Vejez

 

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Se envejecieron los ojos, menos la mirada.

Y la voz, claro que sí; mas no del  todo las palabras.

Se arrugaron los años en el rostro y el cuello

Se cayeron las pestañas y menguaron los cabellos,

Pero el mundo se acercó más al pensamiento

Que en ocasiones fue recuerdo.

Se paisajeó de nieves —pero no del Kilimanjaro—

La crencha cada vez menos engrasada.

Y desde un cielo distante

A veces llega sonriente la voz de un niño azul

Que cada que puede nos dice adiós

Con su cometa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

Padre e hijo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Al principio, una cara expectante

Observa el llanto con risa inexperta

Busca en el reciente rostro una señal

Un parecido, un rastro de un tiempo que no es más.

Con los días, ojos amarillos sonrientes

Gato en la oscuridad tanteando el suiche

Un llanto intempestivo

Pudo haber hecho inferir: un ratón lo mordió.

Más tarde, los brazos extendidos en llamado

Para caminar hacia donde se oculta el sol.

Y así, el hombre se pareció al pequeño ser naciente

Con sus cantos navegantes de Antillas lejanas

Con sus manos sin anillos ni barnices

La voz pasó del arrorró a los consejos para el después.

Festejó las primeras palabras del retoño

Murmuró al garete: “llegará a ser alguien”

Soñó con mapamundis para jugar al fútbol

Y elevó la cometa, aflojando, recobrando

En un cielo de avena que bailaba en el aire

Al final, barrilete sin control

El hijo le perteneció al mundo

—Y la cara expectante se arrugó de esperas—

Navegó a la deriva, sin timón ni gaviotas

Hasta hundirse en el olvido de una edad sin nombre.

 

 

 

Las cometas muertas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Alta, muy alta, la brisa va, y alta, también, la cometa, que ahora es cielo. Caballito del aire, con bridas,  y, abajo, como un polo a tierra, el inquieto jinete que la guía, sin espuelas ni látigo. Solo con su imaginación.

 

La cometa puede ser la forma más excelsa, o por lo menos una muy alta, de comunicarse con el infinito. O para no ser tan pretenciosos, con la nube, que en un instante puede ser dragón, después golondrina, y más tarde águila, quizá. Porque la “loca de la casa” ayuda a transformarlo todo: y así también puede ser elefante volador, camello en desiertos azules, vulgar gallina, o un mapa de lo real maravilloso.

 

La receta es simple: un viento generoso, papel de seda (o de China) o tela de colores, hilo, cola, tirantes, cañas, un alma de niño, o dos, o tres, que en estos rubros no hay límites. Y listo. Es si no echarse a volar, que las cometas siempre vuelan con quienes las elevan. Si no lo cree, puede mirar ahora hacia ese morro imprescindible de Medellín, cementerio de indios, El Volador, que no solo tiene el nombre preciso para los amantes del viento, sino que tiene viento. Y cometas. Observe que no solo ellas están volando, sino también los que se pegan a su hilo.

 

Mire aquella, hacia el occidente. Es una cometa acróbata. Y el de más allá, el rojo y azul, es un barrilete saltimbanqui. Y la que está más alta, que se mueve con coquetería, es la cometa de las buenas nuevas. Y no crea, mi querido lector, que lo que voy a narrarle es fanatismo, o ceguera de hincha de fútbol, pero lo vi. Al cerro de los muchos vientos llegó Santiago, un pelado de trece años, a elevar una cometa verdiblanca del Atlético Nacional. Y dele, y dele, y dele, y nada. Se caía. “Le falta cola”, se decía. Y cola le ponía. “Le falta viento”, y el viento arreciaba. “Le faltan ganas”, y ganas le agregaba. De pronto apareció un señor moreno, con esposa e hijo, según supe. Y con una cometa roja y azul de tela fina. Preciosa. Era, claro, del DIM. Y con solo desenrollarla y exponerla al viento, subió y subió. “Es que siempre estamos arriba”, declaró el hombre, con orgullo. En el mismo Altozano, Santiago continuaba luchando con su cometa rebelde, sin poder alzar vuelo.

 

Cometa, barrilete, pandorga, papagayo, armazón ligero, pegasos contemporáneos, son la felicidad que el viento se lleva. “Niñez feliz de cañas y papeles”, decía el poeta Gerardo Diego. Y más felicidad aún, cuando, indemnes, retornan a tierra y proporcionan la posibilidad de nuevos vuelos.

 

Pero, a diferencia de los árboles, las cometas no mueren de pie. Qué puede haber más triste que la caída mortal de un barrilete. Ah, quizá unos versos de tango: “Y he sido igual que un barrilete / al que un mal viento puso fin / No sé si me falló la fe, la voluntad / o acaso fue que me faltó piolín”.

 

Las cometas urbanas yacen en tumbas altas: en las alambradas eléctricas, en los cables de alta tensión, en una torre de energía. O, como las del viejo parque de Miraflores, en una ceiba bonga centenaria. La ciudad está llena de cementerios de cometas. El dragón vencido por desafiar al viento; Ícaro derretido por querer llegar al sol. Y un niño que llora su desgracia con fragmentos de hilo en las manos.

 

Quizá a usted le ha pasado. Se siente un estropicio interior, un desgarramiento, el establecimiento de una ausencia definitiva. Primero, tal vez, el coleo; las convulsiones en el aire; una suerte de ataque epiléptico cerca de las nubes y la impotencia total. El viento define (y traza) el destino de las cometas: las débiles morirán, así que no insista. La suya terminará colgada de un alambre o de la rama de un árbol.

 

En todo caso, una cometa muerta tiene aspecto de tragedia. Un esqueleto colgante, esmirriado. O enredado como testimonio de lo que el viento se llevó. O derribó.

 

Alta, muy alta, va la brisa. Y alta, también, la cometa del señor del DIM. Esposa e hijo miran el cielo, boquiabiertos. Santiago insiste, pelea, maldice, pero su cometa está condenada al fracaso. Esta vez la muerte sucede en el piso: la destrozó, lleno de rencores.

 

En el cielo de El Volador hay una plenaria de cometas. Tal vez, por hoy, todas sobrevivirán.