Casa de paredes sin revocar

(Crónica con hostias inconclusas, un globo negro y un muchacho muerto)

 

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En las casas de infancia había muros sin repellar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El globo negro cayó en el solar de la casa, donde había gallinero, unos cuantos arbustos de higuerilla, un mango y un sembradito de cebollas. Fue un 25 de diciembre. Los de la casa, padres y hermanos, lo tomamos con complacencia y me parece, muy a la distancia de una memoria con recovecos y claroscuros, se lo dimos a unos muchachos de la cuadra para que procedieran a reutilizarlo en un nuevo vuelo que seguro atravesaría los filtros del acueducto, iría hacia la vereda Potrerito, pasaría por encima de tejares y ladrilleras y tal vez cayera cerca de un charco de la quebrada El Hato. No recuerdo qué sucedió con el extraño globo, digo raro por el color, en un tiempo en que el papel de seda abundaba en rojos, amarillos, azules, violetas y verdes. También se confeccionaban globos blancos, pero no eran muy usuales.

 

 

La otra situación descollante la revestía un hecho especial: que se trataba del día de mi primera comunión. De una falsa —o inconclusa— comunión, porque llegamos tarde a la ceremonia y ya, en la Iglesia del Carmen, el cura había repartido las hostias rituales. Llegué justo al desayuno que la parroquia había organizado para los muchachos comulgantes primíparos. Lo amenizó una banda musical. Era mi casa de entonces, en un sector que el pópulo denominaba La Cachera (había cerca una fábrica de artículos de cachos de res, como peines, valeros, barcos, colgadores y otros artefactos), una especie de gran construcción con antejardín, antesala y sala, piezas en galería, una habitación para el servicio, y además de comedor aparte y patio, el mencionado solar era una prolongación del campo en la ciudad. Estaban las paredes en obra negra. Y, con todo, a uno le parecía una casona muy elegante y distinguida.

 

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Pese a la extemporaneidad para llegar a la iglesia y la imposibilidad de tener en la lengua la primera hostia consagrada, mamá me llevó a los estudios fotográficos (se llamaba Foto Luzart) y con un cirio torcido por el calor de mi mano, un vestido café con leche (la foto era en blanco y negro), corbatín, camisa blanca, un listón de seda con ornamentos dorados en el brazo izquierdo, y, junto a un niño Jesús de bulto, me hizo tomar la fotografía que luego colgó de una pared desnuda.

 

Muy cerca de esta casa, que como en un valsecito argentino tenía una reja (¿pintada con quejas…?), había una escuela de niñas (la Rosalía Suárez), en la que, a veces, los domingos, íbamos a ver a las muchachas jugar basquetbol y a pasearnos por unos corredores desolados, con los salones en silencio y el quiosco del patio cerrado. Y más allá, detrás de la escuela de ladrillos y tejas, una manga en la que, además de servir de cancha de fútbol, la gente arrojaba basuras, en un tiempo en que la higiene no era parte de la convivencia ni de la vida cotidiana de la población.

 

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La casa, un primer piso —no recuerdo a los vecinos del segundo— lindaba con otra muy grande, en la que habitaba un señor moreno, muy alto, con hijos iguales de morenos y de altos. Al otro costado, con una tienda, la de don Froilán, a la que mamá pasaba con frecuencia a comprar granos, parva y panela. De los muchachos cercanos me sonaba uno que le decían Madre y otro, Bernardo, un pelado que no sé cómo fue que murió, pero, al ver su ataúd abierto en la sala de su casa, que era diagonal a la mía, tenía los ojos amoratados y un rictus mortal que de seguro fueron el motivo de mi estremecimiento con risa agregada que me hizo salir muy rápido del velorio al que había entrado, quizá como otros muchachos, por curiosidad y novelería. Creo que fue el primer muerto que vi y había en él una suerte de pesar porque no había podido crecer. Lo que sí recuerdo haber escuchado, y eso que se dijo en baja voz, como en secreto, es que a Bernardo lo habían matado.

 

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Santo el enmascarado de plata

En casa, porque más bien poco salíamos a la calle, aunque sí de vez en cuando íbamos a la parte de atrás de la escuelita a ver jugar al fútbol a pelados más grandes que nosotros, es decir, que mi hermano y yo, porque los otros dos sí que eran unas chingas, casi puro bebé, y a observar los entrenamientos de unos tipos que a veces se ponían máscaras, como los luchadores mexicanos (lo sabía porque ya había ido a ver cine matinal con el Santo, Neutrón y otros), y hacían demostraciones de habilidad, patadas voladoras, enganches, llaves, retorcimientos… Estaban vestidos de trusas brillantes y a veces parecían quedarse suspendidos en el aire.

 

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La casa, alquilada —su dueño se llamaba “don Manuel” (así era el trato de mamá con el señor de frente amplia y ojos de mirar escrutador, que a veces entrecerraba como si la luz lo molestara)— fue pista de carreras de carros que tenían pilotos con la cabeza afuera y que, al desplazarse, salía y entraba, de arriba abajo y de abajo a arriba, y uno no podía entender cómo era que unos volantes de tanta alcurnia pudieran, con ese extraño modo de manejar, mantener la dirección del auto que para uno era de verdad y no de juguete. Igual, por el largo corredor se pasearon camiones de madera y latón, un avión Super Constellation, y otros adminículos que nos acrecentaron la imaginación.

 

Mamá tenía en el solar gallinas saraviadas, rojizas, amarilliquemadas, que tenían nombres (a veces era ella la del bautismo, a veces mi hermano Rodolfo) como Rinita, Cenicienta, Blancanieves, Simona y no sé cuántos más. No eran muchas, tal vez ocho o nueve, y todas terminaron sus días en la olla en comidas de ocasión. En aquella misma espacialidad solariega, un día mamá, tras una rabia súbita, tomó una rueda metálica y se la lanzó a Richard, nuestro hermano menor, no sé por qué asunto o despropósito, y le coronó la cabeza. El muchacho sangró y ella no cabía luego en pesares y arrepentimientos, al tiempo que le practicaba curaciones con tópicos y esparadrapos.

 

De la nada  aparecieron dos muchachos con cuchillo en mano

 

Una vez, no sé si era ya diciembre, salí con mi hermano Rodolfo a una caminada hacia Potrerito, una vereda con fincas frutales, en particular con mangos, naranjos y ciruelos. Llevábamos cachuchas nuevas. Y no sé en qué momento, de la nada, aparecieron dos muchachos, uno con cuchillo en mano, el otro con navaja, que, tras amenazar e insultar, nos robaron los tocados y corrieron esparciendo risas en su fuga, como si se tratara de piratas de barrio, contentos porque iban cargados con su botín. Uno de ellos era Madre.

 

No sé cuánto duró en casa la presencia de Rosa, una muchacha que iba a ayudar a mamá en los oficios domésticos. Creo que procedía de un pueblo con tren. Era blanca y bonita y uno la veía como una extraña que amanecía entre nosotros y los fines de semana se iba tal vez donde sus padres y dejaba un vacío. Ya nos estábamos acostumbrando a la sazón de sus comidas, a su cantarina voz, a la manera de poner la mesa y tender las camas, cuando se marchó del todo.

 

Quizá vivimos un año en aquella casa de ladrillos y pisos entreverados entre cemento y baldosas, con mañanas cantadas por pájaros de solar y por gallinas que cacareaban sus huevos. El globo negro no presagió ninguna tragedia y me quedé con las ganas de saber a qué sabían las hostias de la parroquia. Después de eso, nunca comulgué ni me preocuparon más los ojos amoratados de aquel muchacho muerto.

 

(20-vi-2019)

 

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Obra de Georges Braque

 

 

 

 

 

Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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Los alumbrados y otras estrellas

(Crónica decembrina con festones de barrio y un coro de villancicos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde aquel diciembre de 1967, cuando el parque Bolívar, Junín y La Playa se poblaron—en sus árboles de pájaros luminosos del anochecer— con bombillos de colores, la ciudad comenzó a ser otra en las navidades. El alumbrado público decembrino se nos vino entonces como un modo de nuevas sociabilidades y otras maneras de caminar las calles.

 

Por esos mismos días, en Bello, las fábricas de Fabricato y Pantex, arrumaban en sus mallas que daban a la autopista norte centenares de bombillas, velas y estrellas, que, con el tiempo, se volvieron romería de curiosos que se dejaban obnubilar por aquellos deslumbres. Tras las primeras crisis de los textiles, desaparecieron los bombillitos.

 

Y así, cuando Medellín estaba atiborrada de empresas de todo tipo, de telas, de bebidas, de alimentos, de hilanderías, de embutidos, las calendas de fin de año eran una posibilidad para la decoración, como una suerte de sana competencia entre las factorías a ver cuál alumbraba más y mejor sus exteriores.

 

A los luminosos avisos de neón de los almacenes, se sumaron entonces las decoraciones de vitrinas, las de las fachadas y ventanales. Y diciembre se hizo ornamentación en los barrios y la imaginación comenzó a trabajar para buscar las mejores maneras de acoger al último mes del año. De tal modo, que en los barrios populares los festones y las guirnaldas callejeras, a guisa de pasacalles, trasformaron el paisaje cotidiano.

 

En algunos lugares, los periódicos viejos se aprovechaban como insumo para banderines, atados con pitas o cuerdas sintéticas, para colgarlos de lado a lado. Y se hacían convites a fines de noviembre para enlucir las cuadras, porque diciembre no podía pasar en vano, sin las confecciones de globos y de decorados sencillos, pero hechos con entusiasmo y creatividad.

 

Era una ocasión para reconocer el vecindario, para la conversación y los proyectos de comunidad. El barrio era una fiesta, con los bombillos colgantes, con las cintas y otros accesorios, todos colocados con primor en puertas y frentes de las casas. Era como si estuvieran en una fulgurante carrera con los de otros sectores, y así, los de Manrique querían superar a los de Campo Valdés, y estos a los de Aranjuez. En fin.

 

La noche de las velitas era, quizá, la más bella fiesta de diciembre, con los faroles, las candelas, los colgandejos fosforescentes y la muchachada en las aceras. Los niños, con certeza, estaban imaginando cuál sería el regalo del Niño Jesús, mientras los adultos aprovechaban para compartir con el vecino un trago o unas frituras. Era una ocasión particular para prender los equipos de sonido con las canciones de Guillermo Buitrago, que era una especie de insignia de las celebraciones de fin de año.

 

Tal vez cuando en lo público todavía no estaban las bombillas navideñas, la “diciembredad” era una conexión de la familia y las amistades. Tal como lo recordaba, en una de sus crónicas, Sofía Ospina de Navarro: “Siempre ha sido el mes de diciembre motivo de las más gratas reuniones familiares entre los antioqueños. En cada casa —así sea de menguadas posibilidades económicas— en los días navideños amanece la familia en plan festivo, y se saborean, en un encantador compañerismo, los platos tradicionales”.

 

Con el aumento de los alumbrados, que se ensancharon hasta el río Medellín, que casi siempre ha estado a la espalda de los habitantes de la villa, diciembre cobró nuevas perspectivas, no solo para los andadores, sino para los negocios de comestibles y suvenires. A la bombillería y las formas de decoraciones, se le sumaron los rebusques populares.

 

La ciudad se fue convirtiendo, de a poco, en una de las más importantes y asombrosas en la iluminación navideña. Hasta llegar a estar, según un top de la National Geographic, entre “las diez ciudades del mundo más sorprendentes para rememorar la Navidad”. La única vez que en las calles céntricas no hubo alumbrado fue en el gobierno de César Gaviria, por la crisis energética y el apagón que sufrió el país.

 

Diciembre se ha ido regando, con sus fastos y vistosidades, por las barriadas que, si bien ya no tienen aquellos festones de viejos tiempos, sí hay en buena parte de ellas la alegría de las instalaciones luminosas. Y las mismas, con distintas disposiciones y diseños, se aferran de los árboles de parques como el de El Poblado, Aranjuez, Boston, La Milagrosa, y en avenidas como Carabobo y la 70.

 

Las iglesias todavía se visten de diciembre y adornan sus frontis y atrios. Hay una transformación del ambiente y el paisaje durante un mes de bailes y evocaciones. Y vuelven a sonar viejas piezas musicales, como La cinta verde, Navidad de los pobres, La víspera de año nuevo y Faltan cinco pa’ las doce.

 

Las convocatorias a entonar la novena de aguinaldo, aunque ya no tiene, como hace años, el sonido de los cascabeles de tapas de gaseosas, sí están presentes en empresas, en el centro y en los barrios. “Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”, así como las “tutainas” y otros villancicos venezolanos, colombianos, europeos, estadounidenses, en fin, se corean por doquier, en medio de las expectativas de los niños.

 

Más allá del consumismo, que lo ha invadido todo, diciembre todavía tiene rastros de los días en que, en medio de la sencillez e incluso de ciertas carencias, el tiempo y el espacio se transformaban con la presencia de nuevos olores, sabores y sueños infantiles.

 

Las luces de fin de año invitan a observar la ciudad de otra forma, a recorrerla con pasos de descubrimiento. Tal vez, en una de esas exploraciones, se encuentre con “el camino que lleva a Belén” y puede que, en el cielo citadino, se tope con los tres reyes magos o las tres Marías, como les decían las mamás a esas “luces” que hacen parte de la constelación de Orión.

 

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Avenida La Playa, Medellín.

El muñeco de Año Viejo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, como de payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Parte de una cultura popular, hoy degradada, eran los muñecos de fin de año, que a veces daban la impresión de ser un beodo en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” lumpescos como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener, por la mañana del treintaiuno, lista la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y en su construcción había, de hecho, una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de año un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo pero entonces ya sería demasiado tarde. Qué vaina.

 

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Diciembre era la infancia

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando la voz sabrosa y medio nasal de Guillermo Buitrago comenzaba a expandirse por el barrio, todos decíamos: “¡ya es diciembre!”, aunque fuera noviembre o antes. Eran sus sones la medida de la alegría y la certeza del advenimiento del mes más esperado del año. El cienaguero, que influyó en lo que a partir de los cincuentas sería la música parrandera paisa, estaba presente en las guirnaldas y en todos los pianos (Seeburg y Wurlitzer) de los bares, y alternaba, en las casas, con los villancicos y los adornos navideños.

Y con “Dame tu mujer, José” y la “Víspera de año nuevo”, en el barrio las calles cambiaban de color y de cara. No faltaban los convites para la confección de festones de papel de globo, que se ponían como pasacalles, y para el arreglo de fachadas. A diciembre se le recibía con las mejores galas (y no como ahora, en Medellín, donde, desde hace unos quince años, los paramilitares y mafiosos comenzaron con la tal “alborada”, una celebración de estridencias y estropicios siniestros).

 

Diciembre estaba ligado a la infancia, que es, como dicen los poetas, nuestra única patria. No había Santa Claus, de anglosajones y otros pueblos fríos, ni su doble, el fastidioso papá Noel, de la Coca-Cola y de los franceses. Las cartitas de pedidos se enviaban al palestino Niño Jesús o, en su defecto, a los Reyes Magos, árabes y persas. Los mayores se daban aguinaldos el dieciséis, día en que comenzaba el novenario, en los que algunos pelados hacíamos cascabeles de tapas de gaseosa y alambre. Y se cantaban villancicos, casi todos venezolanos, como Tutaina y El burrito sabanero.

 

El cielo de diciembre tenía globos y constelaciones de fantasía. Y la infancia se ejercía entre luces y detonaciones. No era peor ni mejor. Era distinto. Creo que, pese a tantos totes y papeletas y voladores, había menos quemados que hoy. Y como casi todos los perros eran vagabundos, no se morían de infarto con las explosiones aterradoras de triquitraques y cohetes de artificio. Los marranos sufrían mucho y todavía recuerdo sus chillidos de dolor y desgracia.

¡Ah!, menos mal que, por lo menos en Medellín, donde antes a los cerdos se les sacrificaba en la calle, en medio de tormentos y de risas colectivas, con sentencia y humo y aguardiente y borracheras, hoy no se monta tan deplorable espectáculo. En tiempos de mafiosos y sicarios (bueno, no es que hayan pasado todavía), se vieron escenas nefastas de pistoleros que los mataban a bala, quizá siguiendo aquel dicho entre guasón y cruel: “dele un tiro pa’ que no sufra”.

Diciembre se colaba por claraboyas y ventanas, entraba en las cocinas y cambiaba las dietas. Subía el volumen de los equipos de sonido (radiolas, tocadiscos, fonógrafos…) y cambiaba la temperatura ambiente. Los niños engordaban la imaginación, mientras las muchachas lucían más lindas que en otros meses. En algunas casas olía a musgo y en otras a aserrín. No había trineos tirados por alces ni abetos cargados de nieve ni de paquetes de regalos, envueltos en papel brillante. Nuestra Nochebuena tropical era cálida, con natillas y buñuelos, con niños que se acostaban el 24 de diciembre, antes de las doce, para esperar el “traído”, o, de otras maneras, para espiar a ver si era verdad que llegaba el Niño Jesús con su cargamento de sorpresas.

Tal vez se trate de una nostalgia de pacotilla, pero me parece que era menos el frenesí por el consumo, por la pose y el esnobismo. No había centros comerciales (todos son igualitos, sin imaginación) y todavía no nos habían uniformado con hamburguesas ni otras chucherías de desecho. La víspera de navidad era una aventura ir con mamá a la plaza de mercado a comprar gallinas y yerbas para el adobo. Aquellos olores a albahaca, tomates, cebollas, yucas, coliflor, cilantro, toronjil, apio…, eran parte de un paisaje ebrio y multicolor.

Diciembre se presentía en las brisas de noviembre. Y había un cantor que desde las estribaciones de la sierra, llegaba con su guitarra a decir que le gustaba el ron de vinola y bailar con Lola, y a hacernos creer que el mundo era otro porque estábamos en el mes más añorado, más cantado. Más aguardado. Eran días en que la imaginación no solo era la loca de la casa, sino de la calle. Y en ella, el 24 a media noche, el Niño Jesús se quedaba bailando después de haber cumplido su imprescindible labor. La de aumentarles la inventiva a los pelados que estrenaban traído.

 

(Publicado en El Espectador y Al Poniente)

 

 

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De diciembre, judíos y literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre es asunto de cultura. Y, claro, de consumo. Decía una señora, mi vecina, muy perspicaz, que sería bueno recordarles a los cristianos que en estas calendas están celebrando el nacimiento de un judío. Y al mismo tiempo, otro vecino, que resultó ser más irónico, contestó que si no era cierto que a ese judío lo habían matado sus propios congéneres o correligionarios, y que los romanos no tenían ninguna culpa en el desenlace. Y así, entre risas y chascarrillos, la conversación fue derivando hacia lecturas, platos, gustos y las turbamultas en las zonas comerciales.

Diciembre, para los que habitamos en barrios, es la posibilidad de entrar en contacto entrañable con el vecindario. Todavía hay quien te mande el plato de natilla con buñuelos o el que te invite a pasar a su casa a degustar un café o un trago. Menos mal. Porque diciembre, pese a que hay quienes cantan Maldita Navidad, del compositor José Barros, o la Navidad de los pobres, de un grupo tropical llamado Los Éxitos, es un mes para volver a lecturas como las de Charles Dickens y el avaro almacenista Scrooge, o rememorar algún cuento de O. Henry, o de Truman Capote, o a Tomás Carrasquilla con El rifle en el frío bogotano, y así, que lecturas navideñas hay para dar y convidar.

A propósito de lecturas y judíos, con doña Rosa, otra de mis vecinas, tuve la ocasión de un palique de acera. Ella, tan devota de la literatura judía, decía que nadie escribe mejor que los de esa condición cultural y religiosa; incluso, en son de charla, me decía que me regalaba, como si yo fuera un amante de pesebres y novenas navideñas, a Joshua, Joseph y Miryam, y yo le contesté que me gustaban más los tres reyes magos, que ni eran reyes ni magos ni eran tres. Y así la charla transpuso la jocosidad para tornarse seria cuando le dije que había musulmanes y católicos y protestantes y ateos que escribían muy bien, que la buena escritura no era asunto de religión o de falta de ella.

“Ve, entonces espero que alguno supere el libro de Job”. Y aquí fue Troya, porque a ella, que tiene como su texto de cabecera al doloroso patriarca bíblico, que sin duda es protagonista de un libro imprescindible, le contesté que en el arte y la literatura no es cuestión de superar una obra a otra. Ni La Odisea, ni La Ilíada, ni la Comedia (llamada Divina), ni el Quijote, ni Madame Bovary, superan, por ejemplo, a En busca del tiempo perdido, ni este a los anteriores, que todos son clásicos, libros que nos siguen interrogando, inquietando, despertando. Mostrando caminos. Cien años de soledad no supera a Gargantúa y Pantagruel, ni estos libros (son cinco en uno), superan a el Satiricón.

Así que diciembre, con sus festones de esquina, nos permitió otra vez conversar en torno a que la idea de “progreso” no cabe en el arte. Que El Bosco y Picasso nada tienen que ver con que uno supere al otro. Los dos nos han hecho la vida diferente y ambos, con muchos otros (músicos, científicos, poetas…), nos reconcilian con el hombre, que las más de las veces no es solo lobo, sino una especie de leviatán, también un monstruo bíblico que representa con acierto y de modo azaroso la parte oscura de la humanidad.

Doña Rosa, que está bajo el inteligente influjo de Primo Levi, Bashevis Singer, Canetti, Joseph Roth (que igual tiene un perturbador Job), Bellow, Samuel Agnon, en fin, es lectora todo el año, pero en diciembre comienza a provocar con sus escritores judíos, extraordinarios, claro, como los hay fuera de serie entre negros y blancos, japoneses, budistas, indios de la India, cristianos y ateos. Que uno no puede dejar de leer, por decir algo, a Céline o a Hamsun porque fueran simpatizantes nazis. O a Shakespeare (doña Rosa le tiene altar en su casa) por sus deslices antisemitas en El mercader de Venecia y Otelo.

Diciembre, en efecto, es materia de cultura. Y de vulgar consumo. Pero es, todavía, lindo y afectuoso en el barrio, en el que habitan gentes como doña Rosa y una hermosa chica de reggaetón.

Diciembre era la infancia

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando la voz sabrosa y medio nasal de Guillermo Buitrago comenzaba a expandirse por el barrio, todos decíamos: “¡ya es diciembre!”, aunque fuera noviembre o antes. Eran sus sones la medida de la alegría y la certeza del advenimiento del mes más esperado del año. El cienaguero, que influyó en lo que a partir de los cincuentas sería la música parrandera paisa, estaba presente en las guirnaldas y en todos los pianos (Seeburg y Wurlitzer) de los bares, y alternaba, en las casas, con los villancicos y los adornos navideños.

Y con “Dame tu mujer, José” y la “Víspera de año nuevo”, en el barrio las calles cambiaban de color y de cara. No faltaban los convites para la confección de festones de papel de globo, que se ponían como pasacalles, y para el arreglo de fachadas. A diciembre se le recibía con las mejores galas (y no como ahora, en Medellín, donde, desde hace unos quince años, los paramilitares comenzaron con la tal “alborada”, una celebración de estridencias y estropicios siniestros).

Diciembre estaba ligado a la infancia, que es, como dicen los poetas, nuestra única patria. No había Santa Claus, de anglosajones y otros pueblos fríos, ni su doble, el fastidioso papá Noel, de la Coca-Cola y de los franceses. Las cartitas de pedidos se enviaban al palestino Niño Jesús o, en su defecto, a los Reyes Magos, árabes y persas. Los mayores se daban aguinaldos el dieciséis, día en que comenzaba el novenario, en los que algunos pelados hacíamos cascabeles de tapas de gaseosa y alambre. Y se cantaban villancicos, casi todos venezolanos.

El cielo de diciembre tenía globos y constelaciones de fantasía. Y la infancia se ejercía entre luces y detonaciones. No era peor ni mejor. Era distinto. Creo que, pese a tantos totes y papeletas y voladores, había menos quemados que hoy. Y como casi todos los perros eran vagabundos, no se morían de infarto con las explosiones aterradoras de triquitraques y cohetes de artificio. Los marranos sufrían mucho y todavía recuerdo sus chillidos de dolor y desgracia.

Ah, menos mal que, por lo menos en Medellín, donde antes a los cerdos se les sacrificaba en la calle, en medio de tormentos y de risas colectivas, con sentencia y humo y aguardiente y borracheras, hoy no se monta tan deplorable espectáculo. En tiempos de mafiosos y sicarios (bueno, no es que hayan pasado todavía), se vieron escenas nefastas de pistoleros que los mataban a bala, quizá siguiendo aquel dicho entre guasón y cruel: “dele un tiro pa’ que no sufra”.

Diciembre se colaba por claraboyas y ventanas, entraba en las cocinas y cambiaba las dietas. Subía el volumen de los equipos de sonido (radiolas, tocadiscos, fonógrafos…) y cambiaba la temperatura ambiente. Los niños engordaban la imaginación, mientras las muchachas lucían más lindas que en otros meses. En algunas casas olía a musgo y en otras a aserrín. No había trineos tirados por alces ni abetos cargados de nieve ni de paquetes de regalos, envueltos en papel brillante. Nuestra Nochebuena tropical era cálida, con natillas y buñuelos, con niños que se acostaban el 24 de diciembre, antes de las doce, para esperar el “traído”, o, de otras maneras, para espiar a ver si era verdad que llegaba el Niño Jesús con su cargamento de sorpresas.

Tal vez se trate de una nostalgia de pacotilla, pero me parece que era menos el frenesí por el consumo, por la pose y el esnobismo. No había centros comerciales (todos son igualitos) y todavía no nos habían uniformado con hamburguesas ni otras chucherías de desecho. La víspera de navidad era una aventura ir con mamá a la plaza de mercado a comprar gallinas y yerbas para el adobo. Aquellos olores a albahaca, tomates, cebollas, yucas, coliflor, cilantro, toronjil, apio…, eran parte de un paisaje ebrio y multicolor.

Diciembre se presentía en las brisas de noviembre. Y había un cantor que desde las estribaciones de la sierra, llegaba con su guitarra a decir que le gustaba el ron de vinola y bailar con Lola, y a hacernos creer que el mundo era otro porque estábamos en el mes más añorado, más cantado. Más aguardado. Eran días en que la imaginación no solo era la loca de la casa, sino de la calle. Y en ella, el 24 a media noche, el Niño Jesús se quedaba bailando después de haber cumplido su imprescindible labor. La de aumentarles la inventiva a los pelados que estrenaban traído.

Diciembre le canta a Buitrago

(Crónica con el grito vagabundo del juglar de Ciénaga)


Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre, esa razón social de la alegría, tiene, a su vez, otra razón de ser, por lo menos en Colombia: la música y la voz de Guillermo Buitrago. De él ya se ha dicho, tal vez hasta la saciedad: es una leyenda. Su vida y obra están ligadas al mito (como suele ocurrir con artistas de honda raigambre popular), pero, lo real, es que esa manera de cantar y de tocar, es imprescindible en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Es fama. Diciembre sin los sones cienagueros, los merengues y paseos del Jilguero de la Sierra Nevada, sería muy parecido a febrero. O a cualquier otro mes de trabajos y cansancios. No tendría gracia. Ni sabor. No es suficiente con villancicos y pesebres y bombillitos y guirnaldas. No alcanza con los porros de las viejas grandes orquestas tropicales. Ni con las musiquitas recicladas de hoy. Diciembre, para ser tal, requiere a Buitrago ¡ueepa!.

Es decir, hay suficiente ilustración al respecto. Guillermo Buitrago y sus Muchachos, hacen que diciembre suene a diciembre. Incluso, desde noviembre. Cuando se escuchan los arpegios de esas guitarras, cuando la voz medio latosa, medio nasal, sabrosa en todo caso, del cienaguero se desparrama por el mundo, entonces no hay duda: estamos en el último y más festivo mes del año.

Pero ¿en qué radica la magia del trovador? ¿Por qué sobrevive en la cultura popular colombiana? Es obvio que su talento, su modo particular de tocar la guitarra (con influencia, en su última etapa, de Matamoros), su peculiar manera de decir las letras, le han otorgado un alto puntaje para su perpetuidad.

El juglar es aquel que, tras un conocimiento hondo de su pueblo, lo interpreta, le da dimensión estética. Y eso es, precisamente, lo que tuvo e hizo Buitrago. Un carisma que no a todos les es dado. Tenía duende, diría algún gitano. O ángel. Nacido en la salitrosa -y bananera- Ciénaga, el primero de abril de 1920 (otras fuentes lo dan como nacido en 1917), Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, cumplió aquella suerte de mandamiento: “los favoritos de los dioses mueren jóvenes”.

El Trovador del Magdalena -así también se le conoce-, no solo se quedó interpretando esa música bailadora, de genuino sabor costeño, sino que se interesó por ir más allá del folclor. Y se preocupó, sin renunciar a sus rumbas permanentes, de la política, de la situación social del país en los años cuarenta, cuando, exactamente, comienza otra era de violencia en Colombia.

Su música, esencialmente de estirpe cienaguera (vaya que hay pueblos con música propia, como, por ejemplo, Valledupar, Mompox, etc.), caló en la entraña -y el corazón- popular. Porque, además, muchas de las necesidades de la gente se vieron “reflejadas” en los cantos de Buitrago, nativo de una tierra que en 1928 presenció uno de los ataques más feroces contra los trabajadores bananeros de la trasnacional gringa United Fruit Company.

En el eje musical de Buitrago siempre estuvo su solar: desde el ron de vinola (bebida típica cienaguera), incluyendo el destacar las cualidades de las muchachas de su terruño para el baile (“oye cienaguera enséñame a bailar…”), pasando por la Araña pelúa o picua (tonada popular que se escuchaba desde 1870) y por la dedicatoria de temas a su mejor amigo, Toño Miranda, hasta llegar a la interpretación de asuntos relevantes en la vida del país.

Aparte de esas “noticias” cantadas, de aquellos paseos que después llevarían a Rafael Escalona a ser considerado uno de los más representativos juglares colombianos (Buitrago comenzó a popularizar a Escalona: El testamento, Adiós mi Maye, La peste y otros), el trovador de Ciénaga también cantó temáticas referidas a tiempos de violencias y represiones. Él, reconocido gaitanista, les dio acento político a varias de sus piezas.

Como aquella -que era una manera contestataria contra el régimen conservador iniciado en 1946- de El grito vagabundo: “Yo quiero pegar un grito y no me dejan / yo quiero pegar un grito vagabundo…”. En realidad, el grito que muchos querían “pegar”, pero que de hacerlo les hubiese costado la vida (como les costó a tantos) o un carcelazo, era “¡Viva el Partido Liberal!”.

En canciones como La fiera de Pabayó y La peste (paseo-son atribuido a Escalona), Buitrago narra episodios de la violencia. En la primera, denuncia, con su inconfundible ritmo, las tropelías de un mayor de la policía, apellidado Blanco, que sembró el terror por el río Magdalena, desde Puerto Berrío hasta los pueblos del litoral atlántico. Así, de pueblo en pueblo, el cantor llevaba alegría, pero también cuestionamientos y reflexiones.

Quizá la manía farandulera de productores y programadores ha ignorado esa importante faceta de Buitrago, que muy fácilmente se detecta en varias de sus creaciones e interpretaciones. Se nota que había en él un interés por ir más allá de lo obvio. Por registrar otros aspectos de la compleja realidad. Así que, por eso, también le dedicó críticas a Careperro, un policía de la zona, y en La vida es un relajo le tira dardos a la “metalización” del mundo.

Su canción La loca Rebeca hace alusión a una mujer (aparentemente, una demente que llora, reza y canta) de simpatías comunistas, que dice odiar a los capitalistas, tal como se oye en la parte final de la pieza. De ese mismo modo, podrían incluirse en esa tendencia El toque de queda, Las contradicciones y otras. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Buitrago llegó a cantar una obra de José María Peñaranda, que narraba algunos sucesos del 9 de abril de 1948.

Parece que el olvido se hubiera tragado tal composición, aunque en la memoria colectiva se registra todavía una que otra estrofa, como esta: “Y tú que cogiste el nueve de abril / una carga de leña y un saco de dril. / Y tú que cogiste de la quemazón / una camisita y un saco de carbón…”.

Buitrago, cuya obra quedó en el acetato gracias a la visión del cartagenero Toño Fuentes (en 1943 Buitrago y sus acompañantes Ángel Fontanilla, Efraín Torres y Carlos “el Mocho” Rubio, grabaron por primera vez Las mujeres a mí no me quieren y Compae Heliodoro), suena mejor cada diciembre. Quizá el tema más vendido de música tropical en Colombia haya sido La víspera de año nuevo (de Tobías Enrique Pumarejo, grabada en diciembre de 1947), interpretado por Buitrago. Parecen no perder vigencia canciones como Qué criterio (La gota fría), Dame tu mujer, José, El amor de Claudia, El brujo de Arjona y La piña madura, entre otras.

A Guillermo Buitrago el pueblo le ha concedido ese premio esquivo de la memoria, de tenerlo ahí en el nicho de los que perduran. No alcanzó a grabar con la orquesta cubana Casino de La Playa, con la cual le había salido un contrato. Pero igual sus canciones siguen dándole a diciembre lustre y alegría. Carácter.

La vida y muerte del cantor dieron para armar una leyenda. Que crece cada fin de año. El rubio y zarco Buitrago, el del mentón cuadrado, el conquistador de muchachas, el de madre de origen judío, el del padre antioqueño (de Marinilla), el caminante, el guitarrista, el bebedor, el juglar…, revive en diciembre. Su fantasma sigue recorriendo Caracolí, Fundación, Valencia, Sevilla, Urumita, Patillal, La Jagua y toda la Sierra Nevada. El país entero. Pertenece a la historia de la música popular colombiana.

Murió a los 29 años, el 19 de abril de 1949. Dijeron que envenenado. Que los envidiosos le dieron una toma para sacarlo del camino. Que se tomó un insecticida. Sin embargo, murió de tuberculosis. Le sobrevivieron su esposa Lilia Gallardo (murió en febrero de 1994), y su hijo Guillermo. Y, claro, su música, su voz. Su talento. Diciembre se ha encargado del resto.

N.B: Esta nota la publiqué el 13 de diciembre de 1998, en el diario El Colombiano.

 

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Guillermo Buitrago y sus Muchachos.