La tristeza de un yuyo verde

Por Reinaldo Spitaletta

Me atraían la música y la voz del cantor cuando advertía: “Callejón, callejón, lejano, lejano” y entonces, un ser que poco había vivido, ni siquiera romances truncos ni alborotadores, me parecía que veía en la distancia una calle de malevos en Bello, la calle del Talego, que más que calle, era callejón sin salida. No me daba el sentido, pero seguía escuchando: “íbamos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano, soñando en vano”. Confieso que me sonaba lindo, pero no alcanzaba a entender del todo lo que el cantor fraseaba. El mundo para uno estaba como recién hecho, o eso pensé después. El traganíquel lo brotaba como si fuera una serpiente que surgiera de su guarida, aunque tampoco sabía por qué comparaba un tango con una sierpe.

Y yo ahí, con otros muchachos, en la acera, muy cerca de la ventana abierta del bar. Y dejaba de escucharlos a ellos para ponerle cuidado a la letra, que, insisto, me atraía, pero nada. Quizá mis palabras eran muy pocas, y mi entendimiento también: “Un farol, un portón, igual que en un tango”. Lo de farol lo conectaba con los que poníamos en casa, y en todas las casas, el siete de diciembre, el día de la luz, o mejor, la noche de la luz, que me parecía la más bella del último y definitivo mes del año. A veces imaginaba una suerte de estampita, con un farol y un portón, como el de las casas grandes del barrio Manchester, pero, en rigor, la palabra tango tampoco era muy familiar para mí. Sabía, claro, que lo que sonaba era un tango, pero para mí era una música, en esos días de fútbol de calle y patotas de esquina, lejana-lejana y creo que llegué a pensar que era triste. Y por qué un chico, quizá tenía trece o catorce años cuando empezó a atraerme esa canción, tenía que estar lleno de tristeza. No sabía. Pero cada que sonaba, porque alguien, un mayor de esos que iban casi todos los días al bar, le echaba una moneda, o dos, o tres. Y creía yo que algo tenía que pasarle al hombre que insistía tanto con esa pieza: “Un farol, un portón -igual que en un tango- y los dos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano que partió”.

Mejor dicho, me quedaba como de una pieza, que así decían algunas señoras para expresar que estaban como pasmadas, boquiabiertas, sin reacción. “Cómo así que perdidos de la mano”, pensaba yo. Me preguntaba: “¿iban de la mano por algún país y se perdieron?”, me interrogaba, pero el asunto tampoco era que me hiciera reventar la cabeza ni que no me dejara dormir, aunque me inquietaba. Era como una atracción fatal. No sé por qué no le pregunté a nadie entonces si entendía lo que el traganíquel (creo que era un Seeburg) cantaba, o mejor dicho, lo que el cantor cantaba. La vocalización era perfecta, pero a mí no me alcanzaban las entenderas para interpretar o para darle sentido completo. “Déjame que llore crudamente, con el llanto viejo del adiós”. Cuando esto decía, a mí me iba dando como taquicardia. Me parecía contundente y definitivo lo que decía, pero no le daba la dimensión que años después, creo, le encontré a esos versos y a casi todos los del tango Yuyo verde, de Domingo Federico y Homero Expósito.

La letra me seguía sonando. Y tengo la impresión que durante varios días o semanas, iba a sentarme en la acera de aquel bar del barrio El Congolo, para sentir alguna revelación. Pero nada. Mi confusión aumentaba: “Adonde el callejón se pierde, brotó ese yuyo verde del perdón”. Ni de fundas sabía yo que era el tal yuyo, y era tan fácil ir y buscar en un diccionario, y creo que dejé pasar mucho tiempo para enterarme de qué se trataba, y digo que fue cuando, ya entradito en años, por lo menos más de veinte o veinticinco, me empezó a emocionar el tango Malena (“a yuyo del suburbio, su voz perfuma…”). El caso es que la frase no me daba: “yuyo verde del perdón”. A quién se estaba perdonando, quién perdonaba a quién y por qué. Bueno, tal vez eran disquisiciones tontas, que sin embargo, me preocupaban.

Déjame que llore y te recuerde / -trenzas que me anudan al portón- / De tu país ya no se vuelve / ni con el yuyo verde / del perdón”. Y ahí sí era Troya, porque en ese punto, y no sé por qué, me daban ganas de llorar, junto con el cantante. “¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? ¿Dónde están las plumas de mi nido? ¿La emoción de haber vivido y aquel cariño?”. Y en este punto a mí la tristeza no me alcanzaba para conmocionarme sin que los otros, que hablaban de cuánta vaina había, se dieran cuenta. Entonces me retiraba con discreción a un lado, miraba al cielo, o a un balcón, y después me quedaba con la vista clavada en el piso. “Y este llanto mío entre mis manos / y ese cielo de verano/ que partió”.

Pasó el tiempo, qué tal que no, y no sé cuándo en un bar de Bello, muy cerca de la calle del Talego, que fue un antro de malevajes y otras sordideces, alguien le dio por pedir a Yuyo verde, por Edmundo Rivero. Y la película retrocedió a los días en que a mí ese tango se me colaba por la piel, sin que yo quisiera, y me hacía un nudo en la garganta. Como el que tengo en este momento, cuando don Roberto Goyeneche me lo está cantando, susurrando, en una noche fría, sin cielo de verano, pero sí con la emoción de haber vivido la tristeza de alguien que le echaba siempre monedas al mismo tango.

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