La tristeza oxidada de los carros muertos

“¡Carro viejo! Sos paquete,
como hechura ‘e barrilete
va quedando tu armazón.”

Carro viejo, tango

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

De niño, mi hermano Rodolfo se sabía todas las marcas de los automóviles, y aun de buses y volquetas y camiones, y sus respectivos modelos. “Aquel es un Chrysler”, “ese otro un International”, “el que acabó de pasar es un Chevrolet Impala” “y esa camioneta es una GMC”. Yo no distinguía un Ford Mercury de un Buick 1956. El que sí alcancé a diferenciar era el auto Dodge Dart 1961, color crema, y eso porque un nuestro tío, Mario, tenía uno de ellos. “Es una lancha”, informaba Rodolfo, al que con cariño le llamábamos Fito.

 

En aquellos días felices, los regalos del Niño Jesús eran, por lo general, carros de madera, de latón, de plástico, que imitaban a los clásicos autos estadounidenses y a uno que otro europeo. Yo, más que automóviles, le pedía aviones, que siempre convocaron mi atención, quizá porque de niño hice algunos viajes en los Super Constellation y, tal vez por eso, lo primero que aprendí a confeccionar con las hojas de cuadernos, antes que los barquitos de papel, fueron aviones que semejaban bombarderos de la Segunda Guerra, pero a los que equipábamos no con bombas sino con papel picado, muy menudito, que ni siquiera alcanzaba el carácter de confeti, para que lo arrojaran en su vuelo inestable.

 

En esos mismos tiempos, familia que tuviera un carro de verdad era acomodada, “de modo”, rica. Así decíamos. En aquellos parajes de Bello, en los que abundaban obreros fabriles, lo más común eran las bicicletas Philips y Humber. No era lo normal ver a algún trabajador como dueño de un automóvil. Quizá por eso, cuando mi tío llegaba en su lancha, se congregaba la muchachería para mirar los biseles, la cabrilla, la lujosa cojinería, las farolas y se preguntaban por qué en la trompa no tenía ningún distintivo. Porque, por ejemplo, a los Ford y Chevrolet les ponían de adorno caballitos o cohetes plateados en la parte delantera del capó.

 

Bueno, los carros ejercían un embrujo, una especie de fascinación sobre los pelados de entonces. Y no faltaba el que soñara con tener un Peugeot o un Cadillac, que tal vez había visto en películas. Algunos solo llegaban a obtener, y eso porque casi siempre ellos mismos los hacían, los carros de balineras que poblaron aceras y sirvieron para hacer carreras como si fueran bólidos de fórmula uno. No proliferaban los carros en las calles, aunque sí en la imaginación. Y de lo que más había, o eso creo, era transporte público: buses, busetas, arrieras (de la Volkswagen), taxis, y eso sí, muchas carretillas, que de ellas hubo varias flotas.

 

No recuerdo con precisión cuándo comencé a ver carros viejos, estacionados al frente de las casas, aquietados, enmudecidos, sin explosión de motor. Permanecían al sol y al agua, se deterioraban y oxidaban, sus vidrios de ventanillas caían como desmayados y los guardachoques se aflojaban hasta quedar temblorosos y torcidos. Se tornaban parte del paisaje urbano y demoraban afuera, por años, hasta que no sé cómo desaparecían y de seguro iban a engrosar la galería de carros cuyo destino final era la fundición.

 

En el barrio Manchester, de Bello, sobre la misma calle de la fábrica textilera, hubo uno, no recuerdo su marca, pero creo que era un Chevrolet de los años cincuenta, que permaneció muerto en la vía. Cada vez estaba más desmirriado y retorcido. Iba adquiriendo una condición de invisibilidad, porque, de tanto estar ahí, nadie lo veía. Nadie se interesaba por su vejez deplorable ni por su estado de olvido. Duró al aire libre por no sé cuántos calendarios.

 

Un carro viejo, abandonado, da la impresión de desamparo. Sus días de lustre y esplendor los borra el paso del tiempo, que lo convierte en chatarra, en una “caracha” (un término que tal vez ya está en desuso, como los mismos carros viejos), en una fealdad a la que no le quedan trazas de haber tenido un aire de belleza y abolengo, una apariencia de gusto y bonitura. Se vuelve un asco. Un estorbo. Nadie quiere recordar sus calendas de servicio, de elegancia, de ser una manifestación de “buen tono” y distinción. O, como también se decía, de “progreso”. Qué va. Los carros también se mueren, pero algunos no los entierran de inmediato, sino que los dejan en la calle, en la acera, como una evidencia de que hubo días de gloria.

 

Hace años, tener un carro daba caché. Era, en ciertos aspectos, una muestra de la vanidad. Hace años leí la novela El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, sobre los tiempos de la Gran Depresión en el Sur de los Estados Unidos y la ruina de muchos algodoneros. En medio de las miserias, de la cual se recuerdan los nabos como única comida, un miembro de la muy despelotada e ignorante familia Lester, compra “un automóvil nuevecito de verdad”; aunque haya hambrunas y desventuras en muchos agricultores de Augusta, Georgia, un auto era una manera de sobresalir aunque el estómago estuviera vacío.

 

Muy cerca de la hoy extinguida cárcel de San Quintín, en Bello, y de una calle solitaria que hoy es una entrada al Polideportivo Tulio Ospina, hubo el coso municipal, que fue en muchas partes de Antioquia el lugar para depositar perros y gatos y otros animales que se hallaban en las vías públicas y no tenían dueño conocido. Allí funcionó durante años el cementerio de carros, con olor a óxido y a aceites secos. El de Medellín, estuvo donde hoy es parte del mal llamado Parque de San Antonio, que era una montaña de chatarra vehicular. Eran cementerios sin epitafios ni tumbas, ni sauces llorones ni calaveras sonrientes.

 

Antes, en algunos barrios, las calles eran el destino final de automóviles envejecidos. Al frente de las casas de sus dueños, hubo carros muertos, que se murieron antes que sus propietarios. O a lo mejor, también fue al contrario: se murió el dueño y nadie se hizo cargo de un carro que no daba para herencias por su mal estado, por haber cumplido su ciclo, por su depreciación. Y entonces sus restos se pudrían sobre el asfalto.

 

De los carros de juguete que tuve, no recuerdo ninguno en particular, aunque me gustó mucho uno, de plástico y con partes metálicas, que era de carreras y el piloto bajaba y subía su cabeza encascada. Se estrellaba contra las paredes, se volcaba y todo seguía igual. Y otro, rojo, un automóvil que años después supe que imitaba a un Renault Torino, con motorcito de cuerda, que avanzaba raudo por los pasillos de la casa, se metía a los cuartos, salía a los patios y quedaba exhausto en la cocina. ¡Ah!, mi hermano Rodolfo, por lo demás, se sabía el nombre de los buses y busetas: El Llanero Solitario, La Bonita, la Santa María, El corsario negro, La flor del camino, El alazán, Rey de Reyes…

 

Los carros muertos tenían un aspecto fantasmagórico. Nadie alzaba una plegaria por su extinción pública. Se plagaban de orín, de polvo, de barro, y el olvido los cobijaba con su manto de silencio y de oscuridad. Hasta que alguien se compadecía de la carcacha y la transportaba sin adioses hacia el lugar de su desaparición definitiva.

 

 

Anuncios