El monstruoso ojo de Polifemo

(De cómo una vieja película nos metió en la Odisea y las aventuras de Ulises)

 

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Odiseo y Polifemo’, óleo de Arnold Böcklin (1896)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes que en casa apareciera algún ejemplar de la Odisea; antes que un profesor nos hablara de la capacidad de astucia de Ulises frente al cíclope, antes que nada, Odiseo se nos presentó de cuerpo entero, con mares inhóspitos y barcas a merced de los vientos. Fue en el Teatro Bello, en la proyección de un filme con Kirk Douglas y Silvana Mangano; y quizá, en medio de la “chinchamenta” que gritaba, lo más imborrable de aquella cinta haya sido la manera como Ulises y sus acompañantes dejan ciego a Polifemo.

 

Aquella película, en la que también aparecen Rossana Podestá y Anthony Queen, nos puso después a leer el libro, cuando ya cabalgábamos en los cursos de bachillerato y había un maestro que, para animarnos a la búsqueda de situaciones interesantes, nos ampliaba la situación paradojal en la que Ulises, ante el cíclope, se cambia el nombre y con una astucia verbal conjura el riesgo de que el monstruo de un solo ojo se los coma a todos.

 

Con el nombre de Nadie, que es el que asume el héroe para burlar al caníbal, el profe, de nombre Francisco, se regodeaba ampliando la anécdota. “Mi nombre es Nadie”, le dijo Ulises al gigantón. “Y si yo soy Nadie es porque Nadie soy”, nos ponía a pensar el profesor. De modo que “Nadie está aquí, pero Nadie ha venido”. Y así, con Nadie habla y Nadie lo escucha, la clase se volvía la tierra de Nadie.

 

En la película, a Polifemo lo emborrachan a punta de vino que Ulises y su combo preparan parándose en las uvas (lo cual, según los expertos, no podría ser vino sino un mosto), pero en la obra literaria es diferente dado que es Ulises quien le ofrece vino de su odre y, cuando el bobarrón está ebrio, el aventurero y cuatro de sus camaradas le atraviesan el iris con una estaca de olivo, un venablo pulido con antelación por ellos.

 

Tanto en la Odisea original, como en la adaptación cinematográfica y también en la versión que nos relataba el profesor, había una suerte de melancolía en el destino del monstruo, un bárbaro, un ser elemental, más grande que inteligente, sin malicia. Solo con ganas de comerse a los visitantes. “A Nadie lo dejaré de último”, le había dicho a Ulises, a quien le concedió esa especie de cortesía hospitalaria.

 

En el filme, que vimos por lo menos diez años después de su estreno mundial, ocurrido en1954, al lastimoso y torpe cíclope lo enceguecen con una suerte de ariete puntiagudo que cargan Ulises y su gallada de navegantes. En el libro, cuando ya Polifemo está sin ojo, y en momentos en que el héroe y sus amigotes abandonan la isla, este, que es ejemplo de cómo la inteligencia derrota a la fuerza, le dice: “Cíclope, si alguna vez algún mortal te inquiere sobre la espantosa privación de tu ojo, cuéntale quién te cegó: Ulises, hijo de Laertes, el saqueador de Troya, el hombre de Ítaca”.

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Y estos liminares los uso para contar cómo una vez, más bien de reciente ocurrencia, en que no sé por qué razón estábamos hablando mi compañera y yo sobre la Odisea, de pronto ambos quedamos con la mente en blanco. Se nos había olvidado no solo el nombre del gigante desvalido, sino el de la “raza” a la que pertenecía. Ni lo uno ni lo otro. Y entonces (antes que ir a la web) le dije: “Apuesto a que si llamo a mi sobrino de nueve años él ahí mismo me dice”.

 

Y, con el altavoz activado, el muchachito (llamado Jorge Luis), sin inmutarse ante la extraña consulta, dijo: “El cíclope Polifemo”. No era raro porque, en su casa, tiene colecciones completas sobre mitología griega y otras. Solo hubo la posibilidad de una carcajada de celebración.

 

Hace poco, en conversación con un hermano, después de hablar de los Papeles de recién venido, de Macedonio Fernández, derivamos en la película que él también, en su infancia, vio en el mismo teatro. Recordamos a las sirenas y, de pronto, tocamos la llegada de Ulises a aquella tierra de misterio en la que habitaba el gigante y otros de sus congéneres. Y pasó igual. Como si hubiera una conjura a favor del olvido. Pegamos el berrido y desde otro ámbito nos respondió mi compañera: “También se me olvidó, solo sé que el nombre del tipo tiene cuatro sílabas y en alguna parte la letra efe”. A mi hermano se le iluminó el rostro. “No me digás, le dije”. En efecto, él se había acordado de ambas palabras. Y yo estaba en la tierra de nadie de la desmemoria.

 

No pude acordarme y entonces les pedí que me lo dijeran. Después, como un divertimento acompañado de vinos y viandas, nos dio por leer a Cavafis y su Poema de Ítaca: “Cuando te encuentres de camino a Ítaca, / desea que sea largo el camino, / lleno de aventuras, lleno de conocimientos. / A los Lestrigones y a los Cíclopes, / al enojado Poseidón no temas, / tales en tu camino nunca encontrarás…”.

 

Y así, con despacio en las palabras, nos acordamos del primer libro de la Odisea que hubo en casa, que era de hojas amarillentas y con el tiempo se descuadernó. No recordamos la edición, solo algunas ilustraciones, porque, claro, no faltó la del cíclope con los brazos en alto, enceguecido, cuando arrojaba piedras a la nave de Ulises.

 

Hablamos de imágenes de la película, como la de Ulises atado a un mástil de la embarcación para no perecer ante el hipnótico canto de las sirenas. Y en el ambiente, además del ojo muerto del cíclope, flotaba una parte del poema de Cavafis: “Ítaca te dio el bello viaje. / Sin ella no habrías / emprendido el camino. / Pero no tiene más que darte”.

 

Creo que, desde la memoria, desde una pantalla de teatro muerto, el cíclope nos sigue observando con su ojo sin luz.

 

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Gardel y un libro salvado de la basura

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Frente a todas las miserias y exclusiones, los habitantes (o penitentes) del llamado Tercer Mundo tienen un arma de prodigio contra los desamparos: la imaginación. Y en este punto, la basura se convierte en una posibilidad de transformaciones y usos inesperados, como acontece con la propuesta que realiza el artista brasileño Vic Muniz con los recicladores de Sao Paulo, a los que les enseña una estética desde los desechos.

 

Asimismo, en Paraguay, un director de orquesta y un profesor de música, llegaron hace algún tiempo hasta los vertederos de un barrio de Asunción, en el que descubrieron cómo transformar la basura en herramientas musicales. Con instrumentos reciclados y materiales desechables, además de dictar clases de música, lograron sensibilizar a la población y montar la Recycled Orchestra (O6rgkCUstaE).

 

Hace unos diez años, conocí en Medellín unos recicladores que recuperaban libros de las basuras. Uno de ellos, llamado Miguel Espinosa, distribuyó entre periodistas y escritores de la ciudad, ejemplares conseguidos de esa manera, en los que había joyas bibliográficas, con el fin de que se escribieran notas al respecto. Se trataba de publicar un libro sobre los hallazgos. A mí me correspondió al azar la Historia de la mitología griega y romana, de V. González, editado por Saturnino Calleja, en Madrid, sin fecha. En el lomo, al título se le agregaba en letras doradas: “para niños”.

 

El libro tembló en mis manos, o quizá haya sido al contrario. Era yo quien temblaba en las manos viejas del ejemplar. Tenía el aspecto de aquellos textos que permanecen guardados en escaparates de antepasados, a la espera de un incierto lector. De inmediato, torné a los días de infancia, cuando mamá nos leía los cuentos de Calleja, que venían en cofres de fantasía y que ella había heredado de su abuelo, un arriero de aventuras múltiples y parla infinita, que hacía viajes entre Rionegro y Urrao. Recordé entonces a Juan el Poca, El tesoro del rey de Egipto y otros, que, con el tiempo, supe que el editor los tomaba de otros autores, los adaptaba y ni siquiera les daba crédito, como Pinocho, Hansel y Gretel, Platero y yo, y cuentos de Las mil y una noches. Todo este aparataje del madrileño puede ser parte del origen de la piratería de libros. Y del plagio, que el delito es cosa de nunca terminar.

 

Calleja había sido para mí, parte de una mitología de infancia. Al abrir el libro, y puede parecer increíble o inverosímil, en el revés de la portada había una foto de Carlos Gardel, con la leyenda: “al querido y simpático pueblo colombiano”, con su firma autógrafa. Supuse que el dueño de esa antigualla la había pegado, recortada de algún diario. Después, vi a Saturno, alado, barbiblanco y con una hoz al hombro. Tal vez miraba con desprecio a los humanos y los devoraba a punta del infatigable tiempo. Y ahí, entre la imagen del dios y la portada, estaba el Zorzal Criollo, que, para sus admiradores, es otra suerte de deidad iluminada. Quien la había fijado allí tenía razón: Gardel, un miembro más de las infinitas mitologías.

 

El libro ilustrado trataba de la asamblea de dioses. Hablaba del Caos, del aire y la noche, del éter y de la fortuna. Más adelante, me encontré con Neptuno, tridente en su mano derecha, galopando de pie sobre dos corceles blancos, en un mar encrespado. Y me topé con Polifemo, cíclope de Sicilia, y, claro, con Odiseo. Y en este lugar de la fascinación, escuché de nuevo la voz de mamá que cantaba Silencio, un tango de Gardel, evocador de guerras y soledades: Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa. Era un libro de voces y músicas, en el que el rumor del mar se mezclaba con el espejo de Narciso.

 

A Espinosa, según supe, nadie le paró bolas para publicar un libro de crónicas e impresiones, con los escritores invitados, que hablara de cada ejemplar recuperado del olvido que son las basuras. No le creyeron. Tal vez le dijeron que “eso no vende”. A quién diablos le importan los libros que sobreviven en los residuos. Para mí fue una reedición de la infancia, con los libritos de Calleja, con la voz de mamá que interpretaba tangos de Gardel y relataba aventuras de hombres tragados por ballenas y de piratas de un solo ojo.

 

Aquel temblor que sentí con aquellas páginas que alguien tiró al tacho, me removió la imaginación al ver la barca de Caronte sobre las negras aguas que conducen al infierno y escuchar la voz del inevitable Mudo al anunciar que “siempre se vuelve al primer amor”. Y ese amor primero es la infancia, la misma que los poetas (o algunos de ellos, como Rilke) dicen que es la única patria del hombre.