Diatriba de amor contra un municipio endiablado

“El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza.”

Marco Aurelio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Bello es como una velada de escuela representada por retrasados mentales. Digamos que quienes manejan los destinos trágicos de los habitantes de esa ciudad desatinada, son torpes: para asaltar y desfalcar más el erario, pudieran hacer gala de fina demagogia, rodearse de algún consejero al estilo Rasputín (que por lo menos haría feliz a la señora de algún alto funcionario), o para no ir tan lejos, de uno a la usanza Montesinos, “eminencia gris” de la corruptela en América Latina; quizá deberían  sembrar jardines colgantes en el desnudo palacio de gobierno, con el fin de atraer la atención de las damas de la caridad, o poner, como señal de buen gusto que jamás tendrán, música clásica en las oficinas, de tal modo pudieran pasar por burócratas que tienen sensibilidad (?) pero no es así, porque viéndolo bien y volviéndolo a mirar se ha demostrado que gustan mucho de rancheras y rancheritos, de chabacanerías y chambonadas, que son parte o el todo de su esencia: al escuchar según dicen un narcocorrido, entonces cierran ojos y abren boca y respiran fuerte y se sienten los dueños del universo, de un universo que tiene una iglesia al decir de algún guasón que parece un vómito, pero que en efecto sí es una bella reliquia de arquitectura sacra, mas no santa. La diseñó un italiano, Albano Germanetti, que copió aspectos de capillas y construcciones de su tierra natal y las trajo al trópico, al mismo donde hace siglos advino un barbudo extremeño llamado Gaspar de Rodas, que en aspectos de extranjeros por esas geografías en otros tiempos de límpidas quebradas, llegaron emigrantes de allá y acullá.

 

Bello es como un sinsentido: tuvo todo para ser desarrollado, es decir, para que a todos sus habitantes les llegara la prosperidad, pero se quedó a mitad de camino: de los tiempos de las chimeneas fabriles y las locomotoras, quedaron sino las nostalgias y alguna arquitectura en ruinas y la decadencia de sus barrios obreros; de sus verdores naturales, que deslumbraron a Tomás Carrasquilla (ceibas, aguacateros, chagualos, noros, búcaros, madroños, cafetos, trinitarias, platanales…), de aquel “paisaje prendido” no quedó sino un recuerdo nebuloso, porque el cemento arrasó y las calles se despoblaron de almendros y gualandayes, para dejar en el ambiente un sopor insoportable, una tristeza asfáltica. Una ciudad sin paisaje. Y el paisaje es, por paradoja, lo que más abunda en el mundo, según una novela de Saramago.

 

Bello, el de las legendarias obreras rebeldes, se volvió jungla, no solo porque el concreto y otra suerte de desmanes desnaturalizaron su medio ambiente, sino porque lo público se lo disputaron y tragaron los caciques, que ojalá tuvieran traza de parecerse al mítico Niquía. Bello, cuya gramática de horrores ha predominado en buena parte de su vida municipal, fue desde sus albores un poblado herido en sus imaginarios: un leprocomio, una cárcel nacional, un basurero, un manicomio, una sede de matones a sueldo, y en su subsuelo de olvidos se perdieron las memorias de los Vélez Barrientos (Fernando y Lucrecio), de Betsabé Espinal, la incendiaria muchacha que alborotó la comarca con su lucha proletaria, de un pionero del cine en Colombia (Enock Roldán), y entonces la muchachada de ayer, por decir de los setentas hacia acá, no tuvo paradigmas: ni siquiera en el fútbol, cuando hubo prodigios de la gambeta y de los tres palos. Más bien, los modelos eran bandidos de toda laya y políticos putrefactos.

 

No es que algunos, alguna élite de estudiosos, pidan que haya en ese pueblo que tuvo antecedentes de cultura al menos gramatical (qué importa que el filósofo Estanislao Zuleta hubiera advertido que Bello -al igual que Palmira, según él- fuera un pueblo sin cultura), dirigentes cultos. ¡Qué dicha sería! Pero qué va. No es que aspiren a tener una suerte de Marco Aurelio o de Pepe Mujica, ¡ojalá!, pero es que los que ha habido sí representan el atraso mental y social. Carentes de interés real por la educación, las artes, la ciencia, la historia, se instalaron con sus ramplonas ambiciones en la casa de Rodas. Y arrasaron, peores que cualquier conquistador españolete. Bello es una ciudad en ruinas materiales y espirituales.

 

Bello es como una pandemia de corrupciones y desgreños. Decía al comienzo que las gentes de allá tienen un destino trágico: parecen amar la yunta, como los bueyes, y gustar del circo mediocre que ofrecen los que manejan la municipalidad. La conmemoración oficial de los cien años de esta aldea-urbe como municipio, está acorde con lo que ha sido la “clase dirigente” bellanita: vulgar e ignorante. Una señora, que no es de allá, al ver por televisión la deplorable representación en el “acto central” de la efemérides, quedó obnubilada por tanta ordinariez y burla a la historia y la cultura. Un trozo del mensaje que me envió sobre la “grosería de acto” dice así:

 

“Ni una velada de la escuela de hace 50 años, eso desde lo estético y actoral, catastrófico, cursi, ridículo, feo, y de lo histórico, ni se diga, empezando porque en un supuesto 1913 y 1930 estaban hablando de “La Gran Colombia”, pero eso no es nada con lo que fue la representación de la clase obrera y de la historia de Bello. De verdad que todo, todo, fue algo indignante, al principio a mí me dio como risa, pero esa risa se me fue volviendo indignación”.

 

 

¿Y qué hacer entonces? Nada. Tal vez lo más inteligente sea asumir una visión desde el jardín, como lo enseñó Epicuro, y dejar que al “afuera” le llegue el momento de su incendio final. Y esperar con paciencia que el infierno se trague a los que transmutaron la “arcadiana aldea” en una geografía de miserias y desafueros.

(Julio 3 de 2013, a propósito del Centenario Municipal de Bello)

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Pintura de Lola Vélez, artista bellanita

 

 

 

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