Federico Villegas, un infarto de plomo

N.B. El poeta y pintor antioqueño Federico Villegas Barrientos murió, a los 92 años, el primero de mayo de 2017. Estos dos reportajes que le hice hace tiempos se reproducen en honor a su memoria y trayectoria.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un vuelo de pájaros de papel se mete por sus ojos tristes y claros. Está acostumbrado a mirar más allá de los cielos. De niño, lo asustaban (y lo embelesaban) las estrellas y la noche. Hoy lo siguen amedrentando las soledades, las palabras, el canto nocturno del grillo. Está lleno de asombros y dolores, contemplativo. Es, como él mismo lo dice, un huérfano cósmico. Un poeta.

 

Las cometas siguen flameando en el cielo de Robledo, de últimos de febrero. El hombre camina por un callejón, adornado de trinitarias moradas y solferinas. Entra a su casa. Pasa a la biblioteca y se sienta a su escritorio. Un pedazo de firmamento se cuela por la ventana.

 

El hombre, vestido de pantalón y chaqueta champañas, camisa blanca, no se ha puesto hoy la corbata. Pero, en cambio, sí lleva la tristeza, quizá en su escaseante pelo blanco, o en sus palabras de profeta, o tal vez en sus sesenta y cinco años. Se llama Federico Villegas Barrientos.

 

—¿Qué es ser poeta?

—El poeta es el hombre que viene al mundo a mirar. Y nace cansado. Nace para nada. La gente nace para carga y le choca que uno nazca para silla. El poeta es un ladrón…

—¿Por qué?

—Porque se roba las cosas para él. Se roba el sol, las flores, la realidad… El poeta es un traductor.

—Ah, sí, pero también es un sospechoso…

—Sí, y es un estafador. Asusta. Asombra. Es un solitario. Al poeta solo lo quiere el poeta y lo rechaza la sociedad.

 

Sus palabras se riegan por la biblioteca. En una pared hay un retrato del poeta, pintado por Rubayata. Muy cerca del mapamundi aparece otro retrato de Villegas, pintado por Ramón Vázquez. Sobre un estante, una hermosa talla de madera representa a don Quijote con una espada en la mano derecha. Y disimulado entre decenas de volúmenes, uno de los libros del poeta: Infarto de plomo, publicado en los setentas. En un mes, se agotaron tres mil ejemplares.

 

Federico Villegas tiene varios libros publicados. Por ejemplo, sus famosas Carambolas mentales, que son como greguerías, frases ingeniosas, en las que, además, demuestra su hondura humorística. Su carga de irreverencias. Tiene otros inéditos, como La sombra de la nada, Jubilado del ocio, La siesta de los elefantes, La casa de la arboleda.

 

En otro tiempo, Federico fue registrador municipal del estado civil en Ciudad Bolívar y en otros pueblos. Alguna vez, al visitar a un hacendado, este le dijo que mirara el horizonte: “hasta allá —dijo el terrateniente— se extienden mis propiedades. Soy dueño de todo eso”. Federico, sin inmutarse, contestó, elevando el brazo y señalando hacia el cielo: “Yo, en cambio, soy dueño de todo eso”.

 

—¿De qué vive ahora?

—De nada. Más bien muero. Uno siempre está muriendo. Ahora estoy jubilado con esas cositas que da el Seguro Social, que caben en la punta de una navaja.

—¿Corrige mucho sus textos?

—No, soy muy perezoso. Por eso es que no tengo vicios.

—¿Cree usted que el poeta es propiedad del pueblo?

—No, eso es una frase. El poeta es propiedad del poeta. Nadie lo sigue. Jesús inventó una religión humilde, de tolerancia, de hambre, hermosa. Nadie lo sigue. Uno ve los obispos embarazados de anillos y lujos. Lo mismo pasa en la política.

—¿Qué piensa de la política?

—Se la contesto con esta suerte de carambolas: “cuando el niño es medio bobo, tímido, cruel, terco pero astuto y ambicioso, tiene futuro político”; “si fracasas en tu profesión, no te preocupes: entra a la política y ascenderás”.

—Usted le ha cantado a héroes del pueblo, como al Che Guevara.

—Sí, admiro al Che Guevara. Era un hombre superior. Era de esos que se entrega por un ideal honrado y serio. Los ideales no tienen política. No son liberales ni conservadores ni comunistas.

 

Federico Villegas es de aquellos hombres con facilidad de lágrimas. Le gustan los caminos y las soledades. Tiene vocación de pájaro. Es tenor, aunque ya, según dice, perdió la voz. También es pintor. Y es padre de tres hijos (Coco, Natalia y María Teresa). Siente con hondura el tango. “Gardel es una luna con bufanda”, dice.

 

Es capaz de quedarse horas y horas hablando de la existencia, de las estrellas, del arte. Y de la gente simple. “No tengo temperamento burgués. Quizá en mis gustos haya un aristócrata. Me gusta la ópera, por ejemplo. Detesto la pompa y la pretensión y la indiferencia por la gente pobre. Me identifico con el dolor de la gente. Respeto profundamente el hambre. La burguesía aquí habla de secuestros, pero no se da cuenta que el pueblo está secuestrado hace quinientos años”.

 

—Voy a hacerle una pregunta de cajón: ¿cuáles son sus autores?

—Dostoievski, Víctor Hugo. Todo el mundo dice que Cervantes es lo último, pero me gusta más Tolstoi.

—¿Y sus poetas?

—César Vallejo, el Tuerto López; Neruda por lo musical y humano, es un dirigible de amor, también por su posición frente a la vida y el mundo. Puede que haya poetas más hondos que él, como Vallejo, pero me gusta Neruda. Silva, por haberse suicidado, me parece grande.

—¿Usted tiene vocación suicida?

—Sí, pero la cobardía lírica o la consideración de que no me gusta asustar, me impide suicidarme. El poeta muere a cada instante.

 

Villegas es un maniaco-depresivo, según sus propias palabras. Hay días en que amanece asediado por las tristezas. Cuando el cielo está gris, aumenta su melancolía. Y hay días en que expresa alegrías y se torna niño. “Yo, en general, soy un hombre triste, porque esto de vivir es muy grave. No entiendo por qué hay que ser tan obedientes. Porque los hombres van a la guerra cuando otro hombre se los pide”.

 

Sentado a su escritorio, el poeta observa una lámpara de largo brazo. Quizá recuerda los días de infancia, cuando se subía a los árboles a ver cantar los pájaros. A veces, se torna nostálgico y evoca a aquella mulata de Necoclí, llamada Elvira Reyes, “de los reyes de Baltazar”, que tenía unas tetas con sabor a coco. O recuerda la vez que en Anorí, en una reunión, un cura le preguntó de qué familiar era. Villegas respondió: “soy de muy buena familia, soy primo de la mujer del arzobispo”. El cura casi lo manda a encarcelar. A otro sacerdote le pidió una vez que le subarrendara la iglesia por cien mil pesos al mes.

 

—¿Se considera un hombre rebelde?

—Sí, pero la rebeldía no es altivez. Soy rebelde ante las injusticias, ante el truco, ante tanta pompa y engaño. Me disgusta tanta farsa. Por lo demás, no soy capaz de matar un ojo ni de alzar la voz.

—Uno de sus temas literarios es la muerte, ¿qué piensa de la muerte?

—Es algo que asusta. Esa palidez, esa soledad de la muerte es terrible.

 

Villegas no sabe si él es poeta o un anarquista o un loco o todo lo anterior. En rigor, el artista debe tener algo de loco. Debe escribir (o pintar) con sangre (“le aconsejaron que escribiera con sangre y le sacó punta al dedo índice”, dice una de sus carambolas). Debe caminar muchos caminos. “Un hombre vale por la sensibilidad; lo demás es truco”, opina Federico.

 

Villegas es un cuestionador de la sociedad. Y de las desigualdades. “La indiferencia de la burguesía no es maldad, es ignorancia. Los ricos son brutos. Son de malas de la cabeza. No oyen ni ven ni entienden. Y son de mal gusto. No se embriagan con las cosas, no oyen a la gente, no se asombran”.

 

De pronto, mientras habla, suena el teléfono. Levanta el auricular. Nadie habla tras la línea. Entonces recuerda una de sus miles de carambolas mentales: “Nadie contesta al teléfono del grillo”. Por la ventana siguen entrando pedacitos de cielos de verano.

 

—¿El mundo necesita poesía?

—Sí, necesitamos más poesía. El hombre que nace enamorado ama la poesía. El que no, se pierde en laberintos de ecuaciones. Es poca la gente que nace enamorada. El hombre lleva una bestia adentro y si no la mata, queda como un potro sin amansar.

—¿Es usted feliz?

—No, estoy lejos de la felicidad. La felicidad es muy buena, pero está muy cerca del idiota.

 

Villegas permanece en su escritorio. Es un hombre al que le gustan los ojos de las colegialas. Es de los que sabe que no hay foco que mejor alumbre que un seno de mujer.

 

Afuera, el cielo de Robledo continúa adornado de cometas. Él saldrá más tarde y ellas se meterán por sus ojos tristes. Al fin y al cabo, es poeta, que es la manera más alta de ser algo.

 

(Medellín, marzo 3 de 1991)

Ilustración realizada por Federico Villegas  para el libro El último puerto de la Tía Verania.

 

De pájaro, poeta y loco, Federico tiene un poco…

 

(“Muchas esculturas de Medellín deberían ser dinamitadas”, dice Villegas Barrientos)

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Desde una remota tristeza un payaso de acrílico al que le florece un bolsillo, mira hacia la nada. Es curioso: en los ojos del pintor también hay una indecible tristeza, como esa que se transparenta en los ojos de un perro (podría ser aquel, lanudo y gris, o tal vez azul). Son pocos, tal vez ninguno, los niños que hoy se suben a los árboles a cantar como pájaros. El pintor era uno de ellos. Debido a ese asombro inicial, aún canta, pero desde el suelo. Y escribe poesía. Y sueña (¿con búhos de estática mirada?)

 

Federico Villegas Barrientos, casi siempre de corbata, casi siempre de traje entero, ha publicado libros (Carambolas mentales e Infarto de plomo, entre otros) y es dueño de dolores existenciales y de soledades íntimas, y, además, de un buen pincel. Pinta, con colores fuertes, y con lunitas y soles (iluminando cada obra suya) que son como su firma.

 

“Ve, no sabías que vos pintabas”, le han dicho. “El arte no lo hace el hombre —dice—, está hecho por la naturaleza. El hombre copia, imita, repite a Dios o al mundo. Por orgullo trata de hacer algo. Pretensión. Los colores y la luz están ahí. Uno pone la forma, siempre y cuando tenga temperamento de artista, el dolor, la angustia, y esté fuera de sí. Hay que hacer poesía con la pintura. Porque o si no se torna la cosa precisa, fría. Pura artesanía”.

 

No pinta por oficio (el arte por oficio es basura, dice) ni por negocio. Pinta por buscar. Y cuando está fatigado. Es un caminante. Y si en el camino tiene sed, busca agua y toma. Y si le sale la voz, canta como un pájaro. “Todo lo que hago lo hago con sinceridad, y eso me saca del infierno de mis errores”.

 

Piensa —con Kafka— que el arte es una religión. Lleva en su pecho, adentro, una guitarra, que a veces suena, que a veces calla. “Cuando canto, pongo poesía… cuando pinto, mezclo la luz, la forma, la poesía, el drama. Uno tiene que parecerse a uno mismo. La desesperanza, el dolor, lo hacen a uno universal. El arte es grito”.

 

—¿El artista sufre mucho?

—Completamente. Es un enfermo superior. El artesano es un buen trabajador, un buen carpintero, correcto, pero no se fatiga ni le duele nada. No contagia, no asombra… La pintura hay que hacerla con gran dolor. La línea y la técnica no son el arte. Hay que salirse de la línea, de lo frío. Los artesanos apenas conocen el oficio, no más.

—Ejemplo de un artesano

—Rodrigo Arenas Betancur. Es un artesano vanidoso y furioso, porque también hay artesanos sencillos. Tiene un temperamento de bufón desesperado. Es muy trabajadorcito y ambicioso. Uno debe ser honrado consigo mismo. Él está muy lejos del artista. El artista es un escéptico. Rodrigo cree en las cositas que hace, en sus muñecos. Claro que lo del Pantano de Vargas le quedó bien. Lo demás es una lápida, sin movimiento. Antioquia dio un escultor clásico y bueno: Marco Tobón Mejía.

—¿Y Botero?

—Es una excepción dentro de los técnicos. Sus figuras son tiernas, llenas de humor, de perfección y soltura. Es un gran artista. Su colorido es hermoso, su figura también. No se sale de la línea, pero eso se le permite, porque es un genio. Su escultura es bella, precisa. La gente ve el volumen y lo acaricia, como sucede con La Gorda. Es muy humana su obra.

—Medellín es llamada la “ciudad de las esculturas”. Una reciente decisión del Consejo de Estado echó a pique un acuerdo para realizar obras de arte en las urbanizaciones. ¿Cómo le parece?

—Sabia decisión. Habría que destruir esas esculturas tan aterradoras, muñecos mal hechos. Esos muchachos debían hacer albañilería u otra cosa. Todas se condenan. No cito nombres, pero algunas deberían ser voladas con dinamita.

 

Como se nota, Federico Villegas es, también, un irreverente. Para él el poeta es un niño, un cobarde, un ser inseguro y solitario. “Aquí hay muy pocos poetas”, dice. ¿Quiénes? “Barba Jacob, que estaba contra todo, era un hombre de grandes valores. Y no le tenía miedo al hambre ni a la muerte. Tenía la moral del amor, el respeto al hombre, no el tembleque cristiano, que es un engaño. Ese es un poeta. La poesía era su huella, la sangre en sus caminos. La poesía de ahora es de frases fáciles, puro carnaval y vanidad”.

 

—Hay un lugar común que dice que el poeta nace…

—Ah, sí, pero no muere. El poeta es un niño viejo y degenerado. El artista en general tiene un gran dolor, que viene con él. Para un hombre sensible la tragedia es todo: sentarse a la mesa a comer jamón, porque le sabe a corcho cuando piensa en los otros que nada tienen. El insensible vive feliz, estrena en semana santa, se siente poeta, blanco, importante. Un hombre que vale tiene un dolor permanente. Es un inconforme. Si el hombre no vuela, está jodido.

 

Federico cree que a toda hora no es posible estar produciendo. El cosmos, el cerebro, el alma, están en movimiento. Y a veces se está alegre, a veces triste, o loco, o cerca de la muerte, en agonía. El hombre es un vaivén, incierto. “El hombre es de momentos. El oficio permanente es para el gerente de un banco, cosas así. El artista tiene que aguardar su momento”, dice.

 

—¿Cree en la inspiración?

—No, es un temperamento, un dolor que llega, un aire que viene. Para mitigar la angustia uno se pega del arte. Me gusta el color fuerte, mientras más se parezca a la sangre, al fuego. Soy un desesperado. Y cuando pinto, estoy fuera de mí.

 

A Villegas Barrientos le entusiasmaban de niño (le entusiasman aún) los payasos de circos pobres, de carpas rotas, de aserrines dispersos. Y le gustaban los payasos malos. Esos que son una caricatura de lo trágico, que no eran capaces de hacer reír a nadie. “Uno es un payaso, pero a mí no me da plata la payasada, porque soy más triste que alegre. No creo en los palcos de vanidades. La mayoría de la humanidad se la pasa arrodillada y pierde el espectáculo de la vida. La vida es un milagro. Aunque el hombre sea una estafa a la naturaleza, porque no se integra a ella, es necesario el respeto. El amor no existe; existe la necesidad. Nos necesitamos unos a otros aunque no nos amemos. A los padres pobres se les llora cuando se mueren, porque son los que alimentan, dan la comida; a los ricos, porque sus hijos van a heredar”.

 

—En su pintura están como motivos Chaplin y el Che Guevara, ¿qué son para usted?

—Admiro al Che, siento cierta envidia de esos rebeldes con causa, de esos justos, de esos a los cuales desespera la miseria y la injusticia, la desigualdad. El Che era un sacerdote de la justicia. Un bohemio de la selva, muy especial y misterioso. Chaplin era otro sacerdote, dentro de la comicidad. El mundo es cómico, y el humorista es el ser más inteligente y serio. Chaplin era de una tremenda tragedia.

 

Es posible que a Federico Villegas le florezcan los bolsillos y que desde su ventana de asombros mire el espectáculo trágico del mundo con una tristeza de payaso varado en Nueva York o en cualquier esquina de la desesperanza.

 

(Medellín, 3 de julio de 1994)

 

 

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Federico Villegas Barrientos

Vientos del Che Guevara

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Le cortaron los pulgares, quizá para guardarlos sus verdugos como amuletos. O como trofeo de caza. Lo de las huellas dactilares era un decir, porque ¿quién otro podría ser aquel barbado, de ojos de profeta y respiración asmática, como la de un bandoneón melancólico? “Va a matar un hombre”, le dijo, serena la voz, firmeza en la mirada, al que le iba a disparar a mansalva y sobre seguro. Y después de la fotografía del hombre muerto (alguien gritó: “¡parece un cristo!”), después de incinerar su cadáver, después de la primicia periodística, el hombre, ¡ay!, siguió viviendo.

 

El mismo que había viajado en motocicleta por la América neocolonial, y recalado en Guatemala donde presenció la invasión gringa y de la United Fruit que depuso al presidente Jacobo Árbenz en 1954, el mismo del Granma y de la Sierra Maestra, el que entró en Santa Clara para ser parte de la historia, lo convertían en cadáver en un perdido caserío boliviano, con su desenfocada teoría foquista derrotada por la realidad, pero con sus utopías vivas. Era octubre 9 de 1967. Y aquel hombre que en Punta del Este pulverizó al imperialismo y a la Organización de Estados Americanos, yacía muerto.

 

La patrulla al mando del general Gary Prado Salmón, en La Higuera, con armas norteamericanas, “dio de baja” a Ernesto Guevara, alias el Che, argentino y cubano. Ese día, el sol salió temprano. El muerto era de contextura histórica, que crecería con el tiempo, al tiempo que los “soldaditos bolivianos” y su general pasaban a ser parte de la oscuridad. El certificado de defunción advertía que “el día lunes 9 del presente, a horas 5.30, fue traído el cadáver de un individuo que las autoridades militares dijeron pertenecer a Ernesto Guevara, de aproximadamente 40 años de edad habiéndose constatado que su fallecimiento se debió a múltiples heridas de balas en tórax y extremidades. Vallegrande, 10 de octubre de 1967”.

 

El “cañón de futuro” del Che se apagó en Bolivia, pero, qué extraño, siguió disparando sobre la historia, con su “mano gloriosa y fuerte”, como lo canta Carlos Puebla. Aquel hombre al cual la CIA le puso espías con cara de mujer y cuerpo de ametralladora, moría para seguir viviendo en banderas, en consignas revolucionarias, en la memoria popular y en la eterna fotografía de Alberto Korda, que adivinó su presencia en el porvenir.

 

En La Higuera apagaron al rosarino-habanero, al de “patria o muerte”, al del destino itinerante, aquel que no dejó nada material a sus hijos ni a su mujer, al médico revolucionario. Lo apagaron para que su fuego siguiera vivo. Aunque con su efigie han promocionado rones, lencería, bombones, cosméticos, carros de lujo, camisetas y otras mercancías, también su figura ha desfilado por las manifestaciones estudiantiles, por las huelgas obreras, por los gritos de humillados y ofendidos del mundo.

 

Las ideologías dominantes lo han querido transmutar en caricatura, en llavero, en poster vacío, en anécdota. En efigie de mercaderías. Con todo, el hombre sigue ahí, a veces comparado con Gandhi, a veces con Jesús, iluminando el espinoso camino de los que aspiran a cambiar la sociedad, a los que anhelan justicia social y a construir progreso para todos.

 

El Che, acribillado por militares en una escuela; el mismo que tuvo contradicciones con Castro; aquel que el capitalismo ha querido vaciar de ideas y contextos históricos para volverlo fetiche, sigue caminando. Como las utopías. Como los sueños. Convertido en símbolo de luchas por la dignidad de los pueblos, su comportamiento de darlo todo por una idea, lo asimila a una suerte de profeta (¿profeta del fracaso?, se preguntarán algunos), que no se dejó obnubilar por los espejismos de la burguesía.

 

Al Che, tras ser capturado, lo asesinó el suboficial Mario Teherán. En La Paz habían hecho un consejo de guerra y la oficialidad boliviana (manejada por la CIA) decidió que había que matarlo, porque, después del ruido que había hecho la detención del vitrinero Régis Debray, era mejor no someterse a las presiones internacionales. Y enjuiciarlo para ponerlo en la cárcel, no les pareció pertinente.

 

Octubre tiene memorias de La Higuera, de una escuelita donde fue abatido un hombre. Y el viento trae canciones que homenajean a ese que, transformado en cadáver, siguió andando. “¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”, le hubiera cantado Vallejo en su poema Masa. Pero Vallejo había muerto casi treinta años atrás. El Che continúa cabalgando, como don Quijote. Dicen que los vientos del pueblo lo llevan al vuelo. En la historia.

 

Postdata

A fines de los setentas, con guitarra en bandolera, y muchas ansias de contribuir al cambio social en un país de injusticias y desafueros oficiales, recorrimos con varios compañeros que todavía teníamos los sueños en ciernes, pueblos y veredas de Antioquia. Y cantábamos la canción de Carlos Puebla, en ritmo de son: Hasta siempre. En una de tales presentaciones, en la plaza de un poblado conservador, nos persiguieron hordas laureanistas machete en mano. Pero las guitarras siguieron sonando y seguimos, como la cigarra, cantando al sol…

 

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Pintura de Françoise Nielly

Con el Che pegado a las espaldas

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de don Quijote pasar.

León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una de las primeras consignas que nos unió a todos los del salón de clase de tercero de bachillerato: llevar a las espaldas la efigie enigmática, en alto contraste, de un argentino-cubano que murió en Bolivia, llamado Ernesto Guevara de la Serna, y al cual los paisanos de José Martí le habían puesto el simpático y fácil apelativo de Che. Claro que esas cosas no las sabíamos entonces.

 

Igual, el asunto era muy simple: bastaba ir hasta el taller de misceláneas de don Martín para que él, con su sapiencia y por solo diez pesos, nos estampara en la camisa una cara oscura, con boina negra y estrellita de cinco puntas. Era la moda. Y llevar atrás, en la misma parte en la cual debían ir los números de jugador de fútbol, al héroe legendario que sufrió toda su vida de asma, infundía cierto respeto. Uno creía que el Che no solo estaba en la espalda, sino dentro de uno.

 

Mi primer Che lo puse en una camisa verde oliva. Por eso, los ojos del médico Guevara quedaron de ese color. Miraban un poco hacia arriba, como con un desvío que, aunque insignificante, le daban la apariencia de tener estrabismo. Ese Che no duró mucho. Pereció destrozado en un alambre de púas cuando en forma frenética, Chucho Hernández y yo, tratábamos de huir de los ladridos y dientes de los perros de la ya hace tiempos extinguida finca de Lázaro, en Bello, donde a los árboles de mango solo les dejábamos las hojas, y eso que menguadas.

 

Sin embargo, mi consuelo radicaba después en mirar a ese Che que parecía sonreír ahí, fijado en la parte trasera de los autobuses, y que ya estaba acostumbrado al polvo de los caminos, al hollín, a la estridencia de los pitos. Era un Che carisucio.

 

Ese Ernesto móvil miraba para todos lados y, creo, la barba de lata le crecía todos los días. Después, el Che se veía en las vitrinas de los almacenes convertido en calcomanía, en atractivo para la clientela, en artículo de consumo. La estampita del médico guerrillero se reproducía aquí y allá, en múltiples presencias, en ubicuidades religiosas. Superaba, me parece, en popularidad, por lo menos en mi barra esquinera, a los Beatles y Jesucristo.

El sistema, según supe después, había absorbido la imagen cada vez más influyente del Che y le había sacado partido. O, mejor dicho, había secado al revolucionario para transmutarlo en reliquia anodina. Era este un héroe barnizado, de escaparate, despojado de sus ideas y de sus contradicciones. Un fetiche. Un muñeco de farándula. Así nos lo vendían en las tiendas y en el tallercito de don Martín.

 

Aquel Che que se vendía más que el chicle y cuya imagen -que recordaba de alguna rara manera la de Jesús de Nazaret- no causaba ningún temor a los que cuando él vivía fueron sus enemigos, ese Che, digo, no fue el que estuvo con el también barbudo Fidel en la liberación cubana, ni el que montó en un velomotor, con el que realizó una gira de 4.000 kilómetros, ni el que estuvo en la Sierra Maestra, ni el triunfador de Santa Clara, ni el que tuvo que comer carne de yegua en las selvas bolivianas, ni el que tenía como patria el mundo, ni el que estuvo en desacuerdo en Punta del Este con las intenciones de la Alianza para el Progreso, ni el que fusilaron en La Higuera el 8 de octubre de 1967.

 

Aquel Che, que portábamos con ufanía pegado a las camisas, aferrado a nuestras espaldas como parte de la piel, no fue el que después cantó con fondo de guitarras Carlos Puebla, ni el que quemaba la brisa con soles de primavera… Ese Che, asmático, terco, quijotesco, que se internó en los montes bolivianos a buscar la muerte o a encontrar otras posibilidades de vida, es el que ahora se ve en fotos históricas, envuelto en un lienzo, ojos abiertos, manos cortadas a hachazos para impedir su identificación, con una barba que le sigue creciendo después de muerto. Che-héroe-hombre.

“Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú, como dijo el poeta”, así es el Che de Milanés y de Cortázar. Y el de Nicolás Guillén: “Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che, comandante, amigo”. Ese Che, que tras cuarenta y seis años de su muerte, todavía cabalga sobre el rocín de la historia, sigue con su transparente presencia atravesando llanuras, con mirada entre amarga y sonriente, y una boina negra con estrellita adelante.

 

El Che vencido es el que nosotros teníamos a la espalda. El que miraba a través de las vitrinas. El que se alejaba, con ojos tristes, en el respaldo de los buses. El que estampaba don Martín con su rudimentaria técnica de “screen”. El que alguna vez tuvo ojos verdes en una camisa. El que después pegué en una camiseta del DIM a ver si el equipo obtenía la tercera estrella, la que tardó tantos años en brillar… Otra vez  -qué le vamos a hacer- hay que recordar al viejo Bertolt Brecht: definitivamente hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles.