La sirena viene hacia mí…

(Crónica con ululares de patrullas, ambulancias y mujeres de torso desnudo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los primeros relatos de sirenas los escuché en casa, cuando una señora rubicunda y de palabras de encanto, acomodaba a su parecer la aventura de Ulises atado a un mástil para que el canto de unas mujeres hipnotizadoras no lo asesinaran con su belleza imposible. Ella, la de la voz de entusiasmo, contaba de cómo a los compañeros del navegante, él les había dicho que se taparan los oídos con cera para que no perecieran ante el diabólico embrujamiento.

 

En cambio, las sirenas de verdad, o, al menos, cercanas a la cotidianidad, eran las de las fábricas de textiles y la del Taller del Ferrocarril, en Bello. No siempre tuvieron en  su voz un ulular largo y penetrador. Se metamorfosearon con el tiempo en un pito largo, como el de las locomotoras, que ahora solo son recuerdo. Aquellas especies de alarmas, o como de llamados de atención, servían para el cambio de turnos en las factorías y así se tornaron como reflejos condicionados para obreros y amas de casa.

 

A los estudiantes, en sus claustros, el escuchar aquellos alaridos les movía y revolvía los jugos gástricos y los hacía bostezar. El último día del año, a las doce de la noche, aquellos pífanos fabriles se juntaban en un desenfreno de celebración, acompañado de estallidos de voladores y destellos de luces de bengala. Era una ruidosa bienvenida al Año Nuevo.

 

Otras sirenas, menos contentas y más escandalosas, eran las que, con menor frecuencia, se escuchaban como sinónimo de incendio. No eran muy comunes, pero no faltaban. El ulular producía una sensación trágica de incertidumbre. El carro de bomberos de Bello, en los sesentas y setentas, no era tanto parar apagar incendios sino para repartir agua en tantos barrios en los que el acueducto seguía siendo una vana promesa. O una entelequia.

 

Las de la Policía, unas camionetas a las que la gente denominaba las celulares, la Bola o la Chota, a veces la tómbola, o, con más simpleza, la patrulla, no eran simpáticas. Más bien, producían escozor y siempre se relacionaban con asaltos y persecuciones. A los muchachos que entonces jugaban fútbol en las calles, la presencia de aquellos vehículos, grises o verde oliva, les dañaba los partidos, los hacía correr despavoridos y, en ocasiones, hasta perder la pelota, que era decomisada.

 

Tal vez la más dramática sea la sirena de la ambulancia, con su voz desgarrada, dolorosa, que llena al oyente de sombrías inquietudes. Ese aullido causa vacíos en el estómago y conduce a muchos a imaginarse la peor de las tragedias. Se conjetura, por ejemplo, un vasto accidente, con la extensa sangre en la vía, o en el abismo, o bajo el lodo, o entre los escombros.  Incluso, si se le presta cuidadosa atención, se diferenciará la sirena de la ambulancia que apenas marcha al lugar del accidente de la que va rumbo a la clínica. Es quizá el grado de desesperación el que las distingue, o la manera de pedir apertura de las calles. Es una sensación especial y espeluznante.

 

Hoy, en muchas ciudades, es común el sonido de sirenas de bomberos, de policías, de ambulancias. Pululan los accidentes, los incendios, las catástrofes. Y ya no solo las tienen los vehículos de cuatro ruedas (o más), sino las motocicletas policiacas. Esos sonidos, que en otros días aceleraban corazones, se han vuelto paisaje y, según dicen algunos, ya casi nadie se estremece con ellos. Ni se dan por enterados.

 

Y como de sirenas se habla, no dejan de ser atrayentes aquellas, mitológicas, que en otros días poblaron las noches y los palpitares de la infancia y la adolescencia con fantasías y vuelos imaginativos. ¿Quién que es no quiso encontrarse alguna vez con una presencia medio mujer, medio pez, en ocasiones de largas cabelleras, el torso desnudo, los ojos insinuantes y que cantara hasta ponernos al borde de perder la razón?

 

Las sirenas, tan poetizadas, tan fabuladas, son entidades de maravilla. Se pueden encontrar en las aguas del Río Grande de la Magdalena, como en la isla de Capri, o en un pueblito de canción llamado Sorrento, en Italia. Cristóbal Colón, en su primer viaje, dijo que vio a tres de ellas en lo que él creía era la parte más oriental de Asia. Las de Las mil y una noches, a diferencia de las occidentales, son sirenas con apariencia de mujer (nada de cola de pez), con la cualidad de que pueden sumergirse y habitar sin problema bajo el agua.

 

La señora rubia que hace años nos contaba a mis hermanos y a mí historias de sirenas, relataba una aventura de infancia cuando, en una quebrada de Rionegro, se topó con una que le dijo que su destino era dedicarse a pintarlas. Jamás dibujó ninguna, pero inventó historias en las que las sirenas bajaban del cielo con un cargamento de estrellas y de luciérnagas. Sus hijos, boquiabiertos y dispuesto al asombro, creyeron siempre cada una de aquellas aventuras luminosas.

 

Un recuerdo juvenil me conduce a un baile de fin de año, cuando una muchacha permitía, entrecerrando los ojos, apretujamientos y “amacices”, mientras en el tocadiscos sonaba una canción: “La sirena viene hacia mí, voy a atraparla con mi red marinera, y me espera para jugar, loca de risa en la espuma del mar”.

 

Hace años, sobre todo en el Valle de Aburrá, el canto de las sirenas de las fábricas atrajo a miles de migrantes que arribaron de campos y otras lejanías para convertirse en mano de obra. De los unos y los otros, poco queda hoy: ni fábricas ni obreros. Tampoco sirenas convocadoras de trabajo. Las que quedan, de patrullas, bomberos y ambulancias, siguen conectadas con un mundo febril que parece vivir en emergencia.

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Las sirenas en Occidente se revelaron en La Odisea.

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