Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

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Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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