Un verano en Nueva York…

Libreta de viaje (5)

 

Nueva York, una ciudad siempre sorprendente. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica veloz, con rascacielos y una soprano que canta en el Central Park)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Como en la salsa del Gran Combo, en un verano en Nueva York tenés “fiesta folclórica” en el Parque Central y muchas mixturas más de ocio, en esa extensión cuadrangular que es ocho veces el estado del Vaticano, con lagos artificiales, puentes históricos, próceres en estatuas, recitales al aire libre, saxofones y trompetas en jardines, y una soprano que, bajo una suerte de túnel, canta con estremecimiento Un bel dì, vedremo, de Madame Butterfly, ópera de Puccini, acompañada por una pista.

 

A los pies de la cantante lírica, yace un recipiente en el que los oyentes depositan su ofrenda en dólares después de los aplausos. Y el parque, que con las altas temperaturas del verano parece infinito, se abre en caminos que se bifurcan, con bicicletas y coches, con amontonamiento de gente en bermuda y camiseta, con niños que gritan, con pájaros que aletean y cantan.

 

Un verano en Nueva York, un día de principios de julio, con un atardecer candente, es propicio para caminar con el riesgo, claro, de una deshidratación. Y sondear el alma (desalmada) del capitalismo, del consumo sin fin, de los avisos luminosos de Times Square o marchar por la Quinta Avenida, buscando sombra, metiéndote a alguna tienda de suvenires costosos y simpáticos, o buscando detalles invisibles, como lo hiciera hace años el meticuloso reportero Gay Talese, cuando escribió su célebre texto Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas.

Aspecto del Central Park.

 

Y entre lo inadvertido puede estar el brasileño que vende perros y chuzos en la esquina de la séptima con la 42, o los leones grabados en algún edificio, o las mil maneras, por no decir infinitas formas de la arquitectura neoyorquina, con rascacielos, escaleras de incendio, columnas griegas, fachadas hipnotizantes… Es una ciudad para todas las culturas, de todos los colores y sabores, pero, a su vez, para el anonimato total. Ahí van, con la luz intensa del verano, por aceras amplias, las rubias con cámaras, los orientales con cámaras, los latinos con cámaras y celulares. Es verano. Y hay multitudes en las calles, en los almacenes, en los mercados…

 

Es una ciudad loca, para excéntricos, para bohemios y gente que puede delirar viendo el edificio del periódico The New York Times o buscando como una obsesión literaria la sede de la revista The New Yorker y solo se topa con un hotel bonito del mismo nombre. Y si sigue las descripciones de aquel antiguo reportaje de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo, no verá las hormigas del Empire State, pero sí decenas de turistas que hacen fila para entrar al edificio que continúa siendo un símbolo de la arquitectura que araña cielos. A la vuelta no más, verá las colas de visitantes asombrados y con ropas ligeras que quieren montarse en las terrazas de los buses de dos pisos para ir de tour por la denominada capital del mundo.

 

Manhattan, con su Midtown, Dowtown y Uptown; con sus buses de ventanillas panorámicas; con sus cines y museos y tiendas antiguas y construcciones de todas las arquitecturas, es una ciudad de eterno movimiento. No duerme. No cesa. El verano te estimula los sentidos. Y entonces podés pasar por la histórica estación Pensilvania, o por la que acumula pasajeros a Nueva Jersey, o, para ver lámparas de araña, mármoles, espacios generosos, anchos pasillos, gente que va y viene, sin pararle bolas a nadie, entonces es porque estás en la espléndida Grand Central, la estación central de trenes, metros y subways, con mercados, joyerías, restaurantes de lujo y otros de menos categoría.

 

Ornamentación en la fachada de la Biblioteca de Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Nueva York es holandesa e india; oriental y occidental. Con río y mar. Con ferris y puentes. Con neones y calles anchas. Es una ciudad veloz, afanada, donde la mayoría de gente va de prisa y por eso no puede mirar hacia arriba, muchos (distintos a los turistas de verano) con jornadas de trabajo en el sur y luego en el norte. Nueva York, donde hay que calzar “zapatos vagabundos”, la de Frank Sinatra y los bares giratorios, es un hormiguero. Es, así la describió Talese, una ciudad sin tiempo; novelada, poetizada, y cantada hasta la eternidad. Y, según una señora paisa, es la ciudad donde “todo queda en la puta mierda”.

 

Ciudad universitaria y de cafetines, de teatro y musicales, de bolsa y magnates, tiene lectores en el subway y cantantes de ocasión, violinistas en las estaciones y abundante gente sola. Ciudad de esculturas y estatuas patrióticas. Podés toparte con un Prometeo alado o con un torso de mujer de bronce. Ciudad donde llegan los amantes de la ópera, pero, además, los que desean en recorridos de jornadas sin fin observar el arte universal.

 

Es una metrópolis de lujos pero, a su vez, con homeless, con rebuscadores, con vendedores de bazar. Y vos, para experimentar sencillas maneras de la aventura, podés en la retícula telarañosa del subway perderte en tu recorrido. Y cuando menos pensás, estarás embarcado en una línea que va al Bronx cuando, en rigor, ibas para Queens. Y así. Que hay que enloquecer la brújula.

 

Es la ciudad del Barrio Chino, de la Pequeña Italia (ahora con antioqueños y argentinos que se hacen pasar por italianos y cobran en restaurantes de pacotilla precios de bolsa de valores con acciones en alza); es un poco el recuerdo de una novela de Dos Passos y el ulular de las sirenas que jamás se callan. Sí, claro, si te interesa podés ir tras las huellas históricas de Piazzolla y de Jake La Motta (el Toro salvaje) en la Little Italy, la de las calles llenas de bombillería como si fuera diciembre todo el año.

 

Es una ciudad de béisbol y célebres combates boxísticos que ya son historia; de mitológicas pandillas decimonónicas que Scorsese cinematografió con maestría. Aquí voy, pasando por sinagogas, iglesias, colegios, oficinas postales, vitrinas alucinantes, museos de matemáticas y de toda índole, edificios puntiagudos, con una sensación térmica de exiliada zona tórrida. Ah, sí, New York, New York…

 

En el recuerdo, el Gran Combo me dice que “si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”.

 

Times  Square. El edificio de la Paramount. Foto Reinaldo Spitaletta