Ojos de cielo

Por Reinaldo Spitaletta

El cielo le pesaba en la espalda. Tal vez era como una enclenque (¿y dolorosa?) imagen de Atlas cargando el universo y sin la posibilidad de mirarlo. Sus ojos se concentraban en sus pasos, en el suelo, en una acera, en el asfalto, en la cebra del peatón, en las baldosas vitrificadas, en un cordón desamarrado de sus tenis viejos, en un volante publicitario de brujos y arregla-vidas, en los zapatos de los otros, en las gotas de sangre sobre el rutinario gris del pavimento, en una colilla recién pisada, en el brillo de una moneda sin dueño, en los collares sobre un tapete improvisado de algún artesano hippie extemporáneo, en los charcos tras la lluvia, en las sombras de los viandantes.

Su mundo de peatón era el piso. Estaba obligado, eso sí, a observar las luces de los semáforos, o el ruidoso ir y venir de los automotores. Era una manera de levantar un poco la vista, al menos de tenerla unos instantes en un punto horizontal. El resto, era caminar mirando abajo, como si se escondiera, como si no quisiera que otros vieran sus ojos, como quien encubre una culpa o esconde una pena. Al verlo, otro más avisado, pensaría que se trataba de un hombre ensimismado, alguien a quien le duele por dentro, más allá y más adentro de las entrañas. O de un tipo triste, cuya tristeza está recogida en la mirada, aglutinada en las pupilas.

Caminando así, cabizbajo, era la misma imagen de un hombre sin sueños, del que parece haber perdido el timón de su existencia. Vencido. Daba la impresión de vivir en un mundo sin paisajes, opaco, y cómo si ya nada le importara. Se dirá que así es el modo de transitar de la mayoría de gente en el centro de la ciudad. Hay que tener cuidado para no dar un traspiés. El caso es que no se sabe qué pasó, si sintió de pronto una necesidad inaplazable de saber qué había encima de él, de no dejarse aplastar por un cielo que él sentía muy pesado y que no le permitía levantar la mirada.

Se cree también (dicen en algunos corrillos) que desde la fronda de un árbol, de una anciana ceiba quizá, un pájaro no identificado le llamó la atención, depositando en él su excremento volador. Cuando sus ojos descubrieron el firmamento, cortado por las partes altas de los edificios, se dio cuenta del espectáculo que se había perdido: el azul limpio se metió por sus ojos y se quedó en ellos. Desde entonces, el hombre camina con la vista hacia arriba, sin tropezar, y todos saben que es el tipo privilegiado al cual el cielo de Medellín le cambió el color de los ojos.

“Una carta al cielo”, pintura de José Paiba Juárez

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