Blas Cubas, goce y melancolía desde el más allá

(Breve recorrido por la obra de Machado de Assis que revolucionó la literatura iberoamericana)

Por Reinaldo Spitaletta

De entrada, digamos que el escritor brasileño Joaquín María Machado de Assis era un revolucionario. Entre el romanticismo y el realismo, sin estar de lleno en ninguna de las dos escuelas, creó una manera distinta de contar, una suerte de vanguardia estética que para fines del siglo XIX era una novedad en las letras, en los modos de narrar, que, como se ha dicho, pudiera ser una suerte de trampa para los frívolos y también para los muy eruditos y estructurados lectores de entonces.

Aunque, como diría Jorge Edwards, Machado de Assis sigue siendo para muchos un escritor enigmático y aun desconocido, es un pionero de las narrativas novelísticas en América Latina. Lo que algunos lograron en el siglo XX, como Carpentier, por ejemplo, o como Rulfo, ya lo tenía e intuía en sus crónicas, relatos y obras de largo aliento el autor nacido en Río de Janeiro en 1839. El romanticismo, ¡claro!, lo envolvió en sus crespones y cortinajes, y apareció con folletines (una manera particular de los géneros narrativos decimonónicos), dramas, poemas líricos y crítica literaria. Los periódicos eran visitados en sus páginas por disímiles escritores y eran, en distintas perspectivas, una fiesta para los lectores, que cada día, o cada semana, esperaban nuevos capítulos de obras que los mantenían en vilo.

Epiléptico, como lo fueron verbi gracia Flaubert y Dostoievski, el autor de Quincas Borba (recordar que Quincas es diminutivo de Joaquín) aparece en la década del ochenta con una novela nada convencional, un género de ironía y burla en la que involucra al lector, al que vuelve activo, al que considera parte de sus chistes y pullas, con el que juega y manipula, hasta tornarlo moldeable, maleable a sus intereses narrativos: Memorias póstumas de Blas Cubas. Ya su título sugiere una paradoja, lo de póstumo es una apertura al más allá, a la muerte, a la condición difunta, extrañamente activa.

Machado de Assis, funcionario del Ministerio de Transporte y Obras Públicas del Imperio y luego de la República, en un Brasil que vivió una colonización y nacimiento republicano distintos al del resto de América Latina, con los reyes portugueses habitando el suelo del inmenso territorio brasileño, tras la invasión napoleónica a Portugal (1808), fue un autodidacta. Hijo de un mulato, pintor de paredes, y de una lavandera portuguesa oriunda de las islas Azores, el muchacho creció en el Morro do Livramento y otros lugares de Río. Aprendió francés con unos panaderos del vecindario; le gustaban el latín y el griego, y se inquietó con lecturas históricas, casi siempre sobre Grecia y Roma, y se introdujo en el complejo mundo de los clásicos.

Enfermo, burócrata, mulato, sin origen de alcurnia, el escritor que revolucionó la lengua portuguesa en el siglo XIX, sigue siendo en aspectos de su biografía una ecuación irresoluta, un misterio. De una alta dotación de talento, y seguro con dedicaciones (o transpiraciones) intensas en la escritura, su novela Memorias póstumas de Blas Cubas es un anticipo continental de la modernidad literaria.

Machado de Assis, que de niño conoció la humildad de los sin tierra pero también las opulencias de los aristócratas, como que tuvo relación con ellos en alguna quinta de su pago natal (tuvo como madrina una señora de alta sociedad), en la que conoció parte de la “vida refinada” y las “costumbres hidalgas” ( y que sin duda aquellos contactos sirvieron para la construcción de sus Memorias póstumas), legó el artista a la humanidad una novela en la que se combinan el humor y la saudade, con el pesimismo y la alegría de mirar el mundo desde el incierto territorio del más allá.

La novela puede haber sido el resultado de muchas cosas, pero en sus antecedentes literarios estaban ya las lecturas de la novela inglesa del siglo XVIII y en particular la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne. Y como se puede advertir en el hecho de incorporar al lector como un ser necesario en la novela, el influjo del Quijote es manifiesto, sobre todo con la creación de personajes excéntricos, delirantes y a veces estrafalarios.

En las Memorias hay un narrador en primera persona, sin la omnisciencia de los narradores decimonónicos, con una escritura creativa, recreativa o lúdica, con mamagallismo refinado, con una distribución en capítulos cortos, con una estructura fragmentada (extraña para su época), con un Blas Cubas que escribe desde el otro mundo. Y no escribe de cualquier forma, sino con los ingredientes de la broma, de la conjetura y la reflexión. Y en la obra parece habitar el trágico destino griego, el que amarra a los hombres sin dejarlos apartar de su sino señalado, encadenados a una condición de la que no hay escapatoria posible, excepto con momentos de goces y de burlas.

En esta ficción, que oscila entre la simpatía y el tedio producido por lo irreformable, la peripecia es corta, no hay nudos, no hay suspensos y todo parece un juego entre la vida y la muerte. La unión entre los personajes, mejor dicho, las costuras, están dadas por la voz del narrador, que desde la muerte actúa como un organizador, como un diseñador de asuntos que pertenecen al mundo de los vivos.

La publicación de la novela se realizó por entregas en una revista en 1880, en lo que daba la impresión de un divertimento. De un reto burlesco al lector. Tanto que para algunos no era una novela, porque no encajaba en las formas preconcebidas ni en el imaginario creado por las grandes obras decimonónicas, sobre todo francesas e inglesas. Blas Cubas es un “viajero de la vida”, un muerto que se ríe desde el otro lado de la existencia, desde el denominado más allá, para recordar tal vez el carácter mortal, la brevedad de la vida: “Al gusano que royó primero las frías carnes de mi cadáver dedico con recuerdo añorante estas memorias póstumas”, advierte la dedicatoria a modo de epígrafe, y ya desde ahí hay una alteración paradojal, un desafío a la lógica y a la racionalidad. Y, en efecto, por más risueño que el libro parezca (y las palabras son de Blas Cubas) hay en él un sentimiento amargo y áspero. Y a partir de este punto, Blas entra a provocar al lector (“fino lector” que no el “desocupado lector” cervantino), a hacer una especie de acuerdo, de trato, o de contrato. Yo estoy muerto y estas son las memorias que escribí desde mi estado, parece decir. Y en su óbito inicial, advierte que él no es un “autor difunto, sino un difunto autor, para quien la losa sepulcral ha sido otra cuna”.

A Blas, que murió muy cerca de los sesenta y cuatro años, soltero, o mejor dicho, solterón, con plata, lo acompañaron al cementerio once amigos, mientras caía la lluvia. Lo mató una neumonía, en apariencia. Porque, en esencia, la muerte le sobrevino, por tener una idea fija, la invención de un “medicamento sublime, anti-hipocondriaco, destinado a aliviar a nuestra melancólica humanidad”: el emplasto Blas Cubas, y ahí puede haber un retorno al ingenioso hidalgo de la región de La Mancha.

La obra, pionera en muchos asuntos literarios, como el manejo de diálogos (y aun el de diálogos sin palabras), es una presentación en algunos pasajes de enfermedades mentales, de sus tratamientos, de los locos, de los loqueros, en momentos en que la psiquiatría todavía no alcanzaba los adelantos que conseguiría en la centuria siguiente. Es una novela con delirios, con sueños, con materiales oníricos, pero también con un retorno a la filosofía originaria, a la Humanitas o Humanitismo, en la que, además, hay un tratamiento singular de los personajes femeninos, como Marcela, Virgilia y doña Plácida.

Blas Cubas, gozón y triste, melancólico y risueño, reconstruye los momentos históricos de la esclavitud en Brasil, de su reproducción (un esclavo libre compra a otro esclavo como sirviente, y la esclavitud, como se sabe, también es asunto de mentalidad), con personajes como Prudencio (un moleque, niño negro, hijo de esclavos). Blas Cubas pinta un retrato del Brasil de Pedro II y se pasea por la cultura popular y la de las élites.

Vista de otra forma, la novela de Machado de Assis puede ser unas antimemorias, un insólito caso de unas memorias escritas por un difunto, en otro mundo, donde ya lo terrenal no sirve nada y en el que la vida ya no vale nada. Blas ya no era ni calavera ni huesos (“los únicos que no enflaquecen nunca”, diría). Era una provocación. Sí, Blas Cubas es un provocador. Un agitador que sabe que “hay cosas que mejor se dicen callando”.

Blas Cubas, que anticipa otra novela de Machado de Assis, Quincas Borba, escribió sus memorias desde el otro lado del misterio, con el disfrute de nunca haber tenido que ganar el pan con el sudor de su frente y de morir sin transmitir a ningún ser “el legado de nuestra miseria”.

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