Un jefe de personal

 

Resultado de imagen para jefe de personal de una empresa comic

 

Por Reinaldo Spitaletta

Se dirige a la oficina como si tuviera cola de pavo real, pero sin tantos destellos ni tornasoles. Él, tan convencido de sus atracciones, cree que todos lo observan con alelamiento cuando discurre por pasillos, asciende escaleras (cuando no sube en el ascensor exclusivo de ejecutivos), penetra en su despacho y pide café a la secretaria. Y aunque tiene pinta de buen parecer, barba cerrada, mentón cuadrado y ondulaciones en su cabello castaño, él se da ínfulas de galán de cine, porque, aunque no lo ha dicho en voz audible, lo han visto muy pegado a espejos, que tanto se gusta a sí mismo que puede ser una versión capitalista de Narciso.

 

Se siente como parte de los dueños de la empresa, sabe que debe defenderlos y que cualquier muestra de desobediencia o de búsqueda de mejoramiento de un trabajador (“de un colaborador”), más si va conectada con organizarse en colectividades reivindicativas, puede ser vista como una falta a la lealtad, o una peligrosa muestra de inconformismo cerril. Y pone, entonces, a sabuesos que están a su servicio incondicional, como parte de un engranaje de controles y vigilancias.

 

Todas sus gesticulaciones y sonrisas son estudiadas. Puede ser un maestro del cálculo. Así como viste con camisas finas, corbatas importadas y calza zapatos brillantes, los viernes llega con ropa de informalidades, camiseta tipo polo de moda y zapatillas deportivas. Siempre está perfumado y sus movimientos, por ejemplo si se va a sobar las mejillas, parecen entrenados. Cualquiera supondrá que pasa mucho rato junto a tocadores y roperos antes de su salida hacia el trabajo. Usa, a veces, pañuelos de colores en punta en el bolsillo superior de la chaqueta. Las mancornas doradas le dan aire de impecabilidad.

 

Es un experto en jornadas laborales, en disminuir horas extras, en hacer seguimientos a ciertos procesos, más que todo de ingeniería industrial y controles de calidad. Aconseja a los empresarios que recorten personal y sean más exigentes. “Nada de bonificaciones”, ha dicho. Y solo hay que pagar salarios y prestaciones de ley. Es un legalista, pero, a su vez, un sujeto que, con sus disimules de dientes para afuera, sus aparentes amabilidades de carácter táctico, puede señalar sin dolor quién dejará de pertenecer a la compañía.

 

Extraño ha parecido a algunos empleados, que, cuando el tipo se queda en la oficina al mediodía, almuerce en el restaurante común, siempre acompañado de un trabajador de producción. Puede ser una conveniencia para que su imagen no sea conectada con elitismos, o un desliz paternalista, pero, se ha rumorado, se trata de una posibilidad de informarse sobre asuntos internos. Quién quita.

 

Cada vez que un trabajador es despedido, casi siempre sin justa causa, se arman corrillos y las palabras de desconcierto recorren cubículos y zaguanes. Se va formando una riada de susurros y temores, porque, como se sabe, en estos tiempos de ganancias exorbitantes y crisis sobrevaloradas, tener un empleo es casi un milagro. Es lo que se desea hacer creer. Y el jefe de personal sabe y aprovecha la situación. Así que quiere, aunque intente disimularlo, que lo obedezcan sin chistar, sin regañadientes. Se ha sabido ya, en el caso de un trabajador muy antiguo, que le ha contestado, como si hubiera leído un cuento de Melville, que él preferiría no hacer lo que se le ha mandado, y que a veces, más que como una orden el señor de los recursos humanos suelta como una suerte de invitación. “No, preferiría no hacerlo”, le contesta con rictus burlón y seguridad en las palabras el hombre que sabe que todavía no lo podrán botar.

 

El jefe de personal, un tipo que quiere hacerse notar con base en el temor que puede inspirar, sobre todo a aquellos que consideran que el mundo termina en esa empresa, es un defensor de intereses ajenos. Para eso le pagan. O tal cosa ha dicho, porque son los dueños quienes lo contrataron y no los trabajadores. Sabe que no debe amistar con sus subordinados y, por lo demás, todos lo deben tratar de doctor, aunque no lo sea.

 

Su desventura aparente radica en las malquerencias. Por su manera de ser, porque a veces ni saluda en sus recorridos por ámbitos de la empresa, no recolecta simpatías. Sin embargo, lo dicen en voz baja, hay una que otra trabajadora que suspira por sus efluvios de fragancias distinguidas y costosas. Y porque se manda su chic, su toque de dandismo. En otros tiempos, cuentan los más viejos, había una mujer en ese cargo, cuando todavía el mundo de las relaciones laborales no era una prolongación de despotismos y extorsiones. “Era una madre”, recuerdan, con aire de pesar por su ausencia.

 

Las nuevas maneras de la administración, más deshumanizadas, alejaron a aquellos jefes de personal, como la señora de marras, que muchas veces —según los registros de la memoria— se ponía del lado de los que solo eran poseedores de su fuerza de trabajo, como lo diría un sindicalista. Tiempos que ya no son. Ahora, el jefe, de poses fatuas y pinta de filipichín, es un técnico muy experto en medir productividades y reducir personal. Llegará el día en que una máquina lo reemplace. O, por qué no, según una aspiración subterránea, en que lo arrojen de patitas a la calle.

Resultado de imagen para jefe de personal de una empresa comic

 

Anuncios

El adulador

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es posible que lo que él considera una virtud, o quizá una manera de sobrevivir en medio de la hostilidad social (frase suya), le venga de sus tiempos de escuela, cuando, por sus malos comportamientos académicos, apelaba a amaneramientos zalameros para decir a sus profesores que eran los mejores, que él estaba fascinado con sus clases, porque, aunque no pareciera, aprendía de números y letras, y, en los meses de celebraciones patronales o santas, como el de mayo “mes sin igual”, llevaba flores y floreros para ponerlos a la virgen “sin par”, menos por devoción que por lucimiento personal.

 

Era el primero en salir a cantar salves y entonar, por ejemplo, “es María la blanca paloma…”. Se llevaba las manos al pecho y ponía cara de arrepentimientos y contriciones. Cuando terminaba sus intervenciones, muy teatrales según se oyó decir, iba donde el maestro o maestra, todo según y según, y hacía una reverencia, muy sonriente él. En el acto público se ofrecía para hacer recitaciones y pronunciar discursos de alabanza al director del establecimiento y al plantel, que les daba a todos la posibilidad de salir de la ignorancia y ser personas edificantes. Le daba una entonación especial a sus palabras, que a veces daba la impresión de estar escuchando una acción de gracias.

 

Más tarde, cuando ya era un trabajador raso de una compañía de tejidos de algodón, se desvivía por decirles a los supervisores que estaban muy bien presentados, qué traje tan elegante traen puesto, les queda de rechupete el saco claro con el pantalón oscuro, como si fuera un experto en vestuarios y modas. A las secretarias de gerencia les hablaba maravillas del patrón y de la empresa, que tantos favores les hacía a los trabajadores, que algunos eran más bien desagradecidos, eso decía con apariencia de compungimiento, y cuando veía al gerente o a un alto ejecutivo, se le agotaban las venias y sonrisas postizas.

 

Ahora, cuando está a punto de jubilarse, el adulador, que así lo denominaron entre el personal más básico, cree que si nunca logró ascensos y propinas, tampoco bonificaciones extras, que por lo demás la empresa las suprimió hace tiempos, dice en algunos corrillos que su placer más elevado ha sido el de servir a sus empleadores (que la palabra patrón desapareció de su vocabulario; es más, nunca estuvo presente), gente muy generosa, porque se atrevieron a darle puesto a tantos ingratos y protestones, como si fuera obligación de ellos abrir plazas para que unos perezosos y vagos se lucraran de la riqueza de los dueños, caramba, si hay tipos conchudos, se le ha oído decir.

 

Le han salido arrugas en la frente, pata de gallina junto de los ojos y se le notan alrededor de la boca unos surcos, dicen que como producto de tanto simular simpatías cada que veía a uno de los mandamases. Una de sus tácticas durante años ha sido la de averiguar entre el personal de manejo cuáles son los gustos de los jefes, qué políticos prefieren, cuáles cantantes los seducen, para empezar a hablar bien de ellos cuando los implicados estuvieran cerca. Su repertorio de adjetivos llegaba a chocar en los oídos de los que confiaban más en sus capacidades y eficiencias, sin tener que acudir a dar muestras de servilismo y zalamerías, que más bien algunos se tapaban las orejas y hacían muecas de fastidio.

 

En la casa, sin embargo, y esto se supo porque sus hijos lo contaron en colegios y esquinas, era otro su comportamiento, con gritos y palabras soeces, sobre todo para su mujer que ya estaba fatigada de tanto escuchar en el vecindario que su marido era un sobasacos, chupamedias, lameculos, al que no le venía bien estar dedicando su vida a los halagos patronales, que de un momento a otro podrían hasta despedirlo por tantas genuflexiones.

 

Se dice que sus “empleadores” más bien le tomaron lástima y hacían oídos sordos a tanta besuqueadera verbal. De vez en cuando, lo ponían a hacer otras cosas que no eran propias de su puesto, como ir a limpiar escritorios y desempolvar los libros de cuentas y de economía de la gerencia. Se dice, sobre todo que las malas lenguas no faltan en las empresas, que falta poco para que el adulador se transmute en polvo y se torne en invisible materia volátil. Nadie lo va a extrañar.