Y mientras me alejaba, más duro le brotaba la ininteligible voz a la dama.

No había caminado más de una cuadra, cuando vi a un hombre pelilargo, pantalón caqui, descalzo. Sentado en un taburete, estaba inmóvil y con los ojos cerrados. El sol le caía en la cara y le acentuaba unas manchitas negras en las mejillas. Al pasar frente a él, abrió los ojos y me miró con angustia. Quiso decirme algo, pero se arrepintió. La brisa transportaba un perfume de pinos. Por la puerta de una casa salían los sonidos heridores de un martillo revueltos con las estridentes notas de una canción mexicana. En un balcón, una anciana descarnada acariciaba unas bifloras como si estas fueran el último amor de su vida. Un niño atravesó corriendo la calle. La cabeza era, en proporción, más grande que su cuerpo. Arrastraba, a manera de carrito de juguete, una rata muerta.

Como ese día no pude averiguar el misterio de esa calle, volví al siguiente domingo. Esta vez el azul celeste se ocultaba tras unas nubes grises y en el aire había un olor a aceite caliente. Sobre un tejado había una ringlera de gallinazos. “¿Habrá algún muerto cerca?”, pensé. De alguna parte indeterminada brotaba el ruido giratorio y punzante de un taladro. Quise taparme los oídos pero en ese instante vi a una mujer de vestido roto por el cual se le asomaban no solo sus miserias sino las arrugas de su vientre. En la cara, color de periódico viejo, se le reflejaba la rabia contra el mundo. Aumenté la velocidad y me cambié de acera. De repente, me acordé, sin encontrar una razón para ello, de las cortazarianas historias de cronopios y de famas, y de un relato del nadaísta gonzaloarango en el que un hombre se vuelve pez. Nada de esto tenía sentido.

Esa calle, me dije, no tenía explicación. No podía entender por qué las claraboyas tenían ojos de gato y por qué en las ventanas aparecían caras monstruosas. Jamás había visto en esta ciudad nada semejante. Corrí con el ánimo de no volver a pasar jamás por esa porción urbana colmada de desasosiegos. Mientras me alejaba, las puertas se abrían, y del interior de las viviendas salían hombres con cara de caballo, mujeres peliblancas de cuerpos redondeados, mantecosos y fofos. En mi huida no lograba diseñar una interpretación sobre esa calle, cuya dirección no daré para que no sea objeto de curiosidades malsanas. Me sentí corcel, y galopaba. No me atrevía a mirar atrás porque me acordé de la mujer de Lot. Lo último que vi (y que aún recuerdo con espeluznante claridad) en esa calle abrumadora fue una mano huesuda y vieja que me llamaba con desespero desde una ventana enrejada.

Fotograma de película sobre Cronopios y Famas, en homenaje a Cortázar. Agencia Efe.