Odio y acuerdo de paz

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser que el odio haya surgido, para quedarse emponzoñando mentes y corazones, el 9 de abril de 1948, un día funesto en la historia de Colombia. O con la hecatombe que vino después, un derramamiento de sangre de pobres y hasta de ingenuos campesinos a los que mandaron a matarse durante años, en la Violencia liberal-conservadora. Miles murieron. Y otros, los sobrevivientes, se marcharon con sus miedos a engrosar los cordones de miseria en las ciudades.

 

Puede ser que el odio, tras los cortes de franelas y los descuartizamientos, las violaciones y los incendios, haya continuado con el Frente Nacional y su manera de excluir a vastos sectores de la población. Y luego con el surgimiento de las guerrillas de los sesentas, una década de bombardeos (a Marquetalia, por ejemplo), reformas agrarias frustradas, fraudes electorales y las enormes brechas en la sociedad.

 

Quizá el odio ya galopaba por montes y selvas desde los días de La Vorágine, de las caucheras y los asesinatos masivos de indios y negros, desde tiempos en que el país apenas despertaba a la llamada modernidad. Y desde la masacre de las bananeras, cuando el gobierno conservador de Abadía Méndez hincó su rodilla ante los intereses yanquis y permitió y aupó una matanza de cientos de trabajadores de la United Fruit Company. Pero todos los odios se recrudecerán cada día en un país de inequidades y desajustes en la repartición de la riqueza.

 

Y ya habían muerto muchos de los heraldos del odio, los Sangre Negra y los Desquite, y los de “arriba” habían promovido el desprecio y humillación hacia los de “abajo”, a los que, como lo señalara Osorio Lizarazo, calificaban de “plebe, populacho, chusma, gentuza, turba, hampa, canalla”. El odio parecía tener un estimulante caldo de cultivo en las desigualdades y en el enorme catálogo de desventuras de la mayoría de la población.

 

Los setentas, los ochentas y los noventas, con guerrillas exacerbadas que vacunaban, extorsionaban, destruían infraestructura, en fin; y con el narcotráfico y sus mafias, más la evolución de un proyecto de terror en campos y ciudades diseñado por el paramilitarismo, configuraron un país inviable. Las semillas del odio ya habían reventado hacía mucho rato. Y se regaba su floresta de desgracias por todas partes.

 

Estamos llenos de símbolos de la infamia y nuestra historia arroja sangre por todos sus poros. Quizá por ello, y por muchos factores más, haya gentes que estimulen el odio y el ánimo de vindicta. Y les parezca una “traición” o “felonía” que un grupo armada que protagonizó un conflicto larguísimo de más de cincuenta años, haya decidido, en un acto inteligente, abandonar las armas y disponerse a participar en la política y la vida civil.

 

El apaciguamiento de los fusiles, el desminado de vastas zonas rurales, la entrega hasta ahora del sesenta por ciento del armamento a los delgados de la ONU, dan fe del compromiso suscrito entre las Farc y el gobierno colombiano para la dejación de estos artefactos mortales. Se trata, hasta ahora, de una noticia en tono mayor, que debe alegrar a miles de víctimas, al ejército, a la población en general de un país de trazas violentas que durante su historia republicana poco ha conocido de la paz y el sosiego.

 

A quienes nos ha tocado desde nuestro nacimiento habitar una nación de guerras intestinas, de desafueros a granel, de atentados, magnicidios, despojos y tronamenta de armas, el asistir a un histórico cambio de una agrupación guerrillera, la más grande y lesiva del país, es todo un acontecimiento esperanzador. No parece así para otros, que, desde sus comodidades, han propiciado las injusticias y promocionado la violencia.

 

Puede tener desperfectos, puede no ser del gusto de todos, pero sí tiene el acuerdo de paz  con las Farc mecanismos de comprobación y verificación internacionales que garantizan que no haya falsas desmovilizaciones (como sucedió en otras épocas), ni operetas y artificiosas entregas de armas, como aconteció con el paramilitarismo en los tiempos de Uribe y Mancuso.

 

Aquí, como en la novela de José Eustasio Rivera, a muchos el corazón se los ganó la violencia y el odio. Y estas dos entidades persisten. Se sabe que los conflictos sociales no terminan con el acuerdo de paz. Y más en un país de tantas miserias e injusticias sociales, donde la “plebe, la canalla, el populacho” ha sido carne de cañón de los poderosos. Pero la incorporación de una guerrilla (o exguerrilla) a la civilidad, sí es un paso importante para que los muertos por la violencia sean menos. Y el odio disminuya.

 

(Junio 19 de 2017)

 

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Célebre fotografía de Sady González sobre el Bogotazo, 9 de abril de 1948

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