Servidumbre y resistencia

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“Volveré y seré millones”, dicen que dijo Espartaco.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando un redactor de El Mundo me preguntó cuál era mi político predilecto, sin vacilar le contesté: Espartaco. Y sí, porque era un enamorado de la libertad que se alzó contra la república romana entre los años 73 y 71 antes de Cristo. El subversivo que perturbó a un estado todopoderoso, murió en su gesta en la que sublevó a miles de oprimidos. En sus arengas advertía que los esclavos nada tenían que perder, excepto sus cadenas y, en cambio, tenían todo un mundo por ganar.

 

Espartaco, a quien se atribuye la frase lapidaria de “volveré y seré millones”, cuando estaba agonizando en una cruz, en la que pereció como muchos otros de sus compañeros rebeldes, es un paradigma de la libertad y de las luchas por la dignidad humana. Puso en vilo a un poder inconmensurable y legó a la historia enseñanzas sobre la desobediencia y los alzamientos contra la dominación.

 

Centenares de años después, en los tiempos del Renacimiento, un joven francés, que va a ser guiado y publicado por Michel de Montaigne, el inventor del ensayo, “el más humano de los géneros”, que dijera el finado Jaime Alberto Vélez, escribió en 1548 una pieza que sigue alentando reflexiones sobre los alcances de la libertad como un logro de la razón y contra las vejaciones del arrodillamiento y la subordinación escogida por gusto propio.

 

En efecto, el ensayo titulado Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, es una obra de plena vigencia filosófica y política, concebida hace quinientos setenta años, sobre la sumisión mental, la aceptación sin ninguna repulsa de la degradación y la aparente necesidad de tener un patrón, alguien que imponga su yugo y sus condiciones. ¿A qué se debe el desdén por la autonomía, por la capacidad de pensar por sí mismo? ¿Acaso se llegan a amar las cadenas, la subyugación, las humillaciones?

 

El ensayista se sorprende de ver “un millón de hombres miserablemente dominados, la cabeza bajo el yugo, no porque estén obligados por una fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo embrujados por el nombre de uno que no debiesen temer porque está solo, ni amar porque es inhumano y cruel hacia todos ellos”. Y su reflexión lo conduce a preguntarse de dónde procede el sometimiento y por qué se acepta así no más, sin descargas de oposición, sin desencadenar puja alguna.

 

Y en sus interrogantes y búsquedas de explicación de la servidumbre que se acepta a placer, de La Boétie, que escribió su célebre razonamiento a los 18 años de edad, plantea que son los pueblos los que se avasallan y se cortan el cuello con mano propia. Y le parece inconcebible, pero real y manifiesta entre el pueblo, la posición errónea de “quien pudiendo elegir entre la sumisión y la libertad, rechaza la libertad y toma el yugo”.

 

Cervantes, tiempo después, dirá en su colosal novela que “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres…”.

 

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Étienne de La Boétie

El no conocer la libertad y sus delicias, el haber vivido amarrado a la voluntad de otro, el permitir el encadenamiento sin ninguna refriega, conduce a la obnubilación, y, por qué no, al amor por las ataduras. Y entonces se comienza a querer al amo, al “sometedor”, a quien ejerce el poder y que, por la enajenación del sometido, este ve como un salvador, un mesías. No hay réplicas ni críticas, sino adoración.

 

En el Elogio de la dificultad, el pensador colombiano Estanislao Zuleta decía, entre otros asuntos, que “Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón”.

 

No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria. “La naturaleza del hombre es ser libre y desear serlo”, dice de La Boétie en su ensayo al que Montaigne le brindó elogios aparte de divulgación. “Las gentes sometidas no tienen ardor ni pugnacidad en el combate”, agrega el joven que sabía que el ardid de los tiranos es embrutecer a sus vasallos, hacerles creer que todo está bien, cuando, en realidad, todo anda mal para los esclavos.

 

Espartaco, antiguo esclavo, supo al fin de cuentas que no solo hay que reconocer las cadenas y tener conciencia de ellas, sino desarrollar unas incontenibles ansias de romperlas.

 

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No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria.

 

 

 

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Profesores de las días felices (3)

Don Parmenio o la historia contada

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nunca supe por qué don Parmenio dejó de dictarnos Historia Universal, que en rigor era solo de Grecia y Roma, y algo de las viejas culturas asiáticas, en el liceo nocturno Francisco Antonio Zea. De pronto, no volvió y nosotros, los alumnos de edades desiguales (había adolescentes y adultos) quedamos con un vacío existencial, con la espada de Damocles sobre nuestra cabeza, con la sorpresa de los troyanos cuando del enorme caballo emergieron soldados griegos para exterminarlos, con las ruinas de Palmira y los templos babilónicos en decadencia, porque aquel señor, alto, trigueño, pelinegro y de voz emocionada cuando se metía en los personajes históricos y mitológicos, con su ausencia nos había dejado sin habla y con la imaginación rota.

 

Con ese nombre (que no requería apellido) no podía dictar sino Historia. O Filosofía. Tenía la capacidad de hacernos ver lo que él relataba. Así, nos hizo vibrar con Nabucodonosor, con las barbas de los asirios, con la crueldad de los hititas y nos condujo por los laberintos de las grafías egipcias y llegó a mencionarnos la más vieja epopeya del mundo: la de Gilgamesh. Era capaz de hacernos transitar por remotos caminos empedrados y explicar con dibujitos en el tablero la escritura cuneiforme.

 

Por aquellos días, en que nos dejábamos crecer el cabello y todavía resonaban el twist y ritmos de la llamada Nueva Ola, como un rumor lejano nos llegó la noticia de que habían asesinado a un líder negro norteamericano, asunto al que no le prestamos atención, ni tampoco el profesor nos dio referencias. Del mayo francés nos enteramos mucho tiempo después, porque nuestro mundo cotidiano se interesaba más en escuchar programas juveniles y radionovelas de aventuras, sentarnos en las esquinas a ver pasar muchachas y explorar los efectos de la coca-cola con pastillas delirantes, que en los acontecimientos contemporáneos. Ni siquiera los bombardeos norteamericanos contra poblaciones civiles vietnamitas nos despertaron de la embriaguez de la adolescencia.

 

Pero lo que sí nos ponía a viajar por pasados distantes era la clase de don Parmenio, dos veces a la semana, a las ocho y treinta de la noche, después de un recreo, en el cual algunos muchachos aprovechaban para hacer gimnasia en las barras y otros salíamos a tomar gaseosa en la tienda El Selecto. Vestido de impecable traje oscuro, el profesor nos predisponía a escucharlo, sin parpadeos. “Hoy los relataré la batalla de las Termópilas”, decía y entonces resucitaba con sus palabras a Leónidas y sus trescientos héroes espartanos. Ya nos había dicho sobre los persas y sus ejércitos numerosos. Hacía pausas estudiadas y reanudaba su discurso. “Los persas eran tantos, que cuando arrojaban sus lanzas y flechas, el cielo se oscurecía. Y hubo un espartano tan valiente, que cuando el rey Jerjes les advirtió a los griegos que se rindieran porque ellos, los persas, iban a tapar el sol con sus armas arrojadizas, le contestó: _Mejor, así combatiremos a la sombra”.

 

Con don Parmenio conocimos a Fidípides y su carrera heroica desde Maratón hasta Atenas, para anunciar que los griegos habían vencido a los persas, y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, y supimos algo de las filípicas y acerca del asesinato de César. Nos contó de algunas tropelías de Calígula y del incendio de Roma por Nerón. No sé si fue por aquel tiempo que sonaba una canción, o, mejor una caricatura cantada sobre Nerón, que decía: “Yo no maté a mi hermano, es mentira, mentira, / ni perseguía cristianos, yo fui el buen Nerón…”. Y al escucharla uno, sin remedio, recordaba al profesor de historia de aquel colegio nocturno al que me vi obligado a entrar porque, en quinto de primaria, un profesor que jamás sonreía, Castor Rave era su nombre innombrable, se negó al final del año a darme un pase para el cotizado Liceo Antioqueño o, en su defecto, para el Liceo Fernando Vélez. Y de tal modo, al no conseguir cupo en ningún colegio, mi madre me matriculó en esa institución de la noche.

 

Nunca supe si don Parmenio había leído a Heródoto, a Tucídides, a Plutarco, y tal vez su anecdotario y otras narraciones los extraía de textos de Barrios y Astolfi , pero, con todo, fue un hombre que nos indicó que había que buscar las causas y consecuencias de la historia, que más que fechas y datos -decía- eran hechos con los que todos teníamos que ver.

 

Pasadas las vacaciones de mitad de año, el profesor no retornó a nuestra aula encantada. Se dijo que estaba enfermo y no podía salir de noche. Se notificó que don Parmenio solo podría seguir dictando clases en el diurno, porque estaba perdiendo la visión; se especuló con una cosa y con la otra. Quien lo reemplazó, de cuyo nombre no me acuerdo, padeció, creo, los bostezos y cabeceadera de muchos de nosotros y como castigo a sus clases sin alegría y sin historias, lo condenamos al olvido.

 

Don Parmenio Martínez, el mismo que nos relató las peripecias heroicas de Espartaco, nos contó sobre la belleza imposible de Friné, modelo del escultor Praxíteles. “Fue condenada a muerte por impiedad. Los jueces no cedían ante el defensor de la muchacha, y entonces él, en una muestra de astucia, la mandó a empelotarse delante de ellos. Cuando ella lo hizo, les dijo que como iban a privar el mundo de una belleza irrepetible. Los jueces, con la baba en los labios, cuando vieron esos hermosos senos, la absolvieron”. Al terminar su narración, al profesor se le regó la picardía por su cara bonachona. Y creo que más de un alumno soñó con aquella griega que opacó a Afrodita.

 

Postdata: El ingeniero Fabio Zapata, que fue alumno del profesor Parmenio en 1970, tras leer mi nota, recordó que el primer día de clase el maestro los intimidó, al anunciar no solo la trascendencia de su asignatura, sino sobre la risa en el salón: No hay motivo para reírse en mis clases; excepto en estos dos casos: se ríen conmigo, son unos MARICAS o se ríen de mí, son unos HIJUEPUTAS”. También memoró que, a veces, don Parmenio, con una ligera inclinación hacia adelante, se quedaba “suspendido unos segundos mientras se metía los dedos por el culo y expresaba… Los Hititas…”. Vale.

Friné ante los jueces