Borges, el de la luminosa ceguera

(A propósito de los 120 años del nacimiento del poeta y escritor argentino)

 

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La duda es uno de los nombres de la inteligencia, decía Borges. Ilustración de Iñaki Massini Pontis

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Mirando la oscuridad que ven los ciegos” es un verso de Shakespeare que Jorge Luis Borges retoma en su conferencia La ceguera al decir que la gente se imagina que un ciego lo ve todo negro, un mundo de oscuridad absoluta. A los ciegos, se ha dicho, les extraña el negro y el rojo, dos colores que no perciben. Los ciegos viven en una especie de neblina “vagamente luminosa”, azulada o verdosa. En cualquier caso, perder la vista, como le pasó a Borges, que la heredó de sus antepasados y más o menos en 1955 ya se quedó “sin luz”, es un drama que el gran escritor y poeta argentino aprovechó en su creación literaria.

 

El mundo de la oscuridad, como metáfora, representa la terrible tiniebla de lo ignorado, de los que no se explica ni se tiene noción. Se ha visto ese estadio de la ausencia de luz como una suerte de infierno, que puede ser aquel en el que uno no ve a sus verdugos, a sus torturadores, a los que están haciendo una labor de purga, como es posible que pueda ocurrir en alguno de los círculos dantescos. La ceguera se asocia con la noche, como bien lo dice el autor de El Aleph en su Historia de la noche: “en el principio era ceguera y sueño…”, sí, como en una creación o cosmogonía, al principio no había luz.

 

Borges, lector impenitente, tuvo que haber sufrido lo indecible cuando no pudo ver más. Cuando “esos tenues instrumentos, los ojos” quedaron ciegos, cuando le advino aquella “modesta ceguera personal”, que era total en un ojo y parcial en el otro, por el que apenas se insinuaba el amarillo de los ocasos y el oro de los tigres, esos mismos felinos que él, de niño, admiró en el zoológico. Tal vez uno de sus dolores haya sido el no poder ver el rojo, “ese color que resplandece en la poesía” y así el poeta se acercó, como una larga agonía, a un “lento crepúsculo”, el irse quedando, como en un tango, “como un pájaro sin luz”.

 

La ceguera ha sido motivo literario. Y también la han padecido otros escritores y vates, como Homero, si acaso haya existido un autor así llamado, con un nombre que, se dice, significa “rehén” o también “el que no ve”, lo cual conduce una imposibilidad: que alguien sin vista hubiera concebido una poesía tan visual como la que se advierte, por ejemplo, en la Ilíada. Para Borges, al referirse a Homero y su obra, dice que la poesía no debe ser visual sino musical. Milton, el de El Paraíso perdido, un ciego con mucha luz, veía con todo el cuerpo.

 

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Borges no se dejó acobardar por la ceguera, aunque tuvo que ser una desventura atroz. Y la asumió como un modo o estilo de vida, la de las sombras, la de apenas lo sugerido por la luz, como el caso (y ocaso) de los amarillos, como los mismos áureos tonos del tigre, de esos tigres que se quedaron en su conciencia como imágenes de infancia. La plusvalía adquirida por la ausencia de visión la resarció con el mundo auditivo, que le auspició el aprendizaje de la lengua anglosajona, algo de islandés y lo condujo a decir, como lo hace en Elogio de la sombra, que la vejez “puede ser el tiempo de nuestra dicha”, porque “el animal ha muerto” y “quedan el hombre y su alma”.

 

Puede ser que, de una u otras misteriosas maneras, el ensayista, el creador de ficciones, el poeta, se haya servido de un ejemplo antiguo, como el de Demócrito de Abdera, que se sacó los ojos para pensar, para que la realidad no lo distrajera. “Mis noches están llenas de Virgilio”, dijo en un verso de Un lector, que también le propició el aprendizaje del latín.

 

El memorioso Borges acrecentó su inventiva y su capacidad para retener esencias y fenómenos gracias a su ceguera. Ante la desaparición del mundo visible había que crear otros mundos, con luz, con música, con ríos eternos como los de Heráclito, con las variables del tiempo que desembocan a lo inmutable y a lo que dejará de existir. Le sirvió en algún instante meterse con aspectos de Joyce, del que elogió su Retrato del artista adolescente, para decirnos que el autor de Ulises estudió noruego, griego, latín, y que inventó un idioma que es “difícilmente comprensible pero que se distingue por una música extraña” y pudo así llegar a una afirmación categórica: Joyce trajo una música nueva al inglés.

 

Borges ceguera subtexto y empatia

 

Borges, que cuestionó el castellano sobre todo por la imprecisión de sus sinónimos (“sugieren diferencias imaginarias”), decía que el inglés superaba a todas las demás lenguas y ofrecía infinitas posibilidades al escritor. Y quizá haya sido una manera de ver con otro idioma el mundo que la ceguera no le permitía examinar. Y, tal vez como una suavización de su condición invidente, dijo una vez que “la ceguera es un don”. Así escribió poemas como El ciego (dos versiones) y supo que “solo puedo ver para ver pesadillas”. Claro, la pesadilla, tema sobre el que dictó una conferencia en la que declaró que el “sueño es una obra de ficción”, que recrea en su libro La rosa profunda, en el cual la ceguera está inmersa, como una planta acuática, en varios poemas.

 

Con su escasa luz en la mirada el escritor buscó disimular esta ausencia, eso que él, para no abatirse, bautizó como un don, con el fin de no producir sentimientos de piedad o conmiseración. Se ha visto que los ciegos suscitan entre los videntes una especie de lastimería, de misericordia caritativa, de pesadumbre. Y Borges intentó no ser objeto de pesares por su ceguera. Más bien, le sacó partido a la misma. Y habló más de ojos que no ven, que de ciegos. “La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”, reivindica en el prólogo de La rosa profunda. Y así supo que las tinieblas requerían ojos que ven.

 

H.G. Wells, uno escritor inglés, más bien despreciado por sus paisanos y admirado por Borges, escribió un relato a modo de distopía, una curiosidad llamada El país de los ciegos, que sucede en los Andes ecuatorianos y en esencia plantea que en aquella región desconocida los ojos no sirven para nada y no se requieren. No hay conceptos basados en el ver. Es un mundo auditivo y olfativo. Por eso, aquel visitante inesperado e involuntario que arribó de otras geografías a esa región, sabrá que allí los ojos son materia estorbosa e inútil.

 

Tal vez Borges, como si aparentara tras el corte de luz en sus vistas que los ojos no servían para mayor cosa, decidió vivir en un país de ciegos. Era un huésped de la noche, un conocedor de los mundos tenebrosos. Miraba hacia adentro. Como Milton, Borges escribirá en las sombras. Sabrá de los caliginosos parajes y paisajes de sus ojos que no le dejaban verse en un espejo, aunque su literatura tenga espejos a montón, así como laberintos, el concepto de infinito, la memoria, la razón, “los caminos de sangre que no veo” y tal vez por esas ausencias lumínicas supo que el hombre es numeroso en penas y en días.

 

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Lento en mi sombra, la penumbra hueca

 

exploro con el báculo indeciso,

 

yo, que me figuraba el Paraíso

 

                                                           bajo la especie de una biblioteca.  Ilustración de Raquel Moreno

 

 

La ceguera, que avanzó como “un lento crepúsculo”, lo puso a atisbar otras dimensiones. “Ya que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa: debo crear el futuro, lo que sucede al mundo visible que, de hecho, he perdido”. En el escritor se quedaron, en el caso de su ciudad, las imágenes de infancia y juventud, aquel viejo Buenos Aires, que él entrevió de niño a través de la reja, de la verja de su casa, consistente en patios, zaguanes, aljibes, parrales, calles empolvadas y un arrabal que él tiene que inventar, como inventó el sur, en el que tantas cosas acaecen en sus relatos.

 

El hombre y el poeta supieron que la vejez era la soledad suprema, “salvo que la suprema soledad es la muerte”. El pasado era el que había visto en sus días de adolescencia e infancia, rostros de mujeres, rosas, libros, estantes, cajones con puñales, pájaros, un mundo desvanecido, unas ausencias que se albergarán en la memoria y puede ser que sirvan como insumos para la reconstrucción de lo que ya no es. Crea a través de las palabras, y debe nombrar de nuevo un universo desaparecido.

 

Para Borges no es válida la afirmación, un tanto irracional, de que solo existe lo que se ve, lo que puede ser percibido por la vista (ser es ser percibido, sostenía Berkeley), pero hay otras maneras de la percepción. Las cosas suenan, huelen, se pueden tocar, saben. Y a través de la razón se elevan a planos conceptuales, a reflexiones no tan mundanas, a la crítica. Borges explora las sonoridades, los perfumes, el mundo de la ensoñación, otras inteligencias, las introspecciones. Y también otra manera de las visiones.

 

En Hombre de la esquina rosada, la Lujanera, que ejerce un poder de fascinación, es dueña de una condición única: “Verla, no daba sueño”. Que está conectada con el sentido de la vista, de apreciar sus formas, su caminado, su vestido, su gracia. “La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas…”. En diversos relatos, la visualidad es esencial en Borges, un ciego que veía demasiado. Por ejemplo, en Emma Zunz: “El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch”.

 

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La memoria, que según Borges es una forma del olvido, es una evidencia en la poesía y la literatura borgianas. Ayuda a ver, a reconstruir, a reparar. Hay que invocarla para no caer en el vacío. Pertenece al pasado, que puede ser un pasado irreal, una quimera, una invención más. En La memoria de Shakespeare se dice: “Quedará en lo profundo de tu memoria, debajo de la marea de los sueños. Cuando lo escribas, creerás urdir un cuento fantástico. No será mañana, todavía te faltan muchos años”.

 

En el Poema de los dones, el escritor dice que “De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, / que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…”. Borges vio a través de las literaturas, las enciclopedias, las conjeturas, los mitos y los espejos. Descifró sueños. Vio más allá de la oscuridad y así nos dejó un legado de pesadillas y visiones fantásticas. Si usted cierra los ojos y piensa en el oro de los tigres, lo verá: “Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado / al poderoso tigre de Bengala”. Borges era un ciego con mucha luz.

 

28-viii-2019

 

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Ahora sólo perduran las formas amarillas / y sólo puedo ver para ver pesadillas.     Pintura de Juan Manuel Gaucher

 

El miedo a la oscuridad y otras cegueras

Por Reinaldo Spitaletta

Hace tiempos, un grupo de excéntricos realizó en Estados Unidos (país que vibra con las estadísticas y los “tops”) una encuesta sobre los catorce peores miedos de la humanidad. La pregunta era: ¿qué le causa más miedo? El insólito resultado arrojó como “ganador” el miedo a hablar frente a un auditorio. El temor a la muerte, por ejemplo, ocupó el séptimo lugar. En el curioso sondeo aparecieron miedos a la soledad, a volar, a la mordedura de un perro, a subir o bajar por una escalera eléctrica, a la quiebra financiera. En cambio, lo más sorprendente, por lo menos para mí, es que el miedo a la oscuridad clasificó de duodécimo. Siempre he tenido pavor por las tinieblas físicas y espirituales. Y también por “esa oscuridad que ven los ciegos”, al decir de Shakespeare.

Años ha, cuando estaba en la adolescencia (si hoy dicen “adulto mayor”, ¿se podrá decir adolescente mayor?), leí un sobrecogedor relato de H.G. Wells, El país de los ciegos. En síntesis, el cuento habla de las peripecias de un “vidente” que llega, de forma accidental, a esa región insospechada y, para su desgracia, la facultad de ver no le sirve para nada. Todo allí estaba diseñado para los que carecían de visión. Ni siquiera el tuerto podía ser rey en aquella extraña comarca. Uno de mis miedos fundamentales es a quedarme ciego. A veces he soñado (o, peor, tenido pesadillas) con esa posibilidad aterradora. Y me he despertado invadido de oscuridades y sobresaltos. Y he recordado, sin querer, la ficción del autor británico y también he intentado en esos momentos de espanto entender la actitud de Demócrito de Abdera, atomista griego, que se arrancó los ojos porque la realidad exterior y visible no lo dejaba pensar. Esta actitud me es incomprensible.

Al leer La casa de las dos palmas, de Manuel Mejía Vallejo, volví a repensar en la oscuridad shakesperiana y recuerdo las emociones que me causó un personaje como Zoraida Vélez, mujer de luces interiores, que reinventa el mundo mediante el olfato y el tacto y el oído y el gusto. Zoraida, la ciega, ve hacia adentro. Es música y perfume. Arpegio de guitarra. Cuerda bien afinada. Sabor a hierba húmeda. Aprende a recorrer los espacios como si en realidad viese. No quiere, por ejemplo, que su amante sepa de su limitación visual. Luz lejana. Recuerdo de extinguido arrebol. Y Medardo, otro personaje, tiene la clave de la imaginación: “La sabiduría del ojo es mirar lo que no existe”. Zoraida es canción y viento y silbo de pájaros. Y dolor. El dolor que ocasiona el no poder ver las luces del amanecer.

Al encontrarme con Zoraida Vélez y con sus oscuridades, memoré a Lucía, una muchacha de Copacabana, que se quedó sin luz en los ojos. En cambio, la luz se le regó por todo el cuerpo. Y por la mente. Mujer luminosa. A la guitarra le extraía armonías imposibles. Hacía llorar las cuerdas. Y su voz, quizá susurro de palmeras, convocaba al ensueño. Era un desafío para la luz. No sé cómo lo hacía, pero pintaba. Y en sus dibujos había soles y lunas y noches de estrellas. Veía con las manos y los oídos. Veía, en todo caso, más que nosotros los videntes. Y nos enseñaba a mirar. “El ojo tiene que aprender a imaginar muchas cosas”, decía. Ella, como Medardo, sabía mirar lo que no existía.

He creído, de otro lado, que la miopía es una ceguera parcial, y notado que los cortos de visión son seres reconcentrados. Tienen amplio conocimiento de la oscuridad y saben del valor de la luz. Uno los ve (o medio los ve) aferrados de los libros, caras de ausencia, interiorizados. Se encierran en sí mismos. Escuchan sus músicas interiores. Monologan. No gustan de bailes ni de amontonamientos. Cultivan su individualidad y por alguna razón que no he investigado, no se masifican. Y parecen tener una inclinación hacia la locura. Bueno, es apenas una creencia o presunción que tengo, motivada, tal vez, en mi miedo a las tinieblas.

Edipo quiso autocastigarse sacándose los ojos. Las tinieblas como modo del infierno. Demócrito, en cambio, se privó de la luz para ejercer el pensamiento. Escribió setenta y dos obras. La oscuridad como fuente de conocimiento. Borges, un ciego de maravilla, hizo una de las defensas más bellas de las tinieblas en su Elogio de la sombra. “El tiempo ha sido mi Demócrito”, sentenció en algún verso. Luz y sombra. Sombra y luz. No puede existir la una sin la otra. La oscuridad, como la soledad, es una ausencia. Ver lo que no existe es un privilegio. No ver lo que existe es una tragedia, como la que les sucedió a casi todos los personajes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago . Lovecraft, un escritor de miedos distintos a los de Poe, advirtió que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, “y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

El país de los ciegos, de H.G. Wells