Nunca estuve tan triste como hoy

(Conversación con Mariano Mores, el de Cuartito azul, Gricel, Uno y Adiós, pampa mía).

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. Mariano Mores, leyenda del tango, murió hoy 13 de abril de 2016 en Buenos Aires (nació el 18 de febrero de 1918). En junio de 1992 hice en el barrio Manrique, de Medellín, una nota con él, que luego se incluyó en el libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías (Reinaldo Spitaletta, 2015).

 

¿Quién no ha desarrugado los pliegues de su alma al escuchar Cuartito azul? Esa música es como una despedida. Hay en tal tango nostalgioso un adiós permanente. Pero también una bienvenida. Nadie jamás imaginó que su compositor, Mariano Mores, pudiera algún día pisar el asfalto de Manrique, barrio-bandoneón, imprescindible en la tanguería de Medellín.

 

Pues bien: ahí está, de negro hasta los pies vestido. Sube, lenteando, las escalas de la Casa Gardeliana, en la 45, hoy llamada avenida Carlos Gardel. Y en su cara de comediante se prende una sonrisa cuando ve la iconografía de asombro que cuelga de las paredes.

 

Ahí está Mariano, Marianito Mores, del que alguien una vez dijo que era “el músico del pueblo que dio señorío al tango”. Ahí está, medellineando en Manrique, casagardeliando, el pibe de sesenta años que creció en el bonaerense, el muy porteño barrio San Telmo, y que un día de 1938, cuando vivía en la casa marcada con el 24-10 de la calle Terrada, barrio Villa del Parque, compuso la melodía dolida de Cuartito azul.

 

Ahora se sienta frente a un Gardel que le sonríe desde el muro y muy cerca de un antiguo piano, silenciado para siempre, el mismo que, alguna vez, tocó Osvaldo Pugliese en esta manriqueña casa de recuerdos. “Gardel no era cantante de tangos. Él inventó el tango”, dice:

 

—¿Cuál es la historia de Cuartito azul?

 

—Yo vivía a una cuadra de la casa de Mirna, mi novia. Nos habíamos separado amigablemente para que cada uno hiciera su vida, cosas de juventud, vos me entendés. Mi casita era modesta, con una azotea y un cuartito de dos metros por tres y una ventana de cuarenta centímetros por cincuenta. Por ahí se asomaba el sol. Yo sentía una nostalgia tremenda porque ya no podía hablar con Mirna. Pensé en crear un tema que podía quedar para la historia. Dedicado a ella, mi ilusión. Yo tenía 17 años. El cuartito lo pintaba cada veinte días con azul de lavar ropa y cal, no había para otra cosa porque yo tenía que mantener a seis hermanos y a mi mamá. Desde los 14 yo era huérfano de padre. Con Cuartito azul descubrí que tenía facultades de creador, de compositor. Quería hacer un tango novedoso. Ahí comenzó mi historia.

 

“Si alguna vez volviera la que amé / vos le dirás que nunca la olvidé”. Tiempo después, este tango de Mores, con letra de Mario Batistella, se convertiría en un éxito mundial y, de paso, contribuiría al acercamiento, al reencuentro, entre Mirna y Mariano. Hoy son marido y mujer. Como un desenlace de novela rosa

 

En 1939, la orquesta de Francisco Canaro graba Cuartito azul. Luego lo hacen otras agrupaciones. Ignacio Corsini la interpreta con guitarras. Sin embargo, es en Montevideo y no en Buenos Aires donde el tango de Mores se gana primero la simpatía del público.

 

Mariano Mores era todavía un muchachito imberbe cuando ingresa en la orquesta de Canaro, vinculado por el comediógrafo Ivo Pelay. Era el benjamín del grupo.

 

Al principio, es el arreglista de coros. Luego, gracias a su talento, realiza orquestaciones. “Canaro ve todo eso y me permite dirigir la orquesta. Yo fui el único que, en su ausencia, la dirigió. Él se encariñó conmigo. Y yo, que solo me iba a quedar un mes con él, permanecí diez años”.

 

Marianito (como le dice todo el mundo), el mismo que ahora está sentado en Manrique, en la casa-museo de Gardel, participó en los años cuarenta en filmes como Corrientes, calle de ensueño, La voz de mi ciudad, La doctora quiere tango. Era un galán. Y le gustaba figurar. Su ego tenía que explotar de alguna forma. “Cuando el cine me hizo confundir entre el compositor y el galán, ya no quise saber nada de él. Entonces me aislé y con mucho éxito”.

 

Alguna vez se habló de que Mores sería el sucesor de Canaro en la orquesta. “Pero eso no me entusiasmaba. Yo tenía mi personalidad y buscaba otro tipo de orquesta, que fue lo que hice después con mi propia orquesta, con la orquesta de Mariano Mores”.

 

—¿Cómo es el proceso de su composición?

 

—Yo no escribo sobre letras. Primero hago la música y después que le pongan lo que yo quiero. Yo doy el argumento. Voy pintando y viendo cosas…

 

—Cuénteme sobre La calesita

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—Está hecha sobre un stornello italiano que mi madre cantaba. Cuando yo tenía tres años y medio, en el barrio San Telmo había frente a mi casa una empresa inglesa y los empleados salían a las cinco. Yo tenía un tití amaestrado. Yo quería tener plata para ir a la calesita, y entonces sin que se dieran cuenta mis padres, yo cantaba a esa hora un tango llamado Patotero sentimental. Lo hacía a media lengua, así: “Patotelo ley del bailongo / patotelo ley del bailongo / patotelo sentimental / en mi vida tuve mucha mina / pero nunca una mujer”. Mi pelo era rubiecito y con rulos, y la gente se enloquecía viéndome y oyéndome. Estiraba la mano por el balcón a ver si aparecían las monedas, pero se las tiraban al mono, que era loco y agarraba todo, las bananas, los plátanos. Las monedas me las daba y yo las guardaba. El fin de fiesta era el domingo y le decía a mi abuela: “¿Me llevás a la calesita…?”. De grande pensé en dedicarle eso a mi madre. Con el tema del carrusel empecé la música. Luego, mi gran amigo y colaborador, Cátulo Castillo, gran admirador mío, me hizo la letra.

 

—¿Cómo la iba con sus letristas?

 

—Casi siempre tenían que repetir la hazaña de poder hacer algo mejor. Lo íbamos depurando. No era una letra, sino que terminaba en varias versiones, diez o quince, algunas con cuartetas diferentes. Con el único que nunca intervine y le di amplia libertad para el argumento fue a Discépolo.

 

—Ah, ¿cómo fue su relación con Enrique Santos Discépolo?

 

—Fue linda y tierna. Era un hombre que hacía su música y sus versos, a la vez. No tenía colaboradores. Con el único que tuvo esa deferencia fue conmigo. Yo, muy jovencito, le di dos temas: Tango argentino y Cigarrillos en la oscuridad, que después se convertiría en Uno.

 

—Amplíeme lo de Cigarrillos en la oscuridad.

 

—En la calle Corrientes había una confitería llamada La Real, donde se reunía la gente importante de la noche en Buenos Aires: Julio de Caro, Razzano (que me introdujo allí), tantos… Yo me tomaba solo un cafecito. Había un salón grande con un maravilloso piano de cola. Una noche estaban allí Cadícamo, Charlo y otros. Voy al piano y empiezo a preludiar y a memorizar un tema (tararea la introducción de Uno). Lo único que yo veía eran manos con cigarrillos encendidos y una media luna de gente que me escuchaba. Eso me emocionó. Continué las frases musicales hasta terminar el tango. Le di el tema a Discépolo y al mes le dije “¿cómo va la cosa, te gusta…?”. “Dejámelo que va a salir algo bueno”, me dijo. Pasaron dos, tres, cuatro meses. Y nada. Yo tenía otro tema grande: En esta tarde gris. Después, saqué a Gricel y con Contursi hice Cada vez que me recuerdes… Entre tanto, pasó el tiempo y Discépolo no me decía nada. Pasaron tres años, era 1943 cuando Discépolo se aparece con la letra de Uno, que él tituló primero Si yo tuviera el corazón.

 

Discépolo traía su poema en un papel tan largo como una sábana y Mores, al verlo, pensó que esa letra era tan extensa que no la memorizaría nadie, sobre todo en una época en que se escribía concisamente, tal vez por el influjo del bolero. Cuando Canaro la leyó, dijo: “Esto está muy bueno, va a ser un éxito”. Sin embargo, la Secretaría de Cultura opinaba entonces que los tangos debían tener otra modalidad y otros contenidos, y prohibió la letra de Uno, que todavía no se llamaba así. La gente, en los cafecitos, la pedía levantando el índice derecho, como si dijeran “uno”. Y así se quedó para siempre.

 

Mariano Mores, el de Adiós, pampa mía, Cristal y tantos otros temas, siempre dio preferencias a los buenos poetas como Cadícamo, Discépolo y Cátulo Castillo. ¿Y qué pasó con Homero Manzi?

 

“Homero Manzi –dice Mores– era un gran lírico, una maravilla. Cuando estaba ya postrado, lo visité y me dice: ‘Pensar que ya me voy y no he escrito nada contigo’”. Eso me dolió tanto. Nunca te pedí nada, le dije, porque como estaba Troilo de por medio, un hermanazo, vos con él te manejabas tan bien. Mirá, tengo un tango que se llama Malambo, si querés ponele letra. Y de ahí nació este tema (lo canta): “Una lágrima tuya me moja el alma / mientras rueda la luna por la montaña / no sé si ha llorado sobre un pañuelo, / nombrándome, nombrándome con desconsuelo”.

 

—Y ahora, con la ausencia de tantos poetas, ¿qué pasará con el tango?

 

—No  solo de poetas, sino de músicos. Ya no sienten el tango como antes. Yo hago lo que puedo. He luchado denodadamente para seguir saboreando lo que nace del barro, de la tierra, de la piedra, de las esquinas… el tango que trajeron nuestros inmigrantes…

Ahora, Mariano Mores baja, lenteando, las escalas del recuerdo. Se para en el asfalto de la tanguera 45 y camina, con una placa en la mano, hacia la estatua de Carlitos Gardel. “Lo mejor que me ocurrió como artista es haber llegado a Medellín”, dice. Es la hora de los adioses. Y de las bienvenidas.

 

(Medellín, 14 de junio de 1992)

 

Marianito Mores, compositor, pianista, director de orquesta  y artista de tango.

 

 

 

Cafetín con orines y sin filosofía

Por Reinaldo Spitaletta

No ocurrió como en el Cafetín de Buenos Aires, en el que el gran Discepolín aprendió filosofía y otras vainas. No. Ni siquiera en aquel bar de mala muerte, en el que, por lo demás, nunca mataron a nadie, porque los que peleaban se salían a hacerlo afuera, y afuera tampoco se mataban, había mucho de teatralidad en las confrontaciones, lo mismo pasaba en otros cafés que había en Bello, digo que allí no se aprendía naipes ni parqués ni ajedrez, que por allí no había ajedrecistas, ni mucho menos nada parecido al bridge o al póker. Aprendí, eso sí, algunas canciones que arrojaba el traganíquel, y sus fosforescencias de neón iluminaron imaginaciones, la mía y las de otros pelados que no podíamos entrar porque éramos menores de edad.

En aquel café de sordideces, en el que arriba del mostrador colgaban chorizos secos y desde afuera se sentía hedor a orines, escuché tangos de malevos y de putas, como uno, de escasa estatura, llamado Maldito Cabaret, y otro, más torvo todavía, sobre un tal Cruz Medina, una historia ruda y burda. Pero había algunos, de Raúl Berón, como Trasnochando, Una emoción y Como tú, que tenían poesía, o, por lo menos, no caían en lo evidente ni en lugares comunes.

El bar, como tantos de aquella ciudad de obreros y maleantes, tenía un nombre evocador de Buenos Aires, el Florida, que no desentonaba con otros que pululaban en esas geografías: El Torrente, Tres Amigos, Rodríguez Peña, River Plate, Cuesta Abajo… No todo lo que sonaba era tango. De vez en cuando, se escuchaban las voces de Piero (Si vos te vas y otras) y de Leonardo Favio (Fuiste mía un verano), y no faltaban unas canciones que a mí me parecían deplorables y a las cuales comencé a odiar: las de Los Cuyos.

El Florida, en el que no había billar, era un bar de seis mesas, tal vez siete, con un Seeburg viejo para la época, al que llegaban, más que obreros, tipos “duros” de la calle, que escondían sus puñales debajo de las mesas metálicas cuando sentían que se acercaba la policía y que era inminente una “batida”. Decía que adentro no se enfrascaban a pelear y, más bien, tal vez porque el Bizco Arturo, el dueño del negocio, era un hombre arisco y que manejaba bien la rula, se iban a la acera a intercambiar puños y de vez en cuando a hacer malabares con los cuchillos, sin tocarse, sin herirse.

Todo esto para decir que, tras muchos años de haber desaparecido aquel bar turbio, me acordé otra vez de aquellas noches en las afueras del mismo, mirando por las puertas (eran dos) o las ventanas (tres) a observar a los concurrentes, o de vez en cuando a arrojarles ganzúas o grapas metálicas impulsadas por cauchos que extendíamos entre los dedos, a los chorizos tristes del Bizco, porque me puse a seguir las letras de dos tangos, que uno de ellos siendo de los años cuarenta, no sonaba en el Florida: Cafetín de Buenos Aires (la versión de Goyeneche es insuperable) y Café La Humedad, de Cacho Castaña, compuesto en los setentas.

Donde el Bizco no era posible aprender ninguna filosofía, ni la del trabajo, porque la mayoría de sus clientes eran vagos y uno que otro artesano. Se aprendía, digamos, de fútbol, porque se discutía hasta el hartazgo sobre jugadas y jugadores, o de ciclismo, que había sujetos que sabían de la Vuelta a Colombia y de otras vueltas… Lo que sí aprendimos fue a fumar en la acera del Florida, aunque nada de dados, ni timbas, ni dominó ni jueguitos parecidos, que nosotros éramos muchachos de acción y nada que nos aquietara estaba dentro de nuestros gustos.

El de Discépolo (con música de Mariano Mores) es un tangazo. En rigor, no recuerdo si pudo sonar en aquel barcito desmirriado, pero tampoco el Florida hubiera podido “ser escuela de todas las cosas” ni allí había “mezclas milagrosas de sabihondos y suicidas”, o puede que de los primeros, sí. Había unos habladores de paja que creían saberlo todo. No hubo, sin embargo, ningún suicida que le hubiera dado lustre al café. Allí, “sobre sus mesas que nunca preguntan” no lloré desengaños, ni nací a las penas, pero sí, creo, la atmósfera de humo y los olores acres del aguardiente, me enseñaron que en un café hay brumas y gentes con desencantos.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché Café La Humedad, pero la versión primera que conocí fue la de Goyeneche, aunque, para ser franco, me gustó más la de Rubén Juárez. Aunque, todo hay que decirlo, Cacho no lo hace mal. Hay en ese tango la poesía de lo ido, de las esperas. Y la del billar y la reunión. Es un volver a “las hazañas de otros tiempos”, para alejarse de la muerte y de otras desazones. Es un reencuentro con soledades y con los muchachos de antes.

El tango está lleno de cafés, de viejos y últimos cafés, que flotan en la memoria, que se perpetúan en sentimientos de amistad o en una queja de amor. Y en sus mesas, esas que a veces se buscan con ansia, uno escucha, cómo no, las preguntas que le hacen al tiempo después de que ya nadie llora sobre ellas ningún desengaño.