Una tarde con Marcha Triunfal y girasoles

(Crónica sobre mi adopción como autor, en un colegio de Enciso)

Por Reinaldo Spitaletta

Ser escritor puede tener momentos cumbre: uno, cuando se termina una obra. O tal vez cuando se publica. Otro, cuando el libro ya no te pertenece y ha pasado a ser propiedad de los lectores, los que harán de él lo que quieran. El pasado tres de septiembre tuve una experiencia memorable, cuando en el programa Adopta un autor, de la Fiesta del Libro de Medellín, fui a un colegio en las colinas de Enciso, muy cerca de donde hace años, una prepotente empresa textilera tuvo un aviso luminoso con las mismas letras de Hollywood, y que ahora ha desaparecido en medio de casitas humildes.

Acompañado de la jefe de programación de la Fiesta, Yesica Prado, llegué al colegio (se llama Institución Educativa Luis Carlos Galán Sarmiento) y de todo imaginaba, menos lo que pasó. Uno tendría suficiente con que sus textos tengan algún lector. Y si es un lector cualificado, inteligente y crítico, pues mejor. Pero que haya recibimientos masivos y aplausos y coros y estribillos y flores y músicas, el asunto sí trasciende la conexión autor-lector.

Atravesamos la puerta, mallas a su alrededor. Había jardines a la entrada, sanjoaquines y mangos. Varias maestras y el rector, hacían parte del comité de recepción. Todos sonreían. Explicaban que el colegio le da mucha importancia a la educación sensible, a las artes, la poesía, la formación ambiental. Los libros. Había en las paredes árboles en relieve hechos a mano por estudiantes. Me entraron a un salón a saludar a los alumnos que no podían ir al acto central en el auditorio.

En otras paredes, comencé a ver frases de algunos de mis libros, títulos de columnas, una fotografía que no sé de dónde sacaron junto a una frase: “Hay hombres-faro, hombres que distinguen entre las tinieblas cuál es el camino correcto”. La extrajeron de un escrito de hace años sobre el dirigente revolucionario Francisco Mosquera. Dos niñas se me acercaron y me entregaron flores amarillas. Más allá, había más fragmentos de escritos, un cartel, parte de una campaña de expectativa, que decía: “Ya viene Reinaldo Spitaletta, ¿quién será?”, o algo así.

Mejor dicho, el colegio estaba lleno de mí. Qué impresión. De pronto, apareció un profesor de barba blanca (llamado Carlos Arturo Lopera) que me recibió con alegría. A la entrada del auditorio, unas escaleras. Empezó a brotar La Marcha Triunfal, de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi. Había a cada lado, filas de estudiantes, la mayoría muchachas, uniformados y todos con flores en las manos. Las mismas que me iban entregando, con sonrisas y miradas de curiosidad. Ya portaba unos girasoles, que a veces ponía en alto para saludar. Me sentía abrumado. El coro era imparable: “¡loor al maestro Spitaletta! ¡Lo mejor de lo mejor de la A hasta la Z!”. No lo podía creer. Coro y Marcha. Marcha y Coro.

Abajo, junto al escenario, donde además había globos rojos y azules, más flores, más bullicio. En el proscenio, sentadas, unas figuras cubiertas de sábanas blancas. Yo sudaba. La marcha había terminado. A lado y lado, portadas de varios de mis libros en las paredes: “El Desaparecido y otros cuentos”, “El último puerto de la tía Verania”, “El sol negro de papá”, “Oficios y Oficiantes”, “Vida puta puta vida”. “Estas 33 cosas”…

El rector Carlos Antonio Oliveros hizo su homenaje. Estaba emocionado. Abajo, decenas de estudiantes sentados en las graderías, me observaban mientras yo tomaba agua. Eran las tres y quince de la tarde (miré el reloj, con nerviosismo). De pronto, sentí ganas de llorar. Me contuve. “Esto es hermoso”, dijo Yesica. El rector, después, se me acercó y me dijo al oído: “Le tenemos un doble”. Comenzó un espectáculo.

Cada figura se iba parando, se despojaba de la sábana y comenzaba a hablar. El primero fue Manuel Mejía Vallejo. Lo siguió García Márquez. Después, Barba Jacob; apareció luego Gardel. Eran muchachos que representaban esos personajes, incluidos futbolistas como James Rodríguez y políticos como Galán Sarmiento. Y de pronto, surgió mi doble: “Yo soy Reinaldo Spitaletta…”. En rigor, tenía extraños parecidos conmigo cuando yo tenía catorce o quince años… Luego, vino una pareja de baile de tango del Ballet Folclórico de Antioquia, después una niña cantó un bambuco. A continuación, un dibujante me entregó un retrato a lápiz, de formato grande, que estaba en un caballete, en pleno escenario.

Y después (ya me sentía abrumado), mis palabras de agradecimiento. Les conté algunas historias a los muchachos, algo conectado con Las mil y una noches, y vinieron las preguntas: ¿cuándo comenzó a escribir? ¿Cuál es la perspectiva de sus historias? ¿Por qué si usted es tan extrovertido y sonriente sus libros casi todos son tristes? ¿De dónde saca sus temas? No hubo tiempo para todos, montones, los que alzaron la mano para preguntar. Ni para tantas respuestas.

Al final, entregaron separadores de libros que hizo el colegio, con una foto mía, el escudo del colegio con su lema “tolerancia, convivencia, compromiso” (además, el rector me lo impuso en público, al decir que ya yo era hijo adoptivo de la institución) y una frase versada: “Spitaletta, / un gran universo, / novela, cuento y crónica hermosa / gran Medellín, / anverso y reverso, / sombrero de mago, / huella luminosa”.

Firmé decenas de separadores. Una joven negra me besó en la mejilla y casi todos se despidieron de mano. Yo estaba lleno de flores. Lejana, se oía la Marcha Triunfal. Afuera, a las seis de la tarde, alcé un ramo de girasoles para despedirme de algunos muchachos en las ventanas. Abajo, la crepuscular ciudad color ladrillo, se veía como una suerte de conjetura que es esa diversidad de edificios fríos y contaminados. En torno al sol muriente, comenzaban a danzar los astros en el cielo.

(Con mi gratitud para la profesora Sandra Henao, el señor rector, profesores y alumnos del Luis Carlos Galán Sarmiento)

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