El Borbón “deseado” y su hipertrofia genital

Por Reinaldo Spitaletta

Unos, porque la tienen muy pequeña. Otros, porque la naturaleza o quién sabe que diosa de las lujurias y las pasiones los dotó de una sobredosis en el tamaño, y entonces, hasta las damas más atrevidas, al ver el fenómeno, se vuelven como Lisístrata y más bien cruzan las piernas y advierten: no pasarás. Así puede ser, más por la longitud que por la inteligencia, que dicen que Leonardo escribió que el hombre piensa con el pene, el reyecito de España (y ahí sí cabe el decir: lo que no se come, lo daña), al que se le rebelaron casi todas las colonias de ultramar, le sucedieron muchas historietas conectadas con las dimensiones de aquello que, en la antigüedad, tenía el mismo nombre con la que se designa el miembro varonil y era una medida equivalente a dos codos.

La del monarca, que lo que tenía de grande abajo, le faltaba arriba, en la torre de mando, que era medio bobote y lo que mejor hacía era bordar zapatillas, era una bestialidad, según dicen. Al llegar a la adultez, el pobre no sabía qué era el sexo. Cuando lo casaron a los dieciocho años con su prima María Antonia Borbón Dos Sicilias, lo que hizo cuando vio a la señora desnuda, fue aferrarse de sus tetas y chupárselas como un ternero huérfano, sin arte ni sensualidad. Después, cansado de la faena, volvió a lo que más le apetecía: bordar zapatillas, ante la mirada desconsolada de su consorte, que a lo mejor pensaría que el tal Fernando, Príncipe de Asturias, era impotente.

La Antonia le contó pormenores a su madre, que, a su vez, chismoseó por las cortes hasta convertir al principito en rey de burlas. Enterado el padre, el rey Carlos IV, de que su hijo era víctima de las habladurías palaciegas, le dio una cátedra de sexo y artes amatorias, e informado de las dimensiones de coloso que tenía su muchachito entre las piernas, buscó que todos tuvieran que llamarlo con respeto el “Ariete mayor del reino”. Y entonces, el heredero del trono de las Españas pasó al ataque y la princesa tuvo que soportar los asedios y cañonazos del marido.

María Antonia, castigada por la tuberculosis, murió al poco tiempo y le tocó al Fernando contraer nuevas nupcias, esta vez con su sobrina Isabel de Braganza (que el incesto garantizaba tierras y poder), princesa de Portugal de escasa belleza, mejor dicho, de nula atracción, aunque un retrato que se luce en el Museo del Prado no la muestra tan feíta. Sí, el tipo que ya era experto en los jaleos de cama, asuntos que había perfeccionado en los prostíbulos madrileños, en particular en el burdel de Pepa La Malagueña, ni le paraba bolas a su nueva mujer.

Más bien, en los lupanares, el principito en juerga hacía desafíos, como si de un infante se tratara, a ver quién la tenía más grande, sabiendo, claro, que nadie podría tener una envergadura como la que él poseía, que era admiración de putas, pero, a su vez, atemorizaba a las que se atrevían a dejarse atravesar por el padrón.

Cuentan lenguas viperinas y de fácil imaginación, que la sobrina-esposa, al ver que su marido ni se inmutaba al verla, lo esperaba disfrazada de puta, para, con la táctica prostibularia, atraerlo, y parece que al fin de cuentas la estratagema le dio resultado y Fernando cabalgó a su potranca. Tampoco duró mucho. Murió a los dos años del matrimonio, sin dejar ningún fruto.

Pero un aspirante al trono ni menos un rey puede estar soltero, o, mejor dicho, viudo, y entonces había que buscarle mujer. La sacaron de un convento, en el que vivía desde los tres años, y ahora, a los quince, le quitaban su olor de santidad, la despojaban de sus esencias de incienso y de sus horas canónigas, y la pobre chica, llamada María Josefa Amalia de Sajonia, se casaría con el reyezuelo que ya era Fernando VII (al mismo que le gritaban en América: ¡viva el rey, que muera el mal gobierno!). Y la vida para ella se transmutó en un infierno.

Dicen que la muchacha, que lo que quería era proseguir de monja, no se dejó acariciar ni menos empelotar del marido, porque, según su educación y devoción, eso era pecado mortal. Nadie podía convencerla de lo contrario. Hasta que el sumo pontífice tuvo que tomar cartas en el asunto y después de largas conversas con la exmonjita, la preparó para que recibiera las cargas de profundidad del calenturiento monarca. Parece que le gustó la vaina, y duró diez años con el rey de bastos.

La María Josefa también se murió. Fernando, que ya frisaba por los cuarenta y cinco años, y todavía no tenía un vástago, un hijo a quien dejarle el vasto reino, tornó a casarse. Y esta vez, no era una que vestía hábitos y santos, sino su sobrina, de veintitrés años, María Cristina de Borbón. Era, se dice, frenética y ardiente. Y le va a dar al rey no un heredero, sino una heredera: Isabel II.

El reyecito, el del miembro gigante, no pudo tener hijos con sus tres primeras mujeres. Es que el tipo tenía un armatoste descomunal, con punta que parecía un puño y con dimensiones de taco de billar. Como hubiera sido, para las tres primeras esposas el juego del sexo era una tortura, que dicen que la tercera, sin saber nada de esas lides, cuando vio el vergón de su consorte, no solo corrió por la alcoba, en busca de protección, sino que literalmente se “cagó del susto”.

Para la última, médicos y madamas prepararon un artefacto que hiciera posible el sexo sin dolor ni otros traumas. Diseñaron un cojín circular por el que el monarca metía su órgano para disminuir su tamaño y de ese modo, con cierta truculencia, hacerle el amor a María Cristina. Uno de los galenos del rey, dejó consignado el siguiente testimonio:

“Sabedora doña Cristina de aquella circunstancia nada consoladora para los intereses del trono, discurrió, o más bien le aconsejaron, que usara don Fernando una almohadilla perforada en el centro, de tres o cuatro centímetros de espesor, por cuyo orificio introducía el pene antes del coito y durante él; así se hizo y alcanzaron sucesión”.

Observen, pues, las maniobras que le toca realizar a un desgraciado reyezuelo por tener un aparatejo fuera de lo común. Por el tamaño de su miembro viril al Borbón lo llamaron El Deseado. Pepe Botellas, hermano de Napoleón Bonaparte, lo desplazó del trono en 1808, pero después el Borbón lo recuperó. El rey de las Españas y las Indias padeció de una hipertrofia genital, además de gota.

El marqués de Villaurrutia, uno de sus críticos más feroces, dijo que el rey era cruel y taimado, y como monarca, a pesar de jamás haber “uno más deseado”, fue vengativo, cobarde, desleal, mentiroso y despiadado. Fue un gran cliente de muchas putas. Era leído y tocaba bien la guitarra. Le gustaba el billar y Goya lo retrató. Murió en 1833.

               Fernando VII y Cristina de Borbón

Guernica o el horror interminable

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El bombardeo comenzó a las tres y treinta de la tarde del 26 de abril de 1937. Era una flota de cuarenta y tres aviones, de la Legión Cóndor, alemana, comandada por el teniente coronel Wolfram von Richthofen. Un Heinkel-111 sobrevoló a Guernica con la misión de determinar el objetivo y orientar a la formación de ataque. El pretexto era la destrucción de un puente, situado en una encrucijada, en las afueras de la “ciudad santa” de los vascos, pero, en rigor, se trataba de un experimento nazi contra la población civil, tal como tiempo más tarde el mismo mariscal Göring lo reconocería: “La guerra civil española brindó una oportunidad para poner a prueba a mi joven fuerza aérea, así como para que mis hombres adquirieran experiencia”. Guernica se convertía entonces en el primer ensayo de guerra total, con miras a la preparación y declaración de la Segunda Guerra Mundial.

 

En oleadas de pavor los aviones arrojaron bombas explosivas e incendiarias sobre el casco urbano, mientras los cazas Messerschmitt-109 ametrallaban a los que trataban de huir de la ciudad de siete mil habitantes. La resistencia era casi nula: no había defensas antiaéreas ni refugios apropiados; solo algunos milicianos republicanos disparaban inútilmente sus fusiles contra las naves alemanas. El ataque tenía la aquiescencia de los franquistas. A las dos horas de “fuego celestial” Guernica era puro humo y polvo y hollín. Y horror. A las siete y treinta, cuando dejaron de bombardear, las llamas iluminaban el ocaso de la pequeña villa. No se dio nunca una cifra oficial de muertos, aunque la más común dice que hubo mil seiscientos.

 

La prensa afecta a Franco difundió la versión de que habían sido las propias tropas de la II República las que destruyeron Guernica, pero ignoraba que había allí corresponsales extranjeros, como el sudafricano George Steer, que presenciaron la masacre y el apocalipsis ocasionados por los alemanes. Steer, que en algún momento tuvo que protegerse del ametrallamiento lanzándose a un cráter de los que forman las bombas, envió ese mismo día su crónica al Times de Londres. Cinco días después del acontecimiento de terror nazi-franquista, el Día Internacional de la Clase Obrera, el Primero de Mayo, Pablo Picasso comenzó a arrojar toda su cólera y su arte sobre un paño de ocho metros de largo por tres y medio de ancho.

 

Antes de que estuviera listo ese cuadro que es una magnífica expresión de protesta contra la barbarie, Picasso realizó unos 45 dibujos y bosquejos preliminares, en colores, en los cuales aparecen desde el comienzo los elementos clave que compondrían su obra: el toro, el caballo y la mujer. Ya había dicho también que él “siempre creía y creeré que los artistas que viven y trabajan según valores espirituales no pueden y no deberían permanecer indiferentes al conflicto en el que los altos valores de la humanidad y de la civilización están en juego”. Guernica comenzó por encargo. Se la solicitaron los republicanos para que representara a España en la Exposición Internacional de París y para que, con ella, el mundo no olvidara las injusticias ni los genocidios. Ni la brutalidad de los que destruyen a sus congéneres.

 

Desde los primeros bocetos, la talentosa Dora Maar, asociada y amante del artista, los fotografiaba: mujer, toro, caballo, luz, guerrero en el suelo. El 8 de mayo, Picasso introdujo en su composición a la madre con el niño, y el 11 de mayo de 1937 comenzó a pintar sobre el lienzo definitivo. Y, claro, él sabía que la pintura no estaba hecha para la decoración de apartamentos o para satisfacer el gusto de algún ricachón. No. En este caso, como en otros, era un testimonio sobre la violencia, un símbolo de la desesperación y las angustias del hombre.

 

Uno puede imaginar al pintor buscando medios apropiados para decir todo eso que el cuadro dice (y lo que sugiere y comunica), deformando rostros, desmembrando cuerpos, poniendo la desesperanza a mirar al cielo, dándole a la escena un carácter de tragedia. Y si comenzó con colores, después Picasso se decidió por la ausencia de colores y seleccionó el blanco y negro, con gamas de grises, para mostrar el grito. Un grito, un aullido, que, antes, en España, ya habían dado poetas y escritores ante el desangre pavoroso de la guerra civil. Así lo cantaba, por ejemplo, Machado: “ Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”.

 

Y sobre el Guernica qué no se habrá dicho y escrito. Que el negro y el blanco evocan la muerte, que es la representación de la tristeza colectiva, que todo el conjunto es una consternación sin límites. Es el descuartizamiento del espíritu más que de los cuerpos, el dolor que nunca acaba. El resquebrajamiento de la condición humana. El 4 de junio ya Picasso había terminado su cuadro, “cuadro pacifista por antonomasia”, como lo han calificado, y ante el cual no se fila jamás la indiferencia. Cuentan que sus reproducciones decoraban los cuartos de las casas de los demócratas, de los que, tras la derrota de la República, continuaron en su intimidad albergando las esperanzas del triunfo de la libertad sobre la represión. Y también se dice que los que ven el original por primera vez no pueden contener las lágrimas ante esa composición que da cuenta de la crueldad humana.

 

Dicen también que el blanco y negro, que eleva el dramatismo, lo escogió Picasso para expresar con mayor solvencia la brutalidad. Y, además, para evocar, de un modo simbólico y más trascendental, las fotografías que en los días subsiguientes al bombardeo, aparecieron en diarios de Europa y Estados Unidos. Guernica, luz y sombra, una revelación de los sentimientos más inhumanos. Picasso estableció que el cuadro no debía volver a España hasta cuando hubiese otra vez una república, un gobierno democrático. Y por eso, permaneció en el Museo de Arte Moderno de Nueva York hasta 1981, cuando ya la dictadura franquista era apenas un mal recuerdo.

 

Guernica es, posiblemente, el testimonio artístico más elocuente del siglo más sangriento y devastador en la historia de la humanidad, que ahora, en el siglo XXI, parece andar hacia tinieblas más espeluznantes.

Guernica, obra de Pablo Picasso