Meursault o el hombre absurdo

(El extranjero como símbolo del descalabro de la razón y del sujeto)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

I.

 

En El Extranjero, de Albert Camus, novela publicada en 1942, hay, a escala, una representación del destino de Europa en dos guerras mundiales, la pérdida de la identidad del sujeto, el hombre convertido en una pavesa “al viento y al azar”. Es la simbolización de la apatía, del ya no me importa nada después del acabose. Hay en el protagonista de esta obra breve —que también, como otras muy famosas por sus primeras palabras, tiene un comienzo que trastorna al lector— una indiferencia por el transcurrir de las cosas, por la vida, por sus contradicciones. Meursault, un tipo sin ambiciones (así se lo dirá el patrón en algún momento cuando le propone irse a trabajar a París), es, por si hubiera dudas, un inyectado por las agujas hipodérmicas del desdén.

 

La novela, con una estructura temporal que avanza en presente continuo, dividida en dos partes, comienza de un modo en el que se expresa una duda, una aparente despreocupación por un hecho si bien no fundamental, sí singular en la vida de alguien: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Y en este encabezamiento hay una especie de condena, de actitud impasible, de aparente desprendimiento del mundo, que a un hombre como Meursault, despojado de prejuicios, lo puede perjudicar y hundir en el fango de las desventuras.

 

Habitante de Argel, el telegrama que le anuncia la muerte de su madre, lo hará viajar ochenta kilómetros en autobús a Marengo, pueblo donde está el asilo en el que él internó a su madre, cuando ya ninguno de los dos tenía nada que decirse. El extranjero, como el lector lo verá, es también una obra sobre la comunicación o, más bien, la falta de ella, con silencios y actos en los que la pronunciación de determinadas frases puede ser usada en contra del hombre que, en superficie, no exteriorizó ningún dolor ante la muerte de su mamá y, por el contrario, se mostró sereno, sin síntomas de ninguna pena. No es un tipo convencional.

 

Meursault —gran observador— padece una especie de extrañamiento del mundo, aunque para él, todavía un hombre joven, la culpa no es un tormento. Ni siquiera es una posibilidad de desequilibrio emocional. La novela, narrada en primera persona (Meursault es el narrador-protagonista), muestra en su antesala al hombre en medio de ancianos, del féretro de su madre, del director del asilo y de la vejez como un escalón muy próximo al final. Todo lo que en esta fase se dice tendrá, después, un sentido (¿un sinsentido?), y más aún, una consecuencia. Fumar un cigarrillo muy cerca del ataúd de la mamá, tomar café con leche, no derramar ninguna lágrima, no aparentar ningún dolor por la ausencia definitiva de su progenitora, serán marcas que prevalecerán en el desenlace de la historia.

 

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“Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

 

Meursault (¿un hombre absurdo?) es la caracterización de un ser que al menos en la vida exterior es un despreocupado. Sabe que, aun sin creer en ningún dios, de tener una visión del trabajo como si fuera una irremediable condena, el mundo seguirá. Y él no podrá cambiarlo. Existe en su condición un destino ineludible, una intrínseca forma de no poder eludir nada. Así se irán concatenando circunstancias, hechos, sociabilidades, encuentros, casi todos en un mundo estrecho, en el edificio de inquilinato donde habita, en la oficina, en las relaciones con María (antigua compañera de trabajo y sensual amante), Raimundo, un sujeto que vive de las damas, como si fuera un cafishio; Salamano, el viejo del perro sarnoso; Celeste, el dueño del restaurante… Todos son parte de una retícula, de una azarosa predestinación a la que no se le pueden hacer esguinces. Como en una tragedia de Sófocles.

 

Meursault sabe que ninguna muerte, ni siquiera la de su madre, cambiará nada. Ni acostarse con María. Ni servir de testigo a Raimundo para salvarlo de un juicio por maltrato a una amante. Quizá por eso, es un hombre que no se interesa por ningún cambio. Tal vez, aunque más que las palabras son los hechos los que lo van pintando, no es de los que se preocupa si las cosas siguen como están o no. Y, como el lector descubrirá, el amor no está hecho para él. Llega y listo. No hay una voluntad de alterar el curso de los acontecimientos.

 

¿Por qué debe alguien sentirse desgraciado con la muerte de su madre? Es una pregunta que flota en el ambiente y puede ser que hasta la pronuncie un cercano a los eventos. En este punto, puede ser interesante conectar El extranjero con El mito de Sísifo, de Camus, que es un planteamiento acerca del absurdo, con una hipótesis clave: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

 

¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Tiene vigencia la razón después de la catástrofe de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración, del exterminio del hombre por el hombre? “Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”, como se plantea en el libro El mito de Sísifo. Y estos avatares, estas sensaciones y preguntas se expresarán en un personaje como Meursault, a quien la existencia o inexistencia de Dios no le interesa ni es una preocupación vital. Da lo mismo.

 

¿Y qué tiene que ver Meursault con Sísifo? Este personaje de la mitología griega, cantado por Homero, es condenado por los dioses a subir sin cesar una piedra hasta la cima de una montaña desde donde la roca volverá a bajar por su propio peso, haciendo que ese trabajo, esa labor del “proletario de los dioses”, fuera inane y se convirtiera en un eterno subir y bajar. “Trabajo inútil y sin esperanza”. Y la meditación de Camus va hasta encontrar que Sísifo es un héroe absurdo, “tanto por sus pasiones como por su tormento”. Está condenado a no acabar nada. A repetir una tarea siempre inconclusa, pero que, en el trayecto, sobre todo de vuelta para reanudar su pena sin fin, podrá reflexionar, tener nociones del tiempo, acceder a una conciencia sobre su atroz castigo. Y ahí, entonces, Sísifo será dichoso.

 

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II.

 

En la novela de Camus el calor, el sol, las metáforas sobre espadas de luz, sobre espadas ardientes, las arenas playeras, son una clave para determinar algunos comportamientos del protagonista.  El sol de Argel, un sol obnubilante, fabricador de sofocos, ¿un sol de justicia?, puede penetrar en el cerebro, quemarlo, ponerlo a delirar y luego hacer que un hombre que padece de extrañamientos dispare una vez, y después cuatro veces más, contra un árabe que ha esgrimido un cuchillo en una playa fatal.

 

Y antes del crimen, hay una serie de hechos, de amarres literarios en pro de la narración, de situaciones que conllevan a que un domingo trágico María, Raimundo y Meursault vayan a visitar a Masson, dueño de una cabaña. Y que por allá, en medio de los paseantes, estén unos árabes, entre ellos el hermano de la muchacha que Raimundo oprobió. Un cúmulo de circunstancias, de miradas, de encontrones, de ganas de venganza se irá tramando. Y el sol, como un leitmotiv, pero a su vez como un elemento perturbador, enceguecedor, estará acompañando la irremediable construcción y desenlace de la tragedia.

 

El sol resplandeciente, quemante, atronador. Con rojas fulguraciones, como una metáfora de sangre, como símbolo de la muerte y la violencia, estará calentando el cerebro de Meursault, que no podrá “vencer al sol y a la opaca embriaguez que se derrama sobre mí”. Y en esa primera parte de la novela, en la que el protagonista se pinta como el dueño de una ilimitada indiferencia por la vida, se vuelve a sentir con su canícula el sol, el mismo sol del día en que él enterró a su madre. No podrá librarse del sol ni de sus brillos enloquecedores. Es un condenado sin redención alguna. Un oficinista opaco que, de pronto, se ve transmutado en asesino. Qué absurda es la existencia.

 

Todo está planeado (¿por los dioses? ¿por las circunstancias? ¿por el inexplicable destino?) para que Meursault se convierta en culpable, en asesino. El extranjero es una obra en la que, más que calor, hay un resplandor que ciega la razón, un encandilamiento de los sentidos, un ineludible camino hacia la desgracia. Y así, el hombre-absurdo, el que lleva una vida sin muchos paisajes, entrará en los terrenos pantanosos (también pueden ser arenas movedizas) de la ley y sus mecanismos.

 

En El extranjero hay una particularidad: Meursault, tras el asesinato, se metamorfoseará. La segunda parte es como un despertar, una adquisición de conciencia y un apuntalamiento de las creencias y convicciones filosóficas de un ser que se enfrenta a un sistema envolvente. Sabe que no hay esperanzas. Es otro Sísifo. No tiene nociones del tiempo. Sentirá que todo es como un día, una repetición, una incesante permanencia en la celda. La misma espera. El mismo transcurrir, el mismo estar. Al principio, tendrá pensamientos de hombre libre; después, ante la opresión del encierro, sus pensamientos serán de presidiario.

 

“Todos los seres normales habían, más o menos, deseado la muerte de los que amaban”

 

En aquella detención sabrá que la ley está “bien hecha”. Que contra ella no procede nada. La instrucción durará once meses. Y el hombre, que recibe una visita carcelaria de María, sabrá que no hay salida. Se enterará de la mediocridad del abogado defensor y de la suficiencia del acusador. Pondrá contra las cuerdas al cura, que queda como un entrometido, como una suerte de marioneta religiosa, un pelele de la sinrazón, y se dará cuenta de que la vida no vale la pena de ser vivida. A nadie le importa si mató a un árabe, pero sí es muy sospechoso y denigrante su comportamiento desusado ante la muerte de su madre, su falta de dolor, su ida a un cine con María para ver, pocas horas después de enterrar a la señora Meursault, una película del cómico francés Fernandel…

 

El extranjero es una novela que quema. Todo en ella está bien urdido, sin espectacularidades verbales, con tasa y medida de conexiones, de pistas, de entrecruzamientos de causa-efecto. Apenas lo necesario para montar un tinglado de tensiones con una narración de impecable factura literaria. El acusado, que sabe que no hay desgracia completa, aspira a la apelación, pero, en el fondo, presiente la condena. Sabe, sin decirlo, que es una representación del Mito de Sísifo, como una reencarnación de aquella entidad griega. Un ser que, en la segunda parte de la obra, se abre a la luminosidad del conocimiento.

 

Meursault, ante la ley y ante la sociedad, es un desalmado. Un ser indolente. Una especie de cínico que puede hacer tambalear creencias, el estatus quo, lo establecido, las convenciones, la moral. Y así no merece vivir. Es un peligro. Solo la guillotina lo redimirá. Y librará de riesgos a los demás. Después de todo, de que la cuchilla (la ducha fría) “haga justicia”, el sol de Argel seguirá alumbrando.

 

(Reseña a propósito del Seminario de Novela Europea siglo xx)

 

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“No creo en Dios, me aburre”.

Las gracias del fútbol de potrero

(Encuentro con Borocotó, literatura de gambetas y el sueño del pibe)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“No jugó pelota”, le dice la señora que, desde el segundo piso, le ha tirado una bolsita al celador, que no la atrapa y cae sobre la acera. Es posible que algunas estrellas del fútbol de hoy, a veces más dedicadas al lucimiento personal, a los peinados y tatuajes, a las poses de modelo, no hayan tenido la experiencia sinigual de jugar en un potrero (o mangas, que llaman por estas geografías arriscadas). No hayan “jugado pelota”.

 

—Parece un equipo de barrio — se oye decir, en ciertas transmisiones de partidos de fútbol, en forma despectiva, y quizá sin saber cómo los partidos de barrio tenían (quizá, ahora ya no tanto, porque los barrios también se están acabando) ingredientes líricos, de poesía sin pretensiones, de fantasías y creatividad, pero, sobre todo, de pundonor y abundantes ganas de jugar.

 

En las canchas de viejos barrios tal vez no faltaba el futbolista perezoso, holgazán, desganado. Pero un “picado” futbolero tenía elementos de fascinación. Más allá del grito y del despliegue físico, estaban las jugadas de maravilla, las que hacían rabiar al rival (o provocar un patadón o un codazo) y suspirar de emoción a los coequiperos. Quién que sea romántico y haya disputado cotejos en las desaparecidas “mangas” urbanas o suburbanas no sabrá del encanto que propiciaba un partido, cuyas aspiraciones máximas eran las de la diversión y las demostraciones de técnica y talento.

 

La sazón —o el picante— comenzaba desde el desplazamiento al potrero. Un grupo de muchachos, balón en mano, o pasándolo de un lado a otro, con maniobras de “tecniqueo” y florituras, gozaba antes de llegar a la sagrada manga con porterías improvisadas, a veces de caña o guadua, o de piedras delimitadoras, un estadio de imaginaciones y venturosas jugadas. Sí, claro, no faltaba el “güevero”, aquel que, “solo en grima”, se quedaba a la espera, frente al arquero contrario, a ver si pescaba una ocasión de gol. Y había el que daba espectáculo, el que quebraba la cintura a los rivales, gambeta por aquí, regate por allá. Y el fútbol se sentía, se vivía como una experiencia mística, o como una suerte de nirvana, con éxtasis y otras dichas.

 

Sí, es cierto. No todos eran buenos en la faena. Estaba el gordito lento. Y aquel que recibía la pelota y no sabía qué hacer con ella. Se deshacía rápido, como si estuviera encartado. Pero, para matizar, o equilibrar, estaban los inspirados, los creadores y artistas, los que amasaban el cuero y lo ponían a circular. Y los que, con una clase sin par, hacían goles imposibles. El fútbol de barrio era la práctica de una poética. O, si se mira de otra manera, de una filosofía urbana, en la que había pensadores de potrero, con boñiga incluida.

 

El fútbol, que, como lo dijo Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado” (así se titula su célebre libro), tiene o tenía en la barriada, la esencia de lo que se hace con pasión, sin esperar retribuciones distintas a la satisfacción de estar en una especie de cielo durante el tiempo mítico de un partido. El futbol de potrero es el ejercicio de las invenciones, del deleite sin límites, en el que, como advertían con cierta inocencia los niños de Calella de la Costa, que le sirven de epígrafe al libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

 

Pero el fútbol de barrio, el de las mangas (algunas tenían nombre: la del Mosco, la Manga Elena, la Amarilla, la del Ahorcado…), no es tan ingenuo. En su práctica también se aprenden las malicias, las astucias para dar con sutileza una “caricia” al contrincante, y se va creciendo en la dimensión del carácter. Sí, el barrio y su futbolería contribuyen a la formación de personalidad. Y a sentir con énfasis las explosiones de adrenalina y las ganas de sudar y entregarlo todo por una disputa (y una divisa cuasi irreal) que todavía está libre de otras contaminaciones.

 

Tal vez, hoy, algunos jugadores profesionales a los que se les califica de “pechifríos”, carezcan en su currículum de las maravillas de las confrontaciones en canchas de barrio. En las que, además, se aprenden regates, ciertas picardías, la magia de aquello que, en los cincuentas y sesentas, un argentino que se inició en el Boca Juniors, puso en boga: “la toco y me voy”, como si se tratara de una pilatuna callejera. Se llama Luis Pentrelli y ya debe frisar por los ochenta y cinco abriles.

 

En esa práctica de lo impensado en la barriada, se puede aprender, como bien lo diría Albert Camus, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, dijo el autor de La peste y La caída.

 

En las extinguidas mangas de ciudad, cuando la pelota echaba a rodar, el mundo se llenaba de luces celestiales y de alegrías sin límite. Era el auténtico ejercicio de la libertad. Así que el mirado y calificado por algunos “periodistas” deportivos, con cierto desdén, el “fútbol de barrio”, tiene (o tenía) exuberantes gracias y faenas de júbilo. Era parte de la denominada educación sentimental y de la sociabilidad.

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El célebre cronista uruguayo (pero cuyo ejercicio lo hizo todo en la Argentina) Ricardo Lorenzo (1902-1964), más conocido como Borocotó, decía en alguno de sus escritos, la mayoría de ellos para la famosa revista El Gráfico: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”. Sí, la calle, el potrero, la manga, como un escenario de pedagogías, de aprendizajes para la vida y, claro, para la “futboliada”.

 

Borocotó (cuyo sobrenombre onomatopéyico procedía de los toques de tambor de las murgas de su natal Montevideo: “boro-cotó-chas-chás), un narrador de infancias marginales y sencillas, escribió, entre otros (además era guionista cinematográfico y escritor), el libro En el área del potrero, con las vivencias del fútbol de muchachitos sin fortuna, inventores de jugadas, imaginadores de ficción callejera con una pelota de trapo y unas ansias inmensas de paradas ingeniosas. Y, como lo harían después en el tango, no faltaron en sus notas las ensoñaciones de los pibes que aspiraban a llegar a la primera. “Gambeteando a todos se enfrentó al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”.

 

El barrio tiene, desde luego, asuntos censurables, en el fútbol y en otros ámbitos, como bien lo dijo el escritor y periodista Osvaldo Soriano, pero es una escuela, como bien podría serlo el café (¡oh, Discépolo!) o la esquina. Y en sus encuentros o “picados” había una manera de ser, de vivir, de sentir, de soñar. Ahí, con improvisaciones como de jazz, salía el muchacho de la jugada imprevista y el del que nadie sabía por cuál lado se iba a escurrir, mientras el balón andaba por otro.

 

En aquellos “mangones”, en los que, a veces, había que alternar con vacas y caballos, hubo despliegues de sabiondeces, de provocaciones, de ganas de jugar bien. Y más, por ejemplo, si estaba en juego la dignidad del barrio, en partidazos que exponían más allá de los cánones del bien jugar, los amores por lo que en rigor es una de las patrias (con la casa, con la infancia) del hombre urbano. Un barrio contra otro sí era una variante de la epopeya.

 

El potrero graduaba en sentimientos, en artes de gambeta, en solidaridades. Te la doy, me la das. Y solo allí era posible la reencarnación de paradigmas, de figuras que ya habían alcanzado la gloria de la “primera”, de imitar un amague, de patear a lo Mario Boyé (ídolo del Boca) y “tener más tiro que el gran Bernabé” (otra vez el tango).

 

Así que hay una desproporción cuando algún comentarista, sin mucho fondo, dice que “parece un equipo de barrio” para referirse de modo peyorativo a oncenos que están jugando mal o con abulia. Al contrario, lo que se ve en muchos casos es que esos futbolistas aburguesados carecieron de la escuela infinita en enseñanzas que es la barriada, con sus mangas y sorpresas en las improvisadas canchas.

 

En el barrio se aprende (o se aprendía), como lo dijo Roberto Fontanarrosa, a saber que “hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar”. En la manga, en el potrero, se alcanzan, a lo kínder, las primeras y definitivas letras del fútbol como un tejido de dichas (ah, sí, de desdichas también) que dejan una impronta en la existencia.

 

Sucede que hay futbolistas profesionales (e incluso comentaristas deportivos) que quizá, como el celador del principio, no “jugaron pelota”. Y esa carencia deja un vacío imposible de llenar.

 

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