Dos miniaturas

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

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Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

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Caminando bajo un cielo de estrellas

Por Reinaldo Spitaletta

De pronto, fuimos adultos y comenzamos a tener recuerdos. ¿Cuándo nos dimos cuenta de que la infancia había muerto? ¿Cuándo fuimos conscientes de que la adolescencia había quedado atrás como una constancia de irreverencias y descubrimientos corporales y mentales? Papá, creo, me lo dijo alguna vez: “tendrás años cuando empieces a evocar”. Me pareció una frase sin sentido y la olvidé rápido, hasta cuando alguna noche escuché con atención un vals que solía sonar en los cafés de esquina, pero que, estando sin edad suficiente para entenderlo, solo me parecía rítmico y bailador. Y no más. Sin embargo, digo, una noche cuando caminaba por una vieja calle de barriada, supe que el tiempo mejor había pasado.

En efecto, el valsecito cantaba una manera del retorno, pero su esencia radicaba en lo que ya no era: “Mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”. Me pareció sentir mis antiguos pasos por aquella calle, que tampoco era la que había sido. Miré fachadas y ventanas y puertas, pero nada me decían. Me resistía, entendí después, a que esas paredes me devolvieran al pasado. “De cuándo acá me interesa lo pretérito”, me parece que me interrogué, mientras la canción continuaba: “Con el ansia de ver por sus calles / los viejos amigos, el viejo café”. Seguí andando y de pronto el paisaje era otro, era como si estuviera entrando en un mundo que, siendo conocido, ya no era el que yo había visto. Recordé una lectura de adolescencia: un cuento de H.G. Wells, La puerta en el muro y sentí una suerte de vacío.

Confieso que cuando, hace años, escuchaba en los traganíqueles de los bares de barrio aquel vals, no me importaba. No era para mí lo que cantaba Alberto Podestá, con la orquesta de Miguel Caló, según supe sus nombres con el paso del tiempo. Pero aquella noche música y letra me castigaban: “En la noche tranquila y oscura / hasta el aire parece decir: / ‘no te olvides que siempre fui tuya / y sigo esperando que vuelvas a mí”. Me detuve, porque era imposible no hacerlo. Aquietado, los versos me llegaban con la certeza de una melancólica tortura: “En esta noche vuelvo a ser / aquel muchacho soñador / que supo amarte y con sus versos / te brindó sus penas…”. Qué vaina, pues. Aquello no parecía tener sentido, porque no tenía memoria de haber escrito ni siquiera unas palabras prosaicas para ninguna muchacha de entonces… “Hay una voz que me dice al oído / ‘yo sé que has venido / por ella, por ella…”. Y en este punto, recordé la cara de luna de Edilma V, una pelada que vivió en otra cuadra y que a mí me mataba cuando salía al balcón a mostrar su figura de ensueño.

El vals estaba ahí, poniéndome en estado de sitio, y yo no podía contener los recuerdos, que llegaban primero como una bruma y luego como una evidencia nítida de que el tiempo había pasado y yo no tenía certidumbre de ello. “Qué amable y qué triste es a la vez / la soledad del arrabal / con sus casitas y los árboles que pintan sombras. / Sentir que todo, que todo la nombra / ¡qué ganas enormes me dan de llorar!”. Y era verdad: todo la nombraba, en medio de aquel vacío, de aquellos árboles muertos, de aquella ausencia, y yo ahí, turulato, quizá ido, o, como dice algún tango, piantao-piantao, en medio de la nada. Y entonces, no sé por qué, miré al cielo y las estrellas cantaban, o tal vez sollozaban al verme pasar por un lugar que de súbito parecía recobrar. Era lo perdido y lo irrecuperable. Pero el vals me hacía sentir una amarga dulzura, que es el sabor que produce, dice uno, lo ido que vuelve en forma de música y de palabras.

Muchos de aquellos cafés ya no están, tampoco el balcón de Edilma, ni los viejos amigos, que a lo mejor, cuando escuchan este vals de Enrique Francini, Héctor Stamponi y José María Contursi, lagrimean o se ponen a canturrear como yo lo hice aquella vez, cuando mis pasos me llevaron por una vieja calle, en la cual, sin anuncios premonitorios y bajo un cielo de estrellas, de las paredes o quizá del asfalto anochecido brotó una canción que me hizo saber lo irremediable: que ya era un hombre hecho de recuerdos. Y de adioses.

Postdata con morriña: Emociones parecidas pueden provocar, por ejemplo, estos dos valses: Pedacito de cielo y El vals de los recuerdos. Vale.