Casa de paredes sin revocar

(Crónica con hostias inconclusas, un globo negro y un muchacho muerto)

 

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En las casas de infancia había muros sin repellar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El globo negro cayó en el solar de la casa, donde había gallinero, unos cuantos arbustos de higuerilla, un mango y un sembradito de cebollas. Fue un 25 de diciembre. Los de la casa, padres y hermanos, lo tomamos con complacencia y me parece, muy a la distancia de una memoria con recovecos y claroscuros, se lo dimos a unos muchachos de la cuadra para que procedieran a reutilizarlo en un nuevo vuelo que seguro atravesaría los filtros del acueducto, iría hacia la vereda Potrerito, pasaría por encima de tejares y ladrilleras y tal vez cayera cerca de un charco de la quebrada El Hato. No recuerdo qué sucedió con el extraño globo, digo raro por el color, en un tiempo en que el papel de seda abundaba en rojos, amarillos, azules, violetas y verdes. También se confeccionaban globos blancos, pero no eran muy usuales.

 

 

La otra situación descollante la revestía un hecho especial: que se trataba del día de mi primera comunión. De una falsa —o inconclusa— comunión, porque llegamos tarde a la ceremonia y ya, en la Iglesia del Carmen, el cura había repartido las hostias rituales. Llegué justo al desayuno que la parroquia había organizado para los muchachos comulgantes primíparos. Lo amenizó una banda musical. Era mi casa de entonces, en un sector que el pópulo denominaba La Cachera (había cerca una fábrica de artículos de cachos de res, como peines, valeros, barcos, colgadores y otros artefactos), una especie de gran construcción con antejardín, antesala y sala, piezas en galería, una habitación para el servicio, y además de comedor aparte y patio, el mencionado solar era una prolongación del campo en la ciudad. Estaban las paredes en obra negra. Y, con todo, a uno le parecía una casona muy elegante y distinguida.

 

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Pese a la extemporaneidad para llegar a la iglesia y la imposibilidad de tener en la lengua la primera hostia consagrada, mamá me llevó a los estudios fotográficos (se llamaba Foto Luzart) y con un cirio torcido por el calor de mi mano, un vestido café con leche (la foto era en blanco y negro), corbatín, camisa blanca, un listón de seda con ornamentos dorados en el brazo izquierdo, y, junto a un niño Jesús de bulto, me hizo tomar la fotografía que luego colgó de una pared desnuda.

 

Muy cerca de esta casa, que como en un valsecito argentino tenía una reja (¿pintada con quejas…?), había una escuela de niñas (la Rosalía Suárez), en la que, a veces, los domingos, íbamos a ver a las muchachas jugar basquetbol y a pasearnos por unos corredores desolados, con los salones en silencio y el quiosco del patio cerrado. Y más allá, detrás de la escuela de ladrillos y tejas, una manga en la que, además de servir de cancha de fútbol, la gente arrojaba basuras, en un tiempo en que la higiene no era parte de la convivencia ni de la vida cotidiana de la población.

 

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La casa, un primer piso —no recuerdo a los vecinos del segundo— lindaba con otra muy grande, en la que habitaba un señor moreno, muy alto, con hijos iguales de morenos y de altos. Al otro costado, con una tienda, la de don Froilán, a la que mamá pasaba con frecuencia a comprar granos, parva y panela. De los muchachos cercanos me sonaba uno que le decían Madre y otro, Bernardo, un pelado que no sé cómo fue que murió, pero, al ver su ataúd abierto en la sala de su casa, que era diagonal a la mía, tenía los ojos amoratados y un rictus mortal que de seguro fueron el motivo de mi estremecimiento con risa agregada que me hizo salir muy rápido del velorio al que había entrado, quizá como otros muchachos, por curiosidad y novelería. Creo que fue el primer muerto que vi y había en él una suerte de pesar porque no había podido crecer. Lo que sí recuerdo haber escuchado, y eso que se dijo en baja voz, como en secreto, es que a Bernardo lo habían matado.

 

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Santo el enmascarado de plata

En casa, porque más bien poco salíamos a la calle, aunque sí de vez en cuando íbamos a la parte de atrás de la escuelita a ver jugar al fútbol a pelados más grandes que nosotros, es decir, que mi hermano y yo, porque los otros dos sí que eran unas chingas, casi puro bebé, y a observar los entrenamientos de unos tipos que a veces se ponían máscaras, como los luchadores mexicanos (lo sabía porque ya había ido a ver cine matinal con el Santo, Neutrón y otros), y hacían demostraciones de habilidad, patadas voladoras, enganches, llaves, retorcimientos… Estaban vestidos de trusas brillantes y a veces parecían quedarse suspendidos en el aire.

 

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La casa, alquilada —su dueño se llamaba “don Manuel” (así era el trato de mamá con el señor de frente amplia y ojos de mirar escrutador, que a veces entrecerraba como si la luz lo molestara)— fue pista de carreras de carros que tenían pilotos con la cabeza afuera y que, al desplazarse, salía y entraba, de arriba abajo y de abajo a arriba, y uno no podía entender cómo era que unos volantes de tanta alcurnia pudieran, con ese extraño modo de manejar, mantener la dirección del auto que para uno era de verdad y no de juguete. Igual, por el largo corredor se pasearon camiones de madera y latón, un avión Super Constellation, y otros adminículos que nos acrecentaron la imaginación.

 

Mamá tenía en el solar gallinas saraviadas, rojizas, amarilliquemadas, que tenían nombres (a veces era ella la del bautismo, a veces mi hermano Rodolfo) como Rinita, Cenicienta, Blancanieves, Simona y no sé cuántos más. No eran muchas, tal vez ocho o nueve, y todas terminaron sus días en la olla en comidas de ocasión. En aquella misma espacialidad solariega, un día mamá, tras una rabia súbita, tomó una rueda metálica y se la lanzó a Richard, nuestro hermano menor, no sé por qué asunto o despropósito, y le coronó la cabeza. El muchacho sangró y ella no cabía luego en pesares y arrepentimientos, al tiempo que le practicaba curaciones con tópicos y esparadrapos.

 

De la nada  aparecieron dos muchachos con cuchillo en mano

 

Una vez, no sé si era ya diciembre, salí con mi hermano Rodolfo a una caminada hacia Potrerito, una vereda con fincas frutales, en particular con mangos, naranjos y ciruelos. Llevábamos cachuchas nuevas. Y no sé en qué momento, de la nada, aparecieron dos muchachos, uno con cuchillo en mano, el otro con navaja, que, tras amenazar e insultar, nos robaron los tocados y corrieron esparciendo risas en su fuga, como si se tratara de piratas de barrio, contentos porque iban cargados con su botín. Uno de ellos era Madre.

 

No sé cuánto duró en casa la presencia de Rosa, una muchacha que iba a ayudar a mamá en los oficios domésticos. Creo que procedía de un pueblo con tren. Era blanca y bonita y uno la veía como una extraña que amanecía entre nosotros y los fines de semana se iba tal vez donde sus padres y dejaba un vacío. Ya nos estábamos acostumbrando a la sazón de sus comidas, a su cantarina voz, a la manera de poner la mesa y tender las camas, cuando se marchó del todo.

 

Quizá vivimos un año en aquella casa de ladrillos y pisos entreverados entre cemento y baldosas, con mañanas cantadas por pájaros de solar y por gallinas que cacareaban sus huevos. El globo negro no presagió ninguna tragedia y me quedé con las ganas de saber a qué sabían las hostias de la parroquia. Después de eso, nunca comulgué ni me preocuparon más los ojos amoratados de aquel muchacho muerto.

 

(20-vi-2019)

 

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Obra de Georges Braque

 

 

 

 

 

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Patio de las dichas perdidas

(Visión de un espacio familiar que cosechó pájaros y libélulas)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio en el que una pelota de niñeces golpeaba las paredes para que él y yo creyéramos que asistíamos como héroes de estadio a una partida multitudinaria de fútbol. Y en ese mismo espacio —o quizá en otro, ya el tiempo se ha encargado de revolver el ayer y el todavía—  había bifloras y azaleas en materas de barro con tierra negra. Y ladrillos a la vista con empates grises que formaban figuras de fantasmas celestes, como los de las nubes. Y las nubes se agazapaban para meterse de a poco entre las tejas y bajar a decirnos que el día era el ahora, sin futuro, sin mañanas.

 

El patio es el lugar, o tal vez era, porque muchos de ellos han muerto ante las novísimas casas unas sobre otras que no dejan luz ni vista al arriba azulado, digo que es el ámbito por donde —ya lo meditó un poeta— “el cielo se derrama en la casa”, se riega por el piso y no se escapa por el sumidero, porque lo que hace es poner la cara al sol, patas arriba, para que el pedacito de cielo que no puede entrar sienta ganas de ir a buscar otros patios.

 

Había un patio de mosaicos de granito rojo y amarillo, con antiguas huellas de pasos perdidos en la casa vieja, de aleros y tejas españolas, con envigados y alambres de electricidad de los que colgaban, como en un trapecio, los bombillos. Y en aquel espacio a veces se sentaban los taburetes para que el cielo los bañara con su luz celeste y alguien tocaba una guitarra. El patio conversaba y el olor caliente del café se volvía música en medio de tapias agrietadas y encaladas.

 

Había un patio, patio mío, como en un tango, en el que la luna se colaba a mitades para alumbrar una y otra ventana que con sus alas batientes se refrescaban y dejaban pasar las estrellas de reverberos, de fuegos helados. Ladrillos viejos recibían brisas y lluvias y retazos de cielo y también la luz temblorosa de las luciérnagas urbanas, cuando se turnaban con las volátiles diurnidades de una libélula, helicóptero de la infancia perdida. Ni las unas ni la otra se volvieron a ver y solo quedaron intermitentes recuerdos y la esbelta transparencia de unos élitros de celofán.

 

Había un patio con columnas redondeadas sobre bases rectangulares y capiteles con volutas. Y había humo de cigarrillos con figuritas nubosas y palabras de mamás y tías y de señoras del vecindario. En la noche clara, del cielo bajaban luces y las matas se iluminaban como si estuvieran en navidad. Era la posibilidad de unión-comunión de la casa con el universo.

 

El patio es la comunicación con el vuelo de los pájaros y la algarabía de los loros que vuelan al atardecer en busca de casco’evacas y otras casas de verdes frondosidades. Es una conexión con el infinito que en otros lados es finito ante las carencias de ese espacio que con la lluvia suena a cristal y a cielo desleído. Cada patio tiene luna y soles propios. Están hechos para hospedar canciones emplumadas y pequeños otoños de jardines parcos.

 

Patio de ropas con alambres destemplados, olorosos a jabón y humedades, en los que, en otros días, uno sentía las manos de mamá. Instalación de recuerdos y de otras cosas entrañables que se han ido, porque el patio ya no está. El viento de otras tardes se llevó las blancuras con detergente de sábanas y pañuelos del adiós. Y los vientos también se fueron.

 

Patio de carritos de juguete y de luces decembrinas que bajaban desde el cielo como un milagro de la noche. Patio de lunas tristes que lagrimeaban porque estaba próxima la aurora. Patio de las voces perdidas, de abrazos de fin de año, de elevada de un globo que imploraba alturas y recibía vivas a su vuelo de candela. Y candileja. Patio de silla mecedora y abuela de cuentos dichosos con palabras que amamantaban la imaginación.

 

Patio que las modernas cárceles han encerrado en la nada, abatido por los espacios de calabozo, por las ausencias de luz y alegría, por una arquitectura macabra que deshumaniza al habitante y lo convierte en presidiario. Patio que se murió en los planos y en la construcción de celdas. Lejos quedaron los versos de Atahualpa Yupanqui: “quiero llegar a mi patio / y ver la planta crecer, / jugar con su primavera, / quedarme quiero, después”.

 

En los tórridos patios de la casa había flores y abejas, y hasta ellos llegaban los ecos de canciones contentas que salían de la cocina, de algún cuarto, de la sala o de los entejados de tres aguas. O caían del ático y se volvían sol, o luna, o estrellas. Anochecían con el cielo que se acostaba a su lado y despertaban con serenatas de pájaros.

 

¿Dónde están aquellos patios de enredaderas y hormigas de azúcar? ¿Adónde se marcharon con las rosas amarillas y los aromas de bebidas de yerbabuena? El claro de luna que dormía en su suelo familiar parece llorar ahora tantas ausencias y la fuga de cielos extraviados.

 

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Un incendio en la casa vecina

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 Por Reinaldo Spitaletta

El caserón de más de seiscientos metros cuadrados, con sótano y planta alta, era de los más bonitos del sector que, en otro tiempo, se llamó el barrio Restrepo. Tenía un enorme antejardín y una terraza, en la que, en diciembre, Doris Cárdenas, que con su familia fue la última habitante de la mansión, hacía un pesebre luminoso, con figuras de buen tamaño, visible desde la calle Ayacucho.

 

Un urbanizador lo compró para construir una torre de apartamentos de veinticinco pisos. Y antes de empezar los trabajos de demolición, permaneció en soledad varios meses. Yo vivía en la casa siguiente, que si bien no tenía la enormidad de la de la esquina, sí era amplia, con un antejardín sembrado de rosales y un cactus gigante. En el segundo piso, habitaban tres señoras de edad avanzada. Ya el nombre original del sector, fundado a principios de la década del treinta por una familia socia de la Cervecería Unión, se había esfumado. Y era parte del clásico barrio Buenos Aires.

 

En la madrugada del 15 de febrero de 2012, a las dos de la mañana (lo supe después) me desperté, tomé la linterna del nochero y me fui al sanitario que estaba al frente de un patio central a orinar. Sentí, de pronto, unos ruidos que creí sucedían en el patio de atrás, sobre tejas de plástico. “Son gatos”, pensé. Cuando salí, un resplandor rojo se reflejaba en la pared. Creí que se estaba quemando la casa del vecino de más arriba. El fragor creció, lo mismo que los fulgores, ahora anaranjados.

 

Entré con precipitud al cuarto y llamé a Marcela, mi compañera, que dormía como un lirón. “Mona, mona, despertá que hay un incendio”. De pronto, escuché los gritos de Carlos Eduardo, mi hijo, que, con su mujer, vivía en otro caserón diagonal al de nosotros. “¡Papá, papá, despertá que se les está quemando la casa!”. Me di cuenta, en un instante, que en realidad la que se estaba incendiando era la casa donde habitaba Doris. Creí que las paredes de nosotros ya estaban ardiendo. Y la Mona seguía sin despertarse. Insistí con los gritos, mientras me ponía una pantaloneta, guardaba en un bolsillo mis documentos de identidad y elevaba el tono de la voz. La Mona se despertó, aturdida. De súbito, me di cuenta de que yo no tenía las gafas puestas. Las saqué del nochero y le dije a Marcela que saliéramos cuanto antes a la calle. Cuando estaba abriendo la puerta, la cerradura no respondía. Había introducido la llave que no era.

 

Los bombillos comenzaron a intermitir, con una titilación que causaba terror. Por fin, estábamos en la mitad de la calle y ya algunos vecinos curioseaban y vociferaban. “¡Llamen a los bomberos!”, se escuchaba, mientras las lenguas de fuego subían hacia el cielo y la calle se pintaba de naranjas y rojos. No había viento. Las flamas estaban erguidas. Y en medio de esa fascinación que produce el fuego, me acordé de las señoras del segundo piso. Miré hacia su balcón y no había nadie. Escuché el ladrido del perro criollo de ellas. Apareció una patrulla de la policía, le grité a un agente que arriba, en el segundo piso, había gente. Se trepó a una reja, dio un salto felino, se colgó de las barandas del balcón y en un instante estaba arriba, propinándole golpes a la puerta y gritando: “¡salgan, salgan! ¡Se van a quemar!”. Se abrió el balcón, el joven uniformado penetró y luego salió por la puerta principal de la casa con doña Inés y sus dos hermanas. No recuerdo si el perro salió con ellos.

 

Las llamaradas hacían crujir la casa quemada, que antes era de paredes blancas. Comenzaron a sonar las sirenas y dos máquinas de bomberos se pararon al frente. En la calle había gente empijamada, y, con sorpresa, observé en una acera a una mujer de bluyín, blusa y cartera. “Todo se quemará”, dijo y caminó calle arriba. Recordé cuando era adolescente, un incendio en una casa del barrio el Congolo, en Bello, donde había una polvorería que había explotado. Esa vez, mientras ascendían las llamas, se escuchaban los estallidos de voladores y papeletas.

 

Mientras atisbaba, como hipnotizado, la conflagración, se me vinieron imágenes de La caída de la casa Usher, el cuento de Poe, con el desmoronamiento de muros y ese resplandor rojo-sangre, agregado a un torbellino de furia que lo derrumbó todo.

 

Una hora después, o tal vez un poco más, los bomberos habían triunfado. Y, de contera, salvaron la casa de las señoras y la nuestra, que, por cierto, también las requería la constructora de la proyectada enorme edificación. De la casa de enseguida, sus muros permanecieron en pie. Todo lo demás, sucumbió ante la voracidad de las llamas. Meses después, nuestra casa, y, claro, las de las señoras de arriba, también desapareció. Al final de cuentas, no construyeron la babélica torre, sino un edificio de seis pisos. Sucedió el 15 de febrero de 2012, año en que, según pronósticos mayas, se acabaría el mundo.

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Una madrugada de incendio en un caserón del barrio Buenos Aires. (Fotos de Carlos Spitaletta)

El misterio de las casas inacabadas

Por Reinaldo Spitaletta

Creo que en alguna de las Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt habla de la melancolía de las construcciones inacabadas, de esas casas que se quedan a mitad de camino, sin techumbre, desamparadas, como un libro inexistente del cual solo, misteriosamente, se escribió el prólogo. O acaso un fragmento de capítulo. Suscitan ellas una sensación de vacío infinito, como si uno cayera (sucede en los sueños) a un abismo sin fondo.

Las construcciones sin terminar tienen aspecto de desolación. Albergan viejas tristezas. Y en sus muros sin sonrisa (¿sabía usted que los muros también sonríen?) uno observa el modo en que comienza a pegarse el abandono, o, lo que puede ser más dramático, el olvido.

Las casas inconclusas se prestan para la especulación. Uno, sin poder contener el desasosiego que produce su vista, cavila sobre los posibles moradores, frustrados quizá por alguna desgracia económica, por cualquier golpe malhadado del destino. Los imagina recorriendo el patio sin flores, sin cemento, apenas empedrado. Los ve desplazarse lentos por el pasillo sin baldosas. Escucha la carrera desaforada de un niño que persigue una pelota y sus gritos asombrados de recién venido. No deja de ser, pese a la desazón que presentan, muy hermoso poderlas mirar a través de sus ventanas abiertas, o, de otra manera, a través de la ausencia de ventanales.

Uno supone que tal condición de inconclusión se debe a que a sus dueños los asaltó la desventura monetaria y se quedaron con los bolsillos rotos y sin techo propio. O tal vez que, a la postre, cuando ya era tarde, no les gustó el sitio de construcción y prefirieron perderlo todo. También puede ser que, en una extraña rebelión, ladrillos y cemento se opusieron a continuar. No quisieron crecer. Ni ser casa completa. No valieron las súplicas de albañiles y oficiales. Nada. Así estaba escrito en el libro de la fatalidad.

Esas construcciones sin fin se van pareciendo de a poco a las casas en ruinas. Las hierbas se asoman sin timidez por los rincones; se entristecen las paredes; cualquier araña realiza su siesta sobre su lecho atrapamoscas; las lagartijas grises y rosadas sacan sus lenguas de ansiedad. Todo aparenta un gran desgano. El polvo va cubriendo superficies y las viste con trajes de tierra envejecida. Hay una especie de sentimiento doloroso en ellas. Un llanto oculto y reprimido. Queja de adobes. Estremecimiento por la pena de haber sido y el dolor de ya no ser. O por no haber llegado a ser. Hace poco he visto caserones en desgracia en Boston y Prado, dos barrios que tuvieron las casas más enormes y bellas de Medellín. También he encontrado una que otra por San Miguel y Los Ángeles.

Hace años había un decir que tenía que ver de alguna forma con el concepto de perpetuidad: “Más viejo que un solar en Bello”. Y fue en aquella población donde, hace tiempos, vi cómo a muchos solares les crecían las paredes y después, al ganar cierta altura, se paralizaban. Se volvían casas sin final feliz. Eran monumentos a la frustración.

Fue en el entonces exótico barrio El Congolo donde, durante muchos años, permaneció una casa sin epílogo. Su interior se pobló de malezas; se convirtió en dormitorio de sapos, ratas y fantasmas, en refugio de soledades. Poco a poco sus muros (al principio, limpios y contentos) se vinieron a menos, y no se sabe qué mano destructora abrió boquetes en ellos, similares a heridas sin esperanza de cicatrización. Perros callejeros, que por esos días eran parte del paisaje cotidiano, llevaban hasta allí sus miserias y de vez en cuando, una vaca urbana penetraba a degustar los herbazales.

La imaginación infantil comenzó a urdir tramas en torno a la construcción. Se narraban historias de aparecidos que iban a llorar sus penas en los cuartos a la intemperie. Algunas noches sin luna, los chicos más intrépidos de la cuadra penetraban en la fantasmagórica casa a asustarse a sí mismos con cuentos de terror, o a suponer que estaban en el castillo de Drácula, en fin, que el siniestro lugar se prestaba para toda clase de bromas y diversiones.

Con certeza que más de un malandro escondió allí sus miedos y sus puñales. Y más de un “astronauta” aspiró allí humos prohibidos y emprendió alucinantes viajes espaciales. Tal vez esa inacabada vivienda, cuando la luna suburbana era propicia, hospedó furtivos amantes y fue testigo de alguna frágil aventura de la carne.

Nunca supe si ese principio de casa de techo celeste tuvo fin. En mi memoria, continúa como entonces, sugestiva, impredecible y plena de una agridulce melancolía.