El hijo de Saúl, otra visión del exterminio

(Ganadora del Gran Premio de Cannes y del Oscar a mejor película de habla no inglesa)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Sobre el genocidio hitleriano y los campos de concentración y de exterminio puede haber, como hay, ilustración suficiente. Y, como si fuera poco y no existiera un extenso acervo de documentación total, hay también películas y novelas y pinturas y fotografías. Un fresco enorme e infinito acerca de la maldad humana, de las atrocidades de un sistema político que se propuso reinar y destruir. Un imperio de la muerte y la barbarie, en tiempos en que, se suponía, la razón, la ilustración y la civilidad eran metas humanas y tesoros de la inteligencia y de la cultura.

 

La máquina de violencia y desolaciones que era la de los nazis, con su Führer y sus adláteres, con sus ejércitos de ocupación, que de 1939 a 1945 causó millones de muertos y heridos y desaparecidos, es —y será— objeto de tratamientos estéticos, además de los históricos. El horror de los campos de muerte, como el de Auschwitz, que tenía el burlesco lema a su entrada de “el trabajo os liberará”, ha sido objeto de diversos enfoques, en particular de novelas, relatos, crónicas, pinturas, la poesía, el cine…

 

El hijo de Saúl, una película húngara, la ópera prima de Lázlo Nemes, es otra más del extenso catálogo sobre los apocalípticos hornos crematorios y el holocausto, pero con una historia y tratamiento diferentes. Auschwitz, 1944, en un lugar de las espeluznantes ejecuciones, en particular de judíos. Saúl Ausländer, un judío húngaro, integrante del corpus especial que los nazis diseñaron para el orden interno de los campos, los Sonderkommandos, parte de la logística del exterminio, es el protagonista de un filme que puede, como dijo algún crítico, ser incómodo para la vista, pero que cuenta de otra manera el infierno.

 

Ausländer (interpretado con sapiencia por Géza Röhring, que con este rol debutó en el cine), parece tener una suerte de confusión o retraso mental. Cree que el cuerpo de un muchacho que ha sido ejecutado en el campo, que sobrevivió a la cámara de gas y que luego un soldado nazi asfixia, es su hijo. Busca con insistencia salvar el cuerpo de las llamas de los hornos crematorios y, además, dentro de los prisioneros, se esfuerza con obstinación por hallar un rabino para que le dé adecuada sepultura, con los rituales judíos. No solo que se pronuncie el Kadish, tradicional oración talmúdica para despedir a los muertos, sino que haya un enterramiento acorde con los cánones.

 

El cine vuelve a adquirir sus dimensiones poéticas visuales con este filme que elude los lugares comunes y se introduce, con experiencias auditivas, llantos, ruidos, el sonido de los hornos, de los trenes, los aullidos, para que el espectador sienta cercano el horror, digo que la película camina, combinando primeros planos que van caracterizando sobre todo al protagonista y planos generales, por el orden impuesto por los nazis, pero, a su vez, por el dolor de los prisioneros. Saúl hace parte de un grupo los “Portadores de secretos”, elegidos por la soldadesca nazi. Su rostro se volverá casi que inaguantable para el observador, que lo verá transformarse hasta la visión final, en el monte, tras la rebelión de una parte de los prisioneros, cuando ve un niño rubio que aparece de súbito ante su vista y su atolondramiento.

 

El lenguaje del cine vuelve a las alturas, con cámara en mano, o en hombro, con imágenes de chaquetas sucias que tienen pintada una equis roja a la espalda, que son las de los Sonderkommander. Con los aguamaniles de aguas sucias, con el resplandor de los hornos y la llegada de trenes con más prisioneros, con el llanto de algún bebé, con los gritos de los guardianes y soldados nazis. Una experiencia múltiple para sentir la inconmensurable tragedia de los que lo han perdido todo, incluido el lenguaje, las palabras, la cultura.

 

Mientras uno ve la película, no puede olvidar, o, de otra manera, torna a memorar la voz del escritor Primo Levi, con sus obras que dan testimonio de las desventuras de los prisioneros y de las acciones desalmadas de los verdugos en Auschwitz. “Jamás la conciencia humana fue violada, herida, distorsionada como en esos campos”, donde en muchas veces nada de lo que allí ocurría podía ser explicado con las lógicas de la razón sino con la categoría macabra de los “poderes demoníacos”, como, en palabras de Levi, lo hicieron Thomas Mann y Karl Jaspers.

 

Y en la película, en la que un obsesionado Saúl busca un rabino para llevar a cabo las honras fúnebres del cadáver del que él dice es su hijo, se mueven, al mismo tiempo, las ansias de libertad y de rebelión de un grupo de prisioneros. Preparan un alzamiento y una fuga. Saben algunos que en Cracovia ya están los soviéticos, como un hálito esperanzador. De la conspiración hace parte, de un modo torpe y casi autista, el protagonista de la obra, que por sus ansiedades pierde el envío de material de “guerra” que desde otro lugar del campo mandan unas mujeres y que parece sobrevivir en medio de los desasosiegos y desgracias colectivas, solo por dar sepultura al cuerpo del que él supone su hijo.

 

“Has renunciado a la vida por la muerte”, le dice a Saúl un compañero. La película, con todo su patetismo, pero sin caer en lloriqueos ni compungimientos efectistas, muestra el ambiente de asfixia y agonía y el espectador puede sentir los hedores de los cadáveres y del clima infecto del campo de concentración y exterminio. Y estremecerse con las paladas de ceniza de los prisioneros calcinados. En algunos aspectos, el filme recuerda a la obra maestra de Elem Klimov, “Venga y vea”, y seguro alguno en la sala de cine evocará La lista de Schindler o La vida es bella, pero tendrá que reconocer que El hijo de Saúl es una obra muy distinta.

 

El espectador se ve obligado a meterse en el campo de horrores, en la piel de Saúl, en las aberraciones de los nazis y en una historia que por ningún lado promete un final feliz, contada con audacia y sensibilidad, para que al final se siga pensando en las atrocidades y se busquen soluciones para que la destrucción del hombre por el hombre tenga, algún día, un final acorde con los postulados de la razón y los conceptos altruistas de civilización y convivencia.

Fotograma del filme húngaro El hijo de Saúl.

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Auschwitz o el horror que no acaba

“La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada”.
Vasili Grossman en Vida y destino

Por Reinaldo Spitaletta

Primero se me quemó la piel, después los huesos, luego me convertí en humo y ceniza, y como tal salí por la chimenea, y gaseado, transformado en nada, aún pude leer el aviso que había a la entrada: “El trabajo os hará libres”. Auschwitz, la confirmación de que el siglo XX había sido el más sangriento y cruel de la historia de la humanidad. ¿Humanidad? ¿Acaso era humano aquello? O tal vez sí: era la comprobación de todo lo que un humano -deshumanizado- es capaz, con su carga destructiva, de hacerle a otro.

Auschwitz, el infierno terrenal, aunque afuera, como diría Primo Levi, no estaba el paraíso. Horrores inconcebibles sucedieron. La dignidad vapuleada. La humillación sin límite del detenido, la atrocidad que la palabra no alcanza a describir, el genocidio planificado, la presunta civilización transmutada en barbarie. Las cámaras de gas, los hornos crematorios, los pelotones de fusilamiento, el sometimiento de niños, mujeres y hombres a una condición infame. A la pérdida de la identidad, de la cultura y, claro, de la existencia.

El olor a carne quemada aún continúa señalándonos desde la historia, casi setenta años después de la liberación de ese campo de ignominia. La archiconocida frase de Theodor Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, podría interpretarse como una suerte de exorcismo, de ultimátum, un llamado al nunca más, que, sin embargo, no ha frenado la deshumanización ni la catástrofe. En Auschwitz, como lo dijo otro sobreviviente del horror, murió la idea del hombre. “El fascismo y el hombre no pueden coexistir. Cuando el fascismo vence, el hombre deja de existir”, advirtió Vasili Grossman en su monumental novela Vida y destino.

La muerte de casi dos millones de personas en un campo de concentración, entre 1940 y 1945, no fue un retorno a la caverna, ni siquiera lo que se ha dicho de que el hombre no desciende del mono porque éste no es tan perverso, sino la mayor vergüenza para el ser humano. Su bestialización (con la venia de las bestias). El oprobio nazi ensañado contra judíos, gitanos, comunistas, librepensadores, en un episodio que, por la magnitud de su brutalidad, parece inverosímil. El Reich y su fábrica de muerte y destrucción mostraron en Auschwitz y en otros campos de exterminio su esencia sanguinaria, como, hasta antes ningún otro imperio la tuvo. León Felipe, que, pese a Adorno, siguió escribiendo poesía, mandó a callar a Dante y Virgilio y Blake y Rimbaud, poetas que no alcanzaron jamás a imaginar un infierno tan espeluznante como el de Auschwitz. “Pero ahora, aquí, rompo mi violín… y me callo”.

En Auschwitz, tal como lo cuentan algunos de los sobrevivientes, el ser humano sometido a la peor bajeza, perdió por momentos la solidaridad, la capacidad de resistencia, y algunos se iban contra sus hermanos de prisión por un mendrugo de pan. Pero quizá los ecos que allí llegaron de la derrota de los nazis en la heroica Stalingrado, a orillas del Volga, también hicieron crecer la esperanza y, sobre todo, por diversos territorios de Europa se fue desmoronando el mito de la invencibilidad del Reich hitleriano. Muchos no alcanzaron a ver la derrota total de aquél, pero murieron con el presagio infalible de que estaba próxima la caída de esa maquinaria de atrocidades.

Por los días del sexagésimo aniversario de la liberación (2005), se revivieron las crónicas, las películas, las fotos, los testimonios, los libros que hablan de aquel horror sin par. Uno de los más inquietantes recuerdos, lo expresó un soldado del Ejército Rojo soviético. Antes de llegar a Auschwitz, las tropas soviéticas encontraron pueblos enteros incendiados con toda la población ejecutada, pero no se habían topado con un escenario tan desolador como el que encontraron en ese campo: “Al vernos llegar, los prisioneros lloraban, otros demostraban su alegría. Todos eran esqueletos vivos, tan flacos que se les veían las venas y los huesos a través de la piel. Vi montones de cadáveres de prisioneros que acababan de ser asesinados o que murieron antes de nuestra llegada”, relató, todavía con el horror vivo, sesenta años después. Y concluyó: “Nunca olvidaré las pilas de zapatitos de niños”.

Los espectros de los muertos de Auschwitz aún nos gritan. Porque después de aquel espanto, el genocidio, las violaciones a la dignidad humana, las masacres no han parado. Es más: se han perfeccionado los instrumentos de destrucción. Ahí están, como ejemplo de la renovada barbarie, los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki; la carnicería gringa en Vietnam; los gulags soviéticos; la invasión rusa a Afganistán; los ataques aéreos también a ese país de parte de los Estados Unidos; la ocupación estadounidense en Irak; los desaparecidos del Cono Sur; las torturas en Abu Gharib; el genocidio en Ruanda; el Apartheid; el martirio del pueblo palestino; el atentado contra las Torres Gemelas…

Así que el gran escritor judío italiano, Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, tenía razón. Allá era el infierno, pero afuera de ese campo de concentración no estaba el paraíso. Y, con perdón del lobo, el hombre sigue siendo lobo para el hombre. ¡Ah!, y lo peor es que, dentro del capitalismo, el trabajo tampoco hace libre al hombre. Ni al lobo. ¿Hasta cuándo?

Campo de exterminio de Auschwitz