Alicia en el tiempo de la ensoñación

(Hace ciento cincuenta años Lewis Carroll publicó su alucinante historia)

Por Reinaldo Spitaletta

El cuento se convierte en novela, la novela se transmuta en disparates, los disparates se tornan sinsentidos con mucho sentido, y así, con razones y sinrazones, incluso con alguna lejana evocación del loco don Quijote (por ejemplo, la caída de Alicia por el pozo-madriguera recuerda un poco a don Quijote y la cueva de Montesinos), Alicia en el país de las maravillas, publicada el 4 de julio de 1865, se yergue como un clásico.

Y clásico, se ha dicho, puede ser ese libro que muchos años después de su creación, nos sigue interrogando y nosotros a él, en una doble dirección: la del autor y su ficción y la de sus lectores. Alicia sigue cayendo por el pozo infinito, por ir tras un conejo hablador, que ni siquiera al principio ella advirtió como un toque extraño, paradojal, de por lo menos preguntarse: “¿un conejo hablando?”, y ahí, en ese hecho de irse tras las huellas rápidas de un roedor, la muchachita se convertirá en un referente imaginario de niños y adultos.

Escrito en la Inglaterra victoriana, en una de las cunas del capitalismo, cuando ya Charles Dickens había “inventado” los niños en literatura y mostrado que la fuerza insensible del capital no se inmuta por los dolores y fracasos de la infancia, Alicia en el país de las maravillas, con sus aventuras de alucinación, es una burla al tiempo, pero, a la vez, a cierto edificio moral establecido en la sociedad de la Reina de los Mares: la Inglaterra colonialista y flemática de buena parte del siglo XIX.

Victoria, que ciñó su cetro durante 63 años (qué modo de abrazar el poder), emperatriz de la India, escritora de diarios, montó un imperio basado en el puritanismo, la fe, el trabajo, la moral y el predominio de los hombres en la vida pública, al tiempo que reducía a las mujeres a los extramuros domésticos. Había en su reino cierto tedio, que de vez en cuando era roto por acciones como las de Jack El Destripador (1888) o las escrituras de Oscar Wilde, que fue, precisamente, una de las víctimas de la moralina victoriana.

Y Alicia comienza con una alusión al aburrimiento, sí, se aburría de estar sentada en la orilla, junto a su hermana, sin nada que hacer, de pronto dándole observadas al libro que la otra leía y preguntándose “¿para qué sirve un libro sin diálogos ni ilustraciones?”, pero un conejo blanco de ojos rosados la sacaría del mundo repetido y sin paisajes, un conejo que hablaba con preocupación de que podría llegar demasiado tarde, y Alicia, al ver que el animalito sacó un reloj de bolsillo, se despabiló. Y ahí, en ese momento, comenzarán las aventuras subterráneas de una niña que se va detrás de un conejo a través de una madriguera, por la que se precipita sin hacerse daño.

Y en ese mundo nuevo, en que la lógica de la superficie no vale nada, Alicia crecerá y se empequeñecerá, escuchará y verá y participará en reuniones con animales, se preguntará por el tiempo y alterará el mundo de la normalidad, de las reglas, de las fórmulas. De lo que, arriba (¿O abajo? ¿O en las antípodas?) es el terreno endeble de la cotidianidad.

El profesor Charles Lutwidge Dodgson, que, con el seudónimo de Lewis Carroll, pasará a la historia de la literatura, era tartamudo. Llegó a diácono y nunca se ordenó. Temía gaguear en los sermones y que éstos perdieran credibilidad entre los feligreses, aparte de producirles risas. Le gustaba la fotografía y tomarles fotos a muchachitas, que a veces posaban desnudas. Entre sus niñas amigas, estaban las hermanitas Liddell. El profesor de matemáticas, de treinta años, una tarde del 4 de julio de 1862, acompañado por su amigo Robinson Duckworth, llevó de paseo por el río Támesis a las tres peladas Lorina, Edith y Alicia.

“Tomamos té en la orilla y regresamos al Christ Church pasadas las ocho y cuarto de la noche. En esa ocasión les conté Las aventuras subterráneas de Alicia, que pienso escribir para Alicia”, anotó en su diario el escritor, que durante el tour les iba inventando la historia al ritmo de los remos. Después, por la noche, tomó notas de lo que les había narrado. Según su diario, comenzó a escribirla en un viaje a Londres, el 5 de julio de 1862, mientras las tres muchachas viajaban en el mismo tren.

Tres años después, el mundo conocería esta novela de timbre infantil, pero con simbolismos, representaciones, críticas sobre el tiempo, alusiones políticas, cuestionamientos a la Reina, el Rey y el poder, que acrecentó la imaginación y fantasía de niños y adultos. Hay una suerte de llamado a viejos fabulistas, tal vez desde Esopo y de cierta oculta manera una especie de soterrada conexión con Calila e Dimna. Hay una ruptura con cualquier premisa relacionada con el romanticismo, y de otra parte, podría advertirse, hay una desvinculación con lenguajes y propuestas estéticas realistas.

Alicia, en ese mundo fantástico, a veces se referirá a su identidad, que sufre diversas transformaciones, y el mundo del disparate tendrá otras lógicas. En aquella situación, se alteran las tablas de multiplicar, Londres se torna la capital de París, y París la capital de Roma. Los juegos de palabras son parte esencial de la obra y, por lo demás, hay una citación de adivinanzas, acertijos, canciones de época y poemas, algunos de los cuales se tornan parodias.

El absurdo es otra de las características de la ficción de Carroll. Así, por ejemplo, Alicia no teme al Ratón, al que le habla de gatos y de perros. La niña, en medio de ese mundo patas arriba, dice, con asombro, que jamás hubiera imaginado que los cuentos de hadas sucediesen de veras (en este punto, hay que anotar que el libro de Alicia parece ir en contravía de los cuentos de hadas) y en algún momento apunta que deberían escribir un libro sobre ella, que inmersa en el país de las maravillas nunca será vieja.

Personajes como la Liebre de Marzo y el Sombrerero, que anuncian la locura, le demuestran a Alicia, mediante los juegos retóricos, que no es lo mismo una cosa que otra. Así, le dicen, no es lo mismo la expresión “veo lo que como” a “como lo que veo”, o “me gusta lo que tengo” a “tengo lo que me gusta”. En la novela, es posible que un bebé se transformé en cerdo y apreciar un gato sin cuerpo, un gato sonriente, un gato que a veces es solo sonrisa. El Gato de Cheshire se volvió una celebridad.

Hay otro aspecto llamativo en Alicia. La presencia de un hongo que hace crecer o disminuir el tamaño de la niña. Un mordisquito puede causar una ampliación o disminución de estaturas. Es la posibilidad de un mundo de alucinógenos, en tiempos en que, además, el opio y otros alucinógenos eran comunes en Inglaterra y otras partes de Europa. Para los días en que Carroll escribió su novela, ya habían pasado hace rato las dos guerras del opio entre Inglaterra y China (una de las consecuencias de la derrota china, es la pérdida de Hong Kong).

En la obra es posible encontrarse con la Tortuga Remedos, que cambia el nombre de las operaciones aritméticas; una cuadrilla de langostas, y un mazo de naipes cuyas representaciones cobran vida, con la Sota de bastos, la Reina y el Rey de Corazones. La reina tiene la manía de mandar a decapitar a todo el mundo, en lo que podría leerse una especie de sátira frente al victorianismo.

Además de haber una lucha contra la moraleja (contra la fábula tradicional), Alicia es un canto a las palabras, a la sonoridad de las mismas, a los distintos equívocos y ambigüedades que las palabras pueden tener, según su pronunciación y significados. El libro puede ser infinito, como Las mil y una noches, porque, en rigor, se prolonga en el sueño, ya no de Alicia, sino de su hermana; así que el País de las Maravillas continuará por toda la eternidad.

Su influjo en psicoanalistas, surrealistas, en autores como Nabokov, Borges, Joyce y hasta en la generación Beat, se hace evidente. Alicia permeó el mundo del cine, del diseño gráfico, de la filosofía y la lógica matemática. Muchos niños y adultos, después de leerla, quieren encontrarse con un Conejo Blanco, ojirosado, que los conduzca por los laberintos del tiempo y los lleve a pasear por los mundos maravillosos de la imaginación.

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