Los colores de los parques

(Crónica con cosechas de pájaros y vendedores de globos)

 

Rei Prado caminante

El caminante pinta los parques con sus colores interiores.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños. Luchar porque haya parques es una conquista de la imaginación.

La imagen puede contener: nube, cielo, montaña, árbol, planta, tabla, exterior y naturaleza

 

  • ¿Plazas o parques?

  • En Medellín, caso curioso, llamamos parque a la plaza. Parques a la inglesa o francesa, poco o nada hay en la ciudad. Pero sí hay parques (mejor dicho, plazas) donde, pese a todo, a contaminaciones y otros espantos, hay cosechas de pájaros, hojas vivas y muertas, nidos y uno que otro poeta que se solaza con pedacitos de cielo y una lectura de banca.
  • Y, lo dicho, si no hay parques como deben ser (quizá el Volador, puede ser uno, y el que era antes el Bosque de la Independencia, hoy jardín botánico), hay plazuelas y plazoletas, como la Nutibara, la de Zea, la de Tomás Cipriano Mosquera, la de Mon y Velarde, y aun la del arzobispo Manuel José Caycedo. También la Uribe Uribe y la placita de Torres, por los bajos de Buenos Aires. Ah, este barrio, Buenos Aires, nunca tuvo parque.
  • El parque, o lo que así denominamos en la vieja Villa, es un espacio que da carácter al barrio. Si bien los del Centro son de muchos ciudadanos, de visitantes y residentes de banca, los de la periferia son clave en la vida cotidiana, la sociabilidad, los ejercicios de jóvenes y jubilados, los juegos infantiles… ¿Qué tal Belén sin parque, o La Milagrosa, o Campo Valdés, o El Poblado? Conquistadores, por ejemplo, tiene parquecitos a granel. Y Manrique, un clásico, nada. Ah, sí una plazoletica con virgen.
  • El parque Berrío (antigua plaza mayor) sigue siendo el parque central, aunque el de Bolívar, con más historias, más asuntos conectados con la cultura y la sociedad, es un emblema, un referente de ciudad, aunque hieda a meados. La retreta dominical volvió y hay mucha gente que conversa. Ya no aparece los jueves La barca de los locos. Y todavía suenan las campanas de la catedral.

 

Resultado de imagen para parques de medellin

 

 

Anuncios

Viejas bicicletas de un mundo sin afán

Por Reinaldo Spitaletta

Las imágenes más primitivas que recordaba de aquel lugar habitado entonces por hombres con relojes de cuerda (algunos, marca Ferrocarril de Antioquia) y pantalones de dril naval, eran las de las bicicletas. Él escuchaba su dificultoso rodar en las madrugadas, sobre las calles sin asfalto en esos días lejanos en los que el mundo daba la impresión de estar recién inventado. Le parecía como música de pájaros y él se sentía feliz en la tibieza de sus frazadas y en particular por no estar en la calle en esas horas frías. Así se lo decía, mientras se volteaba en la cama.

Eran ciclas pesadas, ruidosas en el cascajo, la gravilla y los caminos de tierra, con dinamo, lámpara delantera y parrilla con bombillos de colores. Los tipos que las montaban llevaban un termo y parecían tranquilos, según su pedalear armónico y sin sobresaltos. Eran, la mayoría, trabajadores de textileras y algunos otros de los talleres ferroviarios.

El pito de las fábricas se escuchaba en toda la ciudad: a las cuatro de la mañana, a las doce del día, a las ocho de la noche. Anuncios de los cambios de turno. Los de las bicicletas con caramañola iban a los telares. Los primeros los habían traído, a principios del siglo XX, de Manchester, Inglaterra, por mar, ríos y mulas. Luego, arribaron otros más modernos, en buques, trenes y tractomulas. Cuando estos últimos mastodontes mecánicos aparecieron y se multiplicaron, el ferrocarril se fue diluyendo hasta convertirse en un fantasma de color sepia, materia de nostálgicos y jubilados, y de interés para algunos historiadores.

Aquellos hombres de las bicicletas olían a algodón crudo, a telas nuevas e hilos, y él, desde su habitación, percibía fugaces aromas de jabón de baño. “Hoy deben ir de azul”, se decía. Las bicicletas nocturnas y las de la madrugada llevaban luz adelante y atrás, que ayudaba a vislumbrar los desniveles de las calles, cuyo alumbrado público era apenas de bombillas de escasas bujías. “Parecen luz de tabaco prendido”, se escuchaba decir a algunas señoras. Las del mediodía dejaban ver, en ciertos casos, parrillas con ornamentos, el galápago con flecos de colores y las marcas, casi siempre Phillips, Humber y Raleigh.

Algunas tenían adornos en el manubrio y no faltaba la que llevaba corneta, que el ciclista hacía sonar al oprimir una esfera negra. Bueno, había otras con campanita o timbre plateado, que por asociación evocaban los sonidos de los carritos de helados y paletas. Las bicicletas obreras eran parte esencial del paisaje urbano, cuando todavía las calles eran libres y no había tráfago de automotores.

La ciudad olía a calderas industriales, el aire era violeta y las montañas, algunas con enormes antenas repetidoras, eran azul turquí. “Cómo ha cambiado todo”, pensó al tiempo que alejaba el recuerdo de las bicicletas inglesas y de los ciclistas proletarios. Hasta su memoria, sin poderlo contener, tornaron las imágenes de muchachos, hijos de trabajadores fabriles, que los domingos montaban en las ciclas de sus padres y se desplazaban sobre ellas como si fueran conquistadores o héroes de antiguas batallas.

Ahora, los cuadros que le llegaban eran los de edificios inteligentes, de cerebros electrónicos y un sin fin de aparatos y máquinas que podían realizar el trabajo de mucha gente. El timbre futurista de un teléfono móvil lo sacó de sus meditaciones. “El mundo es más veloz”, pensó. “Pero tiene menos colores que antes”, agregó, no sin cierta desazón.

No es que haya menos colores —se dijo más tarde, contradiciéndose— sino que son distintos, nuevos. Inesperados. “Mejor dicho, son de otros colores”. Todo esto lo pensaba mientras escribía en un ordenador y trazaba esquemas mentales de las viejas bicicletas que lo despertaban en las madrugadas, cuando el mundo caminaba más despacio y él podía dormir sin desasosiegos hasta las nueve de la mañana.

El café de Emilio

Por Reinaldo Spitaletta

Mire cómo cambian de colores según hablen de fútbol o de amores perdidos; se les va incendiando el rostro, las palabras se deslizan por precipicios o ascienden por torres de energía eléctrica. Es lindo verlos conversar. Ahí no más, en el café de la esquina, el de don Emilio, que es un señor muy sabio porque conoce cómo la cerveza les cambia el color de la cara a los clientes, es donde la conversación de barrio es un espectáculo.

Cuando voy, me pongo al pie del mostrador y es don Emilio quien me indica cómo es de reconfortante para él sentir la transformación de la gente al calor de una charla entre mesas metálicas y taburetes desteñidos. Hay contertulios, pálidos al principio, a quienes se les notan los cachetes colorados. “Es lindo ver cómo les sube el color”, dice.

Es un café sin música. Raro sí, porque los otros del barrio tienen pianola. “La música es la gente”, agrega, sin pretensiones, mientras me sirve una cerveza. Don Emilio, de delantal blanco y camisa roja, tiene manos gruesas, un anillo de piedra negra y una argolla matrimonial. En una pared, con neones rojos y azules, se lee: Café de Emilio, y cerca del aviso, cuadritos de equipos de fútbol, con uniformes decolorados, que dejan adivinar, sin embargo, que antes pudieron ser rojos o verdes. A veces, hay parroquianos que conversan en torno a las figuras, también deterioradas, de los cuadros. Los que de esto hablan, parecen sentir pesar de que el tiempo aquel se hubiera marchado.

La concurrencia junta sus voces y a veces hay un maremágnum de palabras que flota en el ambiente. Hay un hecho llamativo: las palabras, regadas, a veces algunas escondidas bajo las mesas, van pintando el lugar. Unas veces son amarillas, que corresponden, según don Emilio, a aquellas que se dedican al trabajo. Otras, violetas, cuando se habla de parientes muertos o de amigos que se han ido. No faltan las rosadas, de amores primeros, de amores que ya no son. Ni serán. Y están, ahí, volátiles, a veces chocan contra las paredes, las rojas, de pasiones intensas, de discusiones políticas o de religión.

Y las multicolores, se refieren a palabras de futbolerías. Por eso, el café de don Emilio no necesita pintura. Ni decorados. Está hecho para que los otros, los que allí discurren, se conviertan en artistas y cada vez, en cada encuentro, puedan crear en el lugar paisajes íntimos y luminosos.

Pintura de Carlos Manuel Mena Soiza

Azul escuela o los colores del tiempo

Por Reinaldo Spitaletta

Uno cree que el tiempo es incoloro. Resulta, sin embargo, que su transcurrir nos va pintando con una paleta inevitable el rostro, el cuerpo, los pasos, los sentimientos. La única verdad es el tiempo, dicen, pero del aserto nos enteramos en forma convincente cuando tenemos la piel ajada y cuando ya nuestra existencia es como un cielo plomizo. Esas palabras me las refirió don Luis Betancur, en el parque de Belén, en Medellín, una tarde que no sé si era de invierno o de tiempo seco, porque desde hace años esas dos estaciones, si así pueden llamarse en una tierra tropical, conviven en la ciudad, dicen que por la contaminación. En todo caso, había lugar para la llovizna y para los últimos rayos de un sol que se empeñaba en luchar para estar un rato en la cúpula de la iglesia.

El señor, un jubilado de fábrica textilera, sostenía que para él, el tiempo primero era el de los días azules, porque todo era de aquel color, como un perpetuo cielo de diciembre. Bueno, de los diciembres de entonces, cuando él era niño y jugaba con canicas de cristal y trompos de guayabo. El tiempo inicial corría despacio, es más, era casi inmóvil, solo lo referenciaba la lenta espera del último mes del año, pero el mundo, según él, era azul luminoso. Eran días de cuadernos y de dibujos ingenuos. Él gustaba del “azul escuela”. ¿Y cuál es ese?, le pregunté con interés. Era un color que venía en cajitas de cartón y él siempre estaba pintando en las hojas casas azules, árboles azules, una mujer azul que era su madre, y así. Esas palabras todavía no me definían el tal “azul escuela”, y entonces él dijo que era aquella tonalidad que toma el cielo, o mejor, un pedacito de cielo, cuando se va la lluvia y por entre las nubes aparecen jirones de firmamento, es un matiz contento, que no es el usual de los cielos, decía don Luis.

Después me habló del rojo, rojo adolescencia, rojo rebeldía, de los días de bríos y cambios, cuando la sangre ebulle a la vista intempestiva de una muchacha que es, al fin de cuentas, la que te hace pronunciar palabras de amor y ver la vida rosa, a la cual, más tarde, le descubrirás las espinas.

“Ahora pertenezco al tiempo gris”, dijo, con un dejo de tristeza, de una tristeza despintada y sin atenuantes. Sonrió en la despedida, me miró sin ninguna emoción y entonces se confundió con las bancas del parque y tomó los colores del último crepúsculo.

Los colores de mi ciudad

Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, les he escuchado pronunciar. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque, si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Lo mejor de todo es que cada uno puede pintarla a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos. Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

Obra de Beatriz Velásquez (tomada de internet)

Los colores de los niños

Reinaldo Spitaletta

Los niños son más coloridos que el arco iris. Voy a enfocar al que está concentrado en la cartilla. Su cara, mejor dicho, todo él, es un abecedario, con un mi mamá me mima muy verde y un enano come banano, amarillo, y ahora adquiere el color de la iguana, la misma que toma café a la hora del té, qué niño este color de uva, color de albahaca, color limón. Mi cámara hará un paneo y se detendrá en aquel que dirige con un control remoto un carro de carreras sobre una pista de hielo. Qué extraño: sólo a él se le ocurre una aventura así, un fórmula uno de juguete deslizándose por esa agua dura.

Me gusta ver los colores de los niños sobre todo a través del visor. Apunto ahora al que lleva la pelota, ora en los pies, ya en las manos, de pronto en la cabeza, es un malabarista, hace treintaiunas, la pelota está encantada, él la acaricia, la ama, la consiente, es un pelado que seguro va a ser sensación en su barrio, o, mejor, ya lo es, porque las señoras salen a las ventanas a observar las versatilidades del hijo de doña Margarita, según declara una. Sí, es una maravilla, con tal de que no nos quiebre las vidrieras a balonazos, dice otra.

Encuentro otro, embelesado con un cascabel colgante, alza los pies, levanta las manos, ríe con una risa de dientes inconclusos, en medio de trapos azules y blancos. El cascabel es amarillo y tal vez para él así será el sol.

En mis recorridos hallo, de pronto, a niños que persiguen mariposas en el parque. Aquellas, bailan, hacen fintas, y ellos tratan de alcanzarlas, ellas se alzan, luego bajan, y ellos brincan y al fin se cansan. Las mariposas se van, parecen contentas. Ellos también. Tienen la cara anaranjada.

Por ejemplo, aquel que va del brazo de su mamá tiene el color del cono, debe de ser un helado de fresa, crema regada alrededor de la boca, lengua de ansiedad. Pienso no sin cierta maldad qué pasaría si la crema se le cayera al piso, tal vez habría llanto, conmoción, su mamá se devolvería a comprarle otro, él no querrá otro si no el que se ha regado y llorará. Puede haber pataleta. La mamá le limpiará la cara, el sentirá el último sabor de su cono y caminará mirando atrás, mientras el helado se derrite. La acera también tiene derecho a probar.

Así, cada vez veo niños que parecen pintados en cuadernos de dibujo escolar. Rayados, mezclados los colores sin un orden especial, un ojo más grande, una nariz larga, otra chata, boca de sonrisa alguno, rayita de tristeza otro. Lengua afuera, el de más allá. Pantalón sucio, camisa rota, caminando por una calle morada. Son extraños estos chicos, capaces de meterse sin pensarlo en una valija llena de cuadernos.

Los niños son, en sí mismos, el color. Una fiesta. Cuando quieren asumen el rojo, sobre todo cuando salen del jardín escolar. ¿Ven? Cuando lo desean son grana, oro, celeste, vino tinto, o, como también los he visto, son capaces de pintarse con el alado color de las cometas y el tembloroso cromo del vuelo de una mariposa.

Los colores de la ciencia

Por Reinaldo Spitaletta

La profesora se paró junto al tablero y empezó a decir que la ciencia, mis queridos muchachos, es todo el conocimiento obtenido por el hombre mediante la observación, la experimentación y los razonamientos. Hasta ahí los ojos de los escuchas estaban abiertos, pero sin curiosidad. Ella prosiguió diciendo que de la ciencia, un cuerpo sistematizado de saberes, se deducen principios y leyes generales.

—Profesora —interrumpió Manolo Fernández, un negrito con mirada de descubridor —¿Y la ciencia tiene colores?

Los demás observaron al de piel achocolatada y se rieron. La profesora, vestida de blusa de cuadros naranjas y blancos y una falda corta y oscura, sonrió.

—Sí, claro, Manolo. Colores, olores, sabores… Ah, y colores invisibles.

—Cómo así, —preguntó el mono de la fila de adelante.

La maestra salió del salón y luego regresó con una hélice de cartón, pintada de colores. La hizo rotar con una manivela hasta que los colores desaparecieron. Luego del cajón de su escritorio, sacó un prisma, ordenó que cerraran las ventanas y solo dejaran un pequeño resquicio para la luz, puso el objeto maravilloso frente al rayo solar, que lo atravesó, y salió un arco iris.

Manolo no podía creer lo visto y preguntó:

—¿De qué color es el agua?

—Depende, —dijo otro, restregándose los ojos. —Tengo una pecera con agua de muchos colores.

—En la naturaleza —terció la profesora— hay colores visibles y colores invisibles.

—Cómo hacemos para ver los invisibles, —preguntó el pelicabuya (que así le decían sus compañeros), mientras Manolo se rascaba la cabeza y los otros murmuraban.
—Los ultravioletas y los infrarrojos no los vemos a simple vista, —señaló la profesora, inquieta y buscando palabras simples para explicar. —Hay aparatos especiales para verlos, —continuó.

—¿Ah, y si cerramos los ojos, podemos ver colores?, —interrogó uno de la última fila. Los demás se volvieron para mirarlo. Tenía los ojos cerrados. Lo imitaron y en un coro destemplado comenzaron a gritar: “¡Sí, podemos ver colores!”.

—La ciencia —dijo al final la maestra— es lo que nos hace ver lo invisible.

Los colores metafísicos del barrio

Por Reinaldo Spitaletta

En La Boca, en Buenos Aires, las casas tienen los colores de Benito Quinquela Martín, un pintor de marinas y de barcos carboneros. En mi ciudad, hay barrios cuyo color está ligado a sus avisos de tienda, a los anuncios de cerveza y gaseosas, al delantal de la mujer negra que saca los perros a un paseo matinal. Hay barrios, en esta ciudad ineludible, que tienen el color del tango. Ah, ¿y cuál es ese? Son más bien colores metafísicos, diversos, que tienen que ver con las soledades y los desamores; alguno dirá que entonces podrían ser los colores de una calesita, con imágenes de infancia en un parque de diversiones; otro podrá afirmar que su barrio tiene el color de las tizas de billar, ah, sí, claro, billar y reunión, y otro más interiorizado dirá que en su barrio una garúa permanente llueve por dentro. En la intimidad…

Otros barrios —los he visto y vivido— tienen los colores de las peladas en abril, o sea, pieles frescas, piernas ansiosas y un sueño en todo el cuerpo, un sueño de amor, un descubrimiento del lenguaje del corazón. Son barrios contentos, con sonrisas recientes. Hay barrios que con su nombre ya son parte de un color, de una implícita paleta: por ejemplo, La Floresta, Prado, Miraflores, Las Brisas y uno muy particular, con calles solas y árboles que “pintan sombras”, denominado precisamente Los Colores. Son barrios para imaginar. O, si se prefiere, para pintarlos como cada uno quiera.

Así, me parece, que Buenos Aires, el de aquí, el de Medellín, que tuvo hace décadas su calle principal sembrada de guayacanes, hoy tiene el color del hollín, también el de los viejos campesinos del oriente de Antioquia y sobre todo el de las fritangas callejeras. Y Boston, con moribundos caserones de tejas, el desaparecido color de las barras de esquina. Solo se conserva en la morriña de los que por allí habitaron. Ah, ¿y Manrique?, antes tuvo el color de los bandoneones, ahora el de las prenderías y los bazares de ocasión.

Hay barrios color de luna. Es si no caminar nocturnamente por sus calles y se podrá comprobar. Hay otros, color cartón, color tabla, color zinc, con una oculta belleza que la capta quien los ve por primera vez y tiene ojos de curiosidad. Hay barrios color ángel y otros, color piedra. Hay uno, único, con los colores del trabajo y se llama Barrio Triste, con una iglesia gótica, con mármoles de Carrara y vitrales belgas, en la que Dios, en cada oficio, se viste de overol.

Pintura de Fredy Serna (tomada de internet)

Los colores de los parques

Por Reinaldo Spitaletta

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños.