¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

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Todos mis barrios muertos

“¡Esas cosas ya pasaron pero tienen su emoción!                                                                                       Enrique Cadícamo

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todos los barrios donde he vivido, formaron uno solo en mí. Así que si la patria es el barrio, la mía es una conjunción de esquinas borrosas, de muchachas que hoy deben tener cincuenta y cinco, de señoras con litros de leche en sus manos de trapeadora y que hoy deben estar bajo tierra o ser parte de un polvo cósmico. El barrio, una geografía de imaginarios, un territorio de canciones viejas y balcones en flor, una transgresión de lo catastral, ya no va más. ¿O sí?

 

Si el barrio es la patria esencial, ¿para qué la patria? Tal vez para apegarse a adobes descaecidos, a aceras en las que alguna vez nos sentamos a ver pasar el mundo; o para sumirse (sumirnos) en recuerdos que por más que vuelvan, lentos y apergaminados, ya son parte de un dolor de tiempo. ¿Acaso la patria te uniforma? ¿Te hace hablar igual al otro, sin diferencias en tonos y tesituras?

 

No sé si en ese barrio (¿cuál?) escuché canciones gangosas de hombres vencidos, que se iban confundiendo con el paisaje de fachadas muertas y patios sin sol. No sé si alguien, ¿quién?, dijo una tarde, en una calle plena de crepúsculo, que era un hombre sin memoria, sin pasado, sin historia, porque había perdido los recuerdos. Y en este punto quizá esté la voz ida de papá, cuando, tal vez sintiendo el peso inexorable del reloj, me advirtió: “Ah, sí, ya tienes recuerdos, entonces ya no eres joven, estás a punto de alcanzarme”. Lo dijo con sonrisa triste, pero con la convicción del que sabe que ha ganado la partida.

 

No sé por qué insisto en el barrio como noción de patria. ¿La patria para qué? ¿Para creer que pertenecemos a un lugar? ¿Para alimentarnos la desazón de una nostalgia? Soy un barrio fragmentado, un barrio monstruo, un barrio tal vez imaginado-diseñado por una suerte de doctor Frankenstein, y todo por culpa  (o por gracia de, según como se mire), digo por culpa de papá y mamá, que anduvieron de arriba abajo, de norte a sur, a veces sin brújula, pasando de una casa inexpresiva a otra más lejana y fría, y así mis patrias se juntaron (o se separaron) de a pedacitos: un amigo que no está; una chica que no vi más; un balón que nunca atravesó la portería de dos piedras en la calle-cancha de la infancia; una guitarra bajo un balcón; una piedra en la vidriera…

 

A mí no me pasó como a Eladia, la del Sur, que podía cantar: “La geografía de mi barrio llevo en mí / será por eso que del todo no me fui”, porque sí me fui del todo, sin volver, sin creer como el gordo Troilo que “siempre estoy llegando”, y cada barrio donde estuve (¿estuve?) dejó vacíos que los otros barrios jamás pudieron llenar. Así que ¿¡cuál patria!? No hubo continuidad en la muchachada de la esquina final; ni en el viento de cometas de enero; ni en aquel pedacito de cielo, que ni era cielo ni era azul, según las palabras de Lupercio de Argensola. ¿Será verdad tanta belleza el barrio?

 

Digo que el barrio que llevo en mí -es apenas un decir-  es como un espejo roto, y cada vez que uno-reúno los fragmentos, la imagen resultante es como la de un monstruito caricortado. De alguno tengo la vaga memoria de un café de sillas desvencijadas; de otro, un aroma de eucaliptos; del de más acá, el pito nocturno del celador; y del de más allá, un lejano sabor-olor a pomas.

 

Un viejo poeta me dijo, hace tiempos, a modo de advertencia o quizá de amenaza, que dejara de hablar del barrio, que lo matara. Y yo pensé entonces que mi barrio era un barrio muerto. No sé de qué barrio soy. Mejor dicho, no soy de ninguno, aunque de cada uno me haya quedado alguna cicatriz, y de uno en especial el sabor de un beso furtivo en los labios de una chica que tenía un raro parecido con Marilyn. Yendo en contravía de un gotán, de cada barrio (¿de cada amor que tuve?) en que viví tengo heridas. Menos mal que ya no sangran. La sangre se la tragó el “ladrillo infeliz” y la tierra amarilla de todos mis barrios muertos.

 (Escrito en Medellín, una noche sin música de alas)