Libélula

 

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Anisóptera nave del estanque

Avión de infancia con soles en las alas

Cabalga caballito del aire

Sobre la imaginación de un cielo volador

Libélula libre y luminante

Acaricia las aguas y se eleva

Sobre las ondas leves del espejo

Que se rompe cuando el viento sopla

Levita y sube y baja

Se va a la luz de los espectros

Irisados que se mueren

Cuando la libélula duerme

Con sus abiertos ojos de charca.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Otras breverías (con espíritus de la India)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Espejo de la India

 El espejo, como la cópula, multiplica a los hombres, decía Borges en alguna de sus ficciones. Al mirarte a un espejo redondo, que es una evocación del sol, tendrás la capacidad de curarte a ti mismo. Eso cuentan los peregrinos, a orillas del río sagrado de la India, el Ganges, de aguas purificadoras. Si ese espejo está recubierto de madera, abeto, palosanto o cedro, se redobla el magnetismo, y entonces no solo te verás reflejado en él; habrás visto tu belleza interior, un sonriente espíritu que palpita con renovada energía. No se trata  del griego Narciso enamorado de su propia imagen hasta llevarlo a la muerte. Es tu ángel de luz, ser vivificador, el que te mira desde las profundas claridades de un espejo sagrado de la India.

 

Traje de novia hindú

 Están listos para la boda. Ella, vestida con un saris rojo, con bordados de hilos de oro, encajes marfilinos y joyas a granel, sonríe. El Brahman, el espíritu de la divinidad, está presente para conducirlos por caminos de prosperidad y santidad. El hombre, con traje de fiesta, le cuelga a su amada un collar de flores, símbolo de felicidad y fidelidad. Ya la hoguera -vínculo entre lo humano y lo divino- está encendida, pura luz de amor, y los novios dan siete pasos a su alrededor, uno según cada bendición que solicitan: alimento, fortaleza, riqueza, felicidad, hijos, ganado y devoción. Ella, más bella que siempre, recibe en sus cabellos un rocío de polvo rojo depositado por su amado. Y una lluvia de flores y arroz los celebra en su nueva vida. Ella sigue sonriendo, tan radiante como su traje.

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

 

Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados, como lo imaginaron los guaraníes. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

 


Un pájaro

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aleteaba a la velocidad de un colibrí. Su pico era largo y ganchudo. Plumaje con brillos incandescentes. La primera vez que lo vi, yo estaba frente al espejo, peinándome. Su imagen virtual me encandiló. Parpadeo rápido, repetido. Sensación de sueño. Voló. Continué, sin asombros, mi labor de arreglo capilar. Entonces, apareció de nuevo. Vino hacia mí. Creí que chocaría contra mi cabeza. Penetró en la luna de azogue y picoteando mi reflejo, lo consumió. Yo -para ser sincero- estaba fascinado con el espectáculo. Un pajarraco me tragaba detrás del espejo. ¡Increíble! Salió, saciado, y se fue a posar sobre la cabeza de mármol de Beethoven. Recordé, explicablemente, El Cuervo, de Poe. Intenté espantarlo con la toalla. Nada. Inmutable. Llamé por teléfono al vecino. Cuando llegó, su cara resplandeció con los destellos del ave. “¡Qué hermoso pájaro!”, exclamó. “Pues se acaba de tragar mi imagen y ya el espejo no me refleja”, apunté con desesperos. El vecino me miró, extrañeza en sus ojos. “Vamos a ver”. Nos acercamos al espejo. Solo él se reflejó. El pájaro voló con furia, repitió la operación. También se tragó la imagen del vecino. “Esto es imposible”, dijo. El avechucho, otra vez sobre la cabeza del genio, parecía sonreír. Es, de veras, muy rara la sonrisa de un pájaro. “¡Hay un peligro!”, dijo el vecino, con cierto dejo de preocupación. Y agregó: “Cuando haga la digestión de nuestras imágenes, sentirá hambre y nos devorará a nosotros realmente”. Acababa de pronunciar su alerta, cuando ya estaba en la puerta. “¡Vámonos!”, me gritó desde afuera. Volví, esperanzado, a mirarme en el espejo. En esos instantes, el pájaro levantó vuelo, rabiosamente. Me atacó. Y mientras el ataque sucedía, mi vieja imagen, peinándome, reapareció detrás del espejo. Él, o esa cosa indefinible, se tragaba la realidad. Y yo me veía desaparecer desde el otro lado… Confieso que me siento bien viviendo dentro del espejo. El pájaro, entre tanto, sigue ahí, sobre la imperturbable cabeza de Beethoven.

 

(Del perdido libro Desfabulaciones)