Los caminos tortuosos de una pasión

 

N.B. Este artículo, que funge como prólogo del libro DIM: un siglo de pasión roja, de Jaime Herrera, retoma vigencia con la consecución el 19 de junio de 2016 de la sexta estrella del Poderoso.

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En aquella villa con ínfulas de ciudad se escuchaban las campanas de la iglesia de La Candelaria, y ya en su atrio se cocinaban chismes y toda suerte de banalidades, incluidos los “menjurjes bursátiles”, que diría un poeta. Todavía no había llegado el tren, que apenas venía en Bello, pero ya había una plaza de mercado en la que cabían con comodidad casi todos los habitantes de Medellín, que no sobrepasaban los cincuenta mil. Era el año de gracia de 1913, cuando un grupo de hombres acaudalados, algunos de ellos extranjeros, fundaron un equipo de fútbol: el Medellín Football Club.

 

El fútbol, un deporte inventado por las clases altas inglesas en el siglo XIX, era una novedad para esos días en una aldea que ya tenía chimeneas fabriles, patronato de obreras creado por los jesuitas, un Bosque de la Independencia que no tenía árboles, y ya el cine y el gramófono ocupaban las horas de ocio de un pueblo dedicado al trabajo. Los muchachos jugaban a las canicas y los trompos, porque un balón era un artículo de lujo. El primero de ellos llegó en 1910, año del centenario de la Independencia.

 

Y aquel onceno de uniforme blanco, creado por jóvenes de fortuna, comenzó a jugar en las mangas del Bosque y, más tarde, en la cancha de los belgas, donde ahora está el Hospital San Vicente de Paúl. Tenía un sistema impensable hoy: cinco delanteros, tres medio campistas, dos defensas y el cancerbero. Era la semilla, la célula madre, el fruto divino de una escuadra urbana, la que lleva el nombre de una ciudad pionera de la industria nacional, que tuvo durante muchos años una cultura de obreros y artesanos. Los fundadores de una pasión sin límites comenzaban a escribir las páginas de gloria y desasosiegos del Decano del Fútbol en Colombia.

 

El Medellín Football Club, que a partir de 1939 usaría la casaca roja y la pantaloneta azul, tomaría después el nombre de Deportivo Independiente Medellín, y que de ser un conjunto fundado por miembros de la élite de la ciudad se transmutaría en el equipo del pueblo, en el de los zapateros y los ebanistas, en el de los obreros y las barriadas tradicionales. Es una marca registrada en la urbe, una razón social de descamisados y poetas. Tartarín Moreyra, miembro de los Trece Panidas, detective en Guayaquil, autor de letras hermosas de pasillos y de uno que otro tango, fue uno de los grandes simpatizantes del cuadro en la década del treinta.

 

Y como una jubilosa conexión con la literatura, el equipo tuvo su sede en la casa donde vivió el tal vez mayor exponente de las letras antioqueñas, el novelista Tomás Carrasquilla, en la calle Bolivia con la desaparecida carrera San Félix. El DIM, tres letras que más que una sigla son una especie de mantra milagroso, está incorporado al espíritu de la ciudad: a su fiesta pero también a sus momentos de crisis; a su pujanza, pero al mismo tiempo a sus temporadas de angustias.

 

Y aquí en este punto, hay que entrar a caracterizar a los que tenemos al clamoroso Medallo como un amor indisoluble. Creo que el fútbol, así se le puedan mezclar ingredientes de razón, del logos, incluso hasta intrincados conceptos filosóficos, es, sobre todo, una pasión, una emoción sin fin, un asunto de vísceras y de mucho corazón. Un enamoramiento permanente. Y con el Poderoso todo lo anterior se puede llevar hasta las esferas celestiales o hasta los círculos del dantesco infierno.

 

Una vez, cuando fui a entrevistar a un cantor de tango nacido en Medellín, al verme, de entrada me soltó estas palabras rotundas: “Usted es hincha del DIM”. “¿Por qué lo sabe?”, le pregunté. “Porque tiene los ojos tristes”. Y por muchos años, ese equipazo estuvo ligado a la tristeza. Una larga melancolía que a los que no pudimos verlo campeonar en el 55 y el 57, y a los que no logramos presenciar las genialidades de un portento que para algunos como Di Stefano fue el mejor de todos los tiempos, el Charro Moreno, nos hacía aferrar a esas calendas victoriosas. Esperar cuarenta y cinco años para poder gozar de los fulgores de una estrella, fue una lección de ascetismo, pero, ante todo, de amor creciente por una divisa que ya había hecho del fracaso una filosofía. ¡Cuántos envejecieron y murieron sin saborear las dichas de un campeonato!

 

Los hinchas del DIM, que todavía soñamos —así no los hubiéramos visto— con los goles de Grecco; con los chanfles de un puntero derecho loco y genial que enloquecía a los rivales, el gran Corbatta; con las atajadas del Caimán Sánchez, o con la exquisitez de Mario Agudelo, hemos realizado una larga carrera en la escuela de los sufrimientos. Durante muchos años estuvimos exiliados del paraíso, pero, con todo, nuestra pasión iba en ascenso. Una vez, en una burla del infierno, acariciamos la entrada al cielo durante unos minutos. Las llamadas “fuerzas oscuras” nos apagaron la luz estelar en 1993.

 

El DIM, equipo de poetas y escritores, de penitentes y oficiantes de la imaginación, tiene relación con el infarto. Tal vez por eso, uno de sus hinchas más destacados, José Yepes Lema, Malevo, popularizó una frase que da cuenta de las altas tensiones que nos asaltan: “Medellín, nos vas a homicidar”. La escuadra de los desheredados, de los vencidos, de los que pese a las derrotas fueron aumentando el volumen de su sonata pasional, ganó otra vez el reino de la luz después de nueve lustros de desgracias. Y el diciembre de 2002 llenó de bengalas y globos rojiazules el cielo de la ciudad, en una celebración cósmica, tal vez como nunca se haya visto en esta urbe inevitable. Y a partir de ahí ya no fue más el rey de burlas, ni el equipo conectado con el llanto y los desesperos. Era ya el Rey de Corazones. El de la hinchada de más garganta y más swing. El de los proletarios y plebeyos que ya podían sentarse en el trono de los ganadores.

 

La historia del DIM nos da carácter; nos absuelve de cualquier pecado. Nos hace cantar y mantener los sueños vivos. El fútbol, al que un escritor francés llamó “la inteligencia en movimiento”, puede ser una manera de la religión, de la fiesta pagana, de las pasiones sin límite. Pero nada de eso puede compararse a lo que se siente cuando el Poderoso salta a la cancha y se transforma en una promesa de alegrías. Porque jamás la tristeza volverá a estar unida al sacrosanto nombre del Medellín.

 

Este histórico libro que el lector tiene en sus manos —tal vez temblorosas—, escrito por el periodista Jaime Herrera, es un viaje por los caminos de gloria, de sinsabores y proezas, de una pasión irreductible, de una pasión bullanguera y tenaz llamada el Poderoso DIM. Que el júbilo esté siempre con nosotros.

 

(Escrito en Medellín bajo un cielo de estrellas rojiazules)

 

Aspecto de la premiación como campeón del DIM, torneo apertura, estadio Atanasio Girardot, junio 19 de 2016.

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Corbatta, el diablo en la punta derecha

(Recuerdo de uno de los futbolistas más artísticos e impredecibles del mundo)

 

Por Reinaldo Spitaletta


A la pelota nunca le pegó. La acariciaba, como a una mujer. Por eso, no se la podían sacar, aunque los represivos marcadores que lo enfrentaban le tiraran hachazos. “Ella nunca se quería ir de mi lado”, o, mejor dicho, no se quería despegar de su pierna derecha, la de Oreste Omar Corbatta Fernández (1936-1991), el que, según muchos, incluido Pelé, fue el mejor puntero derecho de la historia del fútbol, bueno, y como se sabe, ya no hay punteros a la vieja usanza.

Sí, Corbatta, el Loco, el dueño de la raya, el que, ya en declive, jugó en el Deportivo Independiente Medellín (1965-1969) y aun así mostró su magia no apta para escépticos. Era un creador de lo insólito, un espécimen extraño que fuera de las canchas era tímido y frágil, pero, adentro, demostraba sus picardías, como las de El Vagabundo de Charles Chaplin. Jugó en el Racing, en el Boca, en el DIM, en el San Telmo y, claro, en la selección de Argentina. Era menudo y de caminar eléctrico.

Llegó al Racing, procedente de Chascomús, con 19 años de edad, en alpargates, una camisa a cuadros y un aire de fenómeno. No llevaba maleta; sólo lo que tenía puesto. Y desde entonces comenzaron a llamarlo el Loco, por sus diabluras en la grama, por sus gambetas y ese modo de hacer ver fácil lo complejo. Un día, en un partido contra Chacarita, tomó un balón en mitad de cancha e inició un carrerón hacia su propio arco. Los compañeros le gritaban, azorados, pero él continuó, como si nada. De pronto, lo rodearon dos contrarios: Restivo, de un lado, y Mario Rodríguez, del otro. El arquero salió hasta el borde de las 18 a pedirle el balón. Corbatta lo vio y frenó en seco, giró y arrancó hacia el arco contrario. Los dos rivales se tragaron el frenazo y las carcajadas de toda la hinchada de Racing.

Le gustaba a Corbatta arrancar de atrás, tener contacto con el balón, para no aburrirse. Se pegaba la pelota a los pies. En 1956, en un partido amistoso entre Argentina y Uruguay, en Montevideo, comenzó a hacer malabares y se daba tremendo banquete con el duro Pepe Sasía, al que paseaba como a un bebé. Otro uruguayo, para bajarle el atrevimiento, le propinó un patadón y lo dejó retorciéndose en el gramado. Entonces, con la apariencia de darle consuelo, se acercó Sasía y le pegó un puñetazo en la boca. Desde aquel día, a la sonrisa de Corbatta le quedaron faltando dos dientes.

Con esa manera de jugar, Corbatta fue creciendo como ídolo de multitudes, pero también en los desboques. Eran famosas sus farras, que lo hacían llegar borracho a los partidos (“borracho, con la melena revuelta, la magia floja y suelta…”). Con 1.65 de estatura y 62 kilos de peso, el puntero derecho era una sensación, por sus cabriolas, por su precisión en el disparo, por sus chanfles endemoniados y, también, por el cobro de penaltis.

“Nunca me ponía de frente a la pelota, siempre de costado. Le pegaba con la cara interna del pie derecho y en el medio, con un golpe seco. Además, agachaba la cabeza para que el arquero no adivinara dónde iba a tirar y en cambio yo veía todo lo que él hacía. En cuanto se movía era hombre muerto…”, declaró Corbatta una vez a la revista El Gráfico, para explicar el éxito de sus penaltis. A veces, con su talento para patear, la bola entraba suave, dando vueltas sobre sí misma, endemoniada. El arquero se había tirado al lado contrario.

Corbatta, nacido en La Plata, era de una familia pobre, de ocho hermanos. No aprendió a leer ni a escribir, asunto que siempre lo entristeció. Se sentía apocado cuando sus compañeros leían diarios y revistas en las concentraciones. Su época más brillante fue en 1957, tanto en el Racing como en la selección de Argentina. Ese año ganaron el Sudamericano de Lima, y en la alineación, estaban, entre otros, Corbatta, Sívori, Maschio, Angelillo y el Pipo Rossi. El mejor gol de su carrera lo anotó, precisamente, el 20 de octubre del 57, en la cancha de Boca, jugando con la selección de su país frente a Chile, por las eliminatorias al Mundial de Suecia.

Primero, gambeteó a dos rivales, enfrentó al arquero, lo burló, se detuvo, amagó, hizo pasar de largo a otro defensor y volvió a frenar. El público suspiraba. Amagó nuevamente y, al final, colocó el balón donde quiso, junto a un palo, tras dejar sentados a otros dos chilenos. Un golazo increíble. Tanto que la revista estadounidense Life publicó en su portada por primera vez una secuencia de fútbol con la foto de Corbatta.

Fue campeón con el Racing de Juan José Pizzuti. En 1963, pasó al Boca Juniors, que lo compró por 12 millones de pesos, con los cuales el Racing amplió su estadio en Avellaneda y construyó un complejo deportivo. Dos años más tarde, llegó al Medellín, con el cual fue subcampeón en 1966, bajo la batuta de Pacho Hormazábal. Todavía se recuerdan sus jugadas espectaculares por la derecha, sus chanfles y aun la cadena con cristo con la que jugaba. Es de las figuras emblemáticas que han militado en el DIM, en el que hubo genios como el Charro Moreno.

En su decadencia, alcoholizado y sin hogar (pese a que se casó cuatro veces; una de sus mujeres se largó y dejó la casa vacía), Corbatta vivió sus últimos años en un camerino del estadio de Racing. Murió en la miseria más atroz, agobiado por un cáncer de laringe. El 6 de diciembre de 1991, a los 55 años, se fue el que muchos consideraron el más grande puntero derecho, por encima de Garrincha, Boye, Bernao, Houseman, Hamrin y otros tantos que en la constelación del fútbol han sido. La Nación de Buenos Aires tituló “Murió Corbatta, arquitecto de un fútbol que emocionó”, mientras Página/12 dijo: “La muerte se pasó de la raya”.

Era un maestro con el balón. En los entrenamientos, apostaba con sus compañeros a que podía pegarle a cualesquiera de los palos las veces que quisiera. Y disparaba con exactitud. También poseía una capacidad para ponerle efecto al balón. Y por lo demás, sus centros, que eran pases de alta precisión, dejaban a sus camaradas listos para el gol. Un arlequín. Un artista en el gramado. Un futbolista imprevisible e impredecible, que improvisaba sobre la marcha. Un creador. El rey de la raya.

Una calle, junto al estadio de Racing, lleva su nombre. Vivió sus últimos años en un vestuario de la cancha de la Academia. Tal vez muchos lo arrojaron al olvido, pero la que nunca se despegó de él fue la pelota. Por supuesto, es que la acariciaba. Él la amaba y la pelota a él. Un romance eterno, una unión indisoluble. El diablo jugó al fútbol y se llamaba Oreste Omar Corbatta.

(Diciembre de 2002, cuando en la noche de Medellín brillaba una estrella roja)

 

Oreste Omar Corbatta, puntero derecho

 

Crónica de una derrota multitudinaria

(El Equipo del Pueblo hizo llorar de nuevo a sus hinchas)

Por Reinaldo Spitaletta

Tres horas antes estábamos adentro. El cielo, despejado, prometía una tarde-noche con aliento cálido. Nos instalamos en los puestos que habíamos ocupado durante el semestre: un poco hacia el sur, en la tribuna del sol naciente, parte alta. Y ahí, en medio de muchachas con cachetes pintados de rojo y azul, con señores canosos sonrientes, con niños que ondeaban banderas al viento atardecido del domingo, estábamos nosotros, a veces observando el gramado brillante; a veces, viendo cómo se iba llenando la tribuna del poniente, arriba y abajo, o conversando de cómo en diciembre último nos tocó en la final muy cerca de la tribuna norte, que ya estaba a punto de preñarse de griterías, tambores y clarines de victoria.

En la grama, surtidores de agua bañaban el verdor. En los altoparlantes, con un sonido entre gangoso y de fastidio, un animador intentaba enardecer al estadio, que todavía no estaba en su plenitud. Se llenó cuando iban a ser las seis y ya sabíamos que, mínimo, había cuarenta y cuatro mil aficionados. En una partecita de occidental, en límites con el sur, en la parte baja una tropilla de hinchas de camisetas blancas se delató de inmediato cuando el equipo visitante saltó a calentar. Y ahí fue una suerte de troyazo, de anuncio de batalla verbal: “¡Si sos caleño la puta que te parió!”. El coro era universal, completo, sin desafines. Voluminoso y parejo. “¡Si sos caleño la puta que te parió!”.

Las tribunas estaban de pronto a reventar. El anunciador había hablado del “tifo” que haría todo el estadio para recibir al campeón, al que estaba próximo a tener en su firmamento de galardones la sexta estrella, que ya se lucía en Oriental con bombillitos rojiazules, como de navidad adelantada para mitad de año. Y también sin que supiéramos que iba a ser como un mal presentimiento, estallaron en los altavoces unos ruidos inmisericordes, de ras tas tas, de monótona percusión, de cantos, digo cantos, pero eran más bien berridos de ordinariez. Unos como comparsas iban por la pista atlética, vestidos cual travestis sin estilo, contorsionándose.

—¿Qué es esta mierda? —dijo alguien que estaba más abajo de nosotros. Y uno de nosotros advirtió que había una especie de mal gusto en lo que se estaba presentado como preliminar de un partido definitivo. El cielo de súbito se ennegreció, las banderas parecían dormir, una chica de pantalón cortito y bandera rojiazul, sin asta,  a modo de chalina, hacía movimientos provocativos con mucho sabor en las caderas al son de los que abajo, en su batiburrillo, cantaban sin ton ni son.

—¿Por qué no ponen la canción del DIM, la de Alfredo Gutiérrez? —dijo otro de nosotros.

—Claro y también la de Gabriel Romero —agregó otra voz, que al tiempo entonó… “No necesito que estés arriba / para quererte glorioso DIM”.

Alguien, por las graderías, pasó ofreciendo aguardiente. Alguien, que no era de nosotros, compró media botella por cuarenta mil pesos. Ya en las mismas escalinatas, cerrando el paso, había gente sentada. “Parece que hay sobrecupo”, declaró alguien del público. Más allá, un tipo, con gorro de arlequín, gritaba a toda voz que ‘Medallo’ sería campeón. Y todos dábamos el vaticinio como descontado. No había dudas. Claro que sí. Un equipo de pelados imberbes e inexpertos no podría arrebatarnos el trofeo, la sexta estrella, la que ya refulgía en el cielo de la ciudad, por el que, además, se desplazaba un dron de luces rojas.

Ya los reggaetoneros de pacotilla se habían retirado. La tarde-noche estaba presta para recibir a los gladiadores, el circo estaba en derredor, con guirnaldas, banderines, gritos, coros, “me dicen el matador, soy del Medallo…”, y “¡vamos mi Rojo que esta noche tenemos que ganar!”. Nosotros, apretujados, riendo y cantando, empezábamos a sentir (así lo expresamos todos) el cosquilleo, la tensión, el nerviosismo introductorio, imprescindible en estas gestas de masa y diversión. Y también de sufrimiento. Porque nuestra historia, de más de cien años, lo diseñó así: somos los mejores en bullicio, pero también en lágrimas; somos los más creativos en las tribunas; pero también los que estamos más cerca del purgatorio. O del infierno.

Cuando el Rojo tocó el verde húmedo de la cancha, el estadio parió luces. Serpientes voladoras, digo dragones blancos, ondulantes, se posaron en la gramilla, mientras todo el estadio enarbolaba pliegos de plástico, rojos, azules, blancos, para formar en todas las tribunas un tributo al onceno que sabíamos remontaría el uno-cero que sufrió como visitante. Somos locales. Volveremos ropita de trabajo al Cali, “si sos caleño la puta que te parió”. El fenomenal tifo (nosotros, bajo el papelerío, no alcanzábamos a leer las frases que se formaban al frente, en norte, en sur). Había calor de triunfo. La victoria estaba a punto de someternos a una apoteosis, a un desdoblamiento en que todos éramos otros: seres febriles, animosos, pura energía. Canción total.

Y el partido comenzó entre el bullicio imparable. Pero nada que nos íbamos arriba. Es más, algunos jugadores rojos parecían principiantes en estas lides, y regalaban el balón al rival. Se morían del susto, eso parecía. Y ya nuestros cánticos, de voces roncas, se tornaron en insulto para el lateral derecho, y para el presunto volante creativo que no era más que un bufón sin risas ni ocurrencias, y el contrario se crecía, hasta que en el minuto treinta y nueve, minuto nefasto, un pelado verdiblanco cabeceó tras un tiro libre de costado y nos dejó abatidos y sin palabras.

Pero qué va. La esperanza no había muerto. Y al comenzar el segundo tiempo, en que miles de serpentinas bajaron a la cancha enviadas por la tribuna norte, ya estábamos al borde del empate. Penalti, señores. “Yo lo cobro”, dije desde lo alto, acordándome de los partidazos de barrio. Pero el que cobró, más con violencia que inteligencia, más con ganas de salir rápido del compromiso que de ser efectivo, estrelló la pelota en el horizontal. Y ahí sí fue Troya. El cielo de la ciudad era tenebroso.  Y aunque el equipo intentaba, no podía. Hasta que llegó el empate, y otra vez las canciones. La muchacha del short tiraba besitos para todos lados. Y a pujar y empujar se dijo. Nuestro enemigo era el tiempo. Y aunque había llegadas muy coordinadas, nada que el balón se metía en las redes custodiadas por un uruguayo, que al principio de cada tiempo alzó los brazos, como implorando que los artilleros rivales se pifiaran.

El equipo que antes de empezar el partido ya se perfilaba como campeón, porque era dizque fácil remontar el marcador adverso, se tornó más ganas que fútbol. Y así no se puede ganar, pese a la consigna belisarista y de subdesarrollados que se coreó en los últimos minutos: “¡Sí se puede, sí se puede!” Pero no se pudo. Y otra vez, dijo alguno de nosotros, fuimos virreinas. Otra vez nos pasaron por encima. Y la hinchada, de inteligentes, indigentes, borrachos, poetas y mujeres hermosas, fue otra vez superior a los jugadores.

No hubo clamores ni voladores. No hubo sino uno que otro lagrimón y un tipo loco dando patadas a los postes (debió quedarse sin tibia ni peroné, sin empeine, sin pierna). No hubo fanfarrias ni luces de bengala. Y la estrella se esfumó. Y ahí sí cobró de nuevo vigencia aquello de “no necesito que estés arriba para quererte glorioso DIM”. Era la oración de los resignados. Afuera, en la silenciosa noche, todos parecíamos en un funeral. Un frío mortuorio nos puso la piel de gallina. Había que volver a empezar.

Foto tomada de internet

Boda triste

Por Reinaldo Spitaletta

El largo tapete rojo iba hasta la puerta de entrada. La casa, de dos plantas, estaba adornada por ramos floridos y cintas blancas. Eran las cuatro de la tarde y ya el Deportivo Independiente Medellín, que acababa de cumplir cien años, perdía dos a uno en Barranquilla. Tenía que ganar para clasificar a la ronda semifinal. Olía a rosas y a perfume ceremonial. El hombre, de chaqueta beige, pantalón negro y camisa palo de rosa y sin corbata, tenía los audífonos puestos. Afuera, había gente esperando a los novios. Los antejardines del barrio florecían y parecían sonreírle a la calle sobre la que caía una luz malva. Era domingo.

Los novios aparecieron: ella, de blanco inmaculado; él, de negro. Cuando pisaron la alfombra, sonó la Marcha Nupcial de Wagner. El hombre, adelante, en el fondo de la casa, sentado junto a los padres de la novia y a la madre del novio, seguía con su audífono, ido, como fuera de sí. Arrugaba el ceño, se estremecía, y parecía estar muy lejos de los aplausos de los invitados, de los pasos calculados de la pareja, como en un mundo irreal que estaba en otra ciudad. El ministro oficiante, de pie, debajo de un palio, observaba el desplazamiento lento de los enamorados. De pronto, el hombre se enteró de la llegada de los comprometidos; el novio era su hijo. Se desconectó con discreción los audífonos y los introdujo en el bolsillo superior del saco. La pareja se instaló debajo de la jupá (así la denominó después el ministro para explicar su significado, al que el hombre no prestó atención). Una niña, de cuatro años, venía delante de los contrayentes. El hombre, cuando la vio, abrió con desmesura los ojos, la miró con novedad y vio su vestidito blanco y en las manos un pequeño cofre con las argollas. “Qué niña hermosa”, pensó el hombre y luego paseó la vista por los asientos debajo del dosel, los ramos de rosas rojas encarnadas, la cara del oficiante con una sonrisa que se prolongaba por el resto de su cuerpo. También vio las siete velas encendidas en un candelabro (la menorá, advirtió luego el ministro), y un cuadro con una fotografía de Jerusalén. “¿Cómo irá el partido?”, se preguntó con una voz interior que parecía angustiada, porque el hombre se rascó la cabeza y sus manos temblaron con levedad. Había, además de una mesa con mantel blanco, en la que reposaba un libro, otro candelabro de tres brazos con velas blancas prendidas. El hombre las miró y las llamitas se movieron.

Cuando el ministro puso sobre la cabeza del novio un tocado redondo, tejido, tal vez de lana, al que después aquel llamó la kipá, que según el sacerdote de vestido impecable simboliza los límites humanos y para dar a entender que por encima del hombre está Dios, o algo así profirió, el hombre se metió con un movimiento automático la mano al bolsillo de la chaqueta, pero la sacó con rapidez. Hacía rato, o tal vez no tanto, que la marcha nupcial había dejado de sonar. Atrás, había invitados, con trajes nuevos, corbatas, tacones altos, zapatos negros, sentados a las mesas, expectantes (de esto se dio cuenta porque por unos instantes miró atrás, como si se tratara de un mecanismo de defensa). “¿Cómo irá el DIM?”, volvió a preguntarse, mientras la ceremonia avanzaba, con lecturas bíblicas, postura de argollas, explicaciones de símbolos. De pronto, al novio se le desprendió el gorrito, que cayó al piso, ante la mirada atónita del ministro. El novio, con agilidad, lo recogió y lo puso de nuevo en su sitio, sobre la coronilla. El cabello le brillaba. La novia -según creyó el hombre- se sonrió con un rictus burlesco.

Como si se tratara de un descubrimiento, el hombre vio a un tipo de unos treinta años, de tenis y pantalón negros y camiseta gris, que saltaba de un lado a otro, se agachaba, se estiraba, parecía un contorsionista, y sus ojos detallaron la cámara fotográfica, escuchó sus clic insistente, un reflector subió de intensidad lumínica, y entonces el hombre se tocó el bolsillo, junto a su corazón, lo sintió acelerado y se dijo para sí: “¿Será que empató el DIM?”. También vio a la mamá del novio, que se había parado con una cámara e intentaba imitar, sin lograr ni siquiera una lejana aproximación, al fotógrafo profesional.

El hombre, que ya estaba sudando, pese a que el ambiente del salón era fresco, recordó cuando, apretujado con su hijo y miles de hinchas más en la tribuna oriental estaba presenciando a su equipo que empataba con el Huila dos a dos, la igualdad le bastaba para la apoteosis, y de súbito, para susto de todos, un jugador contrario avanzó por la punta derecha, metió un centro que cabeceó un delantero casi en el punto penal. Bobadilla, que era el arquero del DIM, voló casi de palo a palo y desvió el balón al córner. Faltaban pocos minutos para terminar el partido. El estadio Atanasio Girardot, repleto, enrojecido, coreaba unánimemente “¡Campeón Medallo, campeón!”; el hombre sintió el ondear frenético de las banderas, miró la pista atlética colmada de serpentinas blancas, y los abrazos colectivos, los tambores, trompetas y cánticos de la Norte, y su mirada de ojos contentos casi al borde de las lágrimas observaron cuando el árbitro señalaba la mitad del terreno. El estadio quería derrumbarse por la brincadera de casi cincuenta mil aficionados y de repente el cielo de la ciudad se pobló de bengalas y globos y estrellas rojas y azules. Era la quinta estrella que se multiplicaba hasta el infinito en el firmamento de Medellín.

Volvió de su ensoñación y vio a la pareja que se besaba, y escuchó la ovación colectiva de los invitados. La niña de las argollas estaba sentada en un taburete, y sus piernas colgaban con un movimiento rítmico. El ministro sonreía y cerraba el libro religioso. Bajo la jupá ya estaban los padres de la recién casada, abrazándola mientras sonaba una música alegre que el hombre no identificó. Sacó los audífonos y con prontitud se puso un auricular en la oreja izquierda. Una rosa roja cayó a sus pies. El fotógrafo seguía disparando.

El hijo, de corbata plateada, en medio del bullicio, se acercó a su padre, se abrazaron y sus mejillas se juntaron.

_¡Perdimos, hijo, perdimos! ¡Qué centenario más triste!_, dijo el hombre. Y como en un trágico tango, ninguno de los dos, las lágrimas, embozadas y asomadas, pudo contener.

Pintura de Angely Martínez

 

 

Las cometas muertas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Alta, muy alta, la brisa va, y alta, también, la cometa, que ahora es cielo. Caballito del aire, con bridas,  y, abajo, como un polo a tierra, el inquieto jinete que la guía, sin espuelas ni látigo. Solo con su imaginación.

 

La cometa puede ser la forma más excelsa, o por lo menos una muy alta, de comunicarse con el infinito. O para no ser tan pretenciosos, con la nube, que en un instante puede ser dragón, después golondrina, y más tarde águila, quizá. Porque la “loca de la casa” ayuda a transformarlo todo: y así también puede ser elefante volador, camello en desiertos azules, vulgar gallina, o un mapa de lo real maravilloso.

 

La receta es simple: un viento generoso, papel de seda (o de China) o tela de colores, hilo, cola, tirantes, cañas, un alma de niño, o dos, o tres, que en estos rubros no hay límites. Y listo. Es si no echarse a volar, que las cometas siempre vuelan con quienes las elevan. Si no lo cree, puede mirar ahora hacia ese morro imprescindible de Medellín, cementerio de indios, El Volador, que no solo tiene el nombre preciso para los amantes del viento, sino que tiene viento. Y cometas. Observe que no solo ellas están volando, sino también los que se pegan a su hilo.

 

Mire aquella, hacia el occidente. Es una cometa acróbata. Y el de más allá, el rojo y azul, es un barrilete saltimbanqui. Y la que está más alta, que se mueve con coquetería, es la cometa de las buenas nuevas. Y no crea, mi querido lector, que lo que voy a narrarle es fanatismo, o ceguera de hincha de fútbol, pero lo vi. Al cerro de los muchos vientos llegó Santiago, un pelado de trece años, a elevar una cometa verdiblanca del Atlético Nacional. Y dele, y dele, y dele, y nada. Se caía. “Le falta cola”, se decía. Y cola le ponía. “Le falta viento”, y el viento arreciaba. “Le faltan ganas”, y ganas le agregaba. De pronto apareció un señor moreno, con esposa e hijo, según supe. Y con una cometa roja y azul de tela fina. Preciosa. Era, claro, del DIM. Y con solo desenrollarla y exponerla al viento, subió y subió. “Es que siempre estamos arriba”, declaró el hombre, con orgullo. En el mismo Altozano, Santiago continuaba luchando con su cometa rebelde, sin poder alzar vuelo.

 

Cometa, barrilete, pandorga, papagayo, armazón ligero, pegasos contemporáneos, son la felicidad que el viento se lleva. “Niñez feliz de cañas y papeles”, decía el poeta Gerardo Diego. Y más felicidad aún, cuando, indemnes, retornan a tierra y proporcionan la posibilidad de nuevos vuelos.

 

Pero, a diferencia de los árboles, las cometas no mueren de pie. Qué puede haber más triste que la caída mortal de un barrilete. Ah, quizá unos versos de tango: “Y he sido igual que un barrilete / al que un mal viento puso fin / No sé si me falló la fe, la voluntad / o acaso fue que me faltó piolín”.

 

Las cometas urbanas yacen en tumbas altas: en las alambradas eléctricas, en los cables de alta tensión, en una torre de energía. O, como las del viejo parque de Miraflores, en una ceiba bonga centenaria. La ciudad está llena de cementerios de cometas. El dragón vencido por desafiar al viento; Ícaro derretido por querer llegar al sol. Y un niño que llora su desgracia con fragmentos de hilo en las manos.

 

Quizá a usted le ha pasado. Se siente un estropicio interior, un desgarramiento, el establecimiento de una ausencia definitiva. Primero, tal vez, el coleo; las convulsiones en el aire; una suerte de ataque epiléptico cerca de las nubes y la impotencia total. El viento define (y traza) el destino de las cometas: las débiles morirán, así que no insista. La suya terminará colgada de un alambre o de la rama de un árbol.

 

En todo caso, una cometa muerta tiene aspecto de tragedia. Un esqueleto colgante, esmirriado. O enredado como testimonio de lo que el viento se llevó. O derribó.

 

Alta, muy alta, va la brisa. Y alta, también, la cometa del señor del DIM. Esposa e hijo miran el cielo, boquiabiertos. Santiago insiste, pelea, maldice, pero su cometa está condenada al fracaso. Esta vez la muerte sucede en el piso: la destrozó, lleno de rencores.

 

En el cielo de El Volador hay una plenaria de cometas. Tal vez, por hoy, todas sobrevivirán.

 

Ser del DIM da carácter

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen, en un asunto más de licencia poética que de realidad histórica, que fue el equipo el que dio el nombre a la ciudad, y no al contrario. Como hubiera sido, desde 1913, un onceno, que primero se vistió de blanco y, en los años treinta, de rojo y azul, estremece las almas, las edificaciones y las montañas de Medellín. En su centenaria existencia, unida a los telares y locomotoras, a los artesanos diversos y a las plazas de mercado, a alguna huelga y a la vida cotidiana de misas y procesiones, el DIM le ha dado carácter a la ciudad.

 

Es un equipo urbano, fundador de emociones barriales, creador de potreros y mangas en las que la muchachada de hace tiempos aspiraba a llegar a jugar a esa divisa gloriosa. El DIM inauguró el grito de gol en la pequeña villa y puso a soñar con balones (el primero de ellos llegó a Medellín en 1910) a los chicos que pedían sus regalos al Niño Jesús.

 

El DIM, un nombre que parece un mantra milagroso, y que sus hinchas no se cansan de repetirlo, se esparció como semilla pródiga por los barrios obreros (aunque su origen estuvo atado a las élites económicas) y se convirtió en el equipo del pueblo; sí, de los descamisados, de los carretilleros, de los sastres y zapateros; pero, a su vez, en una razón social de poetas y escritores. El DIM es canción y murga; carnaval y abrazo colectivo.

 

El añejo equipo, el mismo por el que pasó Moreno con su genio y su leyenda, el de Corbatta y Grecco y el Caimán, está adherido a la piel de la ciudad. Y a su espíritu. Se siente en el vendedor de helados y en la señora de las fritangas. Es popular. Y el hincha sabe que en el sufrimiento, en las esperas,  en las agonías, hay siempre una luz, una premonición de que cuando la victoria llegue, el cielo estará en la tierra.

 

Ligado más a las tristezas que a las alegrías, el DIM, que es como una suerte de elogio de la dificultad, nos hace humanos. Nos hace pensar en que el mundo, el nuestro, el de sus aficionados, está hecho para ser conquistado y transformado, lo que nos salva de la bobada que produce el facilismo.

 

Sus fervorosos hinchas conocemos el fuego infernal y por eso, cuando de vez en cuando alcanzamos el paraíso, reímos y gozamos como un niño que descubre debajo de su almohada el regalo que tardaba y al que siempre aspiró. Cien años quizá no son nada para todas las glorias y apoteosis que nos esperan. Ser del DIM es pertenecer a la historia, y no todos pueden darse un lujo como este. Que el júbilo nos acompañe siempre.

 

(Escrito en Medellín, en el centenario del Poderoso (1913-2013), cuando el cielo de la ciudad se colmaba de serpentinas luminosas)

DIM, 14 de noviembre 1913-14 de noviembre 2013

Con el Che pegado a las espaldas

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de don Quijote pasar.

León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una de las primeras consignas que nos unió a todos los del salón de clase de tercero de bachillerato: llevar a las espaldas la efigie enigmática, en alto contraste, de un argentino-cubano que murió en Bolivia, llamado Ernesto Guevara de la Serna, y al cual los paisanos de José Martí le habían puesto el simpático y fácil apelativo de Che. Claro que esas cosas no las sabíamos entonces.

 

Igual, el asunto era muy simple: bastaba ir hasta el taller de misceláneas de don Martín para que él, con su sapiencia y por solo diez pesos, nos estampara en la camisa una cara oscura, con boina negra y estrellita de cinco puntas. Era la moda. Y llevar atrás, en la misma parte en la cual debían ir los números de jugador de fútbol, al héroe legendario que sufrió toda su vida de asma, infundía cierto respeto. Uno creía que el Che no solo estaba en la espalda, sino dentro de uno.

 

Mi primer Che lo puse en una camisa verde oliva. Por eso, los ojos del médico Guevara quedaron de ese color. Miraban un poco hacia arriba, como con un desvío que, aunque insignificante, le daban la apariencia de tener estrabismo. Ese Che no duró mucho. Pereció destrozado en un alambre de púas cuando en forma frenética, Chucho Hernández y yo, tratábamos de huir de los ladridos y dientes de los perros de la ya hace tiempos extinguida finca de Lázaro, en Bello, donde a los árboles de mango solo les dejábamos las hojas, y eso que menguadas.

 

Sin embargo, mi consuelo radicaba después en mirar a ese Che que parecía sonreír ahí, fijado en la parte trasera de los autobuses, y que ya estaba acostumbrado al polvo de los caminos, al hollín, a la estridencia de los pitos. Era un Che carisucio.

 

Ese Ernesto móvil miraba para todos lados y, creo, la barba de lata le crecía todos los días. Después, el Che se veía en las vitrinas de los almacenes convertido en calcomanía, en atractivo para la clientela, en artículo de consumo. La estampita del médico guerrillero se reproducía aquí y allá, en múltiples presencias, en ubicuidades religiosas. Superaba, me parece, en popularidad, por lo menos en mi barra esquinera, a los Beatles y Jesucristo.

El sistema, según supe después, había absorbido la imagen cada vez más influyente del Che y le había sacado partido. O, mejor dicho, había secado al revolucionario para transmutarlo en reliquia anodina. Era este un héroe barnizado, de escaparate, despojado de sus ideas y de sus contradicciones. Un fetiche. Un muñeco de farándula. Así nos lo vendían en las tiendas y en el tallercito de don Martín.

 

Aquel Che que se vendía más que el chicle y cuya imagen -que recordaba de alguna rara manera la de Jesús de Nazaret- no causaba ningún temor a los que cuando él vivía fueron sus enemigos, ese Che, digo, no fue el que estuvo con el también barbudo Fidel en la liberación cubana, ni el que montó en un velomotor, con el que realizó una gira de 4.000 kilómetros, ni el que estuvo en la Sierra Maestra, ni el triunfador de Santa Clara, ni el que tuvo que comer carne de yegua en las selvas bolivianas, ni el que tenía como patria el mundo, ni el que estuvo en desacuerdo en Punta del Este con las intenciones de la Alianza para el Progreso, ni el que fusilaron en La Higuera el 8 de octubre de 1967.

 

Aquel Che, que portábamos con ufanía pegado a las camisas, aferrado a nuestras espaldas como parte de la piel, no fue el que después cantó con fondo de guitarras Carlos Puebla, ni el que quemaba la brisa con soles de primavera… Ese Che, asmático, terco, quijotesco, que se internó en los montes bolivianos a buscar la muerte o a encontrar otras posibilidades de vida, es el que ahora se ve en fotos históricas, envuelto en un lienzo, ojos abiertos, manos cortadas a hachazos para impedir su identificación, con una barba que le sigue creciendo después de muerto. Che-héroe-hombre.

“Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú, como dijo el poeta”, así es el Che de Milanés y de Cortázar. Y el de Nicolás Guillén: “Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che, comandante, amigo”. Ese Che, que tras cuarenta y seis años de su muerte, todavía cabalga sobre el rocín de la historia, sigue con su transparente presencia atravesando llanuras, con mirada entre amarga y sonriente, y una boina negra con estrellita adelante.

 

El Che vencido es el que nosotros teníamos a la espalda. El que miraba a través de las vitrinas. El que se alejaba, con ojos tristes, en el respaldo de los buses. El que estampaba don Martín con su rudimentaria técnica de “screen”. El que alguna vez tuvo ojos verdes en una camisa. El que después pegué en una camiseta del DIM a ver si el equipo obtenía la tercera estrella, la que tardó tantos años en brillar… Otra vez  -qué le vamos a hacer- hay que recordar al viejo Bertolt Brecht: definitivamente hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles.