Escribir a ciegas *

 

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Escribir una frase tan elemental como “Estamos bien en el refugio los 33”, trasciende la gramática y se ubica en una suerte de perturbadora escritura de sobrevivencia, en especial cuando se conocen las circunstancias en que las palabras brotaron. Desde hace 18 días, 33 mineros chilenos permanecen atrapados en un yacimiento de cobre y oro y es posible que su rescate se demore varios meses.

 

La frase, tal vez escrita con desespero y con esperanza, garrapateada bajo tierra, tiene un sentido informativo que va más allá de un mensaje terapéutico. Entraña una historia más extensa, pero lo que dice no sólo alarga cualquier imaginación sino que evidencia una situación increíble: pese a todo, los mineros están bien. El mensaje puso a los chilenos a vibrar, reunidos en plazas, y a celebrar como si fuera una victoria en un mundial de fútbol.

 

Con la tragedia de los mineros chilenos (ah, y no deja de ser un hecho trágico aun cuando estén vivos), recordé los episodios del Kursk, un submarino nuclear de la armada rusa que el 12 de agosto de 2000 sufrió una explosión en el Mar de Barents. En la calamidad murieron todos los tripulantes. Meses después, se conocieron unas notas de dos marineros que sobrevivieron durante tres días. Uno de ellos, un oficial, escribió en un pedacito de papel: “13.15 Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En las palabras del oficial ruso está lo esencial. No hay retórica ni rodeos. Y como en la oración del Padre Nuestro, no hay adjetivos. ¡Cuántos textos –enormes y necesarios- se han escrito sobre el arte de escribir! En aquellas palabras, medidas, escritas a ciegas, hay la tensión de lo trágico, el suspenso de lo inevitable. Sin quejas, sin dramatismos.

 

Tal vez en la única palabra que pronunció el soldado griego, el héroe de Maratón, cuando tras correr 42 kilómetros llegó a Atenas a dar una noticia de guerra y dijo “ganamos”, ahí, en ese enunciado, puede estar toda la literatura. Después de gritar la noticia, murió. No pudo explayarse en detalles. Era una lucha contra el tiempo. Había que apuntar a lo necesario. Se sabe que la belleza (trágica o no) no está en las palabras sino en los hechos que ellas designan y nombran.

 

En este punto podría uno recordar, por ejemplo, a Julius Fucik y su Reportaje al pie del patíbulo. Es la lucha de un hombre contra la muerte y por la dignidad. Atrapado en una prisión nazi, no tiene tiempo para excesos verbales ni juegos de palabras. Lo que siente y ve y quiere decir lo va anotando en papelitos, que luego salen de la cárcel y, amontonados, se vuelven libro. Un libro imprescindible. En medio de sus torturas y desamparos, Fucik deja como legado un impresionante mensaje: su nombre no puede ser unido a la tristeza.

 

Volvamos al Kurks. En lo escrito por el oficial –también en el alarido del soldado griego- es más lo callado que lo dicho. Lo demás, subyace, está sobreentendido. Algo así planteaba Hemingway en su teoría sobre el iceberg. Solo aparece en la superficie una mínima parte de la montaña de hielo; lo demás, invisible, está por debajo. Siempre hay que tener más de lo que se dice (o escribe). Hay que dejar espacios para que el lector imagine, complemente, sea parte de la historia.

 

Me acuerdo por los días del Kursk, que el escritor español Juan José Millás dijo sobre el escrito del oficial que “el autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres…”.

 

El minero chileno, como el oficial del submarino, acude a lo ineludible y capital: “Estamos bien en el refugio los 33”. Y eso es suficiente para que el pueblo –como en el caso de los atenienses que oyeron la noticia en una sola palabra- estalle en júbilo. También escribía a ciegas.

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*Nota: esta columna la publiqué el 23 de agosto de 2010 en El Espectador. En Chile, 33 mineros estuvieron atrapados durante 68 días, a partir del 5 de agosto de ese año. El minero que escribió el texto, José Ojeda, ha sido hospitalizado siete años después, para recibir asistencia psicológica y psiquiátrica.

 

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Imagen de algunos mineros que estuvieron sepultados durante 68 días en una mina de  Chile.

 

 

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