¿Qué es ser colombiano?

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los resultados de la magra votación del plebiscito pueden conducir, de nuevo, a la búsqueda de pesquisas y a un ejercicio de indagaciones que ayuden a interpretar lo que significa ser colombiano (si es que tal condición quiere decir algo o nada, o mucho, quizás). Tal vez, en la superficie, pertenecer a este ámbito que algunos políticos y predicadores denominan “patria” (los poetas resolvieron el enigma hace años: patria es la infancia y basta), es polarizarse en torno a figuras grises, a la vulgaridad de sus maneras de ser y de dominar al rebaño “desconcertado”.

 

Y digo “magra” a la elección que produjo el triunfo del NO sobre el SÍ, con participación de minorías, porque, y vuelve y juega, las mayorías son abstencionistas. Mas no deliberativas. Son pasivas, apáticas, con una actitud que parece de desprecio consciente pero solo es “importaculismo”, como lo han calificado en barras y mentideros.

 

Decía Octavio Paz, el gran poeta y ensayista mexicano, que “despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad”. Para el caso colombiano, diferente por supuesto a cualquiera otro del limitado orbe, no hemos despertado. Y más bien la pesadilla ha sido parte de la cotidianidad. El dinosaurio (Santos, Uribe, las Farc, en fin) sigue ahí, lanzándonos su aliento hediondo, del cual ni siquiera nos damos cuenta.

 

Ser colombiano tal vez no vaya más allá de ser víctima. O victimario. Puede ser una extraña idea de felicidad, que en medio de la sangre, del espanto, se ríe, se canta (incluidos los goles de una seleccioncita de fútbol), la que hace que el colombiano (cualquier cosa que esto signifique) tenga rasgos de raras patologías, incluido el sadomasoquismo, convertido en empresa y divisa. Tenemos muchas máscaras. Las lucimos en el carnaval y en un juego de pelota con cabezas humanas. O en erigir como héroes a seres que no son paradigmas de civilidad, ilustración, democracia… el catálogo puede causar rasquiña. Vida y muerte pueden ser en Colombia la misma cara de una falsa moneda.

 

Somos estupendos simuladores. Apariencia vana. Ya en las novelas y relatos de Carrasquilla esa condición se radiografía para el caso antioqueño. También con Fernando González. El complejo del hijo de puta nos trastocó en seres desvergonzados. O, de otra manera, de esos, tan abundosos, que se avergüenzan de su madre, de su padre. Mas no de lo que, en esencia, debe producir penas y ruborizaciones: las inequidades, las manipulaciones, el crimen, la inconsciencia…

 

Se demuestra una vez más que la paz es más compleja, más difícil de construir, que la guerra. Sobre todo en una región del mundo acostumbrada a los dolores y a la resolución de las diferencias a punta de machete (como en Palonegro, “batalla estéril como vientre de mula”) o escopetazos. El pacto nacional del que ahora se habla, con exceso de babosidades, no puede ser un acto ni una metáfora excluyentes (como por ejemplo lo fue el Frente Nacional). Debe evitar nuevos crímenes. Nuevas inequidades. El respeto a la vida humana (otra vez Paz, qué coincidencia) “que tanto enorgullece a la civilización occidental (que por lo demás, poco ha respetado esa consigna) es una noción incompleta e hipócrita”.

 

Tal vez somos todos —o al menos eso que con tanta pompa se bautiza como colombiano— parte de un circo desmirriado, en el que espectadores y actores son integrantes de una perversa función en la que se derrumban los trapecistas y los payasos lloran por su incapacidad para hacer reír. Y tal vez, en un país llamado Colombia, sucede como en las narraciones del marqués de Sade: “no hay sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción”. Quizá en este país de pesadilla y como en un laberinto de soledades, “gracias al crimen accedemos a una efímera trascendencia” (El laberinto de la soledad, Octavio Paz).

 

Quizá ser colombiano no es, como en alguna ficción, un acto de fe, sino una sumatoria de irreflexiones. Casi todas promovidas por los que siempre —y desde la historia de infamias, desde las sinrazones de nuestra desvirolada historia— han mantenido el poder para dominar a placer a un pueblo cada vez más desdibujado. ¿Está la oligarquía colombiana dividida? ¿Qué mecanismos inconscientes hacen que algunos celebren con tiros al aire (a veces, al aire de los pulmones) un resultado electoral?

 

La polarización (“miti y miti” casi) que se notó en la flaca votación plebiscitaria debe conducir, si de civilización se trata, a una amplia discusión nacional, deliberación democrática, que no tenga como centro (o sofisma) lo que dicen o piensan los figurines de uno y otro bando, sino para que esa entelequia que llaman pueblo comience a descubrir su rol transformador.

 

 

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Imagen de aspectos de la violencia en Colombia

La felicidad ja-ja-ja-ja…

(Nota sobre un país feliz lleno de asesinos, mentirosos y arribistas)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ahí está indispensable Walt Whitman, con su canto grande, diciendo que podría transformarse y vivir con los animales, seres apacibles y dueños de sí mismos, que no lloran por sus pecados ni fastidian a los demás hablando de sus deberes para con Dios (ni con el diablo). La voz del poeta estadounidense advierte que a ningún animal (excepto al hombre) lo enloquece la manía de poseer cosas. Carecen de vanidad. No son arribistas. Ni esnobistas. Ni se arrodillan ante otros.

 

Y estos preliminares me sirven para decir, con cierta incredulidad, que Colombia, según una encuesta mundial, de esas que se hacen cada tanto, vuelve a ser el país más feliz de la tierra. ¡Cómo es posible! ¿De qué material estamos hechos los colombianos? Tal vez de sueños incumplidos. Quizá de promesas vanas. O de ingredientes que pueden estar entre el cilicio y la autoflagelación. ¿Sadomasoquistas? O a lo mejor haya un equivocado concepto de felicidad. Bueno, y cuál es entonces el apropiado, preguntará algún inquieto.

 

La encuesta entre 68 países señaló que Colombia tiene el mayor índice de felicidad, con ochenta y cinco por ciento. Y aquí habría, por ejemplo, que volver a Bertrand Russell y su célebre ensayo La conquista de la felicidad, a ver qué aspectos de los allí tratados coinciden con el modo de ser de los colombianos, habitantes de un país con alta inequidad social, con injusticias a granel, con un desempleo que supera el diez por ciento, con niveles educativos y culturales bajos, y, además, con muchos mentirosos y asesinos.

 

El asunto de la felicidad, tratado por budistas, hindúes, musulmanes, cristianos, judíos, por los antiguos griegos (ah, ahora figura Grecia como uno de los países más infelices del mundo, según la mencionada encuesta), por ateos y agnósticos, ha sido una preocupación humana. Así como la desdicha, la vejez, la amistad, la guerra, la paz…

 

El siglo XX, que según algunos historiadores y filósofos ha sido el más cruento de la desventurada historia de los hombres, no es un sinónimo de felicidad. Qué tal los modos de destrucción masiva, los campos de concentración, las persecuciones, las bombas atómicas, los genocidios, las devastadoras guerras, la ciencia al servicio de poderes siniestros, etc. Y lo poco que va corrido de esta centuria tampoco es paradigma de convivencia pacífica ni fraternidad universal.

 

En el pasado siglo hubo pensadores que, más que el concepto de felicidad, desarrollaron el de las angustias y desazones del hombre. Así, desde que el hombre es “una pasión inútil” hasta que es un “lobo para el hombre” (que ya tenía cierta antigüedad), pasando por el de somos seres para la muerte, lo que han primado son las concepciones de humanos desgraciados y poco dignos de habitar el planeta.

 

Así que hablar de felicidad se tornó arriesgado, y se llegó a decir, como lo sugiere Fernando Savater, que “nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad consiste en no ser completamente imbécil o en serlo”. La felicidad es para tontos, se rumora en corrillos y cafetines. O, ya en el mundo del capitalismo, se aduce que la felicidad está conectada con el dinero y la idea de éxito, o con el consumo, o con la posesión de bienes materiales. Con la vanidad y el narcisismo, como puede pasar en la ya vieja novela Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.

 

Russell comienza a preguntarse qué es lo que hace desgraciada a la gente y a partir de ahí inicia un recorrido que atraviesa la familia, el trabajo, el aburrimiento, el sentimiento de culpa…, con el fin de detectar las causas tanto de la infelicidad como de su antónimo. Y todo esto puede servir a los interesados para aplicarlo en desentrañar por qué los colombianos son los “reyes mundiales de la felicidad”, o si se trata, por el contrario, de una simulación, tan cara a estos breñales.

 

La encuesta señala, por otra parte, que los ateos son los más felices del mundo, tal vez porque no están pensando en pecados, o en rezar con el fin de empatar. La unión Europea, con los niveles de vida más altos del globo, registró los más bajos porcentajes de felicidad. Así que habría que volver a empezar: ¿qué diablos es la felicidad?

 

¡Oh, capitán, mi capitán!, tal vez la felicidad (¿Una quimera? ¿Una ilusión?) nada tiene que ver con el poder político ni con el prestigio ni con el éxito; quizá, solo tenga relación (lo dice Epicuro) con la conversación amena, las artes y la gratificación sexual. O, más simple aún, con la mirada amigable y sincera de un perro. Así de sencillo.

 

“Me celebro y me canto a mí mismo / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti…”: Whitman.

Cuando Macondo era una fiesta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace muchos años, en 1971, un profesor de un colegio sin licencia, nos recitó de memoria el primer capítulo de Cien años de soledad. Bello era entonces una aldea fabril, con obreros que viajaban a los telares montados en pesadas bicicletas y desde sus verdes colinas se escuchaba ya la estentórea voz del despunte del movimiento estudiantil más vigoroso que tuvo Colombia. Era una lucha, entre otras reivindicaciones, “por una educación nacional, científica y de masas”.

 

El profesor nos envolvió en la divina magia de sus palabras prestadas, en medio de un silencio de muchachos asombrados, seducidos por ciénagas misteriosas y galeones enmohecidos. Aquel fue nuestro “ábrete sésamo” para entrar en la saga de los Buendía y quedar atados a un mundo en el cual el olvido ya no era posible.

 

Hacía cuatro años que García Márquez había publicado en Buenos Aires su novela de gloria. Y, claro, tenía que ser aquella ciudad inevitable, de ombúes y quejas de bandoneón, la del privilegio de ser la primera en conocer los avatares del realismo mágico tropical. Buenos Aires, metrópoli de lectores y escritores, consagró en el “subte” y en los parques al fabulador de Aracataca.

 

Cuatro años después del génesis, un profesor de parroquia dejaba perplejo a un curso de estudiantes de español, en un pueblo, cuna de un gramático y perverso presidente, Marco Fidel Suárez, el cual nos hacía roncar con sus impotables Sueños de Luciano Pulgar.

 

Dicen que García Márquez es el único inmortal que tiene Colombia, cantada por el nicaragüense Rubén Darío como una “tierra de leones”. Más que de reyes de la selva, hoy es una tierra de paramilitares, políticos corruptos, guerrilla que perdió hace tiempos sus ideales libertarios y un presidente que cada vez empeña más al país a su patrón gringo.

 

No sé si será el espléndido creador de Macondo el único inmortal. Tal vez, en ese mismo tabernáculo, estén Barba Jacob y Silva y Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera. Es posible que Carrasquilla también habite en el escaso Olimpo de colombianos inmortales. Ah, y Fernando Botero y Pedro Nel Gómez.

 

Es alentador tener por lo menos un paradigma positivo. Y, en tratándose de un artista, mejor. No es edificante estar, como estamos casi siempre los colombianos, quemándonos en la caldera de las estigmatizaciones. Porque los modelos negativos, muy abundantes, por lo demás, así lo han impuesto. Pablo Escobar, Tirofijo, los hermanos Castaño y otra horda de mafiosos, asesinos y políticos putrefactos y desvergonzados.

 

De ese modo, la balanza no siempre favorecía. “¿Colombiano?, ah, sí, coca, mafia, corrupción, sicarios…”. De pronto, alguno, menos ofensivo, decía: “¿Colombiano?, qué bueno. Paisano de García Márquez”. Ah, o de algún futbolista, como el Pibe Valderrama.

 

Por estos días (marzo de 2007), en este país de desamparos, las noticias, siempre plenas de acontecimientos trágicos, o de superficialidades y amarillismo, o de loas al uribismo, han sido distintas. Especiales y separatas sobre un escritor, que acaba de cumplir ochenta años, cuarenta de haber publicado su obra cumbre y 25 de obtener el Nobel de Literatura.

 

No está mal. Y aunque, en su parte política el galardonado escritor se ha caracterizado por ser una veleta, y, peor aún, un cortesano, una suerte de abanicador del poder, un lambón palaciego (Fidel Castro, César Gaviria, Andrés Pastrana, Bill Clinton están entre sus sujetos de adulación), su literatura ha alimentado imaginaciones y exorcizado demonios.

 

Tal vez sus últimas obras, como decir sus putas tristes, sus memorias, su Del amor y otros demonios, sus Doce cuentos peregrinos, denoten cansancio creativo y sean inferiores a portentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca o El coronel no tiene quien le escriba. Ya es posible perdonarle sus desaciertos. La inmortalidad admite imperfecciones.

 

Recientemente, una encuesta entre intelectuales del mundo escogió las 20 mejores obras de la literatura universal. En español, solo hay dos: el Quijote y Cien años de soledad. Un reto para los escritores de hoy en lengua castellana.

 

Tiempo después de que aquel profesor inteligente y memorioso recitó el primer capítulo ante un auditorio embelesado, volví a escuchar a un universitario, en las treguas de las pedreas entre policías y estudiantes, recitar ya no uno, sino dos y tres y cuatro capítulos de la novela de García Márquez.

 

Era como una reencarnación de antiguos rapsodas, cantando las peripecias de Odiseo y los fragores de la guerra de Troya. Era como una reedición de aquel profesor, creo se llamaba Francisco Córdoba, que nos hizo conocer a un escritor que ya se leía en todo el mundo y nos llegó a nosotros entre chimeneas fabriles y las primeras lluvias de guijarros contra bandadas de policías que sabían mucho de balas y bolillos pero poco de gitanos que traían inventos del otro lado de la Tierra.

 

N.B. Artículo a propósito de los ochenta años de García Márquez, marzo 2007

Portada de la primera edición de Cien años de soledad

Los átomos de Ricaurte y un horrible himno nacional

(Un recorrido por himnos, poemas patrióticos y espantosas bandas marciales)

 

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Obra de Antonio Caro (Colombia Coca cola)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando en el patio de recreo de la escuela Marco Fidel Suárez sonaba a través de unas cornetas grises el Himno a la Bandera, me parecía que la tierra temblaba, más porque las estrofas me sonaban como una carga de caballería, tal vez de la misma que en las clases de historia patria contaba la maestra para referirse a los lanceros del intrépido coronel Juan José Rondón, en el Pantano de Vargas. El “salud adorada bandera que un día” tenía entusiasmo y en ocasiones nos hacía correr más de la cuenta en los juegos de la persecución, La lleva (la Chucha) o la famosa “Guerra libertada”. No había un asta ni una pértiga en la que ondeara bandera alguna, sino solo la música y la letra: “batiendo tus pliegues allá en Boyacá, sellaste por siempre la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”.

 

—¡Libre!

 

El grito era colectivo y fiestero cuando una especie de heraldo casi exhausto tocaba la mano del preso, al que tenían vigilado otros muchachos, y el tocado salía de nuevo a correr, mientras los demás de su equipo entonaban una palabra sublime, la coreaban, reían, sentían el viento en la bandera invisible.

 

El patio, en el que también había encuentros de gladiadores a la romana, espadachines cuyas armas eran el brazo y antebrazo agitados al aire como si tuvieran brillo y filo, sí, juegos de capa y espada, como los de las películas del matinal de domingo, el patio era una mezcla numerosa de muchachos al garete, algunos haciendo fila en un kiosco para comprar gaseosas y parva, y el himno sonaba no sé por qué, quizá había una fiesta patria, no sé, una intención de amar lo que se escuchaba, de completar la disciplina escolar.

 

En el recreo, claro, también se escuchaban por los altoparlantes de enormes dimensiones (a veces también se les decía bocinas, cornetas) La danza de las libélulas, El ferrocarril de los altos y La leyenda del beso, pero, nunca supe por qué, la pieza que más se molía era el Himno a la bandera, como si quisieran los maestros o no sé quiénes convertirnos en soldados de plomo, en héroes del Bárbula, que no faltaban recitaciones de “permite Dios Poderoso que yo plante esta bandera…”, o se trataba más de transmitirnos afectos por la enseña tricolor.

 

El Himno Nacional, por el contrario, se escuchaba solo en las fiestas patrias y no se estaba repitiendo en los altoparlantes. Ya la profesora de segundo de primaria nos había explicado acerca del escudo, sus símbolos y significados, y también sobre el himno, compuesto por un italiano, Oreste Sindici, y con letra del presidente cartagenero Rafael Núñez. Igual, había narrado los orígenes del Himno de Antioquia, con letra del poeta (ese sí un poeta) Epifanio Mejía y música del caucano Gonzalo Vidal. Hasta ahí todo funcionaba con cierta dosificación, sin exageraciones. Tal vez, y de eso me di cuenta años después, una de las hipérboles que nos envolvieron en una especie de telaraña fue la de que el Himno Nacional de Colombia era uno de los más bellos del mundo, mejor dicho, era el segundo más bonito, después de La Marsellesa.

 

El himno de Francia, compuesto por Rouget de Lisle, nos lo sabíamos de memoria en casa, mis hermanos y yo, porque mamá lo entonaba casi todas las mañanas y había sido en la práctica como una de las canciones de cuna que ella nos interpretaba, y tal vez por eso, el 14 de julio era toda una revelación con banderita franchute y el “Allons enfants de la Patrie, / Le jour de gloire est arrivé!”. En cambio, no nos gustaba, al parecer, estar cantando el de la letra de Rafael Núñez, que tenía fragmentos como para tenores, que había que subir mucho y no era raro soltar un gallito, o, mejor dicho, desgañitarse con aquello de “el que murió en la cruz”.

 

No sé si fue por tanto escuchar en la escuela el Himno a la Bandera y otras marchas muy patrióticas, que me empezaron a molestar las bandas marciales. Por fortuna, en la mía no había ninguna y por aquellos tiempos, según se decía, tener en el colegio una formación de tambores, clarines y redoblantes, además de los “bastoneros” era una señal de distinción. Nunca aspiré a estar en una “recocha” de esas, con miembros uniformados, tocados con yelmos de latón a la romana, con cimeras, que más que piezas agradables, lo que dejaban sonar era una bulla medio acompasada, pero pobrísima y monótona. Y a aquellos rechazos, se agregaron de contera los desafectos por himnos y patrioterías.

 

Además, en la escuela, en la que uno memorizaba poemas cívicos y algunos otros de carácter romántico, se aprendía una composición de amores a la patria, de Miguel Antonio Caro: “Patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo…”. Qué pelmaza. Era más bien una suerte de castigo tener que salir al frente del salón de clase a recitar esa tremebunda declamación de “Lo que lengua mortal decir no pudo”.

 

En  segundo de primaria, o quizá desde primero, ya nos sabíamos casi todo el Delirio del Chimborazo, las últimas palabras del Libertador Simón Bolívar, las proclamas de Atanasio Girardot, con su bandera en alto: “Compañeros avanzad, nos espera el enemigo, venid a buscar conmigo la muerte o la libertad”. Y al paso de vencedores de José María Córdoba le mezclábamos aquella faena heroica que con el tiempo nos dimos cuenta de que había sido una invención de Bolívar: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando ‘deber antes que vida’ con llamas escribió”, también parte de una estrofa del Himno del señor regenerador Núñez.

 

Sobre la leyenda de Ricaurte, el mismo Bolívar, en las confidencias hechas a su edecán Louis Perú de Lacroix, dice que en realidad el combatiente no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo. “Yo soy el autor del cuento y lo hice para entusiasmar a mis soldados, atemorizar a los enemigos y dar una idea más alta de los militares granadinos”, tal como se puede leer en El diario de Bucaramanga.

 

Bueno, en tercero de primaria, si no estoy mal, ya paseábamos por las palabras del peruano José Domingo Choquehuanca, autor de una arenga incendiaria que salía en casi todas las cartillas: “Quiso Dios de salvajes crear un imperio y creó a Manco Capac; pecó su raza y lanzó a Pizarro…”, que termina con un elogio perenne al Libertador: “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”. ¡Carajo! Si esa última frase la ponían en casi todos los retratos y estatuas de don Simón, aunque en Bello, mi pueblo natal, no había ninguna, porque era una aldea más dedicada en su monumentalidad a Santander y con habitantes laureanistas; cuna de un gramático excelso, que, como político y presidente conservador, fue todo un desaguisado.

 

En la escuela, para resumir, se aprendían las últimas palabras de los héroes, tal vez como un influjo religioso de las siete palabras del Cristo en agonía, y por eso en los patios de recreo y en los juegos infantiles no faltaba aquello, que hacíamos con un recitativo rítmico y gozoso: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, que también, en voz baja, decíamos el Viernes Santo por la noche, en las visitas panteónicas al Santo Sepulcro, más risas que luto.

 

Pero lo que más me molestaba, aparte de los tambores marciales, era el Himno Nacional. No me importaba si era el más bello o el segundo más bonito del orbe. No me sonaba nada atractivo aquello de “la virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor vïuda los cuelga del ciprés” y esto rimaba con su “alba tez”, que siempre imaginé que la virgen era una morena muy simpática, quemada por soles de desierto, pero, según Núñez, era una mujer de blanca piel (“Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar…”, escribiría la imprescindible poetisa Alfonsina Storni, que de seguro no supo nunca de los desabridos versos del señor de El Cabrero).

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Y no sé desde cuándo ni a son de qué, una ley obliga a que el Himno Nacional de Colombia suene en las radios a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, que ni que fuera el Ángelus, caramba. Y, como si fuera poco, que se toque antes de empezar los partiditos de fútbol rentado, que vea pues que hasta a la extraordinaria bailarina barranquillera, la mona y caderona Shakira se le olvidó una parte y más bien dijo: “La libertad de ublime”, que viéndolo bien poco de sublime tiene el himno.

 

Y así, con Termópilas brotando, con cíclopes y centauros y con la abnegación de Cartagena, que es mucha, llegamos a un día de julio de 2012, cuando un periódico británico, The Telegraph, publicó una encuesta en la que el Himno de Colombia resultó ser el “sexto más horrible” de las 207 naciones que participaban en los Juegos Olímpicos. En ese escalafón nos superaron las ferósticos himnos de Corea del Norte, Uruguay, Grecia, España (que no tiene letra) y Argelia.

 

Y de ese modo, sobre una inocencia (o inocentada) que se tejió con que el Himno de Colombia era uno de los más hermosos del planeta, y con la cual mi intuición de infante (pero no de marina) y adolescente me advertía que todo el que decía eso estaba equivocado, que no tenía oído y, sobre todo, carecía de gusto poético, el Himno de Núñez y Sindici no deja de ser un mal obligado, que de todas maneras la patria no es el escudo, ni la bandera, ni una selección de fútbol, porque sigo engolosinado con aquello de los latinos de que la patria es la casa, o con lo que dicen los poetas, como Rilke, que la patria es la infancia, o con la entrañable idea que ningún urbanista quiere decir: la patria es la calle en la que crecí y jugué a la guerra libertada y a la pelota envenenada.

 

De aquellos versos sonoros del Himno a la bandera,  los únicos que me gustaban eran aquellos de “la lucha bravía de un pueblo que ansiaba tener libertad”. Y por la libertad seguimos en la gesta. Y en la ingesta. Buen apetito y salud.

 

Bolívar y su Delirio en el Chimborazo