Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Tangos para pintar el barrio

(Inventario de poesía de ladrillo en una esquina del recuerdo)

Por Reinaldo Spitaletta

La geografía del barrio, la que trasciende cualquier fórmula catastral y al planificador oficial, al burócrata y al cobrador de impuestos, está atiborrada de pequeñas cosas, como los ecos de una vieja serenata, la canción que una pianola de esquina repetía hasta el infinito para conquistar los afectos de una muchacha que se asomaba por una ventana y el balcón con geranios y materos colgantes.

El barrio posee una especie de metafísica, una invisible manía de arraigos y romances, y todo el que lo ha vivido se aferra sin remedio a su historia de ladrillo y entejados. Un barrio es un inventario de poesía que se lleva adentro, tal vez en el bolsillo; un interior de baldosas y paredes con iconografías diversas, el aroma de las doce del día o de las seis de la tarde, convocante y digestivo.

Es la acera de los pasos perdidos, de las antiguas maneras de ejercer la infancia con una pelotita de papel que se arrojaba por entre las supuestas canastas (en forma de escuadra) sostenedoras de cables eléctricos, y en la que se meaba el perro de doña Catalina y se sentaban los muchachos de la cuadra que querían crecer solo para poder entrar a aquel bar de músicas luminosas y cervezas conversadas.

El barrio, infancia de ciudad, maqueta de la urbe, conjunción de calles con encuentros imprevistos, tiene la insondable presencia de los años idos y de los que están por llegar. Hay en alguna parte de su mapa, una suerte de Aleph que “contiene todos los puntos del universo”, y tiene tantas dosis de eternidad como de fugacidades. Pasa la voz del vendedor de caramelos, los dulces izados en un palo multicolor, en el que se adivina la azucarada existencia de un niño. Y pasean con su timbre plateado, las campanitas heladas del vendedor de conos, y los anuncios de olvido de aquel lejano voceador de periódicos.

Es el paisaje a veces gris, a veces de cemento y paredes en obra negra, con el azaroso interrogante de quién podrá aparecer un día por aquella esquina redondeada, chaflán en el que alguna vez un muchacho se estrelló con su bicicleta de inicios callejeros, en ese paisaje, digo, se erige una manera de ser, un sentido de estar amarrado no solo a los recuerdos sino a lo que vendrá. El barrio es y no es al mismo tiempo: es niñez y ancianidad; es flor de un día y fachada de larga duración.

Su arquitectura, de calles alargadas, de estrecheces y anchuras, de encordados y postes, va más allá de lo académico. Porque en ella hay un trazo de cielo de cometas y un cordón de cemento que separa la acera (la vereda, para los del cono sur) y el asfalto de la avenida. Hay balcones que, como en un cuento de Felisberto Hernández, se pueden arrojar a media calle, desavenidos con su corazón y angustiados porque alguna piba dejó de amarlos. Suicidados. Estas convergencias de lo insólito y lo cotidiano, solo son posibles en una locación de casas, tiendas, garajes, antejardines, hojas de almendro y fiesta de bicicletas los domingos por la mañana.

El barrio, el tuyo, el mío, es aquel que se queda habitando en uno. No importa qué tan lejos de él te hayas marchado. Irá con vos, como en un poema de Kavafis. O, de otra manera más propicia al arrabal y a su alma, nunca podrás desprenderte de sus trazos ni de sus formas. Lo advirtió Aníbal Troilo, en su Nocturno a mi barrio: “¿Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio? ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? ¡Sí siempre estoy llegando!”. Nadie puede irse de ahí, de esas encrucijadas y ataduras invisibles. Es un modo paradojal de volver sin haberse ido.

Y en este punto, cuando el barrio nos convoca con sus perfumes, con algún olor a naranjo en flor, o a francesinas de la tarde, de esas tardes casi siempre color malva, un rezongo de bandoneones nos dice que tal vez ninguna canción del mundo, ninguna (“No habrá ninguna igual, no habrá ninguna…”) ha cantado mejor y con más sentimiento al barrio, como lo ha hecho el tango. Se puede forjar una arquitectura de barrio con unos trozos de Sur o con aquellas hechuras poéticas de Eladia Blázquez, que nació “en un barrio donde el lujo fue un albur”.

El tango que no es solo puñales y expedientes judiciales, que no es solo canto de cabrones y cafishios, sino abundosas historias de amor (y desamor, claro), y, sobre todo, en su poética, en sus letras que andan por París, o por La Boca, o que pueden señalar hacia la estelar Cruz del Sur, o cantar las desdichas de una griseta o decirle a una mujer “amor de mi juventud que no se olvida / amor que llena de luz toda mi vida”, hay una variedad temática que recorre desde lo filosófico y existencial hasta la exaltación de un viejo organillo ambulante.

Y ahí, en esa mayoría de aciertos cantados (que no faltará desde luego algún esperpento) está la presencia ubicua del barrio, la de aquel al que se vuelve así no lo hayas dejado nunca. El barrio que “fue una planta de jazmín / la sombra de mi vieja en el jardín” (dice Eladia), es una manera de la infancia, de no olvidarla, de tenerla viva hasta en los momentos de la despedida final. Del epílogo.

Y, no podría ser de otra manera. Tal vez la más vieja narración que uno tiene memorizada, referida al barrio, es un tango de Gardel (que también tiene otros dedicados a la barriada): Melodía de arrabal. Hay en ese gotán imprescindible, para algunos ejercicio de un tiempo diluido, una constancia. Una certeza de lo vivido. “En tus muros con mi acero yo grabé nombres que quiero”; barrio de broncas y entreveros, donde la “paica Rita me dio su amor”, es una unificación de armonías callejeras y evocaciones lacrimosas.

Melodía de arrabal para varios de nosotros, que nacimos y crecimos en barrios (plateados por la luna y por el brillo de uno que otro cuchillo), es una suerte de himno de esquina, en la que siempre hubo un bar con traganíquel en el que había tipos que día y noche, noche y día, introducían monedas para escuchar esta pieza inevitable. Por eso será siempre una puesta en escena de aquel “beso prolongao que te da mi corazón”.

Y en la diversidad tanguera de calles y callejones, hay un tango metafísico como el que más, escrito por Homero Manzi y musicalizado por Troilo: Sur, de 1948, y que tiene versiones de alta calidad, entre ellas las del Polaco Goyeneche y Edmundo Rivero. “San Juan y Boedo antiguas y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación, / tu melena de novia en el recuerdo / y tu nombre flotando (florando) en el adiós…”. No es solo un punto cardinal, no es solo una referencia geográfica, o un asunto de cartografía, sino una incursión al pasado con perfumes “de yuyos y de alfalfa” en la que, tras un recorrido sentimental por lugares que ya no son, que apenas se insinúan en una luz de almacén, se entera el sufriente recordador que “las calles y las lunas suburbanas, / y mi amor en tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”.

El tango (“esa diablura”, que decía Borges), mezcla brava de pasión y pensamiento (lo recalcó Ferrer), ha cantado al barrio con hondura. Sin melcochas ni zalamerías. O acaso no hay una profundización en un tango ineludible como Barrio de tango, ¡huy, qué sensibilidad! (otra vez Troilo y Manzi, y de nuevo Pompeya, a la que no ha podido borrar ningún Vesubio). “Barrio de tango, luna y misterio, / calles lejanas, ¿cómo estarán? / Viejos amigos que hoy ni recuerdo / ¿qué se habrán hecho, dónde estarán?”, y entonces viene la recordación de los silbidos, un ritual antiguo de la ciudad, de Buenos Aires y Montevideo, que también inspiró tangos hermosos como ese que dice “una calle en Barracas al sud…”; y llega la patética imagen de una pálida vecina “que ya nunca salió a mirar el tren”.

Y el barrio se desenvuelve, se estira y se encoge en la tanguitud. Quedan impresas imágenes de sus significados, de lo que representa un farol, un ladrido de perros a la luna, un romance (sí, romance de barrio). El paredón, la tinta roja “en el gris del ayer”. Toda una coreografía, un fresco de situaciones urbanas y suburbanas. El corazón del arrabal. El barrio en sus distintas dimensiones, cantado por el tango. Por sus poetas. “¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez?”, como lo anuncia con cierta desesperanza el poema de Cátulo Castillo, que torna a mirar las veredas que pisó y a acordarse de aquellos malevos que ya no son.

La cancionística se va por la ciudad, y se topa, por ejemplo, con Almagro (“Almagro, Almagro de mi vida / tú fuiste el alma de mis sueños…”) hasta llegar a un viejo almacén, a aquel de un poema de Juanca Tavera, que Rivero lo dice con pasión: “Allí estás con las alas lastimadas de tiempo / tu destino de tangos, tu final de gorrión…”. Y después (sí, paredón y después…) recala en un Barrio reo, un “viejo barrio de mi ensueño / el de ranchitos iguales, / como a vos los vendavales, / a mí me azotó el dolor…”, dice el canto de Fugazot y Navarrine, interpretado por Gardel.

El tango se pasea por barrios fantasmas, por calles muertas, por entejados y caserones. Y le da vida a lo que ya la ha perdido, a punta de memorias, de trazar de nuevo un recorrido, un tour por los recuerdos. “Esquina porteña, este milonguero te ofrece su afecto más hondo y cordial”.

Y pinta, con sus armonías y palabras recuperadas, esas cosas de barrio, como estas, sobre un lienzo de nostalgias: “Esas cosas de barrio / una luna de sueño, / que alumbraba el picado / que habitaba el potrero. / La libreta del fiado, / la piel de un enebro, / y un zaguán que, olvidado, / le sobraban recuerdos”. La música es de Osvaldo Tarantino y la letra de Juanca Tavera.

El camino puede orientarnos hacia Puente Alsina y ya no habrá otro espacio que el de lo que se ha esfumado en la urbe, pero se queda (sobrevive) en las huellas de la educación sentimental, en la formación de memoria: “¿Dónde está mi barrio, mi cuna querida? / ¿Dónde la guarida, refugio de ayer? / Borró el asfaltado, de una manotada, / la vieja barriada que me vio nacer…”.

Y de pronto, la idea de progreso se opone a territorios pasados que van quedando en el olvido, o en viejos rincones de soledad. Casas que se van a pique, esquinas que desaparecen, referentes de viejas generaciones que se esfuman porque “llegó el motor y su roncar ordena y hay que salir”. El tango testimonia los cambios, porque vivir es cambiar, “¡dale paso al progreso que es fatal!”, y las mutaciones las puedes ver, como lo advierte Homero Expósito, en cualquier foto vieja.

Cualquiera que asuma un viaje por los barrios de tango, se podrá detener, no sin melancolía, en la última esquina, que podría ser aquella (en tiempo de vals) de “tus quince años y mis dieciséis”, y hacerle los funerales, como sucede en una composición de José Ogivieky y Alejandro Szwarcman (Réquiem para la última esquina):

Al pie de nuestra ausencia
verás la última esquina
mordiéndose en secreto
los golpes de impiedad,
y el último ladrillo
de nuestra desmemoria
sepultará la historia
de toda la ciudad.

Y tal vez en esta situación, en la que las cosas nacen y mueren, como los hombres, uno tal vez, en un gesto de solidaridad con sus recuerdos, vuelva a su viejo barrio, a aquel que sobrevive mientras vos no lo olvidés: “Barrio, rincón de mi alegría, / vengo a buscar la gloria / de mis lejanos días”. Y al final, pese a todo, verás que la luna es otra, que los perros de entonces, que se engolosinaban con ella, ya no están. No hay nadie, y ella no vuelve. Y como lo dice otro tango, no hay vuelta atrás, ya “gastamos las balas y el fusil” y nada regresa al ayer. Entonces, che, “tenés que seguir”. Y ya sabés: a veces, ¡ojo!, mirar atrás te puede convertir en una estatua de sal.

Lluvia en el barrio (tomada de internet)