Ciudad sin alas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad me arrastra a su abismo-cloaca

Con sus edificios de burócratas podridos.

Me empuja con bolillos de policías sin casco

A los hondos asombros de la nada…

No sé si soy o no soy, nadie lo dice

Ni siquiera las campanas del obispo

Que me llaman a saludar a un dios sin sonrisa

Sangrante en los altares de la muerte.

Hoy vi a Maiakovski por una calle sin aretes

Viajaba en el futuro de una alfombra de estrellas

Que un vendedor de san alejo tenía sobre el piso ensalivado.

Me detuve a observar los vejestorios, las alhajas, las falsificaciones.

Todo olía a óxido y a olvidos. ¿Qué ciudad es esta sin palabras?

Las paredes mudas—ni siquiera un grafiti— me hacen morisquetas

Lo dedos de una estatua me alucinan con sus naipes.

El caballo metálico del prócer me arroja cagajón

Y los bustos de bronce orinan sin parpadeos.

¿Qué ciudad es esta sin música en las alas de los aviones caídos?

¿Sin muchachas de faldas plisadas que fantasmeaban en un bar?

No sé cuándo comenzó tu decadencia de cines con crispetas

Sin putas de tacón en la pared.

Ciudad de hormigón desierto y de impunidades en las aceras

¡Cuándo podré volver a tocar mi contrabajo

En un bar de soledades en el que Madelaine besa mi arco

Y se acurruca como una paloma sin luz!

 

Resultado de imagen para ciudad edificios pintura

Anuncios

Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

Resultado de imagen para urss-colombia mundial chile

Urss 4-Colombia 4

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

Resultado de imagen para estadio con confetis

Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

Resultado de imagen para futbol barrio

¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

Resultado de imagen para futbol barrio

“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

Resultado de imagen para pasaje peatonal junin

 

Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

Resultado de imagen para parque bolivar en medellin

Parque Bolívar, Medellín.

Caminar como robots o como seres libres

(Un ejercicio sobre las maneras de transitar la ciudad)

Por Reinaldo Spitaletta

  1. Apropiación del paisaje urbano

Hay modos de caminar. Y no me refiero a los excéntricos bamboleos de brazos de la antigua figura urbana del camaján, ni al cojo, ni al garetas, ni al más veloz, ni al más lento. Digo que hay maneras de caminar y, con ellas, de apoderarse o de despojarse de la ciudad. De hacerla propia;  o ajena, es decir, solo de tenerla como vehículo, como una red inerte de calles, con aceras despersonalizadas (unas muy estrechas o, como en ciertos sectores, con su ausencia total), con automatismos, con gente que va o viene, robotizada, ida, enajenada, sin atisbar, sin sentir el paisaje, ni los cambios en las fachadas, en las esquinas, sino como un esmirriado ejercicio de rutina, porque se trata de llegar a alguna parte.

Hay modos de caminar. Y quizá en ciudades como Medellín (pensada para los carros, no para los peatones, no para el caminante, no para el que va por la calle, como deambulando), el transeúnte está condenado a no poder mirar el cielo; a veces, a estar solo observando el piso, porque los robos de las tapas de los contadores del acueducto, dejan unos abismos en las aceras, con alto riesgo de salir fracturado. O mínimo, con un esguince. Y así, en el acto de transitar, de ir de un lado a otro, hay más una inconsciencia que una exploración; más un instinto, que una demostración racional.

Caminar, es decir, apropiarse del paisaje (que, según Saramago, es lo que más hay en la tierra), de la arquitectura, de una calle como símbolo de identidad, como parte de una cotidianidad para sí, es producto de una educación, mas no de una domesticación. Es hacer parte de la urbe, de sus recovecos, de sus irregularidades, y de sus múltiples bellezas, que están aquí en una carretilla de frutas, en una vitrina de almacén, en la fachada deteriorada de un viejo caserón, en el antejardín con francesinas, en la acera pelada, en el piso vitrificado que húmedo puede hacerte resbalar. Caminar es apoderarse del afuera, otros dirán de lo público, con sentido. No es correr para llegar al trabajo o al lugar de estudio; es tener la ciudad como una posibilidad de descubrimientos.

Caminar debe ser un ejercicio de la sensorialidad, de lo razonable. Poder leer las fachadas, con sus rosetones, claraboyas, arabescos y revoques; mirar las puertas y ventanas, darse cuenta de cómo las rejas en estos tiempos de inseguridades lo invaden todo, subir la mirada a un balcón, escuchar al pregonero que anuncia reparaciones de lavamanos e inodoros, al que vende mangos, al que lleva una caneca metálica con mazamorra. Es poder leer avisitos en casas de barrio, sobre reformas de trajes, sobre botones y helados. Andar, como decía alguien, es no tener un lugar, pero al mismo tiempo, es ir en pos de algo propio.

  1. Apresurados por la calle San Martín

 

La mañana se riega con sus pájaros del alba y con los que van a trabajar. O quizá a conseguir algo que hacer. La amplia vidriera me deja ver a los que bajan, quizá desde Manrique, o tal vez desde La Mansión, San Miguel, o de alguna parte del ya innombrado barrio Pérez Triana. Pasan unos con afán en los zapatos, tragándose el asfalto. Se les ve a casi todos recién bañados, cabellos húmedos, ropas limpias. Todos con un lugar común: parecen como si no fueran a llegar a tiempo a su destino.

En las bocacalles se detienen con incertidumbre si los carros los acosan, o pasan de largo, y bajan como los rápidos de un río, rumbo al centro de la ciudad. Creo que caminan porque a esta hora, tal vez es más fácil desplazarse a pie que en un bus. O porque están ahorrándose un pasaje. Y no porque lo tomen como una suerte de ejercicio de la imaginación, o como un regocijo porque están resistiendo a que les arrebaten la ciudad. No. Van como enloquecidos, a pasos largos, a veces arrítmicos, sin ninguna estética ni compás. Ni las muchachas, que uno supone van perfumadas, parecen sentir ningún placer en su desplazamiento, pese a que algunas mueven muy bien las caderas, portan la cartera con garbo y a veces a su cabellera la agita algún viento inesperado.

Bajan a montones, sin mirarse, sin mirar los laureles y guayacanes (ni siquiera cuando están florecidos), sin darse cuenta de que en esta cuadra ya terminaron un edificio de unos veinte pisos, feo, de tugurial diseño, mejor dicho, sin diseño alguno, ni cerciorarse que por esta acera hay una institución de salud, con taxis en acopio, ni de que en la esquina de abajo una señora tiene un puestito de café. No hay tiempo de comprar ninguno. Y los que allí se acercan son más bien los taxistas, mientras esperan que alguien salga de atención médica para abordarlos.

La mañana parece vomitar un cúmulo de apurados transeúntes, que transcurren arreados por los relojes, sin verificar cómo hoy el carbonero de esta esquina luce sus pequeñas flores, ni cómo hay en alguna rama tres pájaros azules. Tampoco parecen advertir cómo los buses y otros vehículos que suben por esta carrera, que tiene nombre de prócer argentino (cuyo busto está cuatro cuadras más abajo, en Echeverri con la Oriental, y algunos vándalos, o quizá artistas experimentales, le pintaron la cara de rojo, con aerosol), forma nubes de smog sobre el asfalto.

Los que por aquí marchan con precipitudes portan, casi todos, morrales, carteras, bolsos manos libres, y uno que otro cubre su cabeza con sombreros de fieltro o con cachuchas de béisbol. Dan la impresión de ir de esa manera porque los mueve una urgencia ineludible, un destino trágico, una orden que no pueden desobedecer. La ciudad parece su enemigo. La calle (esa es la impresión) es solo un puente que hay que cruzar lo más rápido posible, porque alguien viene en nuestra persecución, eso parecen denotar con sus cuerpos, con sus pasos de seres temblorosos y sin carácter de ciudadanos.

  1. Lucidez en el camino

Caminar es una manera de resistencia. Cuando se hace con el criterio de desentrañar la ciudad, de hacerla de uno, de convertirla en un atractivo para la imaginación y la comprensión de las dinámicas sociales.  No importa si cojeo, si llevo muleta, si me ayudo con un bastón, o si mis pasos son certeros, estables, rítmicos. Armónicos. Caminar es conquistar la urbe, sus trazados, provocar cambios en ella, para que sea amable, es decir, para que uno pueda transmutarse en ciudadano, en alguien que piensa que las calles, los edificios, los parques y plazas, los campanarios, los árboles urbanos, son una reivindicación, un ejercicio de la libertad, y no una imposición del poder.

Caminar con criterio es apropiarse de las espacialidades, de sintonizarse con ellas, y en caso de no estar de acuerdo con alguna interferencia, con aquello que encarcela y reprime al ser de la ciudad, entonces expresar que hay un derecho a la desobediencia, y a la exigencia de que la urbe (tergiversada por diversos poderes, legítimos e ilegítimos) no sea parte de la opresión y de la disminución del ser humano.

Hay modos de caminar.  Y para que sean lúcidos, provocativos, que aporten al conocimiento de la ciudad, deben ser parte de un ejercicio del placer y de la inteligencia. Caminar con sentido de pregunta y de saber qué fue y qué es la ciudad es otra manera de la insumisión. Y de la alegría.

Palacio de la Cultura, Plazuela Nutibara, Medellín (foto tomada de internet)

Historias de pasajes y una casa con armas

IMG_20150222_100334

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Uno de los pasajes residenciales desembocaba en la margen izquierda de la quebrada Santa Elena. Entramos por la puerta que tenía su reja abierta y continuamos hacia el fondo, pasando al lado de otras puertas añosas y descaecidas, hasta que llegamos al extremo y nos detuvimos a mirar y escuchar las aguas. De pronto, Daniela, una de las integrantes del Semillero de Periodismo Urbano, grupo con el que investigábamos aspectos del histórico barrio La Toma, de Medellín, y su próxima desaparición debido a la construcción del parque Bicentenario, se me arrimó y en voz baja me dijo: “profe, en la casa que está a la izquierda tienen armas. Lo mejor es que nos vamos”.

Los pasajes, que todavía hay muchos en Medellín, son una especie de zona de misterio para los que los ven de afuera, con filas de casas en un callejón, mejor dicho, en una estrechura por la que no cabe un Topolino, el carrito italiano diseñado para andar por las callejuelas de Roma. Son otra manera del inquilinato y de los muy cantados conventillos porteños. Casi todos tienen una reja que da a la calle y su longitud varía. En ellos parece vivirse un mundo aparte, lejos de la vida cotidiana del barrio. Y seguro los que allí habitan, se conocen las intimidades y las especificaciones de cada vivienda. Están siempre en un adentro, en una como isla urbana, que los hace ser distintos y, si se quiere, extraños para los que apenas logramos verlos, o intuirlos, desde el afuera.

De los primeros que tuve noción, fueron los que estaban muy cerca de La Buena Esquina, un paraje de Bello, delimitado por la que hace años se nombraba como la Calle Arriba y parte del barrio Andalucía. Eran, para mí, unos lugares inalcanzables y, por lo demás, propicios para imaginar historias macabras o de aventuras de espadachines medievales. Uno, que ya no existe, se denominó San Francisco, y en él, también hace tiempos, hubo un crimen pasional. La sangre de la víctima, dicen, salió del pasaje y se regó por la calle principal, como anunciando el asesinato, haciéndolo evidente. Acusadora.

Mi tía Tina, una mujer que tenía la capacidad proverbial de improvisar historias y de inventar mentiras piadosas, vivió en uno, muy especial, situado en el sector de El Huevo con la carrera El Palo, en Medellín. Allí, cuando yo era apenas un párvulo pleno de asombros, presencié la primera pelea de dos mujeres que, en una suerte de patio central del pasaje, se jalaban con furia las cabelleras y se gritaban cuantas palabrotas había entonces. Eran chillidos en medio de blusas rasgadas y arañazos. Hoy, es un taller de mecánica con parqueaderos. En una de las casitas del pasaje, dos artistas pusieron su atelier de pintura y escultura. Se llamaban Alonso y Pedro, y mi tía los invitaba a tomar café.

Otros pasajes, más escabrosos aún, estaban por el antiguo Camellón de Niquitao, algunos muy cerca de la llamada Calle del Sapo, que limitaba con el cementerio de San Lorenzo. Había callejuelas, como la Corraleja, que en sí mismas eran pasajes, con salidas (o entradas) en sus extremos. Casi siempre olía a marihuana y en las ventanas había ropa oreándose. Por la avenida La Playa, otrora un sector lleno de quintas donde habitaban los ricos de Medellín, había otro pasaje (todavía está), con casas grandes llenas de sanjoaquines y rosales en sus afueras. Tenía un aire de distinción y en nada recordaba los oscuros inquilinatos de Niquitao. Los de La Toma estaban unos por la Vuelta de Guayabal (ya no existe, porque la extinguió el parque Bicentenario; sobre la misma se construyó un puente feísimo) y otros tenían su entrada sobre la entonces llamada calle Ricaurte. Los de la derecha, subiendo hacia el viejo Puente de “Brooklyn”, eran enrejados, y los del otro lado, tenían entrada libre casi todos. Hace muchos años, cuando pasaba por esa calle que en otros días fue sede de fiestas, con bares de tango y música del Caribe, en la que se mantenían de farra muchos obreros de Coltejer, unos muchachos de un pasaje tenían en la acera varios changones (del inglés shotgun), sobre los cuales pasé, porque ya no era posible frenar, ni devolverme, ni tirarme a la calle angosta atiborrada de buses y automóviles. Se rieron, mientras yo continué con los nervios alterados. “Tranquilo, viejo, usted es del vecindario”, escuché decir. Por aquellos días, en los que la ciudad reverberaba por su calentura de disparos, yo vivía en Miraflores, arriba de la calle que Tomás Carrasquilla y vecinos del sector nombraron como La Canguereja.

Pero tal vez el pasaje más perturbador, porque tiene una arquitectura llamativa y una entrada estilo republicano, es el que está en la carrera Giraldo, entre Pichincha y Ayacucho. Al frente, hace unos veinte años, hubo un caserón que el intelectual Fabio Botero alquiló para depositar allí sus libros. De noche, abría las ventanas para que los que por allí pasaban vieran la biblioteca de maravilla, con estanterías por todos los ámbitos. Y dejaba entrar a quién sentía curiosidad por ingresar en aquel espacio literalmente de fantasía. Hoy, la mansión no existe. Se transmutó en un enorme aparcadero.

Digo entonces que el pasaje más atractivo es el que estaba enfrente de la que fue la biblioteca del autor de libros como Historia del transporte público en Medellín 1890-1990. Parece ir, prolongarse, hasta el infinito porque, en el fondo, hay una conjunción de cielo y horizontes, que todavía los edificios (muchos de ellos de dudosa estética) que lo rodean no pueden ocultar. No sé por qué en otros días, pensaba que si entraba en ese pasaje, podría haberme infiltrado en el mundo de un relato fantástico de H.G. Wells, que leí cuando era adolescente: La puerta en el muro.

Cuando Daniela Calle me advirtió, sin nerviosismo alguno, lo de las armas que había en una casa del pasaje de La Toma, me asomé con disimulo y, en efecto, logré ver a varios tipos que parecían hacer un inventario de armas de corto alcance y las metían en unos cajones. De inmediato, les dije a los estudiantes que con la mayor cautela saliéramos de allí. La quebrada sonaba con su música móvil y olía a alcantarillado. Por la vieja calle Ricaurte subían y bajaban vehículos y viandantes. Era la hora del retorno.

https://spitaletta.files.wordpress.com/2015/02/img_20150222_100305.jpg?w=393&h=655

Pasaje residencial en la calle Giraldo, Medellín. Foto Daniel Botero

Los colores de mi ciudad

Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, les he escuchado pronunciar. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque, si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Lo mejor de todo es que cada uno puede pintarla a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos. Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

Obra de Beatriz Velásquez (tomada de internet)

Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

El color de las sombras

Por Reinaldo Spitaletta

Usted me dirá, y no sin razón, que las sombras son la negación del color. Yo en cambio le contaré cómo hay un lugar en la ciudad donde las sombras son puro color. Sucede en un barrio marginal, en la casa de don Luis Ángel Cartagena. Lo conocí en mis tiempos de reportero buscando temas insólitos para un periódico de pacotilla. Llegué hasta él porque, usted sabe, claro, los vecinos, una conversación en bus, una pista en un cafetín del Centro, y así.

Llegué en medio de dudas. Podía ser, como tantas otras veces, una falsa alarma, o un farsante. Me invitó a pasar, después de haber tocado tres veces una puerta vetusta, de la que ya no se sabía su color. Me dieron buena espina su cara de vietnamita y su barriga de hombre bondadoso. Advirtió que poco le gustaba la publicidad, que podía ser peligroso que en otros barrios se enteraran de su pieza oscura en la que no se sabe por qué artes inexplicables, la sombra era capaz de ponerse roja, o verde, o solferina, según los pensamientos del visitante. O de sus deseos.

—Lo malo es que no puede tomar fotos—, dijo, con un gesto de seriedad. Tenía una camisa de cuadros azul marino y verde oliva.

Entramos al cuarto, la puerta se cerró sin que nadie la empujara. Un escalofrío me recorrió por la espalda, creí ver una sombra que se escabullía por entre unas cortinas color crema. Don Luis apagó la bombilla y las tinieblas nos envolvieron. “Cómo diablos va a haber sombra si no hay luz”, pensé. De inmediato noté rayitos luminosos que se filtraban por el techo. —Debe de haber goteras, —me dije.

A una orden suya, me instalé en la mitad del cuarto. De pronto, vi mi sombra, larga como las que dan los ocasos, y era anaranjada.

—Piense un color, un color que le guste.

Y ahora la sombra era roja. El fenómeno, inexplicable para mí, contradecía las leyes físicas. “La quiero azul”, y azul se puso. “Y ahora color arrebol” y mi sombra era un arrebol. Pensé en el color de los días de lluvia, y así fue. Mejor dicho, subí en grado de dificultad cromática y el insondable misterio respondía a mi petición.

No publiqué el reportaje. Don Luis quedó muy agradecido. Y yo también, porque quién que es realista se iba a creer esa manifestación insólita de las sombras de colores.

El hombre de la ciudad vieja

Por Reinaldo Spitaletta

—Me habían dicho que no volvería.
—Vine para recordar.
—Recordar es una manera de morir.
—No, amigo, es un modo de recobrar lo perdido.

El hombre, barba gris y espejuelos con montura de oro, comenzó a caminar con pasos de turista. Sus tenis amarillos contrastaban con el azul desteñido de su bluyín y con una camisa de algodón crudo con bordados indígenas.

—Cuando me fui no estaban el edificio de la aguja, y menos el metro y todavía en Guayaquil vendían frutas, carne salada y pescado.

Las palabras le salían despacio, como si no quisiera que terminaran. Sus ojos, en los que se adivinaban tormentas de mares lejanos, se llenaban otra vez de ciudad, de la suya, aquella que guardaba en la memoria. Así, no le era posible observar los cambios, sino las permanencias. O lo que él imaginaba que no había sido arrasado por las excavadoras del tiempo.

Vio otra vez el café San Remo, La Alhambra con sus camiones de escalera que iban a los pueblos, o llegaban de ellos, las cacharrerías con un surtido que iba desde estampitas de santos hasta folletos de poesía parnasiana. En Junín vio muchachas preciosas que se tomaban instantáneas.

Sus pasos eran cada vez más despaciosos como si con ello quisiera quedarse en otro tiempo, o, mejor dicho, que el paisaje interior, el suyo, no cambiara. Subió a Prado y aunque muchas casas eran las mismas, aunque con menos brillos, ya eran otros sus habitantes. No quería verlas transmutadas en ebanisterías o consultorios. Se emocionó, sí, con los caserones republicanos convertidos en sedes teatrales.

“La ciudad vieja habita en mi memoria”, se dijo. Recordó la estación del tren, la estatua de Cisneros, los campesinos con bultos de naranjas, los avisos multicolores de fábricas en El Volador y en las colinas de Enciso. “Vine a buscarme”, le oí decir.

—Cómo le parece la ciudad de hoy—, le pregunté, sin convicción.
—Es distinta. No es la mía.

Él también era otro. Hablaba, incluso, con un acento neutro. “Antes, la ciudad tenía colores malva y el cielo era más limpio”, recordó en voz alta.

En La Playa, lo único reconocible para él era la Casa de los Barrientos, que, sin embargo, veía más gris que antes, según dijo. “Esta ciudad no envejece”, le dije. “Ah, sí. El viejo soy yo”, dijo con tristeza contenida. En el firmamento había un vuelo de palomas.

Lo vi alejarse, lento, como si quisiera quedarse. La ciudad vieja se iba con él.

Plazuela Nutibara de Medellín.

Una calle-monstruo de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En la década del noventa solía caminar por muchas calles de la ciudad, en un intento por descubrir el espíritu de las mismas. En una libreta encontré esta nota, escrita en febrero de 1990, que hoy revivo. Dejaré que el lector descubra de cuál calle se trataba.

La primera vez que pasé por aquella calle, una mano arrugada que salía por los barrotes de una ventana me llamó con desespero. Era como la mano de alguien que se ahoga. No me detuve a averiguar de quién se trataba. Más adelante, tirado en la acera, había un hombre sin piernas. Elevaba sus manos flacas al cielo y hablaba solo. Cuando pasé junto a él, me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa sin dientes. Seguí caminando, sin volver el rostro. La calle olía a sanjoaquines húmedos y a yerba. Sobre un carbonero, un pájaro gris le daba descanso a sus alas. El vuelo de una avispa negra me obligó a desviar los ojos. En ese momento, observé una figura alargada, recostada contra el marco de una puerta. Era una mujer de nariz filuda. Tenía una enorme verruga junto a la boca y en sus manos sostenía un garrote. No resistí la impresión que me causó el cuadro y corrí.

Una semana después, impulsado por un extraño afán de conocimiento, o quizá de explorador, volví a recorrer esa calle de Medellín. Me parecía que tenía un hálito fuera de lo común. Era una mañana soleada, con cielo limpio. Había una leve brisa, suficiente para mover las hojas de un falso laurel. Mis pasos no se sentían sobre el asfalto incompleto. Un perro amarillo pasó junto a mí y me olfateó el bluyín. Observé las peladuras de su lomo y la anormalidad de su oreja derecha: le faltaba más o menos la mitad. Tampoco tenía cola, por lo que imaginé que, en caso de tener algún amo, el can no podía expresarle su saludo total. Estaba pensando en este asunto, cuando un grito me sacó de mis cavilaciones perrunas. Era una mujer enrejada. Sus manos se aferraban a los barrotes de la ventana. Gritaba, pero yo no entendía nada. Y mientras me alejaba, más duro le brotaba la ininteligible voz a la dama.

No había caminado más de una cuadra, cuando vi a un hombre pelilargo, pantalón caqui, descalzo. Sentado en un taburete, estaba inmóvil y con los ojos cerrados. El sol le caía en la cara y le acentuaba unas manchitas negras en las mejillas. Al pasar frente a él, abrió los ojos y me miró con angustia. Quiso decirme algo, pero se arrepintió. La brisa transportaba un perfume de pinos. Por la puerta de una casa salían los sonidos heridores de un martillo revueltos con las estridentes notas de una canción mexicana. En un balcón, una anciana descarnada acariciaba unas bifloras como si estas fueran el último amor de su vida. Un niño atravesó corriendo la calle. La cabeza era, en proporción, más grande que su cuerpo. Arrastraba, a manera de carrito de juguete, una rata muerta.

Como ese día no pude averiguar el misterio de esa calle, volví al siguiente domingo. Esta vez el azul celeste se ocultaba tras unas nubes grises y en el aire había un olor a aceite caliente. Sobre un tejado había una ringlera de gallinazos. “¿Habrá algún muerto cerca?”, pensé. De alguna parte indeterminada brotaba el ruido giratorio y punzante de un taladro. Quise taparme los oídos pero en ese instante vi a una mujer de vestido roto por el cual se le asomaban no solo sus miserias sino las arrugas de su vientre. En la cara, color de periódico viejo, se le reflejaba la rabia contra el mundo. Aumenté la velocidad y me cambié de acera. De repente, me acordé, sin encontrar una razón para ello, de las cortazarianas historias de cronopios y de famas, y de un relato del nadaísta gonzaloarango en el que un hombre se vuelve pez. Nada de esto tenía sentido.

Esa calle, me dije, no tenía explicación. No podía entender por qué las claraboyas tenían ojos de gato y por qué en las ventanas aparecían caras monstruosas. Jamás había visto en esta ciudad nada semejante. Corrí con el ánimo de no volver a pasar jamás por esa porción urbana colmada de desasosiegos. Mientras me alejaba, las puertas se abrían, y del interior de las viviendas salían hombres con cara de caballo, mujeres peliblancas de cuerpos redondeados, mantecosos y fofos. En mi huida no lograba diseñar una interpretación sobre esa calle, cuya dirección no daré para que no sea objeto de curiosidades malsanas. Me sentí corcel, y galopaba. No me atrevía a mirar atrás porque me acordé de la mujer de Lot. Lo último que vi (y que aún recuerdo con espeluznante claridad) en esa calle abrumadora fue una mano huesuda y vieja que me llamaba con desespero desde una ventana enrejada.

Fotograma de película sobre Cronopios y Famas, en homenaje a Cortázar. Agencia Efe.