Daniel Santos, camajanes y un pucho de marihuana

(A los cien años del natalicio del cantante portorriqueño, bautizado en Medellín como El Jefe)

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Introito con camajanes

El Anacobero nos llegó a casa en la voz de papá, que, al arribar de sus viajes de trabajo, con sus maletines de sorpresas y su sabor caribe, cantaba, por ejemplo, “el bobo de la yuca se quiere casar…”, o de un modo más melancólico, aquello de “y triste el jibarito va…”. A veces, imitando la vocalización del cantor de Puerto Rico, con su particular estilo de nasalidad revuelta con unas pronuncias de la “O” que más bien era “ou”, como con fonética inglesa, se dejaba venir con “Perdón, vida de mi vida, perdón si es que te faltadou… perdón, cariñito amadou…ángel adoradou…”. Y hacía morisquetas y dramatizaba, para que soltáramos las risotadas.

 

En casa se regó el sofá, que quiero descansar, y, claro, aquello de “vengo a decirle adiós a los muchachos” (con error gramatical incluido), combinado con Esperanza inútil y Vuélveme a querer. El Jefe, como lo bautizaron en Medellín en el bar Perro Negro, estaba presente entre nosotros, porque, desde luego, papá parecía un fanático de sus canciones y de su modo único de expresión. Inconfundible. Con muchos imitadores, entre ellos, vea pues, mi caro padre, que consideraba a Santos como uno de los mejores vocalistas del Caribe. Todavía no era el tiempo de escuchar al viejo Daniel y sus interpretaciones antiyanquis, que abogaban por la libertad de Puerto Rico y contra la invasión a Vietnam. Esas llegaron después.

 

Con los años, cuando ya éramos parte de una generación que cuestionaba todos los poderes, Daniel Santos apareció con sus canciones a favor de Fidel Castro y en contra del imperialismo norteamericano. También contra el neocolonialismo con el que trataban a Puerto Rico. Antes, en las esquinas de barrios bellanitas, como Prado, El Congolo, La Cumbre, Pachelly, los camajanes, que eran seres estrambóticos, contestatarios con la apariencia, siempre con su pucho de marihuana entre los dedos o en algún bolsillo, cantaban a Daniel y se les escuchaba una canción de putas, bella ella, Virgen de medianoche. Se concentraban en la letra, en la entonación, algunos aspiraban su bareto, y parecían danzar con una mujer imaginaria, los zapatos blanquinegros, sin medias, raspaban la acera. Dejaban ver el pecho velludo y algunos se colgaban cadenas gruesas y se ponían esclavas. “Daniel es nuestro jefe”, se les escuchó decir.

 

Aquellos camajanes, amantes de melancólicos tangos y de las piezas de la Sonora Matancera, vibraban con las canciones del bigotudo Daniel y algunos querían imitar su pinta brava. La estrella del Caribe los iluminaba en sus trabas y vagancias. ¡Ah!, años después de aquellas presencias urbanas, conocí un periodista argentino, Jorge Götling, experto en tango y corresponsal internacional del diario Clarín, que cuando escuchó algunas grabaciones del Inquieto Anacobero, de inmediato se enamoró de su timbre y manera de cantar. “En Argentina nadie lo conoce”, me dijo. Y junto a Gardel, Rivero y Goyeneche, entre tantos, el puertorriqueño pasó a ser parte de las admiraciones del laureado periodista porteño.

 

Daniel Santos, una suerte de conquistador de muchachas y atrapacorazones, nacido el 5 de febrero de 1916, terminó sus días de artista y de donjuán latino, de un modo triste, con una decadencia dolorosa, que hacía que, en el escenario, olvidara las letras de las canciones. Murió a los 76 años, el 27 de noviembre de 1992. Y por esos días, por su muerte, escribí una nota a modo de despedida, mejor dicho, para decirle adiós a Daniel. Aquí va.

 

  1. Para decirle adiós a Daniel

 

Creo que ahora sí sos propiedad de la nostalgia, viejo Dani. Parte de un sueño. Uno poco la noche de Novalis, un poco la del bohemio. Tu voz pertenece no a la luz del sol, sino a la de los numerosos neones. El espíritu de la victrola te recuerda; permanencia en un traganíquel de barrio viejo. Vigencia en la penumbra de la esquina. Ahora sos fantasma de cafetín, que salta de retrato en retrato, cantándole a esa maldita pared iconográfica que vos ibas a tumbar algún día, ¿te acordás?

 

A vos, que te amaron las vírgenes de medianoche (no eran vírgenes, pero sí mujeres de piel lúcida, ardientes damas que se dejaban adorar), te llevaron en la garganta los desaparecidos bacanes del bar Florida, coro nasal de mesa cantinera, inspirados por tu forma de frasear, de decir las canciones, como para no confundirte con nadie. Golpeaban la madera, a manera de tumbadora, o de bongoes, cuando les articulabas aquello de Carolina Caro, claro. La barra se frenetizaba al oírte el Tíbiri tábara, y alguno que había probado celda en San Quintín, lloraba con la evocación de las lentas horas de cautividad.

 

Vos, en cierta forma, fuiste “promotor de la melancolía”, pero, sobre todo, del regocijo colectivo. Te metiste en el alma del triste. Y del desclasado. Estabas en el jolgorio del obrero, cansado de producir plusvalías. Iluminaste las rumbas del pequeñoburgués con tus ansias de izar una bandera propia para tu tierra, perla de los mares.

 

Vos, pregonero de calle, inmigrante (algo de gaviota se te quedó en el discurrir), detestabas a los periodistas de farándula “porque no investigan un carajo”, pero, en cambio, amabas, con Rafael Hernández, al campesino de tu patria, tanto él como ella llenos de pesares. Le cantaste a la angustia de los pueblos colonizados y supiste que la alegría es un derecho que no hay que mendigarle a nadie. Se conquista con la guitarra, con todas las voces unidas.

 

En aquel puerto seco que era Guayaquil recalaste un día, entre bandidajes y guapos, para que, sin necesidad de bautismo de sangre, te llamaran El Jefe. Y punto. Entonces tu canto estuvo en La Alhambra y Maturín, en Amador y Carabobo, en todas las revoluciones, en todos los surcos.

 

Vos, que estuviste en la mira ubicua del FBI, eras un irreverente, un buscapleitos, alguien que no se estacionaba bien ni atendía los avisos de “prohibido pasar sin autorización”. Man turbulento e inconforme. Uno de los que no pasa inadvertido. En rigor, no eras como el de tu guaracha, ningún “bobo de la yuca”, y como es fama, abundaste en lunas de miel.

 

Ya militás en la leyenda. Pertenecés a la legión de los elegidos. No has cancelado la posibilidad de muchas resurrecciones. Ocurren cada vez que sonás en una rocola. Estás ahora en el tiempo de los homenajes póstumos. He visto cómo te saludan desde el humo de un Lucky Strike, un zapatero remendón de una perpleja esquina de Bello y un jubilado que juega al billar en la ineludible 45 de Manrique. En Enciso, un coleccionista desempolvó en la hora de los adioses tu voz de acetato y se entregó a una velada de recordatorios.

 

Me parece que sos, desde hace rato, un habitante inevitable de la memoria colectiva. Seguís en la noche, que a veces es vampiro, a veces claro de luna.Y otras veces, canción.

 

En alguna esquina de esta parte del universo, los muchachos de entonces siguen a la espera de que vengás a cantarles tu despedida, viejo Daniel, con lagrimón incluido.

 

  1. Marihuana para Santos

 

(Un día, en que se puso de moda el asunto de la marihuana —bueno, jamás ha pasado de moda la marihuana en ninguna parte— escribí una columna para recordar a Daniel Santos y su aspiradera. El gobierno colombiano de otro Santos (Juan Manuel, alias Juampa), muy maluco él, progringo y vendepatria hasta el tuétano, había dado pábulo para esta nota que ahora trascribo, y todo porque Daniel Doroteo Santos está cumpliendo cien años de su natalicio)

 

 

La marihuana más alucinadora que se fumó Daniel Santos, El Jefe, fue la del loco Alfredo, cultivador de la entonces denominada “yerba maldita”, en las playas o vegas del río Medellín, a la altura de Envigado. El plantío de marras era célebre en la década del cincuenta, porque el sembrador, además estupendo bailarín de mambo, tenía una “química” especial para abonar la barbajacobiana “legumbre” (que así la llamaba el poeta Darío Lemos): la regaba con alcohol y aguapanela.

 

Dicen que la marihuana del loco Alfredo quedaba como para tumbar aviones. Y al Anacobero, que cantaba mejor cuando se fumaba un pucho, en una de sus venidas a Medellín le contaron que la mejor “maracachafa” del mundo era la que cultivaban junto al río. Le dieron a probar y el puertorriqueño quedó fascinado.

 

Por lo demás, el loco Alfredo era un habitante de Bandera Roja, un barrio de Envigado, de una sola calle y cincuenta y dos casas, con historias de guapos, putas y matones, y que lo bautizaron así porque todos sus habitantes eran gaitanistas.

 

La marihuana, en los mismos cincuentas, fue un modo de contestarle a la sociedad goda y pacata de parte de los denominados camajanes. Estas figuras, que se vestían con extravagancias, de camisas de colorines, cuellos largos, zapatos golondrinos (negros y blancos), escuchadores de música antillana y tangos, tenían a la marihuana como un modo de protesta. Ellos no querían ser obreros, sino gozones. No al trabajo, sí a la fiesta, era una suerte de lema de estos personajes de barriada, que además eran extraordinarios bailarines.

 

En los sesenta, la marihuana, el hipismo, el rock, el cabello largo, entre tantos otros rituales y comportamientos, fueron parte de las juventudes. Y aunque estaba prohibida, y era todo un baldón social ser marihuanero, abundaban los fumadores de “la mona” (que así también se le decía), a los que, si las policía capturaba, les aplicaban el “treintazo” (treinta días de cana o cárcel). La guerra de Vietnam, que puso a protestar a miles de jóvenes norteamericanos, llevó la marihuana a la soldadesca gringa. No solo se les llevaban humoristas, como Bob Hope, o estrellas rutilantes como Marilyn Monroe, sino que se les permitía a los invasores estadounidenses fumar marihuana. Tal vez para que al cometer sus villanías, como las de la aldea My Lai, no sintieran mucha pena.

 

Que la marihuana ha servido para todo: para crear carteles, como los que hubo en Colombia en los sesenta y setenta; para ponerla como asunto de desobediencia juvenil; para decir, en contra de los viejos avisos de parque, que la “yerba no se pisa, se fuma”. Y para que los norteamericanos, cuando supieron que dejaba muchas ganancias, legalizaran en algunos estados su uso y siembra, con lo que, además, le cercenaron el mercado a los exportadores de marihuana de Colombia.

 

Mujica, el extupamaro uruguayo, junto con el parlamento de su país, puso en manos del Estado la producción, venta y distribución de la marihuana. Y tal vez una de los métodos de reducir su consumo masivo sea ese: la legalización, que no debe limitarse a una nación, sino que debe ser internacional. Lo mismo podría ocurrir con otros estupefacientes. Puede ser la más efectiva manera de acabar con las mafias y de ir en contra de la guerra ajena en la que embarcaron los Estados Unidos a países como Colombia.

 

Las prohibiciones, como la de la marihuana, el alcohol, la cocaína, etc., provocan corrupción y matonería. Pasó en Gringolandia, en los tiempos de la Ley Seca. Surgieron mafiosos como Al Capone, y, a la vez, legendarios perseguidores como Eliot Ness. El caso es que contra todos los intereses monetarios de países como Estados Unidos, la legalización acabaría con los barones de las drogas y su reino de violencia, y en países como Colombia, hasta con la guerrilla, que tiene al narcotráfico como una de sus principales fuentes de financiación.

 

Barba Jacob, de vida y aspiraciones profundas, cultivaba sus matitas de marihuana en materos. A diferencia de los soldados norteamericanos en Vietnam, el poeta era un marihuanero inofensivo. Hace años conocí al que pudo haber sido el marihuanero más viejo del mundo, Roberto, un zapatero eficaz al que la marihuana lo volvió una suerte de robot, que erraba por las calles de Bello, con su caminado de bamboleos. Producía temor en algunas señoras y seminaristas. Era, sin embargo, un ser pacífico.

 

Ahora que a la marihuana la han puesto en boga algunos tinterillos santistas (de Santos el malo), vale recordar a Daniel Santos, que cantaba mejor Virgen de medianoche, cuando se aspiraba un bareto, preparado con la hierba de un loco de Envigado.

El cantante Daniel Santos (1916-1992)

 

 

 

 

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Historias de puños y puñaladas

Resultado de imagen de bandera roja

(Crónica de un barrio donde nacían muchos y se criaban los más guapos)

N.B. Esta crónica sobre Bandera Roja la publiqué el 19 de julio de 1992. Es una memoria urbana, de tiempos desamparados.

Por Reinaldo Spitaletta

Dicen que la marihuana más alucinadora que se ha fumado el Jefe Daniel Santos fue la del loco Alfredo, cultivador de la yerba en las playas del río Medellín, en Envigado. El plantío del orate era famoso hace cuarenta años porque el hombrecito, estupendo bailarín de mambo, tenía una “química” especial para abonar la barbajacobiana “legumbre”: la regaba con alcohol y aguapanela. ¡Quedaba como para tumbar aviones! ¡uff!

El loco Alfredo era uno de los habitantes de Bandera Roja, un barrio envigadeño de una sola calle y cincuenta y dos casas, con historias de guapos y puticas y matones, hoy estigmatizado por su pretérito imperfecto de pendencias y sangres malevas.

Durante la época de la Violencia, Miguel Taborda, tipo que no albergaba miedos para gritarle vivas al Partido Liberal, puso una cantina en una de las dos esquinas del entonces naciente barrio. Y, para sacarles la chispa a los godos, pintó una bandera roja en la pared exterior del bar. Desde esos tiempos de convulsiones sociales tal calle comenzó a llamarse así: Bandera Roja.

La cantina se convirtió en el centro rumbero de la barriada. Se congregaban allí los mejores bailadores de tango y música del Caribe. Y los tesos para el puño y la puñaleta. Ahí solo entraban los buscapleitos que no temían a la pelea. Los buenos para la trifulca. Miguel Taborda, ante el auge del negocio, construyó detrás de la tabernucha una casa de citas. Y de juegos de azar.

Ardientes guarichas adornaban (y calentaban) las noches del malevaje de Bandera Roja. Se jugaba la plata y, a veces, la vida. La mala fama del arrabal se regó por todas partes. Allí solo iban los amantes de las emociones fuertes, los patoteros, los sobradores. Para las gentes de otras fracciones urbanas aquel barrio representaba lo diabólico y lo perverso.

Un curita envigadeño, el padre González, que en las misas de cinco no desperdiciaba pulpitazo contra el barrio, lo maldijo. “Cuidado con ir a Bandera Roja. Allá van a bailar mujeres desnudas”, dicen que dijo el sacerdote. Y como lo prohibido es lo más atractivo, las romerías de mozalbetes de otros sectores abundaron por el lugar. No importaba el peligro. ¿Cómo perderse el espectáculo de una chica en pelota?, se decía la muchachada.

Las noches de Bandera Roja eran puro tango y Sonora Matancera. El sonido de los dados contra las mesas era rutinario. Se barajaba la suerte en el póker. Y, en cualquier momento, todo se transformaba en un tinglado, donde los hombres contendían a puñetazos y a golpes de cuchillo.

Ser entonces de Bandera Roja era pertenecer a la ignominia. En las escuelas segregaban a los muchachos del barrio. Y les temían. “Nos ponían en la parte de atrás del salón. Cuando algo se perdía, ahí mismo decían: eso fue algún negro de Bandera Roja que se la robó”, recuerda Iván Vélez, bailarín de tango y exobrero textilero, nacido hace 52 años en esa calle.

Muy cerca de Bandera Roja existía la manga del Míster, escenario no solo de futbolerías, sino centro de lanzamientos espaciales. En efecto, muchos iban allí a fumarse la marihuanita cultivada por el loco Alfredo, quien, además, la regalaba debido a la sobreproducción. “Esa marihuana era tan buena que con un pitazo uno quedaba escuchando dos Sonoras Matanceras al mismo tiempo”, dice Iván.

Los primeros habitantes de Bandera Roja (se recuerda, por ejemplo, a Isabel Gualupa y Luisa Paloma, excelsas bailarinas de pasillos y otros ritmos ahora en desuso) aprendieron a vivir en medio de la marginalidad y el desarraigo. La lucha cotidiana por la sobrevivencia los llevaba a robar en otras casas y en las del mismo barrio. Los adultos les sugerían a los pequeños que hurtaran plátanos y yucas y gallinas. “Todos los negritos de por aquí nos alimentábamos todas las noches con sancocho de gallina robada”, cuentan algunos.

Cierta vez, para formar un equipo de fútbol, los muchachos de Bandera Roja tuvieron que diseñar una estrategia non sancta. Se fueron al río Medellín (cuando todavía era limpio) y abordaron, con revólveres de fulminantes, a una gallada de Itagüí que allí se bañaba. A todos les robaron las pantalonetas. Era la única posibilidad de uniformar al onceno. Cosas de la pobreza y del rebusque.
Eran bravos los muchachos banderirrojos. Guerreros. “No comían de nada”. Juan el Anacobero, por ejemplo, no solo tenía talento para mover el esqueleto a punta de guaracha y mambo, sino para fabricar anillos de cobre que vendía como si fueran de oro. Tumbaba hasta policías el inquieto Juan.

Para habitar en ese barrio había que tener una especial predisposición hacia la pelea. Los duelos a cuchillo eran una suerte de sangriento festival diario. A veces, dos contrincantes duraban quince minutos combatiendo, al cabo de los cuales, ilesos, se daban la mano y se iban a beber juntos. Eran enfrentamientos para demostrar quién era el más verraco. Así sucedían las riñas entre Cayetano y Ramón Villa y Miguel Taborda y José Macho. Puñaleta iba y venía.

Bernardo Santamaría, por ejemplo, jamás cargaba cuchillo. Su fortaleza física (con una mano alzaba un bulto de cemento) y sus puños de catapulta eran su mejor defensa. Y ataque. Dicen que era un señorazo en sano juicio, pero cuando el alcohol le hacía extraviar sus cabales, se tornaba en fiera. A más de uno lo dejó sin dientes y sin ganas de volver a enfrentársele.

El Bizco y Darío Torres se odiaban desde chiquitos. Crecieron en la misma calle, pero no cabían los dos en ese espacio. Una tarde se armó la zambra. El Bizco extrajo su puñal y, con rapidez de serpiente, lo clavó junto al cuello de su enemigo. La hoja chocó contra un hueso y se quebró. Darío aprovechó entonces para contraatacar y con la primera cuchillada envió al piso al rival. Y se le fue encima. Y apuñalaba sin pausa. Los otros le daban –para contenerlo- con bolas y tacos de billar, con botellas, con el grito. Pero nada. El hombre estaba encarnizado. Era una pelea más en Bandera Roja.

Los muchachos de Bandera Roja querían ser los más duros. Los más tesos de Envigado. Iban al matadero y ubicaban al novillo más negro y más bravo. Cuando lo sacrificaban, ellos pedían la sangre y la bebían. Creían que así se les transmitía la fiereza del animal. Su cultura era la de vivir para el pugilato y el duelo.

Pero Bandera Roja no afincaba su fama solo en la pendencia. También en sus bailes. Señoras y señores tangueaban y se tenían confianza para el pasodoble y el porro. “Aquí venían gentes muy seleccionadas, pero seleccionadas en la cultura de la pelea”, dice Iván Vélez, con palabras sonrientes.

Tantos escándalos y pecados condujeron a gentecitas pías de otros ámbitos a portarse como salvadores. Y entonces erigieron allí una imagen de Santa Gertrudis. Quizás así –pensaban- Bandera Roja se sosegaría. A la primera semana, estaban rezando una señora y su sobrino, cuando un carro de lavandería los atropelló. La dama perdió la vida; su pariente, un pie. Otro día, una familia oraba allí. De pronto, apareció un hombre que, enloquecido, disparaba. Hubo dos muertos. La santa tuvo que buscar un sitio más apacible.

En Bandera Roja vivió Fermín Calle, un hombre que tenía pacto con el diablo. Le vendió su alma a satán para que este le concediera la gracia de ganar siempre en el juego (como una especie de Peralta, el de Carrasquilla). Claro que la suerte lo acompañaba, pero las ganancias las gastaba en licor. Dicen que cuando se rompió el acuerdo diabólico, Fermín perdió la voz.

Los guapos de Bandera Roja se murieron casi todos. Unos de muerte natural. Otros de puñalada. El bar ya no existe. Pero ha quedado la mala fama, como una cicatriz. La callecita (la 45 sur con la 43A) testigo de tantas aventuras, sobrevive. Nada recuerda, por ejemplo, a las muchachas de la noche, como Resfa (después tuvo un prostíbulo en el callejón de Inextra, en Medellín) y Mary, que hacían de la lujuria un auténtico pecado capital. Ya no bailan tango ni pasodoble. Los braveros se acabaron.

“Aquí no hay sicarios ni cosas de esas, pero tampoco es un paraíso”, dice Iván, un hombre que, ahora, desempleado, se dedica a leer textos esotéricos y a dar clasecitas de tango.

Bandera Roja es una calle que parece una puñalada, o una herida encementada, según como se la mire. Es un barriecito anhelador de progresos. Es una parte del desamparo. De haberla conocido, probablemente Daniel Santos le hubiera dedicado alguna canción y dado un adiós a los muchachos que ya no están.

Sangre de coral

Por Reinaldo Spitaletta

“Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”. La voz de Daniel Santos salía de un traganíquel luminoso. El bar, con mesas amarillas y taburetes rojos, tenía en sus paredes pinturas que representaban a negras palenqueras vendiendo piñas, cocos y bananos en las playas de Cartagena. Eran hermosas las mujeres pintadas: con un pañuelo blanco, enroscado, en la cabeza, y sobre ella poncheras atiborradas de frutas tropicales. Ellas, muy erguidas manteniendo un equilibrio inestable con su cargamento.

Había otro cuadro, con un negro que tocaba la tumbadora. El negro estaba semidesnudo y sudaba. “Y en tu boquita, la sangre marchita que tiene el coral…”, a El Jefe lo acompañaba, en voz baja, un parroquiano. Tenía una camisa estampada de flores amazónicas. Al fondo, donde reposaban cajas de cerveza que subían hasta el techo, se adivinaba que había un mural. Se notaban fragmentos de un baile del Caribe.

—Oye –dijo alguien—, el hombre de las flores debe tener una pena.

—¿Por qué lo sabes?—, preguntó su acompañante, un tipo gordo, con la camisa desabotonada hasta la mitad.

—Porque aquí se viene a cantar alto y él apenas susurra.

“En la cadencia de tu voz divina, la rima de amor”. Ahora el del coro subía un poco más la voz. El bolero de Agustín Lara tenía un sabor a Antillas en la interpretación del Inquieto Anacobero.

El hombre de detrás del mostrador parecía estar en otra parte. El mundo se le había vuelto rutina y ya ni siquiera llamaban su atención las paredes azul marino ni el cuadro gran formato en el que danzaba una pareja quizá al ritmo de un jala jala. Tampoco parecía escuchar la música.

—Oye, y por qué no cantamos alto nosotros—, preguntó el gordo, con una cadena de oro al cuello.

—No, porque entonces no escuchamos a Daniel—. Siguió observando al de la voz queda, y no supo por qué sintió lástima de él. Escupió en el suelo, lleno de colillas pisoteadas. El rojo de las baldosas lo intimidó. Se llevó la mano a la cintura y se la palpó. Se sintió más seguro.

“Y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”. El de la voz bajita clavó la cabeza en la mesa.

—Vamos. Ya es hora. La pena de aquel se ha terminado—, le dijo al gordo como dándole una orden.

El del mostrador miró como sin querer a los dos que se paraban. El traganíquel se silenció. Sus colores brillaban más que de costumbre.

Pintura de Rubén Crespo

Un misterioso perfume de humedad

N.B. En 2013, cuando se cumplieron 30 años del Bolero Bar, en Medellín, su dueño, Jorge Buitrago, nos pidió a varios de sus amigos que escribiéramos sobre un bolero, el de cada uno. “El bolero de tu vida”. Este fue mi artículo.

Por Reinaldo Spitaletta

¡Huy!, cómo nos vas a hacer ésa, Buitrago. Cómo vas a decirnos que escribamos sobre “el bolero de tu vida”, cuando son tantos y tantos los bolerazos de la vida, y entonces, en este punto, hay que comenzar a filtrar en una agonía que dura y dura, como la del suplicio de Sísifo, como la de Prometeo al que cada vez le renace el hígado para que lo consuman los buitres, que nada tienen que ver con vos, Buitrago, che, ni más faltaba. ¡Oh, no, mi querido, si estás peor que unas señoras del barrio San Joaquín que me salieron una vez con que hablara de “Los cinco tangos de tu vida”, aunque, creo, fueron más generosas con la cifra. Y ni así les hice caso. Cómo se les ocurre.

Lo único que quiero solicitar, en esta hora fatal, es que, al menos, dejemos en el inventario dos boleros, y así la pena disminuye y vos, querido Buitrago, quedarás como un santón y nosotros como unos arrinconados por la forzosa selección, porque no hay otro modo de salir de esta cárcel, que escoger. Uno y dos. ¿Sí? Ah, y a lo mejor, o a la larga, el “bolero de su vida”, de la bohemia de muchos de nosotros, no ha sido otro que el tuyo, ese cuartito universal, penumbroso, que a veces puede ser como un aleph, desde donde se ve todo el perro mundo, o como una covacha de locos aturdidos por la nocturnidad. En tu hospedador bar se ha murmurado y bailado y cantado, y hasta de vez en cuando hemos arrojado copas al piso para asustar a algún parroquiano.

Así que por esta vez voy a perdonarme no hablar de un bolero de Lara, que mi padre en casa entonaba imitando a Daniel Santos: “Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”, y de Mucho corazón, que hace tantos huecos en el alma, y mirá, Buitrago, que uno se “tupe” a la hora de la verdad y de los innumerables boleros que a uno se le fueron pegando de la radio, de las victrolas, de las pianolas de barrio, de las serenatas, de los cancioneros, no quedan en la frágil memoria sino algunos acordes arpegiados y alguna voz lontana, que nos sume en confusiones y nos hace sentir la agridulce sensación de la nostalgia.

¿Dejar por fuera a Bésame mucho? ¿Y a Sabor a mí? ¿O a Llanto de luna? No, mi apreciado Buitrago, eso cuesta y duele, pero, lo dicho, nos pegaremos de dos. Las razones, quizá no las sé. Pueden estar ligadas a la infancia, a una etapa inconsciente en que las cosas y las músicas sonaban, y uno no las percibía con sentido. O puede ser, y por ahí va, en mi caso, el asunto, que mamá, que era una mujer que no solo contaba historias sino que cantaba, pudiera habernos metido (a mis hermanos y a mí) en las tramas de algunos de aquellos boleros. Porque, te digo Buitrago, que ella cantaba bien, afinada, interpretaba, dramatizaba y a veces, por las noches, después de susurrar un pasillo ecuatoriano, un bambuco o una canzonetta napolitana, se le sentía el llanto, en su pieza que entonces adornaba con iconografías de vírgenes y santos sin milagro.

El primero es Vereda Tropical, de Gonzalo Curiel, mexicano. En casa se oía en la voz de Juan Arvizu, y mamá, (papá, a veces, cuando no estaba cantando guarachas y tangos de Gardel, le daba por ese bolero) lo cantaba con una voz que después se me pareció a la de Eydie Gormé. En ocasiones, yo lo cantaba mecánicamente, sin detenerme en casi nada de la letra, pero lo que mejor me sonaba era la palabra “tropical”, que me llenaba de calideces. Con el tiempo, un amigo (Luciano Londoño) me hizo notar que era un bolero muy sensual, que tenía mensajes cifrados, con trasuntos de piel, de cierta lascivia disimulada: “perfume de humedad”.

Con los días, o quizá con los años, escuché versiones de Toña la Negra, Daniel Santos, Alfredo Sadel y otros, pero la voz de mamá seguía por encima, como si fuera una prima voce fantasmagórica, que no me dejaba sentir las maneras de interpretar de aquellos vocalistas. Era como una voz superpuesta. Y nunca he podido resolver el misterio. “Hoy solo me queda recordar / mis ojos duelen de llorar / y el alma muere de esperar”.

Digo que en un principio, por allá en la infancia lejana, la melodía me parecía triste, o tal vez la relacionaba con cielos nublados. Después, me di cuenta de que era una cálida canción de amor, con brisas salobres y besos tórridos a la orilla del mar. Y también me enteré de que era una canción melancólica, en la que había una ausencia enorme, una especie de ida sin retorno, y alguien que imploraba y culpaba. La que se había marchado, no volvería jamás, ¿y adónde iría a parar entonces aquel “perfume de humedad”?

El otro bolero, uno más cubanísimo, es Como el arrullo de palma, de Ernesto Lecuona, que nada tuvo que ver con murmullos ni voces familiares. Más bien, apareció en mi vida como una revelación de geografía combinada con cantos de sinsontes y rumores líricos. Las palabras sonaban y vibraban. Y había una suerte de deleite no solo en las frases, sino en las versiones cantadas, por ejemplo, del sonero Tito Gómez y ni hablar de la superior, la más elevada y sensitiva, de Benny Moré.

Con ríos, llanuras, espesuras y cielos azules, aquel bolero me parecía (me sigue pareciendo) una caja de colores de escuela, con la que uno podía dibujar en los cuadernos de tareas una mescolanza de caras, de soles, de casas, de palmeras, de sonrisas. Y ahí, en esa mixtura balanceada de palmas y vaivenes, estaba ella, la amorosa, la atractiva, la flor carnal de un jardín ideal que parecía conducirnos a las tierras verbales de Scheerezada, a sus aventuras de piel y de imaginativos sésamos. ¿Quién era ella? Claro, una mujer ideal, una rosa gentil, una trigueña de mirar soñador. Había, por decirlo así, muchas imágenes en ese bolero seductor.

Podría decirse que en aquel bolero arrullador había (hay, claro) un clima, y no cualquiera. El trópico, como motor de la lujuria, de las pasiones, de las caricias de brisa y sol. “Y tu piel dorada al sol / es tersa y sutil / mujer de amor sensual / mi pasión / es rumor de un palmar”. Así que entre vaivenes ardorosos y andares tentadores, esta suerte de pintura musical nos mantiene en un juego hipnótico, en el que, otra vez, el “perfume de humedad” nos hace cerrar los ojos y soñar con el reino de las pasiones y de los corazones sangrantes.

Pintura de Pablo Goldenberg