La pandemia empelotó la ciudad

(Los muros invisibles, los abismos de la inequidad y otros dolores de la urbe)

Los nuevos guetos urbanos, arquitectura carcelaria. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una ciudad es más, mucho más, que sus edificaciones, sus calles y callejones, sus arterias y sus conjuntos residenciales que, en los últimos tiempos, son una muestra más de la privatización de las espacialidades públicas y de la gestación y dominación urbana del gueto. Tiene que ver con su hábitat, su creación de cultura, sus maneras de relación de los unos con los otros, los de los barrios pobres con los barrios ricos y los lazos invisibles de la comunicación que trasciende la sociabilidad aparente —más bien falsa—  del centro comercial o de la abundancia de aquello que es una suerte de deshumanización al negar la concurrencia de palabras, un abrazo, saludos, un intercambio de miradas, que son aquellos espacios (no-lugares) de mercadeo de las “grandes superficies”.

 

Una ciudad, creo, se reconoce sí lo es, por ejemplo, en momentos extremos, de agudización de las relaciones sociales, de reducción de la movilidad, de aplicación de medidas extraordinarias, como es una pandemia. Ahí, en medio de esas condiciones particulares, se puede medir la efectividad o no de los planes de ordenamiento territorial, de la amplitud o estrechez de los espacios públicos, de si existen con generosidad o, al contrario, con avaricia, parques, museos, jardines botánicos, bosques de expansión, lugares de encuentro colectivo…

 

La ciudad de la pandemia se torna más carcelaria y menos amistosa, cuando amplios sectores urbanos, barrios marginales, zonas excluidas y que son parte del empobrecimiento progresivo al que se someten vastas comunidades de despojados, solo se pueden dedicar a labores precarias de sobrevivencia. Y, quizá por eso, sus moradores son sordos a las instrucciones oficiales, a las medidas higiénicas y de cuidado personal, porque, además de carecer tantas veces de conocimientos suficientes sobre la vida y el mundo, están en la penosa condición del sobreviviente, del que solo puede pasar el día a día, sin futuro, sin planeación de lo que vendrá.

 

El acá y el allá. Foto Spitaletta

 

En estas coyunturas de alta tensión, como las que se viven en torno a la presencia del coronavirus, se advierten con más agudeza —he ahí su paradoja—, las carencias y, a la vez, las lesiones que se han perpetrado, tal vez de modo inveterado y permanente, a los derechos al agua potable, a la electricidad, a tener en la cocina al menos las alacenas con suficiente bastimento. Y, por ampliación de los desafueros contra enormes cantidades de desahuciados y olvidados de la fortuna, se notan con más claridad las heridas abiertas de las inequidades. ¿Cuál es el espacio público de una barriada tugurizada? ¿Dónde se pueden alivianar las maneras del encerramiento forzado si ni siquiera hay amplios senderos, jardines, algún parquecito hecho con la dignidad que merece el ciudadano?

 

La ciudad pandémica es radiografía. Es cámara fotográfica. Se torna en telescopio por el cual se pueden apreciar las espacialidades que configuran lo que se puede denominar el derecho a la calle, el derecho a tener una casa con servicios suficientes, un afuera con antejardines, con adecuaciones ambientales, con posibilidades para la sociabilización, la amistad, el caminar seguro y libre de aprensiones. En tiempos de emergencia, como los que transcurren con la presencia de la covid-19, las grietas de la ciudad, de sus autoridades, de sus dirigentes, de los que la han planeado, son más concretas e ineludibles. Son más escabrosos y hondos sus abismos.

 

Son ocasiones para ver cómo han despilfarrado los fondos públicos y maltratado a la mayoría de ciudadanos, a los que se les niegan las posibilidades de tener una existencia con bienestar, con facilidades de sentirse en espacios amables. Las ciudades hay que pensarlas para que la dignidad sea permanente, que sea una variable que atraviese todas las áreas materiales y espirituales. En ciudades, como Medellín, para no abrir del todo el abanico, se pueden ver, ¡oh, extrañeza!, los muros invisibles, las brechas abiertas por las desigualdades que avergüenzan la geografía urbana.

 

En los barrios llamados populares el castigo pandémico es mayor, porque, además de haber desaparecido ya la cultura popular (que se ha vaciado de los contenidos de solidaridad, alegría, afectos colectivos…), las características y modos de ser de los que las habitan, no hay un afuera atrayente, ni cómodo, ni con posibilidades para el ejercicio de las relaciones sociales con altura y respeto. Solo hay las expresiones extremas de la sobrevivencia, sin otras rutas que tengan conexión con el goce, con el placer que dan las búsquedas del conocimiento y de la convivencia.

 

Economía del rebusque. Foto Spitaletta

En una larga tradición de despojos, de maltratos y exclusiones, la ciudad que intenta no enfermarse muestra lo que ha sembrado, sus agresiones a los que están al margen. Y así, como se aprecia en vastos sectores que parecen pertenecer a mundos distópicos, la lumpenización ha hecho mella en las comunidades. Así que no es de extrañar que en la confinación obligatoria no haya ni siquiera un mínimo de cumplimiento. Porque en ese interior también forzado, no hay ninguna comodidad, no existe un ambiente mínimo para el ejercicio de la vida sin estrecheces y sin tantas amarguras.

 

Entonces, ese afuera rudo, esas atmósferas en las que ni siquiera hay acceso a determinadas estéticas que al menos sean un paliativo para la crisis, un exterior de informalidades, parte de un paisaje triste y desesperanzador, es la única promesa. No hay nada. Cuál autoridad oficial ni qué tres cuartos. Son comunidades que se rigen por otros parámetros, y ahí, en concordancia con los sistemas inequitativos, son otros los mandamientos y otras las maneras del orden. O del desorden. Sí, como bien lo dicen los mismos moradores: “por aquí es otra ley”.

 

¿Cuál derecho a la ciudad? Sí en tiempos normales, es decir, sin pestes universales, en estos breñales que simulan ser una ciudad, en este vallecito de lágrimas y de vez en cuando de alguna festividad seudopopular, la pandemia ha mostrado con creces las desventuras de tantos que, si antes carecían de ingresos suficientes, ahora es el hambre la que acosa, la que castiga con su látigo inmisericorde, y así, cuál tapabocas, cuál distanciamiento social ni qué nada. ¿Dónde están los planes para que la gente sufra menos? ¿Dónde la intervención estatal con criterio no asistencialista sino de proporcionar los elementos para que lo que se llama progreso sí sea una realidad y no una falacia?

 

Ciudad resquebrajada. Foto Spitaletta

 

Los que deciden y mandan deben pensar más que en el cemento y el asfalto en las necesidades de los que hasta hoy son como una excrecencia social. Ya los discursos oficiales, cansinos, vacíos, demagógicos, han quedado en evidencia por su esencia de negación a los caídos, a los tugurizados, a los que seguro han sufrido desplazamientos y otras vicisitudes de honda inhumanidad. Discursos hueros. Parte, lo diría un pensador de estas comarcas, de la vanidad. Sí, la vanidad del poder.

 

La ciudad de la pandemia, como decir Medellín, ha mostrado las dificultades de los más pobres, de los que están lejos de las alfombras y los ambientes palaciegos. Lejos de los clubes y de los que, en minoría exigua, definen el destino de millones. Así que no es solo la flaqueza en la salubridad de extensos sectores de la población, de las barriadas altas, desdibujadas por la miseria, las que, como un señalamiento de las inequidades sociales, ha mostrado la situación límite de una pandemia. Los denominados planes de desarrollo han quedado en evidencia por su decrepitud, por su cortedad en la visión, su deplorable ceguera frente a los problemas enormes de la ciudad, de aquellos, sobre todo, a los que se les ha negado desde tiempos inmemoriales los mínimos derechos a una vida sana y con disfrutes humanos.

 

La ciudad que fue y dejó de ser. Desapareció la industria. Foto Spitaletta

Qué derecho a la ciudad pueden tener los que ni siquiera han tenido derechos a la salud, a la educación, a los goces de la cultura. Y así lo ha mostrado, con crudeza, la pandemia en ciudades de oropel como Medellín, postizas, cuyos gobernantes, maquillados ellos, han eludido el fondo del problema y se han dedicado menos a resolver los desbarajustes sociales que a cultivar su imagen, como si más bien fueran gerentes de una empresa de barniz y pintarrajeo.

 

En efecto, el hábitat de lo humano, de las posibilidades de una vida menos dramática y carenciada, se ha degradado. Y a ese panorama desolador han contribuido, desde luego, las administraciones mediocres y sin sentido de ciudad, de los significados de lo público y de la dignidad. Los guetos, melancólicos de por sí, tan extendidos por estas geografías miserables, niegan al hombre y lo ponen en una escala animal de solo luchar por la sobrevivencia, sin ocio, sin los horizontes polícromos de la cultura y el auténtico desarrollo de las inteligencias y la imaginación.

 

La pandemia empelotó la ciudad y dejó ver, como los trajes mal confeccionados, las costuras inexistentes de lo que los funcionarios llaman, a veces con pompa, el tejido social. No hay tejido, solo una hilaza como de trapero viejo.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de eternos desequilibrios sociales, 5-07-2020)

 

Ciudad como espejismo, ciudad de duras realidades. Foto Spitaletta

Alma de barrio y otras emociones

(Polifonía de tejas, calles, chismes y un tango de esquina)

 

El feliz ladrillo del barrio. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cuántos tangos hay dedicados al barrio. Muchos, en todo caso. Ese elemento que trasciende el urbanismo, es en la música ciudadana un ingrediente clave, junto con la melancolía, la nostalgia y el amor (y su contrario, el desamor, y por ahí, el odio). Se ha dicho que de todos podría prescindirse, pero no del barrio, esa geografía de lunas y esquinas, con aceras (veredas), romances y una emoción permanente. El barrio, el mismo que puede que entre los porteños sobreviva y sea un elemento clave de identidad y amigos, por acá, por mi ciudad de balas y muchachas en flor, está en agonía.

 

El barrio, qué importa la extensión, pueden ser dos o tres manzanas, o veinte o treinta, es un entorno menos material que mental, con sus maneras de ser, sus voces particulares, los saludos y los chismes, distintos en cada cuadra, en cada esquina. Un barrio trasciende el concepto catastral y no responde a las divisiones oficiales (casi siempre arbitrarias), ni a lo que diga el plan de ordenamiento territorial o los entes de valorización y planeación. Un barrio es una cultura. No contesta a los trazados de oficinistas y burócratas. Está por encima de los automatismos del funcionario.

 

Un barrio tiene como límites las sutiles transiciones que van de una cuadra a la otra, en un paisaje que en su interior cambia también de cuadra en cuadra, pero mantiene una relación con el conjunto, conexiones que no son solamente la arquitectura o el cemento. Dónde comienza uno y termina el otro. He ahí un asunto que no está diseñado por las fronteras administrativas. Está más bien delimitado por una historia, unos imaginarios. Por los afectos y un tema ineludible que está en el campo de las abstracciones: el sentido de pertenencia. Este, insisto, no lo determina la municipalidad, un ayuntamiento, no es gubernamental ni de decretos. Es un tejido de solidaridades, similitudes y parentescos no sanguíneos, sino de la memoria, de los arraigos.

 

Un barrio es una metafísica, una reunión de voces que forman un coro que canta en la tienda, en la carnicería, en las calles con ventanas y puertas hoy enrejadas y en otros días abiertas y sin tantas aprensiones. En el catálogo de las similitudes clasifica en la variedad: es como una miscelánea, en la que, además de botones y agujas, se pueden hallar cintas como festones de fin de año. Tiene unas particularidades. Casi todo, o, mejor dicho, todo, está nombrado (o sobrenombrado), desde los vecinos hasta los dueños del café, del estanco-licorera, del almacén de tarjetas de ocasión. Y flota en su ámbito el espíritu de lo que se quiere pese a las carencias o desafueros que se puedan presentar en su territorio.

 

El barrio da carácter. El encuentro con los otros, los saludos, las maneras de demostrar que el vecino interesa, son parte de unas dinámicas que en su suelo, bajo su cielo, se expresan con modos propios y que establecen disimilitudes (puede que no de fondo) con otros barrios. Uno siente el cambio cuando pasa de un barrio a otro. No porque haya que atravesar una aduana o puesto de control (sin entrar ahora a hablar de las “fronteras invisibles” y otras desventuras), sino porque se respira otro aire, las fachadas y antejardines y cordones y postes y hasta las alambradas eléctricas son otra cosa. Es, en ciertos casos, una sutilidad, una delgada hebra que hace la diferencia en el tejido.

 

“Barrio, perdoná si al evocarte….”. Foto Spitaletta

 

Los olores del barrio —de este, de aquel— difieren de los de otros. Y los colores también. Hay una sumatoria de factores que se conjugan para hacer la distinción. Claro, puede que haya, como hay, en efecto, semejanzas, pero un barrio es una entidad con alma, con personalidad, con comportamientos particulares y hasta propios. Tiene su aura, su halo, la luz que lo hace único. O así era en otros días. Porque, como se ha visto, un barrio de aquellos de la guardia vieja, diseñados para la convivencia y las relaciones con los demás, o es una vetustez que ya no está en boga, o puede ser, dentro de la especulación y las miradas inmobiliarias, un espacio para la expansión. Para el crecimiento vertical. Desaparecen las casas y donde estaban nacen edificios, no siempre amables ni atractivos, sin respeto por el entorno y con reducciones del espacio público.

 

Yo, que nací y crecí en una ciudad que era de obreros, chimeneas, trenes y comercios, siento que esta tenía una particularidad: era una ciudad de barrios, diferenciados en su concepción urbana, en sus hechuras, en sus cafetines y tiendas, hasta en el ejercicio del juego de fútbol. En general, sin abismos sociales. Hoy habito en un barrio viejo, de otra ciudad (de esta en la que escribo, vivo y camino) que también era centro de fábricas y trenes y obreros, pero con una diferencia respecto de mi “ciudad natal”: tenía clases muy altas como otras muy bajas, y digo que este barrio no es, como lo fue, un barrio residencial, que es una de las características del concepto barrio (algunos barrios están dedicados al trabajo, por ejemplo). Es un barrio con historia de élites, de nuevos urbanismos, de esnobismos de ricos y de presencias arquitectónicas diversas, preciosistas.

 

Calle, casas y un perfume de flor. Foto Spitaletta

 

Sin embargo, pese a que no hay ya residentes en abundancia, he aprendido a quererlo, a sentirlo propio, a deleitarme con sus antejardines y arboledas, con sus casas enormes de fachadas inverosímiles, con sus bellezas sin el esplendor de antes, aunque mantienen su señorío y dignidad. Con todo, es un barrio, pese a que en su geografía de calles anchas y cantos de aves, hay conventos, inquilinatos, clínicas, dependencias universitarias, centros de rehabilitación, ancianatos a granel y poca gente asomada a las ventanas.

 

Un barrio es una polifonía. Hay líneas melódicas, contrapuntos, sonidos que van desde los ladridos de perros hasta danzas nocturnas de gatos en los entejados. La mezcla tiene a los vendedores de helados, de tamales, de legumbres y frutas que pasan con carretillas o carritos con grabaciones publicitarias. El paisaje humano del barrio está a la vista de todos, en las aceras, en los viejos lugares de encuentro que son las tiendas, en el grito de una mamá que llama a su hijo y que casi todo el vecindario escucha.

 

La imagen puede contener: una o varias personas, cielo, calzado, árbol y exterior

El viejo barrio. Foto Spitaletta

El barrio es una cultura por sus rituales, incluidos los del campanario, por su naturaleza sociable, porque invita a la conversación y la pregunta por una dirección, por un nombre. Calles y fachadas. Entejados y terrazas. Antejardines y desagües. Y el día de recolección, las bolsas de basura en la acera. En el que habito ahora, pese a sus soledades, tiene tiendas, supermercados, presencia de extranjeros, marqueterías y gentes de paso que vienen a curiosear sobre su particular belleza y su historia. Su silencio.

 

Un barrio, además de la comunicación que se opera entre vecinos, es propicio para el rumor, el chisme, la pregunta permanente de “¿qué pasó?” o el “¿supiste que se iban a meter los ladrones en casa de Irene?”. El barrio de antes tenía más niños en la calle; el de ahora, es más de vida interior, aunque, según el sector, unos son populosos con gente que va y viene, un hormiguero por sus calles; otros, como en el que vivo, no tienen niños. Sus habitantes son muy adultos y tienen más una vida hacia el adentro, hacia el recogimiento.

 

 

El barrio tiene mucha vida en el afuera. Transacciones, saludos, ruidos, vocinglería. Y es propicio para el recuerdo y lo que fue. No faltan las referencias al pasado, a lo que hubo, a los que se fueron, a aquellos domingos de fútbol y encuentros callejeros. El barrio es como un tiovivo en el que la memoria da vueltas y no falta quien, en un instante de nostalgia, arroje un lagrimón sobre el asfalto.

 

“Mi barrio tenía cosas / que ya no tiene y son cosas / que yo no puedo olvidar…” y en este punto el tango del principio retorna con sus geografías sentimentales, sus melancólicas visiones sobre la vida cotidiana de la barriada. Y se oye el pito del tren. O los ladridos de perros a la luna. Y tantos versos imprescindibles en la educación sentimental que sin duda se adquiere en el ejercicio de habitar un barrio: “Barrio de tango, luna y misterio, / ¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!”.

 

El barrio y los viejos amores. El barrio y una flor para mascar. El barrio y serenatas cuyos ecos murieron con los últimos románticos. Tiene su misterio. Y su aspecto de leyenda. Quienes vivieron sus infancias y adolescencias en un barrio, quienes envejecieron en esos territorios de fraternidad y charlas pesadas, saben que esas cosas vividas allí son irrepetibles y se erigen en patrimonio personal y colectivo, son las maneras de ser de la ciudad. Sí, el barrio es un microcosmos en el que es posible ver todas las estrellas.

 

En el barrio era factible —¿es todavía— que el amor se durmiera en un portón, y encontrarse con alguien que, en tiempo de vals, dijera con esa emoción, mezcla de tristeza y alegría: “vuelvo al barrio que nunca dejé”. Y, de acuerdo con las nuevas dinámicas de la ciudad, las de los guetos y los encerramientos, las unidades cerradas y los condominios, creo que, como en otro tango, habrá que decir que al barrio lo vamos a tener que ver desde el recuerdo.

 

27-05-2020

 

“La verja está dormida de tanto silencio…”  Foto Spitaletta

La ciudad de los leprosos

(Mirada a la ciudad de la pandemia y a sus diferencias sociales)

El Estilo Europeo De La Casa De La Ciudad, Pintura Dibujada A Mano ...

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál es la mirada del desposeído sobre la ciudad, el centro comercial, los lugares de abasto? ¿Y cómo observa el rico las vitrinas, las exhibiciones de lujo, los sitios exclusivos? Aquella dimensión de lo urbano, la organización, la planeación, que conduce a la formación de una ciudad, se ha visto afectada por la pandemia. Y si antes de ella la ciudad ya estaba privatizada en la práctica, ahora, con el confinamiento, cuando el uso de lo público se ha trasladado a las reservas íntimas de lo doméstico, el derecho de ciudadano al tránsito, a la contemplación, se ha diluido.

 

¿Cuál es la mirada del mendigo, del habitante de calle, sobre las aceras, las cuadras, los polígonos? La ciudad, en términos de un lugar, de una posibilidad de encuentros y transacciones, del reconocimiento de los otros, es una abstracción. Qué de la ciudad es mío. Qué me pertenece del parque, de sus fuentes, de su viento en la arboleda. Tal vez nada. Porque, se supone, la expresión de lo público, de lo que es de todos, y donde todos somos sujetos de derecho, se ha deteriorado. Cada vez, la propiedad privada ha reducido el derecho a la ciudad.

 

El viejo barrio, con sus vecinos parlanchines, con sus señoras de tienda y chisme a la carta, con sus muchachos futboleando en la calle, es una estampa arqueológica. La ciudadela, la unidad cerrada, esa que se opuso a la peste de las inseguridades y segregó al resto, es una especie de privatización de una parte esencial de la ciudad, como son los lugares residenciales. Se volvieron un no-lugar. Un extrañamiento. Así el gueto se modificó. Afuera del conjunto, de la reserva, de la parcelación, están los leprosos.

 

En esa célula con mallas y porterías, con cámaras y otras vigilancias, el mundo es aséptico. No hay nombres. No hay vecino. Solo números de apartamentos, de pisos, de ascensores. Y de parqueaderos. Tal conjunción de anomias y alejamientos de lo humano, la pandemia los ha acentuado. La cuarentena también discrimina. No es lo mismo, como se ha dicho, estar en la confortabilidad de una casona que en las restricciones de un tugurio. Pasa que las diferencias, las inequidades, todo lo prestablecido, lo anterior a la propagación del virus, estaban ya en el afuera, en la ciudad, en los campos.

 

Nunca antes, ni en tiempos de ferias, había visto pasar por mi calle tantas carretillas, bien dispuestas, con un orden que no solo atrae las miradas por sus colores, sino por la primorosidad con que se distribuyen plátanos, mangos, mandarinas, papayas, cebollas, tomates… Es la estética de la informalidad en una ciudad plena de seres marginados, de hombres y mujeres y niños despojados de tantas cosas. Una ciudad con abundancia de miserables que se han vuelto, pese a los encerramientos, muy visibles en estas jornadas de vaivenes y desconciertos.

 

CIUDAD Pintura por Marta Primiani | Artmajeur

La ciudad de la pandemia, con sus calles desérticas, con algunas otras muy nutridas de gentes que tienen que volcarse a ellas porque no hay otras formas de la sobrevivencia, es, a escala, similar a la de los días “normales”, cuando se topan el rebusque cotidiano con las remesas de los banqueros. La pandemia ha visibilizado a los malvivientes, a los necesitados, pero, al mismo tiempo, a los oportunistas de gran calado que aspiran al sacrificio de los otros para que sus arcas no se enflaquezcan.

 

¿Y qué tal los arrojados a la calle (sí, claro, puede ser a la calle como metáfora, o la calle despojada de cualquier poetización) porque sus empleadores han prescindido, con diversos pretextos y disculpas, de sus servicios? ¿Cuál es la ciudad que se revela en la pandemia? ¿la de los más pobres y desamparados? ¿La del gran burgués y el diseñador de los destinos de los famélicos?

 

Ni el coronavirus y su universal trasiego ni las medidas oficiales para contenerlo, pueden ocultar las pesadillas y miserias de los que en la ciudad tienen un nicho-osario, una limitada presencia, una reducción de sus derechos. Claro. No estamos en un país de Jauja, en un país ideal, sino en uno de muchas desproporciones e inequidades. No es, al contrario de lo que vio el “poeta de la ciudad”, un “país rico, limpio y reluciente como una buena conciencia”, sino uno en el que los desalmados gozan con las desventuras de los que no han sido tocados por ninguna gracia.

 

Tal vez la ciudad solo sea el resultado de un proyecto de mercantilización, de un escenario pensado para la obtención de ganancias, para la consecución de resultados. Ojalá la pandemia pudiera cambiar las relaciones inequitativas de la ciudad y contribuir a su transformación, esa que algún antiguo optimista vislumbró: “que erradique la pobreza y la desigualdad social y que cure las heridas de la desastrosa degradación medioambiental”. Así sea.

 

Nota. (Este artículo se publicó en Elespectador.com 5-5-2020)

 

La imagen puede contener: cielo y exterior

Casa del elegante barrio Prado de Medellín. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

Ciudad santurrona y snob

La imagen puede contener: planta e interior

Fragmento de un centro comercial. Foto Spitaletta

 

La ciudad, o lo que se ha dicho que es, está más abajo

Al fondo de una especie de melancolía gris

Edificios tristes por su figura de cansancio

El cielo sin nubes con un azul de humo

Extinguidas chimeneas me cuentan de otros días

Ya no hay obreros, solo carretilleros y travestis

La ciudad está más abajo, como un infierno

Porque el del cielo soy yo, aquí, en el arriba

El esnobismo desvergonzado se aprecia en un edificio puntiagudo

En la torre cobriza de un centro comercial

En una galería de comidas a la que llaman mercado

Qué feas edificaciones, una con paredes a modo de troncos

Otra con claraboyas y otra más con paredes lisas

Hay un edificio de espejos que no me reflejan

—quizá soy un vampiro urbano y no me había enterado—

Y en la cuadra de las antiguas palmeras ya pocas prevalecen

La iglesia de ladrillo, ancha y monumental no da la hora

Y sé, aunque desde arriba no se vea, que hay una estatua

Es la de un engreído monseñor, ¿de falda o de sotana?

Sobre cuyo pedestal, en la base, hay dos travestidos

Con el cabello oxigenado y unas botas de colorinches

Esto lo supongo, porque, cada vez que por allí paso

Siempre bajo el hábito del arzobispo de bronce

Dos o tres o cuatro de aquellos disfrazados

Están a la espera. ¿Todos estábamos a la espera?

La ciudad, o lo que se cree que es ella, está abajo

Creo que está patas arriba, desgreñada, revolcada

Está atiborrada de ladrones y vendedores de buhonerías

Y desde aquí se ven cruces, cúpulas, naves,

Cual si fuera todavía una ciudad levítica y santurrona

La melancolía me hace escupir en la esquina

Y al mirar el muro del viejo orfelinato de niñas

Me dan ganas de orinar sobre el ladrillo caliente.

                                               Reinaldo Spitaletta

 

Capilla del antiguo orfelinato de niñas. Foto Spitaletta

El solitario apestado

“Sucede que a veces se sufre durante mucho tiempo sin saberlo.”

Albert Camus

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Parece que ahora sí me he quedado solo: nadie en las ventanas, nadie en los balcones, nadie en la calle”. El hombre pensó al tiempo que caminaba por la acera y de pronto se decidió hacerlo por media calle. No había tránsito automotor ni siquiera una bicicleta. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por la ciudad. No tenía reloj. Y los de las iglesias estaban parados. Los relojes electrónicos, de pantallas coloridas, se habían apagado. “Qué me importa el tiempo”, se dijo y continuó sus pasos. Los semáforos habían dejado de funcionar. “Me gusta el mundo así”. Tal vez le había sugerido esta afirmación el insólito hecho de que podía atravesar las calles sin poner cuidado. Daba la impresión de que la ciudad estaba muerta.

 

“Cómo pudo haber pasado todo tan rápido, qué es lo que en esencia acaeció que yo de pronto me vi fuera de la oficina, fuera de mi apartamento, fuera del mundo…”. El hombre iba y los pensamientos le afluían. De vez en cuando observaba un balcón y ya ni siquiera había matas ni una pieza de ropa en oreo. Lo peor para él era que si se le acaban los cigarrillos, que apenas tenía un paquete iniciado, dónde conseguiría, porque no había ni bares, ni tiendas, ni ventorrillos abiertos. Era como si una fuerza inimaginable, una orden de más allá de los hombres, hubiera despojado la ciudad de sus gracias y desgracias, de sus dinámicas a veces atractivas, de su transporte y vida cotidiana. “Al menos tengo encendedor”, se dijo el hombre, con zapatos deportivos y bluyín y con una camiseta de algodón que ya tenía vestigios de sudor.

 

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Soledad entre luz y sombras

 

El hombre, que daba la impresión de no tener un rumbo determinado, no parecía perdido, sino un tanto descontrolado, tal vez por su insistencia en parar, atisbar, continuar. Era el único que estaba afuera, no se veía a nadie, ni siquiera un perro callejero, que ya desde hacía rato eran cada vez menos por alguna prohibición. Vio sobre el cordón de la calle una sombra que se tragó una alcantarilla. No se desdibujó. Siguió sus pasos. Sintió ganas de fumar. Recordó, de pronto, y quizá en un arrebato de nostalgia, la voz lejana de su madre cuando lo sorprendió fumando en el patio. “Qué vergajo muchacho. Te he dicho que los niños no fuman”. Y ahora, que era un adulto, que ya había superado hacía poco el medio siglo, le temblaban las manos cuando se disponía a prender un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que era el mismo que su madre fumaba.

 

“Qué raro estar caminando sin brújula, cuando ya está a punto de oscurecer, cuando a esta hora por estas calles no cabían los vehículos, cuando me fastidiaba tanto desplazarme a pie en horas de intenso tráfico”. El hombre soltó una bocanada. Vio avisos de almacenes que en otros días fosforecían con sus colores intensos y ahora estaban muertos. Le pareció que se estaba cansando y sentía una especie de opresión pectoral. Se tomó la camiseta del cuello y la agitó, como si con el gesto estuviera dándose un poco de aire. La ciudad tenía un silencio inaudito, una ausencia de ruidos y de otros sonidos que lo hizo por un momento aguzar el oído, pero lo que descubrió fue una anormal falta de sonoridades, que sin darse cuenta estaba extrañando, como los cláxones, los frenazos, las sirenas, y, cuando él ya había establecido que era un solitario empedernido, le comenzaron a hacer falta las voces de la gente, de los que iban por la calle hablando o casi gritando ante el acoso de la carramenta, que así pronunció en su pensar esta palabra que era de sus padres, ya muertos ambos. “El estorbo es el deporte nacional”, musitó.

 

Su vivienda, que para él era una suerte de refugio, de aislamiento, estaba en un barrio al otro lado de la ciudad, es decir, casi que era un antípoda de su oficina, en el palacio de impuestos, donde él llevaba años revisando papeles, haciendo comparaciones, metiéndose en una virtualidad de cuentas y documentos que pretendían preservar el patrimonio público. Tal vez en esa labor, de la que estaba próximo a jubilarse, había aprendido a aislarse, a no tener conversaciones con los compañeros, y menos con gentes de afuera, que a él —siquiera— no le correspondían esas funciones de atención pública. Pudo haber sido que bajo ese techo gris y esas paredes tristes hubiera contraído la manía de hablar solo, como iba ahora haciéndolo por una calle, la principal, la que dividía la ciudad en dos secciones, como si le hubieran propinado una cuchillada: una, de más arborización y con lugares para el placer; y otra de entidades bancarias, oficinas de gobierno y edificios oficiales, casi todos de fachadas grisientas.

 

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La soledad en los espacios urbanos

 

“Algo ha pasado y es increíble que no me haya enterado”, se dijo en el momento en que arrojaba la cusca al piso. Atravesó un bulevar y no se topó con nadie. Todo estaba cerrado. No había donde tomarse un café, que era lo que, cuando por allí discurría, le apetecía con grandes ganas. Era un tomador empedernido de café negro. Tal vez por eso, y por fumar tanto, los dientes tenían un color amarilloso, una tonalidad de manchas, que hacían de su escasa sonrisa un espectáculo poco agraciado. Por una sensación que no entendió, de pronto le estaban haciendo falta los transeúntes y aun los que iban en coches y motocicletas. Le llegó de súbito la fisonomía de sonrisa estudiada del portero de su condominio y no se sabe por qué intentó recordar el nombre, pero jamás se lo había preguntado y él solo se relacionaba con el conserje a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando entraba y salía. Solo saludaba, sin dar ocasión a ninguna otra conexión verbal.

 

El hombre no podía darse una explicación lógica, racional, de por qué la ciudad estaba callada y vacía, sin más gentes que él, que era un sujeto solitario, que escasamente había tenido dos o tres novias, y que sabía de sus limitaciones y fobias para irse a vivir con otra persona. El matrimonio no había sido su fuerte. Era un extraño, según lo que percibía de los demás. Lo miraban sus compañeros de oficina con cierta reverencia, pero, a su vez, con una especie de conmiseración rotunda. Lo que él sí tenía claro era que nadie le interesaba más que, en casos laborales, su relación de trabajo, con jefes y otros dependientes.

 

Extrajo otro cigarrillo y, antes de encenderlo, lo miró con cuidadoso placer, lo acarició y golpeó contra la uña del pulgar izquierdo una de las puntas del pitillo. Se detuvo mientras maniobraba el encendedor y soltó una bocanada de sumo gusto. “No es tan malo estar solo en la ciudad”, pensó. Ya estaba a unas diez cuadras de su edificio. “Vergajo muchacho, te he dicho que fumar es para mayores”, volvió la voz, que sintió como si estuvieran a un metro. Miró a los lados. Nada. Soledad. “Creo que está empezando a caerme bien esta ciudad”. Y en su paso, se dio cuenta de que en rigor no dependía de nadie, que había aprendido a defenderse solo, que no había requerido de amistades ni de compañías íntimas. Era un raro, como recordó que le decían algunos, con voz soterrada. “Lo que haya pasado, me tiene sin cuidado”, dijo al tiempo que le pareció que de un piso lo observaban a través de una persiana.

 

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Bulevar de Montmartre, Camille Pissarro

 

“Acaso todos se habrán ido por alguna calamidad de la que ni me he enterado”, comenzó a preocuparse. No había visto en los periódicos nada parecido, ninguna alerta, y como no tenía receptor de televisión, ni radio, estaba al margen de situaciones que, según decía, no le importaban. No se sabe aún cómo fue que, al estar ya a unas cuantas cuadras de su residencia, decidió desviarse como para dar un rodeo. ¿Qué le impedía llegar más rápido a su casa? ¿Qué fuerza inexplicable lo condujo por otros recovecos, a pasar por la antigua calle de prostitución, donde en otros días, ya muy remotos, él tuvo relaciones con la dueña y sus empleadas, no tanto para acostarse con la que fuera, sino, como un caso extraño en él, para conversar acerca de la existencia, de por qué se habían decidido a prestar servicios sexuales, cuando bien hubieran podido trabajar en otras faenas? Claro que también se prendó de una, Mireya, rubia plateada —oxigenada, decían para sí las señoras que se la topaban— y muy cotizada, de la que siempre quiso que fuera como una compañera, que le diera a él no la catadura de un cliente, sino la categoría de un ser cercano, con el que se podía ir más allá de las piernas y las braguetas.

 

Cuando vio casi en ruinas las antiguas instalaciones del burdel, sintió una especie de soledad interior que lo indispuso. Y volvió a ver en las ventanas cerradas la imagen brillante de aquella chica que quién sabe dónde estaría ahora. Tuvo la intención de parar y sentarse junto a la entrada, pero una vieja voz, la de su madre, lo movió a seguir. “Ya lo sabes, chico, no te enamores de ninguna mujer de la calle”. Al principio, no entendió el mensaje y lo tomó literal. Para él todas eran de la calle, porque las veía ir y venir, salir y entrar, subirse y bajarse del taxi, del bus, y tal vez ahí residía su inclinación a no tener confianzas con casi ninguna dama, excepto Mireya, de la que seguía viendo su rostro iluminado en el asfalto…

 

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En esa vuelta innecesaria, o al menos sin causa aparente, el hombre que ya sentía que los zapatos deportivos le estorbaban, y sentía las piernas cansadas, además de cierta molestia lumbar, se dio cuenta de cuánto despreciaba a sus semejantes. Para él, así parecía, daba lo mismo si había o no gentes en la calle, en las esquinas, aunque le hubiera dado cierta alegría haber hallado abierta la vieja casa de lenocinio donde había sido feliz hace tiempos. Prendió otro cigarrillo y esta vez no hizo malabares ni movimientos con los dedos. Le supo a gloria la primera aspiración y se dijo que sin cigarrillos no hubiera podido vivir y soportar tantas ausencias, tantos aislamientos. “Pero, qué raro, si lo que me ha gustado es estar solo. ¿Por qué ahora siento una incomodidad al respecto?”.

 

No se preocupó hasta esos instantes en los que recordaba a Mireya y a su patrona, de por qué la ciudad estaba desolada, cuál era la causa, o si se trataba de un sueño suyo que no sabía por qué lo estaba soñando, no había una explicación racional a aquella soledad que comenzaba a dolerle, a aquel trauma intempestivo de la ciudad en la que, de un momento a otro, habían desaparecido sus habitantes, sus visitantes, menos él, que parecía no solo un sobreviviente de excepción sino un extraterrestre, alguien ido, desentendido, como un insolidario del que nadie podría esperar ni una ayuda ni un favor. Pero, igual, no había nadie que a él lo necesitara. Todos se habían borrado, menos los edificios, las encrucijadas, las calles, las señales de tránsito, los avisos comerciales… todo seguía ahí, igual a ayer, menos los hombres.

 

Cuando terminó el turno, el portero, al atravesar el enorme portón de caoba y ver otra vez, tras doce horas de trabajo, el afuera, encontró al hombre tirado en el antejardín, con el cigarrillo apagado en la boca y sin zapatos. Creyó de modo inesperado que estaba ebrio, aunque jamás lo había visto en tal condición. El hombre, con los ojos muy abiertos e inmóviles, parecía mirar al firmamento, al infinito, a la noche que advenía con estrellas temblorosas y una brisa ahumada, leve, que tenía el sonido melancólico de una despedida.

 

(18-03-2020)

 

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Una versión de la imagen de la peste . Obra de Kamikabe

Pequeña diatriba contra la ciudad sumergida

 

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Arriba, la nube de esmog; abajo, la cloaca.

 

Por Reinaldo Spitaletta

La ciudad apesta. La cloaca se expande en palacios oficiales, en la mediocridad de burócratas, en las agendas informativas de noticiarios y periódicos que ya ni siquiera sirven para envolver aguacates, porque ¡cómo vas a tirarte en ese fruto náhuatl, “mantequilloso y tierno”, con páginas que chorrean sangre y vómito! Apesta en tiempos de elecciones y en días de fútbol profesional, en momentos en que el fletero persigue a la muchacha que acaba de salir del cajero electrónico y el ladrón de calle te arrebata el celular.

 

Digamos que hiede cuando desde un helicóptero te arrojan excrementos luminosos y los programas de la tv oficial maquillan al alcalde, y en alguna plazoleta o parque desvencijado muchachas escotadas y sus cómplices reparten burundanga a Bernabé y a algún profesor extranjero, a algún incauto que se dejó obnubilar por unas tetas de caucho (quizá nunca jugó pelota) y unos labios nada virginales.

 

Apesta la ciudad con su río rojo (¿de sangre? ¿de contaminantes? ¿cadaverina?) y su turbia alcantarilla poco caudalosa. Y, como si el hedor fuera poco, entonces de las escasas chimeneas supérstites y de los exostos, de los motores y las tuberías, se escapan gases y más poluciones (incluidas las nocturnas, como las de aquellos días de adolescencia, con sueños húmedos y disparos de semen a los bombillos y espejos como en una novela de Philip Roth), hasta formar a lo Calvino una nube de esmog, asfixiadora, cancerígena, de efectos tardíos pero que nos consume y mata. Y eso que no hemos hablado de la “plomonía”, ni de las bandas criminales, ni de las fronteras invisibles, ni de los homicidios cotidianos.

 

¿Qué es esa hediondez  en la catedral?

 

¡Qué es ese hedor a funcionario corrupto! Y, cómo no, a oficinista público inepto. A politiquero devenido secretario de no sé qué. Qué es esa hediondez en las afueras de la catedral y en sus confesonarios donde llegan a cumplir citas de amor urgente puticas y clientes chichipatos. Qué es esa fetidez no solo a berrinche, a meado resecado, a orín de diabético y de alcohólico en las aceras, en las paredes de la fachada escolar, en el frente de la casa donde el vándalo pintó boberías y dejó consignada su “retrasadura” mental.

 

Apesta a mierda en las aceras, a orines en las esquinas, y, cómo no, parece a veces que estuviéramos caminando entre muertos con bubones tirados en las calles y ratas que les requisan los bolsillos, como una evocación del buitre Thenardier tras la batalla de Waterloo. La ciudad, sumergida en su propia pestilencia, en sus desperdicios y contaminaciones, bucea en su oscura putrefacción. ¡Oh!, Baudelaire, “cada día hacia el infierno descendemos un paso, / sin horror, a través de las tinieblas que hieden”.

 

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Imagen del Leviatán en el fresco del Juicio Final de Giacomo Rossignolo

Ciudad sin alas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad me arrastra a su abismo-cloaca

Con sus edificios de burócratas podridos.

Me empuja con bolillos de policías sin casco

A los hondos asombros de la nada…

No sé si soy o no soy, nadie lo dice

Ni siquiera las campanas del obispo

Que me llaman a saludar a un dios sin sonrisa

Sangrante en los altares de la muerte.

Hoy vi a Maiakovski por una calle sin aretes

Viajaba en el futuro de una alfombra de estrellas

Que un vendedor de san alejo tenía sobre el piso ensalivado.

Me detuve a observar los vejestorios, las alhajas, las falsificaciones.

Todo olía a óxido y a olvidos. ¿Qué ciudad es esta sin palabras?

Las paredes mudas—ni siquiera un grafiti— me hacen morisquetas

Lo dedos de una estatua me alucinan con sus naipes.

El caballo metálico del prócer me arroja cagajón

Y los bustos de bronce orinan sin parpadeos.

¿Qué ciudad es esta sin música en las alas de los aviones caídos?

¿Sin muchachas de faldas plisadas que fantasmeaban en un bar?

No sé cuándo comenzó tu decadencia de cines con crispetas

Sin putas de tacón en la pared.

Ciudad de hormigón desierto y de impunidades en las aceras

¡Cuándo podré volver a tocar mi contrabajo

En un bar de soledades en el que Madelaine besa mi arco

Y se acurruca como una paloma sin luz!

 

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Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Urss 4-Colombia 4

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

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Parque Bolívar, Medellín.

Caminar como robots o como seres libres

(Un ejercicio sobre las maneras de transitar la ciudad)

Por Reinaldo Spitaletta

  1. Apropiación del paisaje urbano

Hay modos de caminar. Y no me refiero a los excéntricos bamboleos de brazos de la antigua figura urbana del camaján, ni al cojo, ni al garetas, ni al más veloz, ni al más lento. Digo que hay maneras de caminar y, con ellas, de apoderarse o de despojarse de la ciudad. De hacerla propia;  o ajena, es decir, solo de tenerla como vehículo, como una red inerte de calles, con aceras despersonalizadas (unas muy estrechas o, como en ciertos sectores, con su ausencia total), con automatismos, con gente que va o viene, robotizada, ida, enajenada, sin atisbar, sin sentir el paisaje, ni los cambios en las fachadas, en las esquinas, sino como un esmirriado ejercicio de rutina, porque se trata de llegar a alguna parte.

Hay modos de caminar. Y quizá en ciudades como Medellín (pensada para los carros, no para los peatones, no para el caminante, no para el que va por la calle, como deambulando), el transeúnte está condenado a no poder mirar el cielo; a veces, a estar solo observando el piso, porque los robos de las tapas de los contadores del acueducto, dejan unos abismos en las aceras, con alto riesgo de salir fracturado. O mínimo, con un esguince. Y así, en el acto de transitar, de ir de un lado a otro, hay más una inconsciencia que una exploración; más un instinto, que una demostración racional.

Caminar, es decir, apropiarse del paisaje (que, según Saramago, es lo que más hay en la tierra), de la arquitectura, de una calle como símbolo de identidad, como parte de una cotidianidad para sí, es producto de una educación, mas no de una domesticación. Es hacer parte de la urbe, de sus recovecos, de sus irregularidades, y de sus múltiples bellezas, que están aquí en una carretilla de frutas, en una vitrina de almacén, en la fachada deteriorada de un viejo caserón, en el antejardín con francesinas, en la acera pelada, en el piso vitrificado que húmedo puede hacerte resbalar. Caminar es apoderarse del afuera, otros dirán de lo público, con sentido. No es correr para llegar al trabajo o al lugar de estudio; es tener la ciudad como una posibilidad de descubrimientos.

Caminar debe ser un ejercicio de la sensorialidad, de lo razonable. Poder leer las fachadas, con sus rosetones, claraboyas, arabescos y revoques; mirar las puertas y ventanas, darse cuenta de cómo las rejas en estos tiempos de inseguridades lo invaden todo, subir la mirada a un balcón, escuchar al pregonero que anuncia reparaciones de lavamanos e inodoros, al que vende mangos, al que lleva una caneca metálica con mazamorra. Es poder leer avisitos en casas de barrio, sobre reformas de trajes, sobre botones y helados. Andar, como decía alguien, es no tener un lugar, pero al mismo tiempo, es ir en pos de algo propio.

  1. Apresurados por la calle San Martín

 

La mañana se riega con sus pájaros del alba y con los que van a trabajar. O quizá a conseguir algo que hacer. La amplia vidriera me deja ver a los que bajan, quizá desde Manrique, o tal vez desde La Mansión, San Miguel, o de alguna parte del ya innombrado barrio Pérez Triana. Pasan unos con afán en los zapatos, tragándose el asfalto. Se les ve a casi todos recién bañados, cabellos húmedos, ropas limpias. Todos con un lugar común: parecen como si no fueran a llegar a tiempo a su destino.

En las bocacalles se detienen con incertidumbre si los carros los acosan, o pasan de largo, y bajan como los rápidos de un río, rumbo al centro de la ciudad. Creo que caminan porque a esta hora, tal vez es más fácil desplazarse a pie que en un bus. O porque están ahorrándose un pasaje. Y no porque lo tomen como una suerte de ejercicio de la imaginación, o como un regocijo porque están resistiendo a que les arrebaten la ciudad. No. Van como enloquecidos, a pasos largos, a veces arrítmicos, sin ninguna estética ni compás. Ni las muchachas, que uno supone van perfumadas, parecen sentir ningún placer en su desplazamiento, pese a que algunas mueven muy bien las caderas, portan la cartera con garbo y a veces a su cabellera la agita algún viento inesperado.

Bajan a montones, sin mirarse, sin mirar los laureles y guayacanes (ni siquiera cuando están florecidos), sin darse cuenta de que en esta cuadra ya terminaron un edificio de unos veinte pisos, feo, de tugurial diseño, mejor dicho, sin diseño alguno, ni cerciorarse que por esta acera hay una institución de salud, con taxis en acopio, ni de que en la esquina de abajo una señora tiene un puestito de café. No hay tiempo de comprar ninguno. Y los que allí se acercan son más bien los taxistas, mientras esperan que alguien salga de atención médica para abordarlos.

La mañana parece vomitar un cúmulo de apurados transeúntes, que transcurren arreados por los relojes, sin verificar cómo hoy el carbonero de esta esquina luce sus pequeñas flores, ni cómo hay en alguna rama tres pájaros azules. Tampoco parecen advertir cómo los buses y otros vehículos que suben por esta carrera, que tiene nombre de prócer argentino (cuyo busto está cuatro cuadras más abajo, en Echeverri con la Oriental, y algunos vándalos, o quizá artistas experimentales, le pintaron la cara de rojo, con aerosol), forma nubes de smog sobre el asfalto.

Los que por aquí marchan con precipitudes portan, casi todos, morrales, carteras, bolsos manos libres, y uno que otro cubre su cabeza con sombreros de fieltro o con cachuchas de béisbol. Dan la impresión de ir de esa manera porque los mueve una urgencia ineludible, un destino trágico, una orden que no pueden desobedecer. La ciudad parece su enemigo. La calle (esa es la impresión) es solo un puente que hay que cruzar lo más rápido posible, porque alguien viene en nuestra persecución, eso parecen denotar con sus cuerpos, con sus pasos de seres temblorosos y sin carácter de ciudadanos.

  1. Lucidez en el camino

Caminar es una manera de resistencia. Cuando se hace con el criterio de desentrañar la ciudad, de hacerla de uno, de convertirla en un atractivo para la imaginación y la comprensión de las dinámicas sociales.  No importa si cojeo, si llevo muleta, si me ayudo con un bastón, o si mis pasos son certeros, estables, rítmicos. Armónicos. Caminar es conquistar la urbe, sus trazados, provocar cambios en ella, para que sea amable, es decir, para que uno pueda transmutarse en ciudadano, en alguien que piensa que las calles, los edificios, los parques y plazas, los campanarios, los árboles urbanos, son una reivindicación, un ejercicio de la libertad, y no una imposición del poder.

Caminar con criterio es apropiarse de las espacialidades, de sintonizarse con ellas, y en caso de no estar de acuerdo con alguna interferencia, con aquello que encarcela y reprime al ser de la ciudad, entonces expresar que hay un derecho a la desobediencia, y a la exigencia de que la urbe (tergiversada por diversos poderes, legítimos e ilegítimos) no sea parte de la opresión y de la disminución del ser humano.

Hay modos de caminar.  Y para que sean lúcidos, provocativos, que aporten al conocimiento de la ciudad, deben ser parte de un ejercicio del placer y de la inteligencia. Caminar con sentido de pregunta y de saber qué fue y qué es la ciudad es otra manera de la insumisión. Y de la alegría.

Palacio de la Cultura, Plazuela Nutibara, Medellín (foto tomada de internet)