Los agridulces bazares del bus Circular

Por Reinaldo Spitaletta

 

El reggaetón que hacía estremecer la parte trasera del bus, estaba a punto de provocarme un colapso, y cuando ya las palabras maldicientes querían salir para proferírselas al conductor, se subió un muchacho de melena entre lo Bob Marley y alguno de sus imitadores criollos y comenzó con una introducción de que iba a cantar no sé qué vaina, y con una guitarra sucia, inició un tropel de acordes y palabras, que como los bafles seguían con su cantilena a todo taco yo no pude distinguir. Parecía cantar más o menos bien, sonreía con dientes brillantes y la cara se le iluminaba. Alguno pudiera haber pensado: “tiene feeling”.

 

Por lo menos tres días a la semana abordo el bus verde, clásico, con franjas rojas y cremas, del Circular Coonatra (“Circular Conozca”, dicen algunos muchachos universitarios), y es una carrocería de sorpresas, no porque sus conductores (me gusta más decir choferes) sean unos tipos arriesgados, que pegan unos frenazos de miedo, hacen sonar los frenos de aire, aceleran entre las congestiones y salen airosos, aunque a uno que otro he visto doblar los espejos de algún automóvil mal parqueado, y no porque compitan a veces entre ellos sino por la variopinta “fauna” de vendedores de todo, cantantes, magos, que lo abordan en un rebusque que parece crecer cada día en la “Ciudad más innovadora” del mundo, la hermosa y fea Medellín.

 

Los discursos del vendedor de estampitas religiosas se parecen al de dos señores que se suben a ofrecer lapiceros y borradores, en paquetitos, para sostener, según advierten, un hogar de rehabilitación de drogadictos, porque entran disculpándose, como impetrando perdones a los pasajeros porque están ahí, rompiendo la interioridad y recogimiento del bus (algunos también tienen estampas de vírgenes y corazones de jesuses), interrumpiendo a la señora que está preguntado dónde queda Saludcoop, y a la otra que pide por favor la dejen en El Cafetero, o al estudiante que está a punto de presentar un parcial y tiene la mente puesta en algún problema o una hipótesis.

 

Y cuando los de los lapiceros o biromes se han apeado, tras repartir y recoger sus paquetitos, y recibir unas monedas, se suben los de las chocolatinas, y después los de los confites, y más allá los de las “tijeras de modistería”, y el mundo del bus se va pareciendo a un bazar persa, a un zoco árabe, al viejo Pedrero en las afueras de la extinguida plaza de Guayaquil. .. “Señoras y señores tengan todos muy buenas tardes, estoy aquí ofreciendo estás ricas y deliciosas gomitas que pueden endulzar sus vidas porque no tengo trabajo y yo no voy a morirme de hambre, y si bien lo que hago no es un trabajo como otros, sí tiene su dignidad, señoras y señores. Vengo, pues, pasando por cada uno de sus puestos para que por favor me reciban sin compromiso las gomitas, que como les dije son ricas y deliciosas…”, y unos reciben, otros voltean la cabeza, indiferentes, y la señora de la orilla dice “no, gracias” y la otra sí abre las manos y mira los dulces. “Perdonen que los moleste, pero por ahora esta es mi manera de sobrevivir…”.

 

Y uno no sabe si fue en este o en otro viaje, cuando se subió la muchacha morena, peliquieta, a cantar una canción tropical; ni cuándo fue que escuchaste a los raperos, dicen ser hermanos, resoplando y fraseando sobre el barrio, con mensajes positivos, que ellos también parecen estar en la onda de la programación neurolingüística; ni te enteraste lo suficiente o tenés una confusión, si era que ibas para la de Antioquia o en dirección a la UPB cuando un señor con una guitarra de merendero cantó dos pasillos ecuatorianos, tal vez uno era Rosario de besos, con letra de Tartarín Moreira; ni tampoco hay certeza si fue un jueves o un lunes cuando escuchaste a un cantante pelilargo cantar dos canciones del festival de San Remo, una era aquella de “Che sará, che sará…de la mia vita… chi lo sa”, que mezclaba su italiano con castellano, “pueblo mío que estás en la colina…”

 

Quizá una de las más dramáticas visitas al bus de estudiantes y profesores y gentes que van a las clínicas y EPS, ha sido la de uno -un hombre alto y flaco- que ni puede respirar, tose, se retuerce, dice tener un cáncer de pulmón, y abre las manos para que se llenen de monedas, pero no siempre sucede el milagro y nadie deposita ningún níquel, y el gesto de petición e imploración se pierde en el pasillo del Circular.

 

_Óigame, señor conductor, me iban a pegar cuatro manes de los que venden cosas en los buses, que porque yo no puedo…

 

La voz del hombre, firme y sin demostraciones de miedo, se riega por el bus, que tiene cuatro o cinco bancas vacías. Le cuenta al chofer que lo estuvieron amenazando porque nadie podía vender nada sin el permiso de no sé quién.

 

_Pero yo no comí de nada, tengo que sobrevivir, y usted sabe que yo no pongo problema_, le insiste al conductor, que da la impresión de no escucharlo.

 

El tipo se queda delante de la registradora, el bus ha recorrido una cuatro cuadras, y entonces el vendedor (que no nos ofreció nada a los pasajeros) dice que “me bajo por aquí, gracias mijo, nos vemos”.

 

Tal vez uno de los más “ganadores” es el mago. Se echa el cuento de que solo se sube dos o tres veces para mostrar sus números, que relajan, que pueden hacer adormecer, según dice, y las palabras van acompañadas de sonrisas. Saca un lápiz y lo pone en la palma de la mano, el lápiz baila, se yergue, y después desaparece, lo mismo que desaparecerá más tarde una pañoleta, tras lo cual el mago recorre el pasillo y recibe su premio en metálico.

 

Pero quizá tan repulsivo como el reggaetón del principio, sea la cantaleta monótona, sí, como una monodia de convento, que todos, sí, señor, todos los que cantan, los que rezan, los que ofrecen chicles, los que llevan fotocopias de poemas, sueltan en una frase que, por repetida, perdió todo sentido: “Que Dios los bendiga” . De pronto, se salva la situación con un chirrido de llantas o gracias a un frenazo en seco, que hace gemir a una señora y articular algún hijueputazo a un caballero que iba con los ojos cerrados. “Qué manera de despertarlo a uno este carechimba”, se oye decir. Luego, el bus cae en una suerte de vacío existencial. Afuera, el mundo va y viene. O gira, como cualquier Circular Coonatra.

 

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De cantinas y cafés: Europa y Medellín

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los Panidas, que eran trece, alborotaban la parroquia de Medellín, la Villa de la Candelaria, en la segunda década del siglo XX, en el café El Globo. Pero, para ser justos, por estas lindes nunca hemos tenido cafés, en el sentido de aquellos lugares hechos para la conspiración y la charla, el intercambio de ideas y las discusiones políticas y literarias. Somos hijos de la cantina que, de acuerdo con algún gozón de esquina, pertenece más a la barbarie que a la civilización.

 

Para George Steiner, Europa está compuesta de cafés. Es más, es una creación del café. Su tradición cultural se afinca en esos sitios hechos para el cotilleo intelectual, para el poeta y el filósofo, para el “flâneur” o el metafísico armado de pluma y cuaderno. La idea de Europa -dice- se funda en el café; en el mismo favorito de Pessoa en Lisboa hasta los de Odesa frecuentados por los gánsteres de Isak Bábel. Los cafés de aquella geografía están cruzados por la presencia de creadores (también de algún asesino), de bohemios que pintan, de hombres que discuten. En Copenhague está el café donde estuvo Kierkegaard rumiando su existencialismo; en Milán, alguno en el que el francés Stendhal imaginó sus obras italianas.

 

Por aquí, por estas vecindades, tuvimos la cantina de aguardiente y pianola. Aquélla de tango y tinto humeante (también de cerveza y ron y en ocasiones con muchachas regordetas que servían las copas en las mesas), en las que a veces olía a musgo o a telar. Ah, sí señores, por el Miami y el Metropol, en el centro de Medellín, deambularon nadaístas y rebuscadores, al tiempo que por el Perro Negro, en Guayaquil, en el que a Daniel Santos lo bautizaron como El Jefe, se mezclaban músicas de arrabal porteño con aires de las Antillas y a veces aparecía el fantasmagórico detective municipal llamado Tartarín Moreira, panida en sus tiempos mozos. Y hubo, en Bello, en Envigado, en Itagüí, el bar de obreros taciturnos, en el que muchos se “bebieron sus años”.

 

En Europa el café estaba abierto a todos, pero, a la vez, era una suerte de club. Había -vuelvo a Steiner- una presencia programática, una especie de masonería política y artística, alrededor de una copa de vino, una taza de café, un té caliente, y con tableros de ajedrez y préstamo de periódicos. El café se hizo para los opositores, para los que iban a terminar su novela en una mesa, para aquellos que en un momento de sus vidas fueron clandestinos y agitadores. El café como sucursal del ágora.

 

En Viena, por ejemplo, quienes querían conocer a Freud, a Karl Kraus, a Robert Musil, sabían en cual café hallarlos. En un café de Génova, Lenin escribió su tratado sobre materialismo y empiriocriticismo y jugó al ajedrez con Trotski. Vaya, queridos, que la idea de Europa se puede encontrar en los cafés de París o Roma o Madrid. El café tiene un hálito sacro, como de templo, en el que se ofician diversos cultos. En uno estuvo el fenomenólogo; en otro, el cartógrafo de almas. ¿Qué idea de Medellín se paseó por las cantinas?

 

El café es, como lo  sugiere Claudio Magris, la expresión triunfante de la variedad. Es una especie de academia platónica en la que no se enseña nada “pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto”. Ah, y qué tal la visión de Enrique Santos Discépolo: es como una escuela de todas las cosas. El café se inventó, además, para el ejercicio de una manifestación inteligente y afectiva que ya perdimos: la conversación.

 

El café (y digamos que la cantina también) se erigió para tejer redes de fraternidad. Pasó en Medellín: el café restaurante Versalles, del argentino Leonardo Nieto, permitía a los estudiantes (felices, indocumentados y sin plata) quedarse todo el día en una mesa (“sobre tus mesas que nunca preguntan…”), con un tinto, conversando entonces de la revolución y de cómo la imaginación podía llegar al poder.

 

El café, una entidad entre lo público y lo privado, fue albergue de la Ilustración: Voltaire, Diderot, Rousseau escribieron en sus mesas y vislumbraron los tortuosos caminos del estallido revolucionario. Baudelaire, Pío Baroja, Montesquieu, Sartre, son seres de café. En el café europeo, muchos circunstantes se graduaban de filósofos o polemistas. En las cantinas y bares de estas geografías desamparadas, que también eran una “mezcla milagrosa de sabiondos y suicidas”, hace tiempos los muchachos se graduaban de hombres.

 

 Café de Flore, París.