Papá Balzac, novelista inmarchitable

 

El escritor de la Comedia Humana, un gran bebedor de café y creador de prototipos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1- Obertura en Tempo Largo

¿Cuándo es que la novela, ese género que Hegel definía como “moderna epopeya burguesa”, se vuelve anal histórico, enciclopedia, fresco de la sociedad, pintura de las contradicciones de clase, retrato de mentalidades? ¿Y cuándo a partir de una obra literaria se puede estudiar un conglomerado social, gracias a que allí, en ese mundo de ficción, se reúnen los mecanismos que mueven al hombre en su vida interior y de relación con los demás? Con el ascenso de la burguesía al poder, sobre todo a partir de la Revolución Francesa, ocurre, al mismo tiempo, un cambio en la vida pública, en las relaciones sociales, en los valores. Serán otros y nuevos los intereses de las clases sociales, otros los antagonismos. Y toda esa transformación convulsa, que ocurre desde lo económico y pasa por lo político y aun lo religioso hasta las costuras sociales, incidirá en las artes y en particular en la literatura. Ya serán otros los héroes. Otras, muy distintas, sus conexiones con el mundo exterior. La novelística se irá poblando de personajes intensos, prototipos de la vida real, y con intereses en las contiendas por el poder político y económico.

 

En los albores del siglo XIX, con la burguesía instalada sobre las ruinas de viejos tronos y encima de las cabezas de reyes decapitados, con la certidumbre de haber derrotado el régimen aristocrático, la novela se transformará al son de los clarines revolucionarios. Y beberá de las nuevas corrientes de la historia, en las que van apareciendo los pueblos más que los próceres. El artista, el escritor, tendrá en la sociedad numerosos motivos de inspiración temática. Y en la medida en que la división del trabajo y la repartición de las riquezas hagan aparecer en la realidad al banquero, al obrero, al dueño de la pensión, al usurero, al avaro, al descastado, en fin, todos ellos podrán convertirse en material novelable. De esa sociedad, escindida, compleja, dinámica, surgirán los nuevos héroes de la literatura, con su carga de ambiciones, desesperos, esperanzas, frustraciones. Con su equipaje de pasiones. Así, por ejemplo, las novelas de Stendhal y Balzac serán las primeras que tratarán sobre la vida de entonces, como una suerte de historia en la que se narran los nuevos conflictos, los problemas vitales del hombre inscrito en una sociedad determinada, con una moral antes inexistente. Ellos retratarán lo que las generaciones de antes no pudieron conocer, porque -claro- eran otros, muy distintos, los tiempos y los afanes.

 

La ambición de poder y de lucro, el arribismo social, la utilización de medios non sanctos para llegar a la cúspide de la fama y la riqueza, y otras actitudes propias de la burguesía y de la sociedad que ella había engendrado, tendrán cabida en la estética de los novelistas, pero, en particular en la de Balzac, que verá en tal género una manera, quizá un método, de conocimiento del tejido social, del hombre y del Estado. La literatura como historia. Y el escritor como testigo crítico de su tiempo, como una suerte de “mala conciencia” de los momentos políticos y socioeconómicos que le tocó vivir. Entonces Balzac, con su portentoso don creador, mostrará cómo el oro, esa “vil ramera de los hombres” que llamara el genio de Stratford-on-Avon, convertido en dios por la sociedad y sus adoradores, destruye al ser humano, lo corrompe, lo automatiza. Le roba su sensibilidad. El móvil de la ganancia desmesurada desmorona familias, metaliza el amor, esclaviza al hombre. La materia se impone sobre el espíritu. Vale solo el que posea bienes terrenales. Los oráculos, los viejos mitos, los antiguos dioses, semidioses y héroes, son reemplazados por los balances, por el dinero, por la suma de capitales. El mercado bursátil opaca el humanismo. Y todo ello, recreado, estará presente en la novelística, en la poética balzaciana.

 

Gracias a su disciplinado conocimiento de la realidad, el cual está por encima de su ideología, Balzac retrata la sociedad, sus miserias, y sus riquezas engendradoras de pobreza. Muestra a la ciudad, a la metrópoli con sus valores, su movilidad, sus vicios. El novelista es, ante todo, un observador, un estudioso de lo circundante, y de ello da cuenta en sus obras. Y aunque sus ideas o sus convicciones fuesen de aristócrata, su escritura es la de un revolucionario. El típico caso de divergencia entre la obra y el hombre que, con acierto, hizo notar Federico Engels:

“El realismo de que yo hablo puede manifestarse incluso a pesar de las opiniones del autor… Balzac, a quien yo tengo por un maestro del realismo mucho más grande que todos los Zolas del pasado, del presente y el futuro, nos da en la Comédie Humaine una historia maravillosamente realista de la ‘sociedad’ francesa, en la que, a manera de crónica, casi año por año, desde 1816 hasta 1848, describe los ataques siempre crecientes de la burguesía triunfante contra la sociedad aristócrata, que se reconstituyó desde 1815 y, hasta donde pudo, levantó la bandera de la vieille politesse française. Describe cómo los últimos restos de esta sociedad, modelo para él, sucumbieron a los asaltos de los advenedizos vulgares y adinerados, o fueron corrompidos por ellos… Cierto que Balzac era políticamente legitimista; su gran obra es una constante elegía por la caída inevitable de la buena sociedad; todas sus simpatías están en la clase que está condenada a la extinción. Pero, a pesar de todo esto, su sátira no es nunca más aguda, su ironía no es nunca más amarga que cuando pone en movimiento precisamente a los hombres y mujeres con los que simpatiza más profundamente: los nobles… Que Balzac se viera obligado a obrar contra sus propias simpatías de clase y sus prejuicios políticos, que viera la necesidad de la caída de sus favoritos, los nobles, y los describiera como gentes que no merecen un destino mejor, y que viera los verdaderos hombres del futuro precisamente donde en aquel momento da había que encontrarlos solamente, lo considero como uno de los más grandes triunfos del realismo y uno de los rasgos más magníficos del viejo Balzac…”.

 

En todo caso, en la concepción de la Comedia Humana, en la cual se agitan todas las pasiones, los crímenes, los vicios y las angustias de una sociedad en decadencia, Balzac matrimonia literatura y realidad, y le otorga al novelista el papel de historiador (una especie de historiador de las mentalidades y las costumbres), de analista social, sin que ello, desde luego, atente contra la estética, aunque, como saben los lectores de sus estupendas obras, él no haya sido un estilista. Él fue, ante todo, un creador de personajes, que hay que relacionar, darles vida, ligarlos, moverlos en un entorno específico. Dentro de la modernidad, inauguró aquello de repetir personajes en sus obras (como lo hace, por ejemplo, con Eugenio Rastignac en Piel de Zapa y Papá Goriot). Y según los estadísticos literarios, de las dos mil figuras de la Comedia Humana cuatrocientas sesenta reaparecen en distintas novelas. Es una galería inmensurable de retratos la diseñada por el autor de Eugenia Grandet, en la cual exhibe no solo su capacidad increíble de creación, sino que muestra el modo de existencia burgués, las taras y desgracias de una sociedad. También, su versatilidad. Así como describe los procederes citadinos, salta con facilidad al campo para enunciar los conflictos por la posesión de la tierra y el impacto social de los cambios políticos, sin “contaminar” la obra con su pensamiento, con su ideología.

 

Tal como lo expresa el ensayista quindiano Nodier Botero en su libro La gran novela burguesa, la intencionalidad política de Balzac corresponde ante todo a la “ética de la sinceridad” del escritor realista que “ante el hecho objetivo realiza un sacrificio de sus opiniones personales, de sus objetivos preferidos, de sus más profundas convicciones, para representar la realidad con una ‘verdad inexorable’. Y he aquí el principio magnífico de la totalización ideológica del novelista; pues él, aparentemente un ‘glorificador legitimista’ del latifundio aristocrático termina expresando, a través de sus símbolos literarios, verdaderas ideas en contrario”.

 

“Si Balzac hubiera representado sus propios deseos como realidad hoy no interesaría a nadie”, había anotado el teórico del arte Georg Lukács. Precisamente, en sus Ensayos sobre el realismo, Lukács afirma que el método creativo del autor francés iba más allá del “mezquino naturalismo” que reproduce la realidad como una máquina fotográfica: “en las cuestiones esenciales es siempre profundamente veraz: no hace jamás decir, pensar, sentir o hacer a sus personales algo que no pueda deducirse de su posición social y no esté en perfecto acuerdo con ella, con sus determinantes, ya sean abstractos o individuales”.

 

Dentro de la evolución realista de la novela, Balzac es una pieza clave. Un pionero. Es el creador que vuelve historia la literatura, sin hacer lo que se llama ‘novela histórica’. Objetiva el universo burgués, con su intenso catálogo de personajes y pasiones, en el cual se detalla la inclinación desaforada por el dinero; los esquemas egoístas de comportamiento propios del capitalismo; los delirios de grandeza; la carencia de ética para alcanzar determinados fines, y el ascenso social a toda costa. Quien quiera saber cómo era la sociedad francesa de 1815 a 1848 que se lea, para regocijo de su espíritu, La Comedia Humana, de más de ochenta y cinco novelas, además de relatos y ensayos, producidos entre 1830 y 1850.

 

2. Café negro para un escritor gordo

 

Hay escritores, de enorme talento y aun geniales si se quiere, que han alcanzado su renombre debido a uno o dos libros, como puede ser el caso, por ejemplo, de Juan Rulfo. Otros, asimismo, se conocen porque de lo mucho que escribieron, se destacaron por una obra o un fragmento de ella. A unos, quizá su modo de ser, su mundo imaginario, su facultad creadora, solo les daba para escribir poco. Y como el mexicano, todo lo que tenían que decir lo dijeron en una breve pero intensa producción narrativa. Pudo ser, en otros ejemplos, que no les alcanzó para más. Consideraron que con lo hecho ya era suficiente, porque, de abundar, podrían repetirse, que no faltan los miedos en ese sentido. Sin embargo, Balzac fue un autor prodigiosamente fecundo, con una inmensa obra, tal vez desigual, pero de incalculable valor literario. De él se puede afirmar que sobresale por la totalidad, el contexto, por toda su producción y no por determinado trabajo creativo, aunque hay obras suyas que, por sí mismas, justificarían al autor, como, por ejemplo, Papá Goriot o la Prima Bette. Balzac no solo fue prolífico, sino que tuvo una visión totalizadora sobre el mundo de su tiempo y, en particular, un conocimiento abundante acerca de la sociedad y sus hombres.

 

 

Supo a fondo (y así tenía que ser para pintarlos con vigor), del universo del médico, y el del abogado, y el del cura, y el del agiotista. Sabía de las personalidades del periodista y del tendero, del banquero y el boticario, del burócrata y el dirigente político. Su facultad creativa era inagotable y, además, como nadie, tuvo una capacidad para el trabajo que lo obligaba a escribir, a veces hasta dieciocho horas seguidas. Como si nada. Incansable. Su principal virtud no era la de crear personajes, que es, en esencia, lo que hace todo novelista, sino la de insertarlos en un mundo convulso, complejo, de relaciones múltiples. De la realidad extrajo la materia prima para su fábrica de sueños. Era un imaginativo (¿un romántico?) que conocía su entorno social. Un observador avezado que, como diría Stefan Zweig, ambicionaba desde temprano tener, en literatura, el cetro del emperador. Y a fe que lo consiguió. ¿Cómo?

 

Honoré de Balzac nació en Tours, el 20 de mayo de 1799, y su auténtico apellido era Balssa, de agricultores del Tarn, donde vivió su padre, que adquirió alguna fortuna durante el período revolucionario. El pequeño Honoré, por el cual sus padres no experimentaban mucho cariño, deambuló por diversos colegios, en un peregrinaje que hizo de él un chico apático, regordete y mal estudiante, pero al mismo tiempo ansioso lector. Refugiaba sus soledades en los libros, que eran sus juegos, su diversión. Sus estudios secundarios, también realizados en varias instituciones, no fueron brillantes. Hacia 1818, el joven Balzac, para el cual sus padres tenían reservada la carrera de abogado, se halla realizando sus prácticas de derecho en el bufete del procurador Jean-Baptiste Gillonet-Melville y luego en la oficina de un notario. Sin embargo, todas sus labores las ejecuta de mala gana, puesto que, en el fondo, él sabe que no quiere para nada esa carrera. Proclama entonces, para escándalo y desazón de su familia, que su interés real está en la literatura.

 

El muchacho se entrega con ahínco a la escritura. Es la época del aprendizaje. Lee y escribe. Pero aún no muestra la talla. Produce una obra dramática sobre Cromwell, un fracaso literario. Un profesor amigo de la familia, que conoció el texto, opinó que el autor de tal exabrupto debía hacer cualquier cosa, menos escribir. El revés no lo arredra. Continúa creando en una buhardilla, con sus ilusiones vivas. Escribe novela. Para ganar dinero, publica varias, amparado en un seudónimo. Está entonces bajo la influencia de Walter Scott. Eran pésimas creaciones que, no obstante, le enseñaron, por ejemplo, el valor de “la rapidez de la acción” para mantener la atención del lector. “Puede ser –dice William Somerset Maugham- que también le enseñaran lo que sus propias inclinaciones le deben haber sugerido, que para que lo lean el autor debe ocuparse de la pasión. La pasión puede ser baja, trivial o artificial, pero si es lo bastante violenta no dejará de tener alguna huella de grandeza”.

 

Por aquellos días de primeras experiencias literarias y de pasiones desbordantes, el joven Balzac conoce a una mujer veintidós años mayor que él, madame Berny, que se convertirá en su amante. Él la amaba como mujer, pero, caso curioso (¿edípico?), también como si fuera su madre. Era, dicen los psicólogos, una transferencia del amor que él jamás sintió por su mamá. La veterana lo patrocinó económicamente en una aventura editorial, que fracasó. Sin embargo, esa experiencia le serviría al futuro novelista. Durante esos años se va equipando de saberes, de herramientas, de un bagaje intelectual que luego utilizará en sus obras. Sabe entonces que ningún conocimiento es en vano para un escritor. Se prepara con intensidad para adquirir el cetro. Bucea en la vida y explora sus esencias. Es como un químico en su laboratorio. Experimenta aquí y allá. Busca. Investiga. Se concentra en ser novelista. En aprovisionarse en conocimientos sobre el hombre. Y el hombre (la humanidad) es, claro, la materia prima del arte. Balzac es como un alquimista: aspira a convertirlo todo en literatura. Recoge materiales en la sociedad y los clasifica, como si fuera un botánico, o un coleccionista de asombros. Sabe de los intríngulis de la bolsa, y se entera sobre el mundo de la medicina, y el de los obreros y el de los poetas y el del dueño de la pensión. Estudia los caracteres y las personalidades. Toma nota de todo. Acumula información. A los treinta años publica Le Chouans, su primera obra importante y la primera que firma con su nombre real. Es el principio de la conquista del mundo. Es la antesala de la realización de su antiguo sueño, ese que una vez escribió en un retrato de Napoleón: “Lo que él no ha podido consumar por la espada, yo lo lograré por medio de la pluma”.

 

Y es cuando se inicia la meteórica carrera literaria de Balzac, febril, fértil, casi que imposible, por lo abigarrada. Deslumbra no solo por la cantidad, sino, en especial, por la calidad. Cada año producirá, hasta su muerte, dos o tres novelas largas, y narraciones breves y cuentos y algunas obras teatrales. Era un ser de hábitos creativos nocturnos y de muchas tazas de café. Se acostaba después de comer y su sirviente lo despertaba a la una de la mañana. Trabajaba sin parar hasta las siete (escribía con una pluma de cuervo). Descansaba un momento, se bañaba (aunque se sabe que los franceses son poco amantes del baño). Esperaba a su editor que le llevaba pruebas y luego volvía a su carga literaria hasta el mediodía. Sus almuerzos eran opíparos. Alguna vez lo vieron devorar ostras, doce chuletas de cerdo, un pato, dos perdices, doce peras, un lenguado y algunos dulces. Tanta abundancia y desmesura lo engordó y le hizo crecer la panza (tenía pinta de carnicero). Por la tarde, volvía a escribir. Alguna vez le dijo a Teófilo Gautier (a quien había contratado para la revista La Crónica de París, de la cual Balzac era accionista) que el secreto para poseer tan extraordinaria capacidad de trabajo consistía en una buena higiene mental y física. Hay que reservar -le dijo- las horas nocturnas para la concepción de la obra. Por lo demás, “hay que dormir poco, comer menos y alejarse de las mujeres”. Balzac, desde luego, no era muy consecuente con estas últimas recomendaciones.

 

Se entrega del todo a la creación y a veces no se acordaba de él mismo. O confundía la realidad real con la realidad literaria, que él creaba. Era un apasionado de la escritura, se embriagaba con ella. Se alucinaba. Era un maníaco. Un ser extático. Hablaba con sus personajes, sufría con ellos. Se cuenta que un día entró un amigo a su cuarto, y el escritor, en estado de convulsión, se le abalanzó: “¿No sabes que la desventurada se ha suicidado?”. El visitante, aterrado, retrocedió y le preguntaba a Honoré, con desconcierto, de qué se trataba aquello. El artista volvió en sí y le habló de Eugenia Grandet. Balzac era un desenfrenado en la escritura, un delirante, alguien que solo vivía para su literatura.

 

3. Un monumento del conocimiento humano

 

Mucha gente se pregunta todavía como llegó el creador de la Comedia Humana (un monumento de casi cien novelas) a tener tantos conocimientos sobre el arte, lo bursátil, lo médico, las intuiciones, los pequeños detalles, la vida interior, las calles, las contradicciones humanas. Poseía conocimientos de enciclopedia. Sabía, por ejemplo, cuánto valía un cuadro de Palma Vecchio, cuánto costaba una hectárea de tierra, una puntilla, un coche, cuánto era el sueldo de un criado. Y supo de la vida del burgués dilapidador, la del avaro y la del rentista. Todo lo sabía. Y cuando no lo sabía, lo imaginaba, que para eso era dueño de una facultad prodigiosa. O lo intuía.

 

Según Zweig, con Balzac comienza la idea de la novela como enciclopedia del mundo interior. Dice: “Antes de escribir él, los poetas solo conocían dos procedimientos para acelerar un poco el motor lánguido de la acción: o introducían en sus novelas la mano exterior del azar, que como viento desencadenado, se alojaba en las velas e impulsaba el bergantín, o, si acudían al acervo de las fuerzas del alma, solo sabían manejar el resorte erótico, las peripecias del amor”.

 

Balzac es el primero que lleva el dinero a la novela. Él, como miembro de una sociedad burguesa, dividida en clases, sabía, además como meticuloso observador del mundo, que se había instaurado el reino del capital. Todo se compra y se vende. Las pasiones, los sentimientos, la sangre, todo tiene un precio. Los hombres, en el capitalismo, valen según su riqueza. El dios dinero determina la conciencia de muchos. Es asunto de poder. Para la mayoría es un objetivo en sí mismo; para otros, apenas un medio. De ahí, de ese reino demoníaco, surgirán determinados caracteres, el del calculador, el del avaro, el del desposeído. El dinero como divisor del mundo, como causante de las ambiciones y de los desengaños. Gran señor es Don dinero. Balzac supo medir la incidencia desmesurada del dinero, de la guita o la plata, en la vida del hombre, del hombre contextualizado en una sociedad caníbal. Calculó la cifra y los réditos. Se metió en el corazón duro del banquero y en el del dueño de la casa. Avizoró el alma del prestamista y pintó el desasosiego del hombre acosado por las deudas, o por los acreedores, que, en determinada forma, fue su propio caso.

 

Balzac le debía dinero a todo el mundo. A sus editores, a sus amantes, a sus criados. Tan pronto el éxito lo visitó y con él la moneda, desarrolló la manía de comprar en exceso y sin medida. Tuvo un apartamento que amobló con lujos, y compró caballos, contrató mozos de librea y corbatín. Se creyó de alta alcurnia y, para que lo tuvieran como de la nobleza, se inventó un escudo de armas y le agregó la partícula “de” a su apellido. Para costear todo ese boato, pidió a su familia, a sus editores, a sus amigos, dinero prestado. Y mientras más aumentaban sus deudas, más crecía su extravagancia: joyas, porcelanas, adornos, estatuas, pinturas, resaltaban el esplendor de su vivienda. Sus acreedores llegaron a embargarlo. Muchas de sus posesiones fueron feriadas en subastas públicas, pero ni así perdió la manía de comprar sin tasa y sin proporción. Era un ostentador. Y, en cualquier forma, escribía mejor y más intensamente bajo la presión de las deudas.

 

Y en medio de la turbulencia, el éxito le fue generoso. También la fama. Y, como es obvio, esa condición siempre llama a amigos nuevos, admiradores efusivos y, claro, a algunos envidiosos. Y, de pronto, un gran amor. Una dama de Odessa le escribió, bajo el seudónimo de La extranjera. Era Eveline Hanski, señora de abolengo rancio y de voluminosa cartera, y, para más señas, casada con un cincuentón. Se inició un intercambio epistolar, con declaraciones y suspiros de amor. La extranjera se aburría en un castillo de Ucrania, hasta que, dos años después de la primera carta, ambos se citaron en Suiza, donde sus pieles se juntaron con elevada y turbulenta pasión.

 

Al volver a París, el corazón de Balzac cedió ante los impulsos y las ondas emitidos por la condesa Guidoboni-Visconti, una inglesa rubia y muy atractiva, además de infiel a su cornudo marido italiano. Se hicieron amantes, pero la publicidad los delató. La Hanski se enteró del enredo y recriminó a Balzac, en una carta llena de amargura. Para el escritor fue un golpe triste, puesto que contaba casarse con La extranjera una vez hubiera muerto el esposo de ésta (¿Lo irían a envenenar o qué?). ¿Cómo perder la posibilidad de una inmensa fortuna? Viajó a Viena, donde se hallaba la adolorida Hanski, para hacer las paces. Eveline le ratificó sus reproches y se marchó a Ucrania. No se vieron más durante ocho años. En París, el escritor prosiguió su romance con la condesa, pero siguió carteándose con La extranjera. Así se enteró de la muerte de Monsieur Hanski. Balzac y la Hanski se casaron en marzo de 1850, cuando el literato ya estaba muy debilitado en su salud, debido a su excesivo trabajo. Los cincuentones novios viajaron a París, él con su corazón disminuido, ella con su ataque de gota. Los últimos alientos de Balzac lo abandonaron y murió el 18 de agosto de ese mismo año.

 

Las letras francesas acaban de perder, posiblemente, al novelista más grande del siglo XIX, y tal vez, como alguien hizo notar, no se percataban de ello. En su discurso funerario, otro monstruo de la literatura de Francia, Víctor Hugo, declaró: “Todos sus libros no forman más que un libro, un libro vivo, luminoso, profundo, en el que vemos ir y venir, andar y moverse con un no sé qué de turbador y terrible mezclado con lo real, toda nuestra civilización contemporánea, un libro prodigioso que el poeta tituló Comedia y que hubiese podido titular Historia”.

 

Honoré de Balzac enriqueció, con sensual deleite, el mundo de las pasiones humanas, que pintó con maestría, y le otorgó a la humanidad la posibilidad de verse retratada, como en un largo sueño, con toda su condición de miserias y desencantos.

 

 

Honoré de Balzac, autor de la Comedia Humana

 

 

 

 

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Profesores de los días felices (5)

 

Don Alirio Tinto: una encíclica y el Manifiesto Comunista

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes de cumplir los doce años, supe que existía el Manifiesto Comunista y que la Iglesia tenía una doctrina social. Las clases de religión, que de todo tenían menos de dogmas, o por lo menos de credos, las dictaba un señor de bigote delgado y ojos enrojecidos, que fumaba Pielroja y a veces sacaba paquetes de Lucky Strike y que, por tomar tinto a toda hora, lo llamaron los pelados de la Preparatoria Marco Fidel Suárez, Alirio Tinto.

 

Atrás, como en un pasado remoto, había quedado el Catecismo del padre Gaspar Astete, que había que recitar de memoria, y a veces, por molestar o salirnos de la solemnidad, alguno cambiaba palabrejas, y así el “somos cristianos por la gracia de Dios”, podía tornarse en “sos un marrano por la grasa de Dios” y otras infantiladas. El caso es que don Alirio, de pelo negro peinado hacia atrás y una actitud de parecer importarle poco la existencia, con cierto desdén hacia el mundo, llegaba a veces y hablaba de León XIII y su encíclica de fines del siglo XIX, Rerum Novarum, que buscaba que la Iglesia, según él, tuviera en cuenta el trabajo, los obreros, el capital, y decía que era una posición inteligente para salirle al paso a otra doctrina, el marxismo, que estaba organizando trabajadores y promoviendo sindicatos. No entendíamos casi nada sobre sindicatos, y entonces él explicaba algo al respecto y mencionaba centrales obreras.

 

Discurría sobre el trabajo, la lucha de los obreros en el siglo XIX por los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación), las clases sociales y no sé qué otros temas, relacionados, eso sí, con protestas y descontentos, aunque no recuerdo si nos refirió aspectos de la revolución cubana y el Che Guevara, que entonces estaban en boga. Don Alirio tenía un aire como de pertenecer a otra época, quizá le hubiera gustado ser un mosquetero o haber vivido en los tiempos de la revolución rusa. Son suposiciones de ahora, porque entonces, pese a que sus clases eran atractivas, uno estaba menos interesado en revueltas y guerras de religión, que en esperar a que sonara la campana para ir corriendo al patio de recreo.

 

Por aquellos días, también de agitaciones en Colombia, tres soldados de a caballo pasaron por enfrente de la escuela. Varios muchachos estábamos arriba, en la parte alta de las escaleras de la entrada principal, cuando uno de los estudiantes dijo: “Qué negrito tan querido”. Se refería a uno de los cuadrúpedos. El que lo montaba saltó, subió las gradas en segundos y propinó un puño al chico. Me quedé pasmado. “¿Quién es el negro creído, ah?”, se preguntaba el colérico uniformado, al tiempo que tornaba a montarse en la bestia, aunque la bestia era él.

 

El año del quinto elemental, en el que profesores como Darío García, alias Fosforito, nos entusiasmaba con experimentos de ciencias naturales, y Hernando Zapata, alias Corchete, nos hipnotizaba con números y operaciones aritméticas, al tiempo que Castor Rave, sin alias alguno, nos miraba con ojos de basilisco por alguna pilatuna en el aula, don Alirio Aguirre comentaba sobre una nave espacial americana que se había chocado en Venus. Ah, fueron los días (lo supe después) en que John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo y en China se iniciaba la Revolución Cultural. Eran los tiempos de coleccionar cromos o caramelos, algunos de estrellas del cine, y otros de estrellas del fútbol. Ese año, los pataduras de Inglaterra fueron los campeones del mundo.

 

Don Alirio, caricolorado y siempre echando bocanadas de humo, vivía a pocas cuadras de la escuela. A veces, se le veía en el balcón de su casa, en Bello, con el infaltable pocillo de café negro. Gracias a sus parlas de clase, leí más tarde el Manifiesto, de Marx y Engels, al que a un poeta colombiano su lectura le extinguió la angustia existencial, y me conmovió su comienzo, tan memorable como el de la Divina Comedia, la Odisea, La Metamorfosis, Moby Dick, El viejo y el mar, Cien Años de Soledad, La Vorágine o el Quijote.

 

El profesor de religión nos inculcó (o por lo menos a mí), tal vez sin proponérselo, el interés por las gestas y movimientos sociales. Creo que gozaba de la facultad del desparpajo y su luz era más luminosa que la que emitían los fósforos cuando prendía sus cigarrillos en clase.