La acumuladora

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el cuarto de San Alejo, que no se distingue de los otros de su casa de paredes descaecidas y baldosas antiguas, las multitudinarias cosas tocan el techo. Hay atados con cintas de amarre, convocatoria de todos los elementos de navidad desde que ella tuvo noción de los diciembres, que engordan como marranos de fiesta año tras año. En otros, los pesebres con musgos artificiales y nieves de fantasía se agrupan en bolsas de plástico y en otras muchas de telas importadas. Ella, cada día, les da vuelta a sus objetos envejecidos y a las cajas de cartón, amarradas con cabuyas y cuerdas sintéticas, para sentir un enorme placer que la recorre de cuerpo entero y la hace vibrar de cabo a rabo.

 

Cuando uno la visita, y eso porque se trata de ir a contarle historias de la vieja ciudad, lo invita al altillo para que le ayude a buscar entre periódicos añejos, en medio de polvorientos estantes, alguno que tenga en la primera plana la foto de la visita del sumo pontífice a Colombia en tiempos en que en otras partes había levantamientos de estudiantes y trabajadores y aquí la gente, en su mayoría, se dedicaba a persignarse y a coleccionar camándulas. Como las que ella alberga en un armario dedicado en exclusiva a reliquias de Tierra Santa y a santicos de bulto que ha conseguido en visitas a los almacenes de todas las parroquias.

 

No es que sea rezandera. No le consta a nadie. Pero tiene novenarios y libros de devociones. Hay santorales y estampas virginales regadas por cuartos y atiborradas en escaparates. Sobre mesas de caoba y de imitación mármol hay porcelanas que se empolvan sin remedio, desde ángeles de alas doradas hasta Venus de Milo de imitación. Le gustan las arañas luminosas y allí, en aquellos espacios de apiñamiento, se puede decir que el tiempo transcurre a la luz de lámparas apagadas y de elefantes de madera y de resina que llegaron de la India y de bazares de tierras de muy allá.

 

No se sabe a ciencia cierta por qué la acumuladora es así. Se cree, o eso sugieren vecinos que han conversado con ella, pese a que es una mujer alejada del mundanal ruido, que se trata de una carencia que sufrió en la infancia y que, en la adultez, o tal vez un poco antes, la condujo a llenar los espacios de su caserón por temor al vacío. En cualquier resquicio hay objetos: unas medallas de plata en los alféizares de casi todas sus ventanas que, por lo demás, están abarrotadas de cortinas de cretona y otras telas de las que, como una fijación, pega mariposas disecadas. En los cobertores hay cintas y pequeños cojines, con almohadones de plumas en todas las camas, que, sin saberse para qué tantas, quizá para huéspedes fantasmagóricos, acaparan espacios de cuartos y aun los de una sala de estar. En el vestíbulo tiene una tarima con muñecas de trapo que parecen dormir un sueño de justos y de tranquilidades.

 

En las paredes de los zaguanes y también en las del salón de costuras hay fijados cuadros de paisajes acuáticos, con embarcaciones en la que mujeres de velos se asoman por la cubierta para ver el mar, y otras marinas con soles en el ocaso y gaviotas ciegas. En los arcos del comedor, en la que sobre la mesa de mantel fino, se posa un florero con hortensias artificiales, cuelgan atrapasueños y móviles que cuando entra una corriente de viento suenan a músicas orientales. Ella, de cara abotagada y manos regordetas, parece gozar con las colecciones de pocillos chinos y grecas inglesas y con cubiertos de plata y ollas de todos los tamaños. Es el caserón una miscelánea de cintas y botones y carpetas de croché. Raro es que, entre tantos calendarios con pintorescas ilustraciones, no haya relojes. El único que tuvo, una herencia de abuelos, de madera fina, vidrio importado y péndulo de brillos, lo vendió a un anticuario porque no soportaba el ruido nocturno ni el campaneo cada media hora, eso dijo.

 

La acumuladora, que cambia con frecuencia de servicio doméstico, está en el día pendiente de inventariar sus joyas de oropel y las de finas pedrerías, de cambiarlas de un cofre a otro y de conversar con los collares de perlas y de cuentas de semillas. En dos o tres repisas que tiene en su cuarto,  cuelga escapularios y coloca figurines franceses. Es posible encontrar banderines de colores subidos en el cuarto de baño de atrás y muchos zapatos en un cuartito que mandó a adecuar a propósito.

 

Es, pese a que ella misma en su cotidianidad usa candongas, colgandejos, pulseras y esclavas y ajorcas, que viste trajes anchos con telas crudas de la India y calza babuchas de colorines, es una mujer que no causa repulsión, tal vez porque está dibujando siempre una sonrisa que le atraviesa el cuerpo y la proyecta como una dama con don de gentes y muy saludadora.

 

La acumuladora parece no controlar sus ansias de tener y sostener muchos objetos en casa y cada tanto, como decir una o dos veces a la semana, va a centros de comercio y se extasía en todas las vitrinas. No se sabe de dónde le viene la fortuna, que gasta y gasta, compra y compra, y es conocida en almacenes y bazares, en los que la reciben con gentilezas. Cuando la ven entrar, los dependientes se alegran y mandan por jugos y aguas aromáticas para atenderla.

 

Uno piensa, tal vez como una plusvalía de la imaginación, que llegará un día en que la casa de la acumuladora la sacará a ella, la expulsará, la mandará a otras esferas, porque las cosas pueden complotar, conspirar, y cansarse de tanta juntura, de estar en un aglutinamiento de sofoco. Sí, los objetos pueden cobrar vida y entonces, pese a las simpática figura de la señora que además guarda en cofres y cajas de galletas inglesas cartas y oraciones, la terminarán odiando. Quién sabe si tantos collares y bufandas planeen un ahorcamiento. De ser así, pasará a ser ella parte de las misteriosas historias de la ciudad. Que el dios de las cosas y las mercancías la ampare y le dé larga vida.

 

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Pintura de Ghenie

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Anoche fui las cosas de mi armario

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Anoche, acostado, me puse a mirar el closet blanco de mi habitación y de pronto sentí que yo era parte de lo que había adentro. Una cosa más. Desde ese otro lado, comprendí que un escaparate es la vivienda de la intimidad. Una camisa bien alisada, los interiores, los pantalones que cuelgan en ganchos, las gavetas con relojes de pulsera, documentos, alguna joya que ya nadie usa, los perfumes. Todo reservado para alguien, que es quien las ha comprado, o recibido en regalo, quien las ordena y desordena, que sabe dónde está cada prenda, o que puede ser que la haya olvidado y tras algún tiempo de indiferencia la encuentra y se sorprende. Empecé a mirar el mundo desde dentro del armario.

 

Las cosas, tan diversas, están ahí, en su hábitat, a veces se comunican entre ellas y hablan de la costumbre. Están hechas para ser utilizadas. O guardadas por mucho tiempo, sin que las usen. Pueden ser víctimas del olvido, situación que las hace permanecer casi intactas. Mirar desde dentro de un armario es limitado. Pero puede uno comprender ciertos aspectos de lo que denominan lo íntimo, lo interior. Lo que solo existe cuando el dueño de las cosas abre las puertas y observa, busca, revuelca, grita, se desespera. Uno, como cosa de escaparate, solo es. No tiene posibilidades de escape. Ni de rebelión. Es una condición como de sometimiento, de servidumbre. No es bueno ser una cosa, pero anoche tuve sensaciones jamás experimentadas. Y tal vez creí que cuando alguien, que no es el de siempre, el poseedor, abre las puertas, esculca, mira con otros ojos, uno, como cosa, se siente violado. O por lo menos, visto de una manera poco familiar. El extrañamiento.

 

Una criada, por ejemplo, abre y cierra, mecánicamente. Pone aquí, allá, sin sentir nada especial por esta camiseta, por una corbata, por las medias. Y éstas, a su vez, saben que no tienen ninguna relación con aquélla. Les es indiferente. Pero, viéndolo de otro modo, la doméstica es una suerte de transgresora. Penetra en un mundo secreto, único, que no está hecho para lo público. Un universo privado, con olores particulares, con parte del carácter de quien es su poseedor. Hay, entonces, una especie de forzamiento del extraño frente a las ropas diversas. Porque, además, las cosas son parte, aunque no esencial, de ese otro al que ellas se han habituado. Puede ser un agregado de su personalidad. Abrigo de su desnudez. Elementos de lo superficial.

 

Cuando uno, pongamos por caso, se va de viaje y deja a alguien cuidando sus cosas, éstas pueden vivir momentos de inquietud. Se pueden sentir tratadas con desdén o con despreocupación. Las maneras de tocar, descolgar un bluyín, sacar una toalla, abrir un cajoncito para extraer un objeto, son diferentes a las del que el mundo de la propiedad denomina el dueño. Además, el presunto cuidador puede abrir su curiosidad y registrar. Puede especular acerca de la ropa interior, de los cuellos de las camisas, y, por qué no, tener ansias de revisarlo todo, encontrar una vieja carta, mirar álbumes fotográficos, formarse opiniones según las pertenencias, probarse alguna vestimenta. Y las cosas nada pueden hacer. Están a merced de lo con ellas quieran hacer o decir.

 

Anoche, recordé a algunas damas que en casa cumplieron su labor de ayuda doméstica. Marta la Negra, se llevó una cámara fotográfica. Cristina, la ojiverde, alzó con desodorantes y con una colección de discos de música tropical. Irene, una muchacha de cara inocente, se enamoró de una chaqueta que jamás volví a ver. Lucía se encarteraba los jabones de olor. Ninguna se llevó libros, ni tampoco ninguna grabación de música clásica. Una vez, cuando mi residencia era otra, una visita de ladrones, que se hurtaron pasaporte, relojes, lociones, equipo de sonido, televisor, computador, olla arrocera con arroz incluido, dejaron intactos los libros, las pinturas y la música. Qué incultos.

 

No sé por qué, mientras me volvía ropa, zapatos, cofres, ganchos, me acordé de Proust, tal vez el mejor descriptor de cosas que haya leído jamás. Para él, cada objeto, una lámpara, una vajilla, una linterna, en fin, tienen una relación clave y sentimental con el hombre. Y a su vez, memoré un poema de Borges, que durante mucho tiempo tuve enmarcado en un cuadrito en el patio de atrás: “… / ¡Cuántas cosas, / láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido”.

 

Anoche fui camisa y pantaloncillos; zapatos y medias; perfumes y sábanas, y supe de la intimidad que esas cosas sienten, y de su pasividad impasible, como a la espera de que su “dueño” las tome y las saque de su encierro de escaparate para tener relación con el mundo y con la luz.

Pintura de Pieter de Hooch