Viejo barrio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las flores de un día alfombran las aceras

Las mariposas vuelan al paso de los carros

Algunas quedan aplastadas, con sus alas amarillas

Estampadas sobre tela de cemento.

 

Allí, sobre la esquina de nombre hebreo,

Estuvo la casa múltiple de los Cohen

Barco de vapor de río muerto y renovado

Es su fachada de muchachas idas

 

Allá, en mitad de la enjardinecida  cuadra

Vivió una reina de belleza muerta años después

Con muchas arrugas en la cara y el corazón

En una selva oscura, como la del poeta.

 

En una encrucijada de casas preciosistas

Con torreones y ventanas sin testigos

Se chocan el descubridor del Pacífico

Con el invasor de los pueblos de la sal y de las quebradas.

 

No sé por qué me gusta caminar por estas calles viejas

Que en otros días discurrían en soledades

La gente vivía hacia adentro, con sus fonógrafos y vajillas chinas

Y sus cajas fuertes con tesoros de trabajos no forzados.

 

En la esquina de los conquistadores un caserón me mira

Adentro, me han dicho, hay piscina y un árbol de la vida

Y rosetones con vidrieras belgas y un órgano alemán.

Las ventanas tienen jardines colgantes y un miedo al exterior.

 

Es el barrio más bello de la ciudad vanidosa

En la que antes hubo chimeneas y flores todo el año

Es el más lleno de fantasmas y de rosas atardecidas

Que nadie regala porque las mozas se han esfumado.

 

En esta casa que tiene aspecto de castillo galés

Vivió una señora de hablares con acento

Que tenía una agencia de filantropías y novenarios

Y era amiga del sacerdote de la iglesia de los curazaos solferinos.

 

Pasearse por sus calles amplias es una lección de historia

Olvidada en los portones y contraportones, en las aldabas y claraboyas.

Un león dormido se estaciona a la entrada de donde vivieron los Molina

Una familia que tenía fábricas de medias y una muchacha sin habla.

 

Por aquí, en el cruce de una calle con apellido de ingeniero inglés

Con otra de nombre de república bolivariana hay un edificio breve

En lo que antes era un caserón de tejas españolas con voces de piano.

No se ve salir ni entrar a nadie. En los balcones hay cuernos reverdecidos.

 

Tantas cosas han cambiado en el viejo barrio de noches perfumadas:

Los cadmios, sin embargo, siguen, con los jazmines nocturnos

Esparciendo en la soledad de sombras chinescas aromas de otros días

Cuando las muchachas en las ventanas recibían una serenata de luna.

 

Los faroles y las fachadas y los portones que ahora cubren rejas

Se han dormido ante la ausencia de los que se fueron para siempre

Y hay puertas y ventanas que no se volvieron a abrir (ni a cerrar)

Con techos por los que el cielo mojado se filtra con lágrimas azules.

 

El viento con plumas de la mañana del viejo y nuevo barrio

Transporta perfumes de otros días, de París y New York

De señoras fantasmales que vuelan sobre los entejados de sol

Como fugadas del sueño imposible de un cuadro de Chagall…

 

Caminar por estas calles de ancianos en los antejardines

Y de tapetes amarillos que vuelan dos o tres veces al año

Es ir de súbito hacia los días de esplendor que se ocultan

En las paredes descaecidas y en las hojas de los casco’evacas.

 

Todavía por la avenida ancha que tiene nombre de batalla

Hay castilletes y rejas de hierro forjado y una torre de cristal

Y la memoria encanecida de una palomita blanca sin vals

Que se posa sobre las campanas mudas de antiguos muertos.

 

 

Imágenes de un viejo barrio, de antiguas vanidades y presencias históricas. Fotos de Carlos Spitaletta

 

 

 

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