Domingo con color de fútbol

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol.

 

El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo. Para hacer un cambio de ritmo.

 

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas sin abolengo, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo del balón. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que, en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

 

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación pura. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

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El domingo, que para algunos es la recuperación de la infancia, es la posibilidad de ir a un muy escaso potrero urbano (antes eran legión) a recordar los días en que el fútbol abundaba en las barriadas. Las mañanas dominicales de antes (¿se acuerda?) eran para cerrar calles y congregar la muchachada, combinada, claro, con los más veteranos. Una proeza en el asfalto. Había el pelado de las florituras con la pelota. Y al que ponían en los arcos pequeños, casi siempre era un torpe para las gambetas y las paredes, y entonces se elegía para salvaguardar la pequeña portería, con redes de costal o sin nada. Casi siempre, este cancerbero sin talento era la víctima de los fusilamientos, de los taponazos. Había que intimidarlo para que, asustado, dejara pasar el balón en cualquier momento.

 

Hoy, pese a la cada vez más escasa presencia del fútbol callejero, el domingo es una posibilidad para la ensoñación de marcar un gol de taquito; de imaginar en pequeñas espacialidades cómo eludir un “bosque de piernas”, alzar la cabeza para buscar un compañero bien ubicado, ese que te devuelva el balón con calidad y te pueda dejar de frente a la gloria efímera de una anotación bien concebida y mejor celebrada por todo el equipo.

 

El domingo, día de campanas y empanadas parroquiales, está hecho para el encuentro en la cancha. Sí, puede ser en una de grama artificial, en la de arenilla, en la desnivelada de un barrio alto, en la de cemento, o, como pasaba en otros tiempos de modo abundante, en la calle. Sí, el domingo es para transmutar la calle en estadio.

 

¿De qué color es el domingo? Tiene, a veces, el de los tenis gastados en faenas futboleras. O el de camisetas desteñidas por tantos soles. O puede ser el de la alegría que da el ir en gavilla, tecniqueando la pelota, rumbo a una unidad deportiva. En cualquier caso, el domingo está diseñado para la fraternidad del fútbol como diversión singular, como un ejercicio de la amistad y los afectos. Como una posibilidad del encuentro y el intercambio de emociones.

 

Qué curioso. En las viejas barriadas, también en las ciudadelas y unidades cerradas, el domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta de hincha. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

 

¿Sí será el día más bonito de la semana? El domingo se inventó para que viejos y jóvenes se encontraran en los estadios a desgañitarse en gritos y a esperar para darlo todo en el instante cumbre: el éxtasis de un gol.

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Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Domingo de músicas sin motores

(La nube de esmog se escondió en Medellín el día sin carros particulares ni motocicletas)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Al frente de esa fachada, de una de las últimas bellas casas que quedan en el centro de Medellín, nos sentábamos en las noches de terror, cuando la mafia ordenó un toque de queda, a tocar guitarra y a cantar, sentados sobre la jardinera de la mitad de la carrera Córdoba. Entonábamos canciones de Violeta Parra y Víctor Jara, y una que otra de Carlos Puebla y María Elena Walsh. Éramos aún jóvenes (y, claro, irreverentes y desafiantes).

 

Hoy, un domingo de mañana soleada y silencio en la ciudad, he vuelto a pasar (como tantas veces) por enfrente de la fachada, pero, quizá no había tanto humo, no pasaba ningún vehículo, ninguna moto, pocos viandantes, y me detuve a observar la fachada grisácea, sus cornisas y rosetones, las ventanas de la segunda planta, las de la primera, todas con un toque envejecido de elegancia, con trazas de un antiguo esplendor que se resiste a desaparecer. Enseguida, el Palacio de Bellas Artes, y más allá, la Avenida La Playa, que hoy, a esta hora, luce más atractiva, con sus árboles que baten hojas, sus pájaros exiliados que retornaron a posarse en las ramas, y más arriba, en el Teatro Pablo Tobón Uribe, con la glorieta en la que La Bachué de tetas sagradas y aguas eternas se asoma a la urbe, estaban en el ejercicio de los Días de Playa, con ventas de libros y longplays y dulces y café.

 

Vi gente que respiraba con profundidad, como si estuviera en un trance de meditación trascendental, o repitiendo interiormente un mantra. Vi una muchacha de pantalón cortito, poco encubridor, chupándose un helado quizá de vainilla. Y a unos muchachos muy cerca del busto de Gandhi, en el parque Bicentenario, que conversaban entre ellos, con risas al aire y caras de contentura. Por Bélgica, en la acera, unas mesitas de bar y tres o cuatro señores, uno de ellos muy ebrio, escuchando de un transistor una canción de despechos. Uno que otro taxi transcurría.

 

Por Nariño, que ahora tiene más verdores, los árboles recientes de un parque brillaban más de la cuenta, y más allá, sobre la vieja calle Ayacucho, la del tranvía inconcluso (que parece todavía les deben plata a los que les tumbaron las casas) era un sinónimo de la soledad. Pocos caminantes, las jardineras que aún no pelechan, con maticas resecas y arbustos esmirriados, lucían una rara tristeza. Tal vez era lo único atristado que había visto en este recorrido de domingo, en una ciudad sin carros particulares ni motocicletas.

 

Uno se podía detener, incluso en mitad de cualquier calle, a observar, por ejemplo, las acacias y carboneros de la carrera Bélgica con Ayacucho, junto al edificio Vélez, las sombras en el piso, la frescura esparciéndose sin obstáculos. De pronto, pasando al frente del antiguo Castillo de los Botero, hoy Clínica Sagrado Corazón, dos señoras que ascendían quizá hacia Las Mellizas, decían: “Qué sol tan hijueputa”. El sol les daba en la cara y se alcanzaban a notar unas arruguitas en los rostros cansados. Por la vieja y ancha calle Buenaventura ni un solo carro, ni una sola moto. Dos árboles de corcho se erguían con orgullo junto a un edificio inconcluso de apartamentos, en donde antes quedaron dos caserones en el denominado Barrio Restrepo.

 

La caminata sin ruidos, sin humos, en una mañana de domingo, daba la posibilidad de aspirar los olores de empanadas matinales, de frutas de carretilla, y de mirar a un cielo que todos estos días ha estado plagado de nubes de esmog, de infames partículas que asfixian a los ya de por sí asfixiados habitantes de una ciudad que hace años se enorgullecía de decir que era la de la “eterna primavera” (los guasones de los ochenta y noventa, la bautizaron como de la “eterna balacera”), en la que nunca la temperatura pasaba de 24 grados centígrados, ni siquiera con las chimeneas abundantes de las factorías ahora muertas.

 

Vi casas coloridas, pintadas de vivezas y alegrías, que hacían del domingo una celebración cromática. Vi gentes que estaban aprendiendo a caminar, algunos cogidos de la mano, con perritos y niños en abuelitas. Estaban reconociendo su entorno y habían dejado los carros guardados, en un reposo que contribuía a que se pudiera ver un poco más allá de las narices. Las motos que pasaban eran de domicilios de pollos y pizzas y de alguna farmacia. Muy cerca de la vieja Plaza de Flórez, por una de las calles que todavía tienen árboles, un joven se detuvo en la mitad a mirar hacia arriba, a respirar alzando las manos, como en una actitud de agradecimiento al cielo que parecía sonreír.

 

Llegaron las nubes y amenguaron el “hijueputa sol”. Y las calles siguieron libres, sin claxons, sin hollín, sin esas humaredas de pánico. Un consuelo momentáneo. Oasis efímero.

 

Cuando pasé por la denominada Unidad de Vida Articulada (UVA), la del tanque Orfelinato, en el barrio San Miguel, en límites con Los Ángeles, la UVA de la Imaginación (así se llama), había señoras con perros y un niño tocaba un enorme xilófono público, que, junto a una marimba, y a unos metálicos postes sonoros, le dan al sector una musicalidad especial. La UVA (a la que le deben sembrar más árboles) terminó con la calle que yo bauticé en otra crónica como la de los orines permanentes, la de los meados eternos, sobre todo de taxistas, que, aprovechando la soledad, se bajaban a miccionar en el asfalto que hedía a berrinches y úrea, y en la que los inescrupulosos arrojaban desperdicios en sus orillas.

 

Por el patrimonial barrio Prado, el de las fachadas hermosas, y el de algunas casas en abandono, la soledad, que es habitante casi permanente del sector, sonaba a música de laureles, guayacanes, búcaros, carboneros y casco’evacas. Calles sin carros, sin motos y casi sin viandantes. Una especie de ofrenda al aire limpio, al derecho a tener una ciudad sin contaminaciones, que ya son suficientes otras desgracias, también mortales, como las de las bandas criminales y la incultura.

 

En el domingo sin motocicletas ni carros privados, se sentían músicas celestiales, quizá era una sonata de Bach, que después derivó en el Himno a la Alegría bajo la sombra de una ceiba centenaria.

 

Ah, por lo demás, al frente de aquella fachada de maravillas, en Córdoba, el recuerdo de unos militantes de la noche, volvió con su canto de cigarras: “Tantas noches te mataron, tantas resucitarás…Y a la hora del naufragio y a la de la oscuridad alguien te rescatará para ir cantando”.

 

(Abril 3 de 2106, cuando los pájaros cruzan el cielo sin morir en el intento)

La calle San Martín durante el domingo sin carros particulares ni motos en Medellín.

 

 

 

Domingo con hedores y tres cabezas

Por Reinaldo Spitaletta

En la quietud de la mañana de domingo, el travesti atravesó con paso de demostración el parque de Bolívar. El atrio de la Basílica Metropolitana abundaba en palomerías. En sus bancas, uno que otro parroquiano parecía no esperar a nadie. Un tipo de unos sesenta años, solo, miraba un enorme hueco abierto en la calle Caracas en el cruce con Junín. El Libertador, sobre su caballo de bronce, seguía con su vista al sur.

Cuando llegué a la plazuela Nutibara, un poco antes de las nueve de la mañana, la gente escaseaba. Era un domingo sin abundancia de sol y con noviembre montado en las viejas palmeras del sector. Me aventuré por Boyacá y miré hacia las tres cabezas del escultor Bernardo Vieco, en los altos del edificio Bedout,  a ver si todavía estaban observando la histórica callejuela que en la colonia se llamó la Calle Real. Y sí, ahí proseguían, impertérritas y como si pertenecieran a otro mundo.

Cerca de la Ermita de la Veracruz, recostadas a portones y sentadas en escaleras de hospedajes, cuatro prostitutas exhibían su cansancio y miserias. Otra, contra una pared, mostraba sus nalgas desparramadas bajo un breve calzón de colorines. En una cercana acera, un tipo malencarado parecía vigilarlas, sin mucho interés en sus anatomías desmirriadas. Por Calibío, hacia donde derivé, más por tener una visión más próxima de la plazoleta de Botero, que por ganar terreno, los jardines y los arbustos encerrados con verjas, refrescaron la mañana.

Antes de llegar a Tenerife, las aceras estaban llenas de sobrados de comida, vómitos resecos y olía a meados. Doblé para pasar por la restaurada casa del prócer Francisco Antonio Zea y continúe hacia el occidente, por Boyacá, que es el corazón del ya destartalado barrio San Benito, el primero que hubo en Medellín, y que con la creación de la plaza Minorista José María Villa en sus alrededores, dejó con lentitudes de ser residencial. Muy cerca de ahí, por el Paseo de la República, viven centenares de “habitantes de calle” o indigentes. Pero esa es otra cara de la realidad de una ciudad desconchinflada.

El pasaje peatonal Boyacá estaba desolado. Crucé por Salamina; más adelante, de pronto, apareció una pareja desconcertante: él, de traje café con leche, zapatos marrón, con un portafolio en la mano derecha; ella, de vestido largo, entre fucsia y mandarina, de algodón fresco, tacones altos, que en un momento la hicieron tropezar levemente. “¡Cuidado!”, le escuché decir al señor. Pasé por su lado, sin mirarlos y entonces me quedé alelado con una fachada que todavía tenía huellas de un antiguo esplendor. Pese a su descaecimiento, había en ella una elegancia aún no extinguida, un aferramiento a un pretérito que pudo haber sido glorioso. Cornisas, rosetones, grabados borrosos en el cemento viejo, mugre en la antigua pared. Era un frontis llamativo y entonces imaginé su belleza de otros tiempos.

La iglesia de San Benito, abierta, dejó ver una cantidad de feligreses que no alcanzaba a llenarla. La vista fue fugaz y de súbito ya estaba atravesando el puente peatonal sobre la Avenida del Ferrocarril, que conecta con el edificio del Sena. Al otro lado, cuando bajé las escalas, un vendedor de cigarrillos y confites, sentado junto a su chaza, me miró con curiosidad. Levanté las cejas en señal de saludo. Sonrió y su figura quedó atrás. Transitaban pocos vehículos por la avenida que hace años era un corredor para el tren. Mis pasos me condujeron hacia las inmediaciones del Puente Colombia, que con cambios y todo, es uno de los más viejos de Medellín.

Y en este punto, cuando estaba atravesando la oreja del puente, comenzó el hedor. En la manga, en la que hay unos cuantos arbustos, estaban acostados varios “habitantes de calle”. Uno, que venía hacia mí, procedente del pasillo derecho del puente, cargaba un costal con desechos. Me miró casi sin ningún interés y pareció notar que yo percibía con disimulado asco los olores alrededor. Era una penetrante hedentina a excrementos humanos. Subí por el estrecho paso peatonal. “Los que diseñaron la reforma del puente solo pensaron en los vehículos y no en los caminantes”, pensé, mientras observaba las aguas turbias del río Medellín.

Cuando estaba en lo más alto del puente, vi que en sentido contrario venía otro hombre, que acababa de patear hacia la calzada una botella de plástico, tras hacer unas treintiunas con ella. Portaba un costal. Cuando pasó a mi lado, percibí sus humores de tipo que hace rato no prueba baño. El edificio de la Biblioteca Pública Piloto, con sus vidrios azules, me evocó antiguas jornadas de lecturas en su ámbito. Al terminar mi paso por el puente, todavía se sentía en el aire el olor de la mierda. “Menos mal —me dije— que la fetidez no se queda adherida a la ropa”.

Doblé hacia el barrio Carlos E. Restrepo y ya había un aire más limpio, con brisas leves que movían las hojas de almendros y otros árboles. Eran las nueve y cinco minutos cuando llegué a mi destino en un café, el único abierto a esa hora, en el que venden empanadas argentinas, pan batido y galletas de mantequilla. Pedí un jugo de guanábana y esperé a que llegaran los de la cita. Afuera, en una mesa, una señora rubia le leía un cuento infantil en inglés a un muchachito también rubio. El domingo todavía era una promesa con pedazos de cielo azul.

Edificio Bedout o Boyacá, más conocido como el edificio de las Tres Cabezas (foto tomada de internet)

Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

Lluvia de domingo por la mañana

Por Reinaldo Spitaletta

Domingo por la mañana. La lluvia comienza, leve en su caída sobre árboles y asfalto. Escucho en la carrera San Martín, por donde ahora pasan ciclistas y algunos caminantes, las gotas contra algunos entejados. Suena bien y me persuade de que no me quede en la contemplación, que camine y sienta el goteo sobre la gorra roja con un escudito del DIM que me toca la cabeza. Me empieza a gustar el olor de la calle mojada. Camino ahora por la calle Urabá, paso la clínica El Rosario y me enrumbo al parque de La Ladera. La manga está muy mojada, y mis tenis se hunden en ella. Hay señales de tierra amarilla, que manchan la hierba. Huele bien la lluvia en la tierra.

Hay poca gente en La Ladera. La lluvia parecer tener pocos amigos un domingo por la mañana. El parque, en rigor, tiene escasos árboles; unos apenas están en pañales. Cuando crezcan le irán cambiando la cara, que ahora es más manga que frondosidades. En este parque hubo una cárcel, creada en 1918 y derribada en 1976. De su construcción, solo quedan algunos arcos y un muro antiguo, cercenado. Quizá es una huella para que la memoria no se agote del todo. Ah, hoy, donde había celdas y patios con presos, hay una biblioteca con nombre de poeta: León de Greiff, el de la taheña barba. No hay voces de niños. Ni de adultos. La lluvia parece haber disuadido a los visitantes. Camino hacia una calle y me enruto por unos jardines recién construidos, con pencas, barandas de guadua, guardaparques. La lluvia refresca el ambiente.

Me encamino hacia el barrio Boston. La lluvia continúa. A veces, un poco menos. A veces, aumentando. Mis lentes están con gotitas. Veo todo como si se tratara de una pintura puntillista. Los limpio con la franela. No ganan en desempañamiento, pero veo un poco mejor. Me detengo debajo de un casco’evaca y sus hojas dejan caer gotas gordas. Voy llegando al antiguo colegio de San José de la Salle. En una acera, un hombre en pantaloneta naranjada y camiseta blanca, echa agua con una manguera. “Eso mismo es lo que está haciendo la lluvia”, me digo.

Cuando estoy cerca a la portería de lo que antes fue el San José, veo a un carretillero. Su camisa roja está empapada. Sus frutos, también. Anuncia con voz mojada bananos y mangos y aguacates y granadillas. Nadie sale a las ventanas. Doy la vuelta, y cuando pasó por donde el hombre que lavaba la acera, lo encuentro en la puerta de su garaje con una taza y una cuchara en las manos, mastica con placer, al tiempo que observa la calle húmeda. De la iglesia de San Policarpo brotan campanazos. Más abajo, por la calle Caracas, hay en una esquina tres muchachos que, junto a un teléfono público, toman cervezas. Parecen ebrios. Paso al frente de la Escuela Caracas, la que diseñó el arquitecto francés Charles Carré. Ahora estoy cerca del parque de Boston. La lluvia ha disminuido. Siento olores a pan fresco y a árboles lloviznados. En el cielo, ya hay retazos de cielo azul. Recuerdo una vieja crónica de Azorín, llamada La tempestad, que nos hizo leer el profesor de español de quinto de primaria. En la iglesia del Sufragio, los feligreses se disponen para la misa.

Ahora, estoy, de nuevo, en predios del barrio Prado. Sobre una acera, hay un cementerio de flores moradas, sus pétalos muertos la tapizan. Paso sobre ellos y creo estar pisando una alfombra. Seguro, muchos de estos cadáveres se aferraron a la suela de mis tenis. La lluvia se ha esfumado. El domingo avanza sobre la carrera San Martín, en la que hay conos y cintas anaranjados, algunos tapan las bocacalles. La ciclovía no tiene todavía muchos usuarios. Digo que la lluvia no goza de muchos amigos un domingo por la mañana. De un falso laurel sale volando un pájaro azulado. Miro el reloj y he cumplido cuarenta minutos de caminada. Paso junto a un guayacán sin flores y no sé por qué evoco una imagen de infancia: mamá lleva en las manos unas rosas amarillas. Estoy de nuevo en el punto de partida. Tras la lluvia, llamo a mi puerta.