La última hoja del cuaderno

Por Reinaldo Spitaletta

 

Volver a la escuela, tras unas largas vacaciones, era una suerte de martirio, que, sin embargo, tenía momentos previos de felicidad. Uno, era el de acompañar a mamá a la papelería o alguna cacharrería o miscelánea a comprar los cuadernos. Una aventura. Entonces no abundaba la variedad. Eran dos o tres diseños, pastas con mapa de Colombia o con algún dibujo, todo más bien simplón, nada de modelos desnudas ni de futbolistas ni de cantantes de cualquier cosa. Había unos que tenían efigies de conquistadores (Federmán, Heredia, Robledo, Belalcázar, Jiménez de Quesada…) y otros solo la marca.

 

El olor de los cuadernos nuevos era una manera de penetrar en otros ámbitos; uno cerraba los ojos y sentía cómo se entraba en letras, números, mapas, dibujos elementales, tablas de multiplicar. Había, además, que comprar colores, lápices, borradores, compases, sacapuntas y los forros para preservar los cuadernos que debían, en general, durar todo el año. Se adquirían de cien o de ochenta hojas, y todavía no se conocía el anillado ni las pastas duras. Así que eran con grapas, que se podían ver remachadas en toda la mitad del encuadernado.

 

Pese a la falta de variedad, uno se quedaba viéndolos, buscando cuál llevarse, con cierta fascinación por el olor a nuevo, por ver si en las guardas sí estaba trazado el horario, o si tenían las equivalencias de las medidas inglesas y el sistema métrico decimal. Un cuaderno era una posibilidad para la imaginación y los descubrimientos. Así, en blanco, tenían una incertidumbre, abrían sésamos y se colaba en su limpieza lo que uno iba poner en la primera hoja, aparte del nombre personal: nombre de la institución, del profesor, el curso, pero a eso había que agregarle marcos, corondeles, viñetas…

 

Digamos que hasta ahí había un deslumbramiento. Otro momento grato era el de irse a casa con el paquetado de cuadernos  , comenzar a forrarlos, tenerlos listos para la iniciación de la jornada. Toda una alegría. Mamá tenía en su repertorio de canciones, una que nos cantaba al amanecer del día en que teníamos que volver a estudiar. Era, lo supe después, con la música de un aria de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti. Tenía unos versos que uno llegaba a odiar no solo cuando ella los entonaba, sino toda la vida.

 

Cual bandada de palomas que regresan del vergel,

Hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber.

Ellas vuelan tras el grano que las ha de sustentar,

y nosotros, tras la idea que es el grano intelectual.

 

La canción se prolongaba, y uno tenía que descobijarse, gruñir, oponer resistencias, pero de nada valía. Había que levantarse para ir a estudiar. Era el primer día. Nada que hacer. La voz continuaba: “Venid, llegad, la escuela abierta está”.  Y después hablaba de la “ciencia” y la “virtud”.

 

Pero retornando a los cuadernos, ya, transcurrido el primer día, se presentaba la posibilidad de marcarlos con los datos correctos. Y el más atractivo, era, por las facilidades que ofrecía, el Cuaderno de tareas, o también llamado Cuaderno de borrador, en el que uno podía rayar, poner “pensamientos”, pintar casitas sin puerta, y toda una revoltura de cosas y deseos. Era para eso, para ensayar. Tenían la desgracia de envejecer más rápido, de doblarse en las puntas, de regárseles tinta. Pero, a diferencia de los otros, que eran los de cada asignatura, la última hoja se podía mantener virgen.

 

Porque en los otros, que eran los que revisaban los profesores, la impecabilidad y el orden eran asunto de disciplina, de cuidados, de mantener la limpieza. Que las borronaduras podían dar para regaños y llamados de atención. Pero la última hoja de los “cuadernos serios” daba para todo. En ella se pintaban morisquetas, corazones partidos, declaraciones de amor, se dibujaban besitos y, dado el caso, se escribía algún insulto, o el sobrenombre de un compañero, o decir que esta escuela era la peor de todas. La última hoja era la de la libertad y los ensueños.

 

En el cuaderno de tareas, las hojas daban, también, para la confección de aviones, globitos, barquitos, hélices. No sé cuántos cuadernos de esos terminaron metamorfoseados. Hice muchos veleros, como si tuviera un astillero, que navegaban en los arroyuelos callejeros cuando la lluvia era una fiesta, porque, además, nos dejábamos mojar por los chorros de los entejados y saltábamos en cada charco para que el agua saltara. Eran los días en que era un gusto “emparamarse”.

 

Al final del año, los cuadernos lucían desvencijados, los forros rotos, las pastas descaecidas, y su olor era posible que se pareciera al del sudor, la tinta china reseca y era probable encontrar en ellos trazas de cofio, minisigüí, goma arábiga y guachas. Ya no producían emoción alguna y estaban prontos para irse a descansar para siempre en la oscuridad del olvido.

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Profesores de los días felices (5)

 

Don Alirio Tinto: una encíclica y el Manifiesto Comunista

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes de cumplir los doce años, supe que existía el Manifiesto Comunista y que la Iglesia tenía una doctrina social. Las clases de religión, que de todo tenían menos de dogmas, o por lo menos de credos, las dictaba un señor de bigote delgado y ojos enrojecidos, que fumaba Pielroja y a veces sacaba paquetes de Lucky Strike y que, por tomar tinto a toda hora, lo llamaron los pelados de la Preparatoria Marco Fidel Suárez, Alirio Tinto.

 

Atrás, como en un pasado remoto, había quedado el Catecismo del padre Gaspar Astete, que había que recitar de memoria, y a veces, por molestar o salirnos de la solemnidad, alguno cambiaba palabrejas, y así el “somos cristianos por la gracia de Dios”, podía tornarse en “sos un marrano por la grasa de Dios” y otras infantiladas. El caso es que don Alirio, de pelo negro peinado hacia atrás y una actitud de parecer importarle poco la existencia, con cierto desdén hacia el mundo, llegaba a veces y hablaba de León XIII y su encíclica de fines del siglo XIX, Rerum Novarum, que buscaba que la Iglesia, según él, tuviera en cuenta el trabajo, los obreros, el capital, y decía que era una posición inteligente para salirle al paso a otra doctrina, el marxismo, que estaba organizando trabajadores y promoviendo sindicatos. No entendíamos casi nada sobre sindicatos, y entonces él explicaba algo al respecto y mencionaba centrales obreras.

 

Discurría sobre el trabajo, la lucha de los obreros en el siglo XIX por los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación), las clases sociales y no sé qué otros temas, relacionados, eso sí, con protestas y descontentos, aunque no recuerdo si nos refirió aspectos de la revolución cubana y el Che Guevara, que entonces estaban en boga. Don Alirio tenía un aire como de pertenecer a otra época, quizá le hubiera gustado ser un mosquetero o haber vivido en los tiempos de la revolución rusa. Son suposiciones de ahora, porque entonces, pese a que sus clases eran atractivas, uno estaba menos interesado en revueltas y guerras de religión, que en esperar a que sonara la campana para ir corriendo al patio de recreo.

 

Por aquellos días, también de agitaciones en Colombia, tres soldados de a caballo pasaron por enfrente de la escuela. Varios muchachos estábamos arriba, en la parte alta de las escaleras de la entrada principal, cuando uno de los estudiantes dijo: “Qué negrito tan querido”. Se refería a uno de los cuadrúpedos. El que lo montaba saltó, subió las gradas en segundos y propinó un puño al chico. Me quedé pasmado. “¿Quién es el negro creído, ah?”, se preguntaba el colérico uniformado, al tiempo que tornaba a montarse en la bestia, aunque la bestia era él.

 

El año del quinto elemental, en el que profesores como Darío García, alias Fosforito, nos entusiasmaba con experimentos de ciencias naturales, y Hernando Zapata, alias Corchete, nos hipnotizaba con números y operaciones aritméticas, al tiempo que Castor Rave, sin alias alguno, nos miraba con ojos de basilisco por alguna pilatuna en el aula, don Alirio Aguirre comentaba sobre una nave espacial americana que se había chocado en Venus. Ah, fueron los días (lo supe después) en que John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo y en China se iniciaba la Revolución Cultural. Eran los tiempos de coleccionar cromos o caramelos, algunos de estrellas del cine, y otros de estrellas del fútbol. Ese año, los pataduras de Inglaterra fueron los campeones del mundo.

 

Don Alirio, caricolorado y siempre echando bocanadas de humo, vivía a pocas cuadras de la escuela. A veces, se le veía en el balcón de su casa, en Bello, con el infaltable pocillo de café negro. Gracias a sus parlas de clase, leí más tarde el Manifiesto, de Marx y Engels, al que a un poeta colombiano su lectura le extinguió la angustia existencial, y me conmovió su comienzo, tan memorable como el de la Divina Comedia, la Odisea, La Metamorfosis, Moby Dick, El viejo y el mar, Cien Años de Soledad, La Vorágine o el Quijote.

 

El profesor de religión nos inculcó (o por lo menos a mí), tal vez sin proponérselo, el interés por las gestas y movimientos sociales. Creo que gozaba de la facultad del desparpajo y su luz era más luminosa que la que emitían los fósforos cuando prendía sus cigarrillos en clase.

 

 

Profesores de los días felices (4)

Doña Rosa y el sapo que sorbe mi sopa

 

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Jugando a maestras, pintura de Theophile-Emmanuel Duverger (1821-1901)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La cartilla era ella, vocálica, mimadora (“mi mamá me mima”). Los primeros asomos al encanto. Ella, con su voz de contadora de historias, nos abrió las puertas del hechizo. Con la palabra nos acercó a los dioses, que también son palabra. Nos hizo iguales a ellos. Nos regaló el fuego. Era, al recitarnos el abecedario, como una reencarnación de Prometeo. Nos metió en ritmos y rimas y aliteraciones (“ese sapo salta a mi mesa”). ¿Quién aunque no sea memorioso podría olvidar a la primera maestra? (“yo mimo a mi mamá”).

 

Nos dijo los números. Con ella, de la mano y de imaginación, recorrimos los primeros mapas. Tenía la voz del río. Era pájaro. Y cielo. Cometa. A veces, se paraba sobre una nube. Y cantaba. Canciones simples para adorar vírgenes de mayo florido, o para sentir que con las palabras uno podía crear el mundo, las cosas.

 

Había -ella la cantaba- una canción que tenía músicas del Elíxir de amor, de Gaetano Donizetti. Hablaba de la escuela, del retorno a ella. De vergeles y palomas. Del anhelo de saber. Se nos abrían las puertas del cielo. Doña Rosa, sí, doña Rosa, con hoyuelo en el mentón y el sol en el pelo, ensayaba cuentos de su cosecha. Elementales. Y los decía con todo el cuerpo. Un día, uno de piratas. El siguiente, de mambrúes criollos, qué horror, qué pena, que las guerras estaban ahí, pero no sabíamos. Después, el del enano que se subía a la mesa a hacer piruetas. Y así, infinita ella.

 

Ah, y el tablero era ella. Y la tiza. Nos pintaba, a su modo, los héroes de una presunta patria, patilludos, militarescos. Generales. Mariscales. “Simón Bolívar nació en Caracas”, y nosotros agregábamos: “en un potrero de siete vacas”. Nos enseñó la risa. Y nos puso a volar con el cóndor del escudo. Doña Rosa se volvía bandera. Era Moisés guiando a su pueblo, cuando hablaba de historia sagrada. Era Eva. Era Adán. Manzana. Sin pecado original. De alguna manera, nos insinuó la desobediencia, esa virtud hoy venida a menos. (“Las unas gordas, las otras flacas, las demás llenas de garrapatas”).

Más allá del sapo que sorbe mi sopa, más allá de aquella Susana que lava la lana, metidos en la cartilla, estaba ella. Repartida. Era más que el sonido de las letras. Más que todas las sílabas y las solfas. Era uva. Osa mayor. Era estrella.

Se volvía jardín cuando hablaba de flores, y pájaro cuando nos regalaba las alas. En la cartilla estaban el aro, el elefante, la iguana, el oso, la uña. Y las vocales, enormes, bien pintadas. Pero ella era más que una sucesión de letras. A veces, era Blanca Nieves. O Cenicienta. O Rin Rin Renacuajo. Érase una vez. Muchas veces. Doña Rosa estaba en todas las fábulas, en todas las geografías, en todos los astros.

 

Pertenecía al plural asombro. En ella hubo algo de nido, algo de ninfa y mucho de maga. Aunque nunca sacó palomas del escritorio, ni conejos de los bolsillos, era capaz de hacer entrar el arco iris al salón (era un aula amplia, de altos techos, por las ventanas se colaba bastante cielo). Nos traía la montaña lejana y el vallecito. Con ella, el universo estaba al alcance de la mano.

 

No sé si entonces a todas las doñas Rosas les demoraban los sueldos (creo que sí); no sé cuántos hijos tenía, ni si tuvo alguien que le llevara serenatas. Nunca supe en cuál barrio vivía. Ni si lloraba por alguna ausencia. Porque, más que todo, era pura risa. Era la alegría de enseñar, de sentirse útil, de transmitir emociones y pensamientos a la chiquillería.

 

Había un dejo de mamá en su actitud. Y también de diosa. Ahora, desde el balcón del tiempo, la miro y me parece ver en ella a una niña. Porque doña Rosa nunca perdió la infancia: la recuperaba en cada relato, en cada lectura, en cada recitación. Tenía un enorme talento para ganarse la atención del otro. Creo que, en el fondo, había en ella una especie de Scheerezada, de narradora extraordinaria con la facultad de hipnotizar al auditorio.

 

Doña Rosa es ahora como una vieja canción, de esas que cada vez que suenan renuevan su belleza. De esas que uno tararea para sentirse acompañado. O para devolverse en la historia. La cartilla, con sus payasos y enanos y trapecistas (tenía la magia del extinguido circo), era ella, tan mimosa, tan hada. Tan de nosotros. Doña Rosa, sol-luna, no estaba hecha para los olvidos.

 

 

Profesores de los días felices (2)

 

Don Alfonso o el Cucho de la melancolía

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No teníamos ni idea de que estaban bombardeando a Marquetalia, llamada por Álvaro Gómez (que ni siquiera sabíamos que era hijo de Laureano, un promotor de la Violencia en Colombia) República Independiente. Y, claro, tampoco habíamos escuchado mencionar al hijo del tal por cual. Nada conocíamos de los Beatles que ya eran sensación universal, porque nuestro mundo, estrecho y sin pretensiones, se reducía a ir a la escuela a pie, jugar balón en cualquiera de la infinitud de potreros que había en Bello, hacer barquitos de papel en tiempos de aguaceros y tal vez soñar con ir a la Luna.

 

Al maestro de tercero de primaria lo bautizamos el Cucho. No sé de dónde provenía la palabra, pero fue la primera vez que la escuché. Don Alfonso, que siempre daba clase vestido de traje entero, tenía negros y lisos y abundantes los cabellos. Iba afeitado pero se notaba que, de haberse dejado crecer la barba, la tendría muy espesa. Los zapatos jamás tenían brillo. Y no parecía tener mando sobre la muchachada, porque siempre susurrábamos, reíamos, cuchicheábamos, de vez en cuando tirábamos pedacitos de tiza a otros, éramos un grupo recocha, que en aquel salón con ventanas altas a la calle y al patio de recreo había como cuarenta y tal cantidad ya daba dimensiones de infierno para un profesor, que, según pensé años después, no le gustaba la enseñanza.

 

No supe nunca de dónde procedía, porque en Bello todos llegaban de otras partes. Pero sí que le habían adjudicado una casa en el barrio El Carmelo, construido por el Instituto de Crédito Territorial. Y esto lo supe, más que por alguna pesquisa personal, por los buenos oficios de mamá, que siempre era amiga de maestros y maestras, les llevaba frutas, floreros, galletas en lata y luego me enteré de que era para que no me cogieran inquina, que a veces “su muchachito” protagonizaba duelos a golpes con los condiscípulos y hacía otras pilatunas.

 

No recuerdo ninguna enseñanza particular de don Alfonso, que a lo mejor era un ser al que ya nada le importaba, o tendría decepciones a granel. No sé. Lo recuerdo y solo veo sus trajes grises, sus camisas azul celeste y una cara de aburrimiento permanente, que por eso, digo, nos poníamos el salón de ruana. “¡Ahí viene el Cucho!”, se oía decir cuando él salía no sé si a orinar, o por tiza, o por algún mapa, y se armaba la de “Dios es Cristo”, con combates con tapas de gaseosa, con los borradores de pizarra que eran almohadillas sucias, con hojas de cuaderno arrugadas para que tuvieran efecto de proyectil. Cuando trasponía la puerta ancha y alta del aula, volvíamos a la normalidad, con risas contenidas y alguno a punto de moquear o tirarse un pedo.

 

El Cucho no parecía interesado en contar historias, ni enseñar geografía, aunque sí le prestaba atención a las operaciones aritméticas, que, creo, era lo que mejor nos dictaba. No tengo memoria de si alguna vez soltó alguna risa y tampoco sonrisas; su cara nos parecía vieja y amarga y a veces sus mejillas brillaban. Daba la impresión de cansarse con las jornadas a mañana y tarde, siempre con los mismos párvulos, los mismos disturbios, la obligación de tener que transmitir algún conocimiento y no gustarle la vaina de pararse delante un tablero negro a mirar a un auditorio de tarados. Eso pudo haber pensado.

 

Si los dos años anteriores, con maestras, doña Rosa y doña Angélica, fueron de una simpatía y alegría proverbiales, con canciones colombianas, como una que hablaba de una “canoíta de mi río”; con una tonada de maravillas que lo hacía a uno transformarse en un pirata (“Soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”) con imaginario parche en un ojo y pata de palo, en fin, las clases del Cucho eran un recorrido por la tristeza. Nunca nos cantó nada ni nos pidió hacerlo.

 

El Cucho era alto (o nos parecía) y tenía una joroba leve, al principio, que después, al fin de año, ya era más pronunciada. Tal vez la cogió de tanto mirar al piso, en lo que pudo haber sido un mecanismo de defensa contra la melancolía. Bueno, eso dice uno ahora, después de tanto consumir almanaques. No se le escucharon gritos en clase y tenía la apariencia de ser alguien que estaba acostumbrado a soportar pesares.

 

La palabreja con la que lo apodábamos se volvió popular mucho tiempo después en Antioquia para referirse a “alguien de edad”, a un vejestorio. A aquel que los días le habían horadado la frente y la mirada. Hubo momentos en que era una especie de despectivo con los mayores. Y también una expresión cariñosa cuando del padre se trataba. Según el tono, como es sabido.

 

Don Alfonso Monsalve pasó por nuestras vidas, por las de un grupo diverso en el que había muchachos que iban a clase sin zapatos, como una exhalación, un viento que se va y no vuelve. No hubo marcas. No logró -creo- despertarnos afectos. Un ser que pudo haber pertenecido a las apatías y al mundo plomizo de la indiferencia. Unos años después lo volví a ver, atravesando una calle, y su giba había crecido. Miraba al suelo como si buscara el tiempo perdido con unos pelados inquietos, que lo veían a él como un rey de burlas.

 

¡Ah!, cuando terminamos el tercero de primaria, hacía un año habían asesinado a John Kennedy (mamá lloró ese crimen, no supe por qué) y todavía en la escuela daban pan y leche de la Alianza para el Progreso.

Profesores de los días felices (1)

Maestro de tormentas y arco iris

Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio de recreo y salones a su alrededor, en una cuadrícula en la que los corredores, con salientes de teja española, daba la forma a la escuela. Todos eran grupos de quinto de primaria.  Eran días en que el mundo hablaba de alunizajes, la Unión Soviética y China estaban en tensión y Estados Unidos ocupaba Vietnam. Supe después que en ese año, el papa Pablo VI abolió el Índice de Libros Prohibidos, cuando nosotros apenas habíamos leído cartillas, textos de geografía e historia patria, cuentos de los hermanos Grimm y algunos libritos de español y literatura.

 

Bello era entonces un pueblo con fábricas textileras y un taller de ferrocarriles, cuyas sirenas parecían haber producido en los moradores reflejos condicionados. Cambios de turno laborales. El pito del medio día. Y solo una rutina rota por las idas a cine los domingos y los partidos de fútbol en las mangas, que abundaban. La escuela, sus turnos, eran a mañana y tarde, porque quizá el mundo era muy pequeño y todavía no había tantos estudiantes como para establecer dos jornadas.

 

También, los de esa escuela preparatoria, a cuya entrada se subía por unas escaleras dobles en forma de pirámide trunca, teníamos reflejos condicionados por la campana. Ella anunciaba el momento tan anhelado que era el recreo. O los cambios de salón de clase. Uno iba de aula en aula, como un vagabundo escolar con su cartapacio, a escuchar las enseñanzas de los maestros, así que estaba la sala de ciencias naturales, la de matemáticas (era el único salón fuera de ese paisaje de maravilla que era el patio), la de religión, la de español, y demás.

 

Creo, si el recuerdo no es una suerte de traición, que me gustaba mucho la hora de español y literatura. Era un encuentro con palabras que me recordaban a mamá (no aquel lugar común de mi mamá me mima…), porque ella siempre estaba recitando poemas sobre mares y lunas, y cantando canciones de muy lejos, y contando historias a la hora del desayuno y al anochecer. Sí, me parece que el profesor era una especie de sucursal de mamá, porque él, que aunque era joven uno lo veía viejo (tal vez nos adelantaba por ocho años), tenía una manera de recibir a los discípulos con recitaciones de Diego Fallon e Ismael Enrique Arciniegas, y nos ponía luego a leer en voz alta, al frente, la cartilla en la que había historias como las de Los tres deseos y un relato que contaba las maneras de dar limosnas.

 

“No estamos en el hipódromo”, nos increpaba a los que, entonando la lectura, corríamos para acabar más ligero. Y luego él mismo leía lo que acabábamos de mal leer y lo hacía con pausas, ritmo, musicalidad. De las tareas que recuerdo, había una que era aprender de memoria un poema, para decirlo a todos, delante del tablero. No sé adónde encontré un poema de un chileno, Antonio Bórquez Solar, sobre el arco iris, y ese fue el elegido por mí. Quizá me incliné por esos versos debido a que, siendo más niño, caramba, me gustaba perseguir el arco iris y pretendía siempre ir hasta su nacimiento, porque, decía no sé quién, que allí había una zona encantada.

 

El profesor, que tenía una bella voz (nunca nos gritaba), ya había hecho durante el curso demostraciones de sus modos de decir poemas. Ya nos había metido a Guillermo Valencia y sus camellos, ¡uf!, así como a Gabriela Mistral y una poesía que volví a leer años después, y que me parecía de un ritmo sobrecogedor: setenta balcones y ninguna flor. Bueno, el caso es que me aprendí la del chileno y salí al frente, me paré con seguridad, y comencé, en una desbocada carrera, a recitar: “Los colores del arco iris / de los cielos siete son / como siete en la semana / son los días que hizo Dios / como siete son las notas de la pauta  del cantor…”. Cada verso era aumento de la aceleración. No sé si el auditorio reía, pero miré al profesor y estaba serio, pendiente de cada palabra, lo que me condujo a incrementar la velocidad: “De un topacio es su amarillo / y su rojo es de rubí, / su violeta es de amatista / y su azul es de zafir”. Digo que a mí me sonaba bien esa composición, y cada que pronunciaba una palabra veía colores por doquier. Y en el poema salía el sol después de la lluvia y había risas y fulgores, y al final la tormenta había pasado. Sí, la tormenta que me parecía que yo encarnaba. “En la próxima vez, no corrás tanto, Spitaletta. Hacé pausas y entendé mejor el sentido del poema”, me dijo algo así. Yo veía a algunos compañeros muertos de la risa, y después, un osado me dijo que era porque al recitar movía una mano como una hélice.

 

No sé en qué mes de ese lejano año el profesor me llevó para que leyera una crónica de Azorín que describía una tormenta y su después. Ese escrito me produjo una sensación como si fuera un bautismo, una epifanía, un descubrimiento. No sé qué. Las palabras me atraían, me enamoraban, y quise saber quién era el escritor, qué había publicado. El tiempo pasó, el año lectivo se acabó, pero Azorín y el profesor se quedaron en mi memoria, mente y corazón. Tiempo después, nos mudamos a un barrio, El Congolo, y a la vuelta de mi casa, vivía el profesor. Su padre era policía, con pistolera blanca y kepis verde con visera negra. También conocí la hermana del profesor, que todos los días pasaba, por las mañanas, por el frente con su uniforme de cuadritos rojinegros y su cara de virgen del amanecer. Se llamaba (se debe llamar todavía) Olimpia, y digo que el tal nombre también me sedujo, aparte de las piernas y modo de caminar de la pelada.

 

Muchos años después, en una ceremonia en la que presentaba mi novela El último puerto de la tía Verania, en la Biblioteca Marco Fidel Suárez, dentro de los asistentes estaba el profesor, que me sonreía. No pude resistir el manifestarle en público que su manera de dar las clases de español me llevaron a amar las palabras, las historias, los poemas y a descubrir un escritor que ya hace años no leo. “Profesor Álvaro Sánchez, muchas gracias por su pasión de enseñar”, le dije. Y después fui a abrazarlo. Me pareció que en aquel lugar había un arco iris.