Un río a la deriva

(El Aburrá o Medellín, una corriente sin caché y sin juglares)

 

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                                                  “Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar…”
                                                                    Jorge Manrique

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una antigua imagen de infancia muestra al río de aguas todavía claras, junto a vegas tupidas de cañaverales. El bus-camión muy cerca de la orilla y la mirada del niño escudriñando el mundo, por el que había letreros de lugares para la diversión, extensiones de tierra amarilla y rojiza, calles en ascenso hacia las laderas y el vehículo de pasajeros atravesando el río por un puente y luego otra vez enderezando hacia el norte para llegar a un parque de dos iglesias, pocos almacenes y casas grandes alrededor.

 

El río ejercía entonces una suerte de atracción por su corriente, en tramos cortos muy rápida y en otros —los más— lenta, de serenidad de remanso. No recuerdo si había areneros, esos hombres de orilla que, con la piel al sol (o al agua) extraían material de playa, ni si los niños de viviendas cercanas, que eran pocas, hacían barquitos de papel para que navegaran en esa corriente que todavía atraía por sus músicas sin pretensiones y el vuelo de aves blancas casi a ras de sus aguas.

 

En todo caso en ese río, que se estaba muriendo porque ya no tenía meandros, ni radas, ni curvas, ya no provocaba, como en las quebradas, tirarse en él para sentir el placer de una caricia mojada. La imagen más vieja, digo, era la de los cañaverales, de los mismos que en sus hojas con pelusa albergaban saltamontes y de sus tallos se extraían las varillas maravillosas para confeccionar el liviano esqueleto de las cometas.

 

De tanto verlo, el río se tornó invisible y quizá por eso no nos dimos cuenta de su muerte, de su turbiedad, de los trabajadores “entamborándolo”, de las oquedades o conductos que se abrían en el cemento inclinado y por el que brotaban aguas negras y toda la porquería de la ciudad. Y así se oscureció, sus aguas de pronto opacas, sucias, malolientes, provocaron arcadas y en tiempos de soles intensos su asqueroso hedor se sentía en los buses y supongo que en el tren que todavía se desplazaba a sus orillas, dejando con sus locomotoras de leyenda una estela negra de carbones en agonía.

 

El rio que atraviesa el vallecito, el que antes de la llegada de barbudos y tipos con yelmos y espadas vieron los aburráes o los que junto a él, más bien en altozanos, habitaban y lo tenían (y temían) como una corriente vital que los conectaba con las voces de deidades orilleras. Los indios atisbadores y previsivos se alejaron de él porque sus aguas eran rebeldes en los tiempos lluviosos y arrasaban con lo que junto a él estuviera. Lo amaron, lo adoraron, le tejieron alguna oración como lo hacían con los hilos para sus mantas y cobertores, o con el fuego, o con el aire. Con la tierra.

 

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¿Dónde fueron las ninfas y las náyades? ¿Y dónde sus peces muertos? Foto de Melitón Rodríguez

 

Ese río de claridades en días remotos se convirtió en un muerto largo cuando emergieron las chimeneas, las trilladoras, las fundiciones, cuando arribaron los telares y el vallecito se pobló de trabajos y afanes y la ciudad principal se colmó de peregrinos de todos los puntos cardinales. Y cuando el primer escritor de tiempo completo que hubo por estos andurriales industrializados, el que venía de Santo Domingo y le ganó de mano a quienes decían que esta tierra de comercios y oros no era para novelarla, le dedicó unas líneas al río, todavía este vivía. Y lo primero que dijo el cronista sobre esa corriente que aún respiraba con branquias y pájaros fue: “no tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges”; y avizoró que después, cuando ya nadie se interesara en su discurrir, sería peor.

 

Si en sus tiempos bellos nadie, ningún vate, ningún cantor, recalcó sus dotes, ya putrefacto serían menos las posibilidades de poetizarlo. “Genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa” ni ha sido objeto de leyendas, supersticiones, ni habitación de duendes burlones ni de cantos de sirena (o, sí, las que tras la alborada del siglo xx, para la convocatoria de los obreros, para los cambios de turno, le brindaron las de las fábricas); un río despojado de encantos y de memoria.

 

Por sus aguas diáfanas de los inicios y del lento decurso de la villa no se deslizaron naves ni se atrevió ningún pirata. Un río de olvidos. Uno carente de musas. Río sin inspiración. Y así, cuando lo mató la civilización, sufrió aún más un exilio del corazón. Apenas era una referencia para decir que, al otro lado, hacia occidente, quedaba la Otrabanda, la que por tantos años era no solo tan lejana de la plaza mayor, sino extramuro inhabitable, región de ciénagas y pantanos, de zancudos y misterios.

 

Nadie le inventó una mentira, ni le creó una mitología, ni le concedió siquiera una manera de ser digno de un suicidio memorable. No como en el Sena, donde tantos, poetas y desconocidos, han decidido cortar sus relaciones con la vida. Ni siquiera tuvo el carácter de fuente poderosa que, como el salto del Tequendama, hipnotizara a los que se habían cansado de existir y decidían volar en la caída prodigiosa que varios cronistas judiciales elevaron a insuperable fuente de información.

 

El río Medellín, el antiguo Aburrá, el que más abajo cuando busca el mar al que jamás llegará con sus aguas sin historia, se llama Porce y Nechí, ha sufrido el desprecio de los artistas, de los juglares, de quienes ricos en imaginación no se dignaron otorgarle una pizca de su creatividad, y aun de los habitantes sin pretensiones de bardos o troveros. Ni siquiera los puentes, como el diseñado por Enrique Haeusler, en donde el último fusilado de la ciudad vio el ocaso definitivo, le han dado categoría de río fundador. Es más, son más célebres los puentes que la corriente que cruzan.

 

Es una corriente sin náyades, sin espíritus acuáticos, sin peces agoreros, sin siquiera la condición de sátiro tropical de un mohán. Va y va, pero nadie se bañaría dos veces en ese río. No convocaría a ningún griego antiguo a mirarse en sus turbias aguas. Solo vería oscuridad. Ni siquiera es un río del tiempo, nada de novela, nada de relatos, o puede que sí, pero más en la tónica de narrar la trayectoria del cadáver de algún asesinado o de la señora arrastrada primero por el torrente de una quebrada y cuyo cuerpo derivó en el río. Un río sin balsas doradas ni con un barquero a lo Caronte que nos conduzca al inframundo con sus arcanos indescifrables.

 

Este río del olvido, sin músicas sinfónicas como el que pasa por Praga, y sin narrativas y valses como el Danubio, es, con todo, nuestro río. Es aquel que salió del anonimato cuando diciembre lo atravesó con bombillas navideñas y guirnaldas eléctricas, y tornó al anonimato en enero, cuando ni siquiera los reyes magos le regalaron un calcetín con bombones. Le han faltado guitarras y la melodiosa voz de alguna contralto. Es más, es un muerto sin responsos.

 

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El río del olvido y las desolaciones. Foto Gabriel Carvajal.

 

Ya es un río sin serpenteos. Aunque, en otras épocas, cuando aún se creía en Santos Inocentes, se decía que un barco enorme, como salido de una narración extraordinaria de Poe o de Melville, había encallado en su cauce sin abolengo. Carrasca, en su crónica, tuvo la esperanza de una canción: “Mas nunca faltarán en tus riberas ni poesía ni hermosura: que por mucho que te dañen la simetría y el confort urbanizadores, nunca podrán avasallar del todo el desgaire armonioso de tu gentil naturaleza”.

 

Creo que el pronóstico no se cumplió. Al río Medellín lo avasallaron con excrementos y otras contaminaciones. Algún día, cansado y triste, puede ser que se devuelva a su origen y se seque para siempre.

 

18-X-2019

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Río Medellín, un río muerto entre una “civilización” que lo olvidó.

Diatriba de amor contra un municipio endiablado

“El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza.”

Marco Aurelio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Bello es como una velada de escuela representada por retrasados mentales. Digamos que quienes manejan los destinos trágicos de los habitantes de esa ciudad desatinada, son torpes: para asaltar y desfalcar más el erario, pudieran hacer gala de fina demagogia, rodearse de algún consejero al estilo Rasputín (que por lo menos haría feliz a la señora de algún alto funcionario), o para no ir tan lejos, de uno a la usanza Montesinos, “eminencia gris” de la corruptela en América Latina; quizá deberían  sembrar jardines colgantes en el desnudo palacio de gobierno, con el fin de atraer la atención de las damas de la caridad, o poner, como señal de buen gusto que jamás tendrán, música clásica en las oficinas, de tal modo pudieran pasar por burócratas que tienen sensibilidad (?) pero no es así, porque viéndolo bien y volviéndolo a mirar se ha demostrado que gustan mucho de rancheras y rancheritos, de chabacanerías y chambonadas, que son parte o el todo de su esencia: al escuchar según dicen un narcocorrido, entonces cierran ojos y abren boca y respiran fuerte y se sienten los dueños del universo, de un universo que tiene una iglesia al decir de algún guasón que parece un vómito, pero que en efecto sí es una bella reliquia de arquitectura sacra, mas no santa. La diseñó un italiano, Albano Germanetti, que copió aspectos de capillas y construcciones de su tierra natal y las trajo al trópico, al mismo donde hace siglos advino un barbudo extremeño llamado Gaspar de Rodas, que en aspectos de extranjeros por esas geografías en otros tiempos de límpidas quebradas, llegaron emigrantes de allá y acullá.

 

Bello es como un sinsentido: tuvo todo para ser desarrollado, es decir, para que a todos sus habitantes les llegara la prosperidad, pero se quedó a mitad de camino: de los tiempos de las chimeneas fabriles y las locomotoras, quedaron sino las nostalgias y alguna arquitectura en ruinas y la decadencia de sus barrios obreros; de sus verdores naturales, que deslumbraron a Tomás Carrasquilla (ceibas, aguacateros, chagualos, noros, búcaros, madroños, cafetos, trinitarias, platanales…), de aquel “paisaje prendido” no quedó sino un recuerdo nebuloso, porque el cemento arrasó y las calles se despoblaron de almendros y gualandayes, para dejar en el ambiente un sopor insoportable, una tristeza asfáltica. Una ciudad sin paisaje. Y el paisaje es, por paradoja, lo que más abunda en el mundo, según una novela de Saramago.

 

Bello, el de las legendarias obreras rebeldes, se volvió jungla, no solo porque el concreto y otra suerte de desmanes desnaturalizaron su medio ambiente, sino porque lo público se lo disputaron y tragaron los caciques, que ojalá tuvieran traza de parecerse al mítico Niquía. Bello, cuya gramática de horrores ha predominado en buena parte de su vida municipal, fue desde sus albores un poblado herido en sus imaginarios: un leprocomio, una cárcel nacional, un basurero, un manicomio, una sede de matones a sueldo, y en su subsuelo de olvidos se perdieron las memorias de los Vélez Barrientos (Fernando y Lucrecio), de Betsabé Espinal, la incendiaria muchacha que alborotó la comarca con su lucha proletaria, de un pionero del cine en Colombia (Enock Roldán), y entonces la muchachada de ayer, por decir de los setentas hacia acá, no tuvo paradigmas: ni siquiera en el fútbol, cuando hubo prodigios de la gambeta y de los tres palos. Más bien, los modelos eran bandidos de toda laya y políticos putrefactos.

 

No es que algunos, alguna élite de estudiosos, pidan que haya en ese pueblo que tuvo antecedentes de cultura al menos gramatical (qué importa que el filósofo Estanislao Zuleta hubiera advertido que Bello -al igual que Palmira, según él- fuera un pueblo sin cultura), dirigentes cultos. ¡Qué dicha sería! Pero qué va. No es que aspiren a tener una suerte de Marco Aurelio o de Pepe Mujica, ¡ojalá!, pero es que los que ha habido sí representan el atraso mental y social. Carentes de interés real por la educación, las artes, la ciencia, la historia, se instalaron con sus ramplonas ambiciones en la casa de Rodas. Y arrasaron, peores que cualquier conquistador españolete. Bello es una ciudad en ruinas materiales y espirituales.

 

Bello es como una pandemia de corrupciones y desgreños. Decía al comienzo que las gentes de allá tienen un destino trágico: parecen amar la yunta, como los bueyes, y gustar del circo mediocre que ofrecen los que manejan la municipalidad. La conmemoración oficial de los cien años de esta aldea-urbe como municipio, está acorde con lo que ha sido la “clase dirigente” bellanita: vulgar e ignorante. Una señora, que no es de allá, al ver por televisión la deplorable representación en el “acto central” de la efemérides, quedó obnubilada por tanta ordinariez y burla a la historia y la cultura. Un trozo del mensaje que me envió sobre la “grosería de acto” dice así:

 

“Ni una velada de la escuela de hace 50 años, eso desde lo estético y actoral, catastrófico, cursi, ridículo, feo, y de lo histórico, ni se diga, empezando porque en un supuesto 1913 y 1930 estaban hablando de “La Gran Colombia”, pero eso no es nada con lo que fue la representación de la clase obrera y de la historia de Bello. De verdad que todo, todo, fue algo indignante, al principio a mí me dio como risa, pero esa risa se me fue volviendo indignación”.

 

 

¿Y qué hacer entonces? Nada. Tal vez lo más inteligente sea asumir una visión desde el jardín, como lo enseñó Epicuro, y dejar que al “afuera” le llegue el momento de su incendio final. Y esperar con paciencia que el infierno se trague a los que transmutaron la “arcadiana aldea” en una geografía de miserias y desafueros.

(Julio 3 de 2013, a propósito del Centenario Municipal de Bello)

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Pintura de Lola Vélez, artista bellanita