Pico-monto o el tiempo que se va

(Relato sobre aquellos días de fútbol de barrio y cómo formar los equipos)

Símbolo del equipo de fútbol de rusia. pintura realista del arte de la ...

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Calle en forma de plazoleta, sin siquiera un arbolito, ni materas en los balcones. Aceras descascaradas y asfalto a medio regar, sin maña alguna. El picado de fútbol es urgencia diaria de muchachos de mi cuadra, o, por una especie de cortesía, de otros de las inmediaciones, en todo caso todos del mismo barrio. Y, para empezar el cotejo, hay que dividir las cargas, equilibrar los contrincantes para que resulte un juego reñido, con las típicas emociones, los gritos, las gambetas insólitas, los goles de inconmensurable canto y las jugadas turbias, esas que suceden cuando la pelota (generalmente de “carey”) pasa por encima de una de las piedras que delimita la portería o a cierta altura, y se arma una pelotera, valga el término, que sí, que no, gol, gol, que no fue gol. Y punto. Y entonces, desde el principio, el mecanismo universal y clásico en la elección de los equipos, en la hechura de la alineación, es el pico y monto.

 

Primer acto. Aquí, al frente, tengo a Chucho. Todos están expectantes. Comenzamos: pico-monto-pico-monto. Nos vamos acercando, hay suspenso en el ambiente, y cuando ya estamos muy próximos, a punto de terminar, que uno escucha la respiración agitada del otro, Chucho tuerce el pie. Y yo también. Hasta que es irremediable. Le pongo la suela de mi “guayo” derecho encima, sobre el empeine. Y me toca escoger a mí. ¡Bravo! Y, claro, como debe ser, selecciono para mi equipo a Richard, goleador nato, dueño de una inteligencia para el desmarque y para quedar siempre, no se sabe cómo, en posición de anotar. Es el “güevero”. Él, mi rival, elige a Naranja, de extraordinario jugar, con talento para repartir la pelota. Y así, del más calidoso al menos sobresaliente. Y todo según los puestos. Como es fama, nadie quiere ser elegido para estar en la arquería. Un puesto para inútiles, se dice. Todos aspiran a ser delanteros o mediocampistas. Muchos caciques, pocos indios.

 

Pico-monto. Una mítica rutina en el fútbol callejero, en el encuentro del baldío, en el de la canchita improvisada junto a la quebrada, en el potrero reseco, en la cancha de tierra y arenilla. Pico-monto. El mejor, primero. El peor (casi siempre el dueño de la pelota), de último. Es un ejercicio de milimetría, de presunta justicia en la relación de igualdad entre los bandos. No siempre, pero esa es la intención. Pico-monto. Y aquí vamos. Después, en otros contornos, porque he sido un errante, vuelve y juega. Pero ya no soy el que pico. Ni el que monto. Son otros dos, los mejores, los más destacados, los que mueven la pelota con magia insólita. Privilegiados. Son los que esta vez escogen. Y cualquiera de los dos que sea el que gane, siempre me tendrá a mí como la primera opción.

 

Las 15 frases inolvidables del fútbol callejero: El significado ...

Fútbol callejero, pasión mundial

 

Acto final. Después, ya no soy yo. Es otro. Y luego, cuando han pasado no sé cuántos años, me van relegando en la escogencia. Pico-monto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… A Juan, me voy con Pepe, con Pablo, con Arteaga, me escojo a Huevo… Y nada. Ya soy el penúltimo. Qué es eso. Más que de sueños, estamos hechos de tiempo. No saben, los que no han jugado esto tan sentimental, apasionante e irremplazable del fútbol de esquina-cuadra-barrio, lo que se puede llegar a sentir cuando ya no estás en la mira de los que escogen, cuando para los otros estás acabado, cuando el reloj inexorable te arrasa y te manda a solo ser, si acaso, un espectador de los que allí están repitiendo la historia y que después, porque es incontenible e irremediable, esos que ves ahí, tan rozagantes y lozanos, sonrientes y dispuestos a ingresar al paraíso,  también van a ser solo un recuerdo borroso de los días en que el mundo, el tuyo, el mío, era un albergue de infinita alegría con ingredientes de un filme de suspenso: pico-monto, pico-monto…

 

 

Fútbol callejero: Reglas básicas e indispensables a tener en cuenta

Una romántica imagen del fútbol callejero, una fiebre universal.

El solitario apestado

“Sucede que a veces se sufre durante mucho tiempo sin saberlo.”

Albert Camus

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Parece que ahora sí me he quedado solo: nadie en las ventanas, nadie en los balcones, nadie en la calle”. El hombre pensó al tiempo que caminaba por la acera y de pronto se decidió hacerlo por media calle. No había tránsito automotor ni siquiera una bicicleta. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por la ciudad. No tenía reloj. Y los de las iglesias estaban parados. Los relojes electrónicos, de pantallas coloridas, se habían apagado. “Qué me importa el tiempo”, se dijo y continuó sus pasos. Los semáforos habían dejado de funcionar. “Me gusta el mundo así”. Tal vez le había sugerido esta afirmación el insólito hecho de que podía atravesar las calles sin poner cuidado. Daba la impresión de que la ciudad estaba muerta.

 

“Cómo pudo haber pasado todo tan rápido, qué es lo que en esencia acaeció que yo de pronto me vi fuera de la oficina, fuera de mi apartamento, fuera del mundo…”. El hombre iba y los pensamientos le afluían. De vez en cuando observaba un balcón y ya ni siquiera había matas ni una pieza de ropa en oreo. Lo peor para él era que si se le acaban los cigarrillos, que apenas tenía un paquete iniciado, dónde conseguiría, porque no había ni bares, ni tiendas, ni ventorrillos abiertos. Era como si una fuerza inimaginable, una orden de más allá de los hombres, hubiera despojado la ciudad de sus gracias y desgracias, de sus dinámicas a veces atractivas, de su transporte y vida cotidiana. “Al menos tengo encendedor”, se dijo el hombre, con zapatos deportivos y bluyín y con una camiseta de algodón que ya tenía vestigios de sudor.

 

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Soledad entre luz y sombras

 

El hombre, que daba la impresión de no tener un rumbo determinado, no parecía perdido, sino un tanto descontrolado, tal vez por su insistencia en parar, atisbar, continuar. Era el único que estaba afuera, no se veía a nadie, ni siquiera un perro callejero, que ya desde hacía rato eran cada vez menos por alguna prohibición. Vio sobre el cordón de la calle una sombra que se tragó una alcantarilla. No se desdibujó. Siguió sus pasos. Sintió ganas de fumar. Recordó, de pronto, y quizá en un arrebato de nostalgia, la voz lejana de su madre cuando lo sorprendió fumando en el patio. “Qué vergajo muchacho. Te he dicho que los niños no fuman”. Y ahora, que era un adulto, que ya había superado hacía poco el medio siglo, le temblaban las manos cuando se disponía a prender un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que era el mismo que su madre fumaba.

 

“Qué raro estar caminando sin brújula, cuando ya está a punto de oscurecer, cuando a esta hora por estas calles no cabían los vehículos, cuando me fastidiaba tanto desplazarme a pie en horas de intenso tráfico”. El hombre soltó una bocanada. Vio avisos de almacenes que en otros días fosforecían con sus colores intensos y ahora estaban muertos. Le pareció que se estaba cansando y sentía una especie de opresión pectoral. Se tomó la camiseta del cuello y la agitó, como si con el gesto estuviera dándose un poco de aire. La ciudad tenía un silencio inaudito, una ausencia de ruidos y de otros sonidos que lo hizo por un momento aguzar el oído, pero lo que descubrió fue una anormal falta de sonoridades, que sin darse cuenta estaba extrañando, como los cláxones, los frenazos, las sirenas, y, cuando él ya había establecido que era un solitario empedernido, le comenzaron a hacer falta las voces de la gente, de los que iban por la calle hablando o casi gritando ante el acoso de la carramenta, que así pronunció en su pensar esta palabra que era de sus padres, ya muertos ambos. “El estorbo es el deporte nacional”, musitó.

 

Su vivienda, que para él era una suerte de refugio, de aislamiento, estaba en un barrio al otro lado de la ciudad, es decir, casi que era un antípoda de su oficina, en el palacio de impuestos, donde él llevaba años revisando papeles, haciendo comparaciones, metiéndose en una virtualidad de cuentas y documentos que pretendían preservar el patrimonio público. Tal vez en esa labor, de la que estaba próximo a jubilarse, había aprendido a aislarse, a no tener conversaciones con los compañeros, y menos con gentes de afuera, que a él —siquiera— no le correspondían esas funciones de atención pública. Pudo haber sido que bajo ese techo gris y esas paredes tristes hubiera contraído la manía de hablar solo, como iba ahora haciéndolo por una calle, la principal, la que dividía la ciudad en dos secciones, como si le hubieran propinado una cuchillada: una, de más arborización y con lugares para el placer; y otra de entidades bancarias, oficinas de gobierno y edificios oficiales, casi todos de fachadas grisientas.

 

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La soledad en los espacios urbanos

 

“Algo ha pasado y es increíble que no me haya enterado”, se dijo en el momento en que arrojaba la cusca al piso. Atravesó un bulevar y no se topó con nadie. Todo estaba cerrado. No había donde tomarse un café, que era lo que, cuando por allí discurría, le apetecía con grandes ganas. Era un tomador empedernido de café negro. Tal vez por eso, y por fumar tanto, los dientes tenían un color amarilloso, una tonalidad de manchas, que hacían de su escasa sonrisa un espectáculo poco agraciado. Por una sensación que no entendió, de pronto le estaban haciendo falta los transeúntes y aun los que iban en coches y motocicletas. Le llegó de súbito la fisonomía de sonrisa estudiada del portero de su condominio y no se sabe por qué intentó recordar el nombre, pero jamás se lo había preguntado y él solo se relacionaba con el conserje a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando entraba y salía. Solo saludaba, sin dar ocasión a ninguna otra conexión verbal.

 

El hombre no podía darse una explicación lógica, racional, de por qué la ciudad estaba callada y vacía, sin más gentes que él, que era un sujeto solitario, que escasamente había tenido dos o tres novias, y que sabía de sus limitaciones y fobias para irse a vivir con otra persona. El matrimonio no había sido su fuerte. Era un extraño, según lo que percibía de los demás. Lo miraban sus compañeros de oficina con cierta reverencia, pero, a su vez, con una especie de conmiseración rotunda. Lo que él sí tenía claro era que nadie le interesaba más que, en casos laborales, su relación de trabajo, con jefes y otros dependientes.

 

Extrajo otro cigarrillo y, antes de encenderlo, lo miró con cuidadoso placer, lo acarició y golpeó contra la uña del pulgar izquierdo una de las puntas del pitillo. Se detuvo mientras maniobraba el encendedor y soltó una bocanada de sumo gusto. “No es tan malo estar solo en la ciudad”, pensó. Ya estaba a unas diez cuadras de su edificio. “Vergajo muchacho, te he dicho que fumar es para mayores”, volvió la voz, que sintió como si estuvieran a un metro. Miró a los lados. Nada. Soledad. “Creo que está empezando a caerme bien esta ciudad”. Y en su paso, se dio cuenta de que en rigor no dependía de nadie, que había aprendido a defenderse solo, que no había requerido de amistades ni de compañías íntimas. Era un raro, como recordó que le decían algunos, con voz soterrada. “Lo que haya pasado, me tiene sin cuidado”, dijo al tiempo que le pareció que de un piso lo observaban a través de una persiana.

 

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Bulevar de Montmartre, Camille Pissarro

 

“Acaso todos se habrán ido por alguna calamidad de la que ni me he enterado”, comenzó a preocuparse. No había visto en los periódicos nada parecido, ninguna alerta, y como no tenía receptor de televisión, ni radio, estaba al margen de situaciones que, según decía, no le importaban. No se sabe aún cómo fue que, al estar ya a unas cuantas cuadras de su residencia, decidió desviarse como para dar un rodeo. ¿Qué le impedía llegar más rápido a su casa? ¿Qué fuerza inexplicable lo condujo por otros recovecos, a pasar por la antigua calle de prostitución, donde en otros días, ya muy remotos, él tuvo relaciones con la dueña y sus empleadas, no tanto para acostarse con la que fuera, sino, como un caso extraño en él, para conversar acerca de la existencia, de por qué se habían decidido a prestar servicios sexuales, cuando bien hubieran podido trabajar en otras faenas? Claro que también se prendó de una, Mireya, rubia plateada —oxigenada, decían para sí las señoras que se la topaban— y muy cotizada, de la que siempre quiso que fuera como una compañera, que le diera a él no la catadura de un cliente, sino la categoría de un ser cercano, con el que se podía ir más allá de las piernas y las braguetas.

 

Cuando vio casi en ruinas las antiguas instalaciones del burdel, sintió una especie de soledad interior que lo indispuso. Y volvió a ver en las ventanas cerradas la imagen brillante de aquella chica que quién sabe dónde estaría ahora. Tuvo la intención de parar y sentarse junto a la entrada, pero una vieja voz, la de su madre, lo movió a seguir. “Ya lo sabes, chico, no te enamores de ninguna mujer de la calle”. Al principio, no entendió el mensaje y lo tomó literal. Para él todas eran de la calle, porque las veía ir y venir, salir y entrar, subirse y bajarse del taxi, del bus, y tal vez ahí residía su inclinación a no tener confianzas con casi ninguna dama, excepto Mireya, de la que seguía viendo su rostro iluminado en el asfalto…

 

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En esa vuelta innecesaria, o al menos sin causa aparente, el hombre que ya sentía que los zapatos deportivos le estorbaban, y sentía las piernas cansadas, además de cierta molestia lumbar, se dio cuenta de cuánto despreciaba a sus semejantes. Para él, así parecía, daba lo mismo si había o no gentes en la calle, en las esquinas, aunque le hubiera dado cierta alegría haber hallado abierta la vieja casa de lenocinio donde había sido feliz hace tiempos. Prendió otro cigarrillo y esta vez no hizo malabares ni movimientos con los dedos. Le supo a gloria la primera aspiración y se dijo que sin cigarrillos no hubiera podido vivir y soportar tantas ausencias, tantos aislamientos. “Pero, qué raro, si lo que me ha gustado es estar solo. ¿Por qué ahora siento una incomodidad al respecto?”.

 

No se preocupó hasta esos instantes en los que recordaba a Mireya y a su patrona, de por qué la ciudad estaba desolada, cuál era la causa, o si se trataba de un sueño suyo que no sabía por qué lo estaba soñando, no había una explicación racional a aquella soledad que comenzaba a dolerle, a aquel trauma intempestivo de la ciudad en la que, de un momento a otro, habían desaparecido sus habitantes, sus visitantes, menos él, que parecía no solo un sobreviviente de excepción sino un extraterrestre, alguien ido, desentendido, como un insolidario del que nadie podría esperar ni una ayuda ni un favor. Pero, igual, no había nadie que a él lo necesitara. Todos se habían borrado, menos los edificios, las encrucijadas, las calles, las señales de tránsito, los avisos comerciales… todo seguía ahí, igual a ayer, menos los hombres.

 

Cuando terminó el turno, el portero, al atravesar el enorme portón de caoba y ver otra vez, tras doce horas de trabajo, el afuera, encontró al hombre tirado en el antejardín, con el cigarrillo apagado en la boca y sin zapatos. Creyó de modo inesperado que estaba ebrio, aunque jamás lo había visto en tal condición. El hombre, con los ojos muy abiertos e inmóviles, parecía mirar al firmamento, al infinito, a la noche que advenía con estrellas temblorosas y una brisa ahumada, leve, que tenía el sonido melancólico de una despedida.

 

(18-03-2020)

 

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Una versión de la imagen de la peste . Obra de Kamikabe

Piratas en barquitos de papel

(Crónica en dos tiempos, con naufragios y dos tipos que cantan)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.

 

 

2.

 

El otro, también frágil, fue aquel que cantaba, qué digo, más bien lloriqueaba un cantor argentino, director de cine y todo, al que se le escuchaba su lamento en el traganíquel del bar de la esquina. Su voz de mugido, su voz honesta, nos decía que había un barquito de papel a punto de naufragar y una muchacha que, triste, se marchaba sin esperanzas de retorno. Era una canción melancólica.

La cantaba Leonardo Favio y solo una estrofa era la que me hacía acordar de aquellas naves callejeras que navegaban en las corrientes urbanas tras un aguacero de barrio. No había entonces quién corrigiera el timón de aquellos barquitos que, casi siempre, iban con sus sueños y tripulantes imaginarios a dar con sus velas y amarras al fondo de la alcantarilla.

Y, tal vez, el más bello barquito de papel era (es todavía) el cantado por Joan Manuel Serrat: “Aventurero audaz / Jinete de papel / Cuadriculado / Que mi mano sin pasado / Sentó a lomos de un canal”. Uno, escuchándolo, vuelve sin remedio a sus días de infancia extraviada, cuando, además de las pompas de jabón y los barriletes, los barquitos de hojas de cuaderno eran la posibilidad de un viaje a las más lejanas geografías de lo desconocido. Sí, “cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar”.

Un barquito de papel tiene la virtud de ser un encuentro con días que son parte de un tiempo extinguido: un buen tiempo y una buena mar, como eran las imaginativas jornadas de la infancia.

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“Aventurero audaz” de la infancia extraviada.

Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

Había tipos que guardaban los cuchillos debajo de la mesa del bar

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Alguien canta por Florida

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Mientras caminaba por la plaza San Martín, bajo la sombra verde de los tilos y mirando de reojo los besos sobre las bancas de cemento —también encima de la yerba—, advino a mi memoria una frase del viejo (que no murió tan viejo, valga decir) Roberto Arlt, que había leído hace tiempos en una de sus Aguafuertes porteñas: “Quien no encuentre todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en ninguna ciudad del mundo”. Y, claro, con mi corazón mirando al sur, a lo Eladia Blázquez, pensé en tantos universos vistos en el norte, en Junín y Ayacucho, en Carabobo y la Oriental, en todo ese caos vital de Medellín, y en una suerte de flashback vi imágenes de cachivaches regados en las aceras y a un tipo que, a punta de guitarra, se ganaba el pan…

 

Hasta que me hallé andando por Florida, una aristocrática calle porteña, con edificios de arquitectura inglesa, elegantes almacenes de ropa y tanta gente yendo y viniendo, y ¡zas!, una presencia junto a una vitrina me hizo recordar alguna de mis calles: era un hombre al que le faltaban las piernas. La guitarra era más grande que él, pero su voz, cantando baladas y otras canciones muy tristes, era más alta que las cornisas y que un águila de bronce en la cúspide de una fachada. Florida —entre Paraguay y Córdoba— abundaba en arpegios, y siendo una vía estrecha (además, solo peatonal) se ensanchaba con la música que brotaba de la garganta del “discapacitado”.

 

La guitarra y el guitarrero quedaron atrás, y me pareció que Florida (esa, por donde a las cinco, muy bien vestida pasa Isabel) era una callecita muy original, tanto como lo es, por ejemplo, la medellinense Junín. Vi sus balcones diversos, sus amplios almacenes de discos, el afán de los transeúntes, la cara de luna de una argentinita… hasta cuando me detuve en la entrada de un edificio, el piso de mármol, muy brillante, el portón de vidrio, y un portero de cara alargada, impecables el vestido oscuro y la corbata roja, de sonrisa más bien fácil.

 

Osvaldo Gaspar, que así se llama, veinte años viendo entrar y salir gente de aquel edificio de Florida, dice cantar tangos. Lo que no es raro. Es porteño. Y el tango, por supuesto, fue inventado para que lo cantaran ellos, y los uruguayos, y uno que otro chileno… No me consta que los entone, pero pinta de cantor no le falta, aunque, claro, en la noche duende de Buenos Aires nadie ha oído hablar de tan curioso personaje, que, a veces, modula como si fuera Carlitos Gardel. Ah, estos tipos de Buenos Aires se las traen.

 

Gaspar (el apellido es portugués y él era hijo de un lusitano) sonríe cuando le pregunto si cobra por cantar tangos, pero qué va, te dice, si es que aquí esto está muy mal, mirá que, por ejemplo, Jorge Valdés está acabado porque bebe mucho, canta por quince o veinte pesos (un peso igual a un dólar) la noche. Y hasta (Roberto) Rufino está fusilado. Qué voy a cobrar… donde me resulte voy y canto, eh. Y así te va hablando, saboreando las palabras, como si en realidad fuera una estrella de la canción. Se toca el nudo de la corbata, se acomoda bien el saco, estira el cuello y sigue sonriendo.

 

Lo que a mí me gusta —te dice— es estar bien con todos, por eso me ves sonreír siempre. Todo eso me lo enseñó mi padre. Murió a los ochenta y nueve años. Él me decía: “No sos más que nadie, pero tampoco menos que nadie”. Mientras te va conversando, se oye, lejana, la voz del guitarrista callejero: “Si se calla el cantor calla la vida / porque la vida, la vida misma / es toda un canto…”. “Mirá —continúa Gaspar— la noche se hizo para gozar, para cantar, pero no para beber. Cuestiono a todos aquellos, cantores o no cantores, que creen que la noche es para andar entre el alcohol”.

 

Suena el teléfono. El portero contesta. Sale y entra gente. “Hola, Gaspar”, “¿cómo estás, Gaspar?”. El hombre sonríe, alza la mano. Desde la recepción, él ve discurrir a Florida, le siente los pasos, las prisas. Sabe sus olores, sus ruidos, sus ires y venires. “Hasta luego, Gaspar”.

 

Camino por Florida, otra vez hacia la plaza San Martín. Escucho de nuevo una voz que no necesita piernas para andar por esta calle, para abrirse paso entre la indiferencia de los viandantes. Vuelvo a estar bajo la frescura de los tilos, y a observar un beso de grama y urgencia, y a recordar una frase de don Roberto. En alguna parte, quizá sea en la memoria, suena un valsecito que habla de Florida y de una muchacha bonita que por ella camina.

 

N.B. Nota escrita en diciembre de 1994.

 

La emblemática calle Florida de Buenos Aires.

 

 

Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)

Una vieja calle con tranvía nuevo

(Crónica de los que pasaron y no supimos sus nombres)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Las cosas duran más que los hombres. Parece una obviedad, pero, para el caso que quiero exponer, puede servir como referencia. Caminaba por el nuevo Ayacucho, una calle que, como una filosa navaja, parte en dos al barrio Buenos Aires, con sus polvorientos postes del tranvía, los arbustos y árboles recién sembrados (vi almendros, palmeras, guayacanes… todavía en miniatura) en los cuadritos de tierra, lo único que resalta dentro del enfático cemento, los metálicos semáforos, los rieles, el gris tedioso del concreto que agrede la vista, los avisos de nuevos locales… Es un mediodía de domingo, con cielo azul y sol contundente.

Algunas fachadas están en decadencia, con sus cornisas desvaídas, los portones podridos, la pátina de una vejez imparable que está a punto de venirse al piso. Ventanas con apariencia de estar cerradas desde hace años, su madera descaecida. Y como contraste, otras sin tanta alcurnia, relucientes de pintura nueva que parecen dar la bienvenida al tranvía, que muy pronto rodará por esta calle a la que no se le pueden hacer gambetas. No se deja eludir.

Así como vi hoteles donde antes había caserones, pasé por una papelería y miscelánea y el señor de otros días, tal vez su dueño, era el mismo (¿el mismo?), con barba más blanqueada y cabellos en retirada. Un local donde antes hubo un restaurante chino, y mucho antes una casa de patios y plusvalía de cuartos, es ahora un templo de cristianos que cantan a voz en grito, como desgañitándose. Lo que antes fue una heladería y luego un almacén de electrodomésticos, es ahora una fonda de bandeja paisa y más allá, junto a una peluquería de espejos empolvados, hay una venta de helados con nombre italiano.

Ascendí y después bajé por la calle cambiante de bazares y fantasmas. Ya no están los viejos cafés ni las barberías clásicas, reemplazados por tenderetes de variedades y cacharrerías. La iglesia, con sus torres neogóticas, me pareció más pequeña y su color verdoso oscuro se trastocó por un gris-mugre. En otros días, había en la calle olor a pan caliente y pollos a la brasa. Ahora, a metal y a cemento recalentado. Y en un momento, tal vez cuando pasé frente a la fachada en ruinas de una antigua casa, llegaron —como viajeros de buses intermunicipales en busca de orinal y alimento— las caras confusas de gente de hace años que nunca volví a ver, y de la cual ni siquiera recuerdo sus nombres, ni a qué se dedicaron, ni si ya murieron, o si las he visto no he expresado ninguna muestra de reconocimiento. Suele pasar.

Cuántos muchachos compañeros de aquellos salones de ventanales amplios y techos altos, con pizarras verde mate, olorosos a tizas, con mosaicos rojos y amarillos, jamás volví a ver. Nunca más sus fisonomías ni sus nombres retornaron a mi memoria ni fueron materia prima de ningún recuerdo. Solo sombras o paisajes muertos. Tal vez la nada. Quizá hubo alguno que se llamó Óscar, o Guillermo, o Álvaro, o Alejandro, o Ramón. De aquellos días de escuela, son pocos los que quedaron en algún recodo de la infancia. Casi todos se perdieron en la bruma de lo ido.

De algunos, por su nombre raro para la época, como Hildebrando, Raimundo, Sócrates, Aristóbulo, recuerdo alguna señal particular, o un color de piel, o quizá un tono de voz; muy poco el inventario como para evocar una personalidad, una manera de ser. Lo mismo, con condiscípulos del bachillerato, que en uno (y como puede ser lógico, o por lo menos posible, uno tampoco los marcó) no dejaron huellas. Los pasos perdidos. Los caminos bifurcados.

En los días de la educación sentimental, de los cines y las colecciones de cromos o “caramelos”, de las canciones de moda y los viajes a la luna, muchos pasaron junto a uno. Y así mismo se fueron. Se esfumaron. Quizá quedó el caminado de Olimpia Sánchez, o de Gabriela Flórez, o las ensoñaciones en la mirada de una muchacha que apodábamos Roberta y de la cual no supimos su verdadero nombre. Porque de tantos que nos topamos en esquinas, en aulas, en un examen de admisión, en una entrevista de trabajo, no permanecieron sus rastros, ni sus rostros. Nada.

Puede ser más fácil tener recuerdos de un árbol, por ejemplo de aquel piñón de fronda inverosímil, que en los atardeceres se poblaba de gallinazos; o de una ceiba-bonga que en febrero soltaba sus hojas y de a poco iba reverdeciendo, y en la que murieron no sé cuántas cometas; o de las porterías de hierro de una cancha de fútbol junto a una quebrada; o de las casas en obra negra que abundaban cuando el mundo era apenas una promesa. Hay cosas de barrio que perduran, como las puertas y timbres que tocábamos y las carreras de la fuga; las aceras con patanes perniciosos sentados narrando historias; el primer balón que tuvimos en la cuadra. Y así hasta el infinito.

Los que sí se quedaron para siempre fueron los patoteros sentimentales, los que compartimos futbol y juegos de calle, los que salíamos a apostar cuál era el que tenía más dotes de Casanova o de don Juan. Pero son tantos los que pasaron y se los tragó la oscuridad. Qué fue de aquella muchacha morena, piernas largas, ojos brillosos que nos quitaba el aliento en las clases de mecanografía y técnicas de oficina en un instituto también desaparecido. Y qué de aquellos de pronunciación perfecta con los que estudiamos inglés en una escuela central. Mejor dicho, como en aquellas españolerías clásicas: los infantes de Carrión y los de Aragón, ¿qué se fizieron?

Sí, puede ser que ciertas cosas duren más que los hombres y sus recuerdos. Por ahí, en algún lugar de las nostalgias, están los cuentitos de Saturnino Calleja, los trompos bailarines, las canicas de cristal, los yoyos sin cuerda, una cajita de música muda, pero no están los que fueron sus dueños.

Tanta gente que nos quedamos sin conocer, apenas imágenes fugaces, compañeros de viaje, espuma y nada más. Señoras de barrio a las que nunca saludamos, clientes de tiendas que ya no están (ni las tiendas tampoco), secretarias de escuela, celadores de esquina, carteros que eran parte de un paisaje callejero… Todos pasaron.

Como paso yo ahora por esta calle antigua pero renovada, que hace años también tuvo tranvía (se acabó en 1951) y guayacanes morados y amarillos, y que vivió tiempos de olores a frituras y grasas saturadas, y que ya no tiene a una muchacha que, asomada por la ventana, veía transcurrir la calle, mientras sonreía con tristeza. Ella ya pasó. El tranvía apenas está llegando.

Calle Ayacucho de Medellín, con el viejo tranvía, en 1924 (tomada de internet)

La calle de los meados

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Por Reinaldo Spitaletta

Una calle, ante todo, es un asunto sentimental (o patrimonial, si se quiere). Es un trazado para la palabra y la relación con otros. Más que una vía (y aquí surgirán los conceptos de transeúnte, peatón, etc.) es una confluencia de destinos. Sin vecindario, sin habitantes, solo será un camino desolado, sin carácter, vacío y de rutina. Hoy he vuelto a pasar por una que es solo para que circulen carros y uno que otro viandante, que lo hará rápido, tal vez acosado por la incertidumbre y por otros factores.

De la que ahora trato es la prolongación de la inevitable calle Miranda, que va a morir en las estribaciones del parque La Ladera. Está entre el espacio que deja el tanque Orfelinato y el paredón lateral de la escuela Hipólito Londoño Mesa y, claro, su elongación, la del viejo Orfelinato San José (fundado en 1908), que tiene capilla y antiguos corredores con barandas de madera. Es, podría decirse, la frontera entre los barrios San Miguel y Los Ángeles, entre las carreras 40 (que en otro lugar de la ciudad se llama Berrío) y 39 (Giraldo).

La calle tiene una suerte de terraplén de manga que sube hasta una acera. Aquí aparecen las mallas que preservan el tanque del acueducto. Sobre ella, un indigente tiene su posada, con trapos, cobijas, una silla vetusta y otros implementos de desecho. Al frente, una zanja, que se precipita al abismo en cuyo fondo nace el muro común del orfelinato y la escuela. Una baranda recorre este costado, separando el asfalto de un malezal, en el que hay dos o tres árboles tristes, a punto de apestarse. Lo primero que se siente es un olor agrio (a berrinche, decía antes las señoras), que penetra como una puñalada hasta los pulmones.

De ese mismo lado, hay colchones abandonados, sillas en derrota, papeles sucios, cartones desvaídos, uno que otro frasco de plástico, astillas de madera y un paisaje de abandono y suciedades. En el muro de ladrillo a la vista, un aviso con pintura blanca advierte: “No se orine en la calle”. La orden, ese imperativo hecho menos con majestad que desespero, es inútil. La calle hiede a orines. Otro día que por allí estuve, había un taxi con la puerta del chofer abierta: el taxista estaba meando. Se tornó meadero, tal vez por sus soledades. Porque no hay lugar para el mirón indiscreto. Y porque una meada no da espera, se dirá.

En la misma pared, un aviso dice que botar basuras allí es ilegal y que el que lo haga se hará acreedor a una multa. Otra perorata inútil. El basurero parece crecer cada día. Haciendo un esfuerzo infinito, me detengo en la mitad de la calle, que puede tener unos cien metros. Veo, en la parte alta, al hombre de la lleca que parece estar preparando un alimento. El tanque gris y mudo sigue ahí, impertérrito. En la esquina de Giraldo, veo una casa con entejado de tres aguas. Un aire de diez de la mañana transporta el hedor amargo de esta vía bien pavimentada.

Pasa una moto con dos ocupantes. El casco que portan no me permite saber si hay en sus rostros reacciones por el olor de los meados, que los últimos aguaceros no han borrado. A uno le da la impresión que de demorarse un rato más, saldrá de allí oliendo a orinal de cantina de mala muerte. Sigo el camino, y veo unos zapatos viejos al fondo del zanjón. Observo un poco más, y hay calzones de mujer y una pantaloneta raída.

Los techos de la escuela y del orfelinato están sin basura. La construcción, que ocupa una manzana (el frente da hacia el Parque Obrero), en otros días puede tener muchas voces infantiles, y quizá por sus corredores todavía se noten los pasos de las hermanas Dominicas de la Presentación, que en otros tiempos ofrendaron sus caridades y servicios en el hospicio. La zona, por lo demás, tiene varios conventos, la mayoría de Dominicas, e internados. Y la única calle sin casas es esta, en la que me detengo en esta mañana de Jueves Santo a martirizar mis ojos con una visión apocalíptica de desechos, y mi olfato con el hedor de la orina pública.

¿Cuántos tipos se habrán meado aquí? ¿Quiénes son los que traen sus colchones desmirriados para arrojarlos a un lado de la escuelita? ¿Quién es el hombre que habita en la acera alta? Sigo mi camino, sin mirar atrás, no sea que me convierta en urea. Aunque, de seguro, ya el olor ha penetrado en mi camiseta y en mi pantalón corto de deporte. Esta calle de los meados y el basural, es calle porque en ella habita un solo sujeto, y porque los rescoldos y el olor ácido son huellas humanas. De humanos muy cochinos, no faltara quien diga.

(Escrito en Medellín, 2 de abril 2015, antes de la última cena)

Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

Salteadores en las tinieblas

Por Reinaldo Spitaletta

 

“…que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca

 

N.B. En otros días, tenía la costumbre de anotar en agendas gordas las imágenes de los sueños. Lo que de ellas se puede verbalizar. Llené dos o tres. Memorias de sueños y de pesadillas.

A veces sueño con calles oscuras, con la ciudad tenebrosa. Pueden ser sueños recurrentes, dice uno. Porque se han repetido con ciertas pausas y con variaciones. El leitmotiv es el mismo: una suerte de angustia frente a las tinieblas. Cuadras en penumbras, presentimiento de que hay salteadores, bandidos en la sombra, un perseguidor invisible. Busco la luz, pero no está en parte alguna. Negrura.

Dentro del sueño a veces creo que vivo una aventura peligrosa.

La noche (o, mejor, la madrugada) del dos de diciembre de 2010 tuve uno que, en rigor, no llegó a ser pesadilla. Iba de paso, por una calle que, sabiendo que era en Medellín, no identificaba. Vi a una periodista (su cara no la recuerdo) de un diario local, que no me miró. Parecía hipnotizada mientras caminaba sin rumbo aparente. Después, (pudo ser antes, porque el tiempo de los sueños es otro: es más: ¿hay tiempo en los sueños?), vi a un director de teatro, a Rodrigo Saldarriaga. Lucía muy joven, pelilargo y de camisa negra. Nos sentamos a la entrada de un restaurante, en el que nadie atendía. Llegó un actor, Eduardo Cárdenas, que me mencionó a un hombre de apellido Contreras. Rodrigo se iba poniendo cada vez más pálido. Su demacrado rostro me aturdió. “Parece triste”, me dije.

Actor y director se esfumaron. Quedé en medio de una especie de nada, siempre oscura. Y comencé a caminar. Sentía la vejez de las calles, su suelo arrugado. “Estoy en Maturín”, pensé, al ver una puerta abierta y un aviso de un bar que hoy no existe: Pigal (no Pigalle, como el parisino). Pasos tras de mí, y no podía voltear a mirar. Aceleré y llegué a lo que califiqué como una calle terrible, por su soledad amenazante.

Más adelante (o más atrás) me enteré de que me habían birlado el viejo teléfono celular. En el bolsillo de la camisa apareció una cubierta, una carcasa (una coca, decimos en Medellín) sin batería. “Me cambiaron el teléfono”, me dije con resignación. Disminuí la velocidad, los pasos eran volátiles, como si tuviera pies de gato. En mi cuello apareció de súbito un escapulario, o quizá era un collar delgado, de fantasía. Sin saber por qué resulté en un sitio opaco y en apariencia deshabitado. Hacía frío. Mis zapatos estaban enlodados y el pantano se metía en ellos. Alguien corrió tras de mí. “Señor, señor, ¿cómo está?”, me preguntó el perseguidor, de cara juvenil (pese a la oscuridad, vi su rostro). Tocó mi cuello. Se enteró de que no había oro, nada valioso. Más adelante, en una encrucijada me di cuenta de que mi bolso de marca, no estaba conmigo. En su lugar, había uno de tela ordinaria, una especie de dril azul. Y vacío. Cuando desperté, sudaba.